Los dos cipayos

De chico siempre consumí productos yankees. Desde programas de televisión hasta juegos de mesa y alimentos. Todos de origen estadounidense, solamente alterados en el idioma para que mi mente infantil pudiese entenderlos y así anhelar más. Desde la versión argentina de la coca cola hasta las versiones traducidas de los dibujitos, que a su vez eran la versión americana de otro dibujito japonés. Todo el día me la pasaba resguardado por los inventos estadounidenses que volaban evadiendo fronteras para llegar a mi casa.

Ese acercamiento tan íntimo con toda esta maquinaria extranjera implantó en mi cerebro la idea de que la cultura estadounidense era la mejor. Su sociedad, sus ciudades, sus paisajes y las personalidades de sus habitantes eran la verdadera manera de vivir. Me llevaron a usar palabras en español neutro que recogía de los programas de televisión, y a preguntarme porque nosotros teníamos fútbol y no fútbol americano. Dejé que me penetrara el discurso que se infiltraba en cada producto que consumía de que lo estadounidense siempre era superior.

Cuando crecí no fue muy distinto. Toda película norteamericana le pasaba el trapo a cualquier producción latina, sea cual fuese. No perdía el tiempo viendo programas argentinos ni leyendo libros de escritores sudamericanos. Con leer versiones traducidas de novelas americanas tenía más que suficiente para entretenerme.

Las políticas de Argentina me parecían básicas e incivilizadas en comparación al orden que tenían allá arriba. Siempre que me cruzaba con alguien que se aprovechara de una situación con su “viveza argenta” sentía repulsión y deseaba poder vivir con ellos, que no se cagaban entre sí.

Llegado un momento, tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos con dos amigos. Ellos viajaban un par de días antes porque yo tenía que rendir un final en la facultad, así que no coincidimos en el avión ni en el aeropuerto. Ellos entraron por Miami, yo llegue a Dallas.

En Dallas pasé a presentar los papeles en inmigración; me atendió una mujer morocha con la piel color cobre que me pidió documento, pasaporte y motivo del viaje sin decirme hola. Cuando le mostré todo no se sintió satisfecha y me hizo pasar a una sala aparte. No me sentí nervioso, me sonó normal que viajando por primera vez quisieran asegurarse de que mi viaje era por turismo y no por otra cosa.

En la otra sala me hicieron esperar veinte minutos para atenderme. Eran las cinco y media de la mañana y Dallas era mi escala. Tenía que tomar otro avión a las ocho. La señora que me había atendido por primera vez volvió a aparecerse detrás de otro vidrio y me llamó. Me habló en un español muy mediocre y me pidió pruebas de que mi viaje era con fines turísticos. Le respondí en español un poco nervioso ya por la insistencia en tener que probar que no iba a cometer ningún crimen, como cuando te pone nervioso cruzarte un policía aunque no estés haciendo nada ilegal. A la señora le molestó que le hablara en español, probablemente porque no me entendió muy bien, y me dijo que tenía que colaborar. Le puse en frente todos los papeles que tenía encima, hasta de las notas que tenía de la facultad, pero no los miró. Me pidió entonces el celular, y se lo dí. Me dijo que espere sentado, y esperé.

Pasaron cuarenta minutos esta vez, siendo yo el único civil de aquella sala. Por momentos los podía escuchar riendo cuando revisaban la intimidad de mi teléfono, se habían encontrado con un juguete al que podían apretar y tironear sin miedo a ninguna autoridad que los retara.

Volvieron a llamarme, esta vez a sus oficinas. La señora que sabía poco español me delegó a otro compañero: un hombre obeso, como todos los oficiales de ahí, pero este era petizo mientras los otros eran altos, y este era negro mientras los demás eran rosados.

El oficial nuevo se presentó como The Dog, el perro. Dijo que le decían así por su buen olfato, habilidad que demostró cuando me revisó el bolso y en una sola olfateada encontró mi mate metido en un bolsillo profundo de la valija. Yo estaba sentado. En el momento en que El Perro vino a interrogarme, me levanté para responderle. Me hizo sentar. Cuando me preguntó a qué iba, le respondí apurado que iba de vacaciones. Me hizo callar. Sentí que su lógica estaba desfasada, como si se hubiesen confundido los papeles y estuviera interrogando a un narcotraficante y no a un boludo argentino que siempre había tenido de niñera a héroes yankees.

El Perro me dijo que había encontrado fotos de plantas de marihuana en mi teléfono y por eso revisó mis cosas. Y que también había leído mensajes de whatsapp en los que hablaba con mis amigos de buscar trabajo. Confundía términos del lunfardo como «laburo» y «changas» y pensaba que, por algún motivo, yo estaba buscando un trabajo fijo en una agencia de mudanzas. Me pidió los datos de mis amigos, yo se los concedí cobardemente. Después me dijo que si no le decía lo que quería escuchar iba a ingresar un código de nosequé para poder ver toda la información de mi celular, borrada o no. Cedí a la presión y mentí diciendo que buscaba trabajo, por algún motivo, en una agencia de mudanzas. Volví a esperar afuera.

A esta altura eran las ocho y monedas, ya había perdido mi avión. Entonces un oficial distinto me vino a buscar muy enojado diciéndome que era un mentiroso y que a él no le gustaban los mentirosos. Le pregunté «why?» y me dijo en su idioma que yo le había mentido con el nombre de uno de mis amigos, que yo le había dicho que se llamaba Facundo y en realidad se llamaba Juan Facundo. No me dejó aclararle que no recordaba su primer nombre y me mandó a la última habitación a la izquierda.

Esa habitación estaba salida de una de las películas yankees que siempre me habían gustado. Era pequeña y gris, provista solamente de una mesa y una silla. Me hicieron sacarme el abrigo y las zapatillas y me revisaron con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Nunca había tenido un problema con la policía de Argentina, pero lo estaba teniendo con la estadounidense que tanto había defendido.

Lo único que faltaba hacer, me dijo El Perro, era la entrevista final. Es costumbre que el entrevistador anote las respuestas en bruto del entrevistado. Pero no fue así. El Perro me ponía nervioso con sus insistencias de que le dijera porque iba a trabajar a su país. Le dije que no iba a trabajar. Entonces me preguntaba cuantas horas. Yo le respondía que no iba a trabajar. «¿Y cuántos días a la semana querés trabajar en mi país?» Y yo le respondía que no iba a trabajar. Cuando terminó de hacerme preguntas quedé tan alterado que si me hablaba en inglés yo le respondía en español, y si me hablaba en español yo le respondía en inglés.

Me ordenó quedarme sentado y me advirtió que estaba siendo vigilado. Cuando volvió me lo dijo sin preámbulo. Le pregunté porque me deportaban. «No te deportan» me dijo, «mi país te niega la entrada».

Mientras me sacaba la clásica foto de preso con el fondo blanco con líneas negras y me hacía firmar papeles y poner la huella por debajo del título de «Alien», El Perro me contaba de su trabajo, de los delincuentes que querían pasar su frontera y de que el japonés no le costaba tanto después de haber aprendido español. Yo nada más pensaba como mierda iba a volver a mi casa después de haber tenido tanta mala leche.

El Perro me dejó llamar a mi vieja. Le hablé con un hilo de voz para decirle que había tenido un inconveniente, que estaba bien, pero que iba a tener que volver. Mi vieja pensó que era una joda. Y con motivo, porque si no me hubiese pasado todo eso tal vez le habría hecho esa broma. Le aclaré con tristeza que no, que iba a volver en el próximo avión, que salía ese día dentro de doce horas. Corté la llamada fingiendo que no lloraba, con mi madre llorando por el otro extremo del mundo.

El Perro me explicó que tenía que aguardar hasta que saliera el avión en una sala de espera. Me dijo que hacía una llamada y me acompañaba. Me contó un poco más de su vida como oficial estadounidense, y yo fingía que lo escuchaba mientras deseaba el abrigo de la corrupción argentina y prometía no criticar jamás la locura por el fútbol a cambio de no tener que oír nunca más a nadie hablar inglés.

Mientras El Perro me acompañaba a la sala de detención y me mostraba la celda gris donde iba a estar encerrado las próximas horas sin zapatillas, ni celular, ni hoja o lápiz, yo lo seguía sin voluntad digiriendo lo que él había estado hablando en su llamada telefónica.

Entré a la celda aceptando que iba a dormir en esa camilla metálica unida a la pared, presentada por una alfombra orgánica de sangre seca en el piso y enmarcada por los rayones en el suelo hechos por las personas que han arrastrado dentro. Lo que me hacía repasar la charla ajena del guardia era un dato que había dicho El Perro, su nombre.

Me senté mirando hacia la puerta que se cerraba con llave, y cuando quedé solo, resoplé. Solté aire entrecortado por la nariz con ritmo, era lo más cercano a una risa que me salía. Si hubiese sido en otro contexto me hubiese reído a carcajadas. Me quedé con el nombre humano del Perro como premio consuelo, como la parte cómica de cualquier tragedia. Sentí que le había robado su secreto sabiendo su nombre, como si hubiese desenmascarado al impostor que se hacía pasar por policía robot estadounidense.

Se llamaba Roberto García.

El desdoblamiento

El sol calentaba el capó del auto rojo de Martina mientras esperaba en la puerta del Hospital. Los dedos largos y delgados de su mano derecha sostenían con estresada firmeza un cigarrillo, soplando con alta frecuencia el humo en dirección a la entrada, esperando a que su madre saliera, vigilando con sus ojos marrones escudados detrás de lentes de sol negros. Del edificio salió una señora mayor, de menor altura y menos tonificada que Martina, pero compartiendo las mismas dimensiones de cadera ancha.

­­­—¿Y? ¿Qué onda?—preguntó Martina a su madre.

—Igual que cuando saliste a fumar, siguió dormido. Ya no sé que esperar, ni que creerlo a los médicos. El de la mañana me dice que no pasa de la noche. Y el de la noche que se va a curar en cualquier momento. Yo lo veo mal—respondió Camila y negó con la cabeza en movimientos cortos.

Martina permaneció en silencio unos segundos. Miró a un lado de la calle mientras se apoyaba sobre la puerta de su auto. Dio una última y poderosa pitada a su cigarrillo para después aventarlo al suelo.

—Hace rato que vienen diciendo eso—dijo acompañando sus palabras de humo—. Por ahí, en una de esas, empieza a remontar—opinó, acomodando su flequillo a la derecha. Agachó un poco la cabeza, sin creerse lo que acababa de decir.

Camila no respondió enseguida, primero miró a su hija acomodarse el largo cabello castaño.

—Vamos, nena—señaló el vehículo con un movimiento de cabeza—. No tiene mucho sentido que nos quedemos aquí en la calle si no podemos verlo. Llevame a casa.

Madre e hija se subieron al auto de Martina y se alejaron del hospital. En el trayecto solo se escuchó el sonido de un programa de radio, que llenaba el Carza de puro ruido. Martina presionó con fuerza el botón de apagado esperanzada de que a mayor presión más potente sería la expulsión de ese conductor charlatán que nadie había invitado a irrumpir en su tristeza.

Martina entró a su departamento quince minutos después de haber dejado a su madre. Suspiró soltando la mochila de carga social que tenía que cargar cada vez que salía de su hogar. Se derrumbó en el sillón con la sola compañía de una generosa copa de vino. Se quedo mirando la televisión sin siquiera saber que canal había puesto, solo podía pensar en su abuelo internado en el hospital. Estaba por cumplir las tres semanas allí, acompañado día y noche por su anciana hermana, y por ellas cuando les permitían visitas. Y de su inconsistente pero inamovible cáncer, por supuesto. Muchas veces esto era en vano, su abuelo ni siquiera estaba consciente en la mitad de los encuentros, y desde hacía diez días que no podían hablar con él. Martina desarrolló una especie de celos por la enfermedad, quería tenerlo todo para ella.

La copa de vino se quedó con solo un sorbo de líquido, que Martina aprovechó para tragar un par de pastillas. Pronto ambas, la copa y la mujer, estaban inertes en el sillón. Una podía romperse en cualquier momento y hedía a vino, y la otra era de vidrio.

La semana laboral de Martina siguió con la misma tóxica dinámica que había promovido la enfermedad de su abuelo. Primero tenía que dar clases de inglés en el colegio que trabajaba, después de cumplir su horario tenía que salir y comer algo, cosa que no hacía. Lo siguiente en su día era pasar a buscar a su madre, con quien había retomado contacto también debido a la enfermedad de su abuelo. Camila había abandonado a su hija cuando esta cumplía doce años, diciendo que no podía atarse a tanta responsabilidad, que ella también necesitaba vivir. Y se fue a vivir con su novio de turno, no muy lejos de la casa de sus abuelos, quienes pasaron a ser sus tutores. El padre de Martina había muerto cuando ella tenía diez, y viéndolo en retrospectiva le parecía interesante, hasta gracioso cuando se sentía sumamente cínica, que su madre durara dos años con ella como carga considerando el extremo delirio narcisista que manejaba en su mente.

Esa no había sido la ruptura total de su relación, al cumplir veinticinco años Martina volvió a contactar a su madre para avisarle que su abuela, es decir la madre de Camila, había muerto. Camila le respondió que no podía creer que su madre había fallecido. Ella repitió que había muerto, no que había fallecido, que fallecer fallecen los primos lejanos, y su abuela era muchísimo más que eso, y era muchísimo más madre que su madre, y por ende bien merecedora estaba de ser declarada muerta.

Camila revivió la relación con su hija, por un tiempo. Se vieron varias veces, y prometió darle una ayuda económica, y lo hizo. Una vez. Ni bien terminó el duelo de la mujer que crió a ambas, también terminó el mísero intento de restablecer un lazo materno.

Al igual que la muerte de su abuela había hecho que Martina y Camila se reencontrasen, también lograba lo mismo la enfermedad de su abuelo. La profesora de inglés de treinta y cuatro años no podía estar todo el día con su abuelo por más que quisiera, de verdad quería pasar todo el tiempo posible con él, pero su empleo era el principal obstáculo. Su trabajo era el enfoque en esa época de su vida, ya no estaba en pareja y no tenía hijos. No quería además fracasar profesionalmente.

Entonces, Martina pasaba a buscar a Camila por su casa para ir al hospital por una calle llena de baches que hacía tortuoso todo el trayecto, esperando encontrar lúcido, o por lo menos despierto, al enfermo anciano. No tuvieron suerte. Según le dijo su tía abuela a Martina, se había despertado un rato a la mañana, aunque no coherente, e inmediatamente se había vuelto a dormir. De nuevo a su abismo. La hermana de su abuelo ya ni pedía los partes médicos. Solo les quedaba preguntar por el día. Cada jornada con su abuelo en la que podían hablar un minuto o dos valía oro para Martina. Ese día, y esa noche hasta que les pidieron que se retiren, no hubo caso. Abrió apenas los ojos, miró perdido la habitación unos efímeros segundos y se rindió a su cansancio.

La siguiente semana se desarrolló lenta, y Martina la padeció. Los días eran una tortura, una desgastante repetición de esperanza y desesperanza cada vez que visitaba a su abuelo que convergía en no poder hablar con él. Hasta el médico del turno noche había perdido su visión positiva de las cosas, le aconsejaba a las tres mujeres que acompañaban al anciano que se despidiesen cuanto antes, porque no le quedaba mucho tiempo. El tumor maligno, haciendo alarde de su adjetivo,  seguía alojado en su cabeza y no se iba a ir a ningún lado, no sin llevárselo a él. Pero Marti no podía despedirse, no podía hablar, no podía hacer nada más que ver al hombre que la crió postrado en una cama de hospital esforzándose por respirar.

Martina ya no conseguía distinguir los días a través de su cansancio, así que no supo qué día era cuando recibió una llamada al trabajo de su tía abuela que le informaba que su abuelo se acababa de despertar y estaba lúcido. Martina respiró una enorme bocanada de aire que transformó en un estallido de llanto ahogado. Podría verlo de nuevo. Podría verlo una vez más, según le decían por el teléfono, porque realmente estaba agotado y si bien se podía conversar con él, no se sabía cuánto iba a aguantar. El obstáculo volvía a ser su trabajo, pero Martina supo sin dudas ni lógica que esa era su única oportunidad. No lo dudó ni un instante más y se fue sin siquiera avisar a alguna autoridad. Se lanzó a su redondeado Carza rojo y voló al hospital donde podría hablar con su abuelo.

La calle por la cual Martina conducía estaba bastante despejada, era la primera vez que iba en ese horario. Aceleró aprovechando este tránsito ligero. Al pasar la calle Zarcota notó unas borrosas manchas amarillas a los lados del camino, aminoró la velocidad lo indispensable para ver que eran señales. Más adelante estaba cortada para refaccionar la calle de los baches. Martina dejó de acelerar y dobló hacia la derecha aún con bastante velocidad. Su cuerpo estalló de adrenalina y apenas pudo ver a una chica de uniforme escolar cruzando esa misma calle. Clavó los frenos, pero eso no alcanzó, se encontró directo a la colisión. El auto, sin cambiar de rumbo, no chocó con ninguna chica de uniforme escolar. Martina se vio sacudida un poco por la frenada, que había sido exitosa. Bajó temblando del auto ahí mismo con el corazón repiqueteándole en el pecho. Miró a todos lados y no vio a ninguna chica. Supuso que debió de haberse arrepentido de cruzar, o algo por el estilo, porque allí no estaba. No había pisado a nadie ni había chocado con nada. Todo estaba bien.

Martina estacionó en esa misma esquina el auto y dio la vuelta a la manzana para entrar al hospital, todavía desorientada. Llegó agitada a las escaleras y las subió repitiendo y rogando por favor que no sea tarde. Alcanzó el piso y corrió hasta la puerta deseando con todas sus fuerzas que su abuelo estuviese ahí, consciente, que no sea tarde. Martina abrió la puerta y entró. No era tarde.

Dentro de la habitación del hospital, su abuelo estaba acostado con la cama inclinada para que no tuviese que hacer fuerza incorporándose. Martina lloró mientras se le abalanzaba en un postergadísimo abrazo. Tardó varios minutos en recomponerse y poder saludarlo.

—Hola—dijo simplemente, con la cara congestionada por el llanto.

—Hola—dijo simplemente su abuelo, sonriendo.

— ¿Cómo estás?—le preguntó mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.

—Impecable—le respondió con su mejor expresión casual. Se rió hasta que lo interrumpió una tos seca.

Martina se olvidó de su madre y de su tía abuela por completo, no las saludó al entrar y ni siquiera las notó en la habitación. Se sentía ahí, en ese rincón pequeño del mundo, sola con su abuelo. Su mejor compañía. Habló un poco con él de banalidades, y notó su estado tan desmejorado. La gran diferencia entre verlo ese día y los anteriores, era el aura de relajación que emanaba cuando hablaba con ella. Siempre había sido un hombre nervioso y estresado, pero allí, postrado en esa cama con más partes enfermas que sanas, se le veía muy cómodo, hasta contento. Y ella estaba ahí para poder acompañarlo, por lo menos ese ratito.

—Descansá, Abue, y vas a ver. Vas a recuperarte en nada de tiempo. Vas a salir de esta—le dijo una esperanzada Martina.

Su abuelo sonrió con una sonrisa socarrona de quién sabe la verdad. Le miró fijo a los ojos, sin interrumpir su gesto articulado con la experiencia que da la vida; y a veces la muerte.

—Lo sé—dijo con total serenidad. Levantó con lentitud su mano derecha y acarició una mejilla de Martina—. Vos quedate tranquila, todo va a estar bien—tomó aire y suspiró—. Te amo, chiquita—se despidió.

—Yo también, Abue—le respondió su nieta, con la cara compungida goteando lágrimas—. Te amo muchísimo—se despidió, tomando la mano de su abuelo entre las suyas.

La mirada cansada de su abuelo se apoderó de su rostro, y en un estado de serenidad total, cerró los ojos. Sus músculos se relajaron completamente y de un instante a otro, Martina sintió en la mano que sostenía, como su abuelo iba dejando atrás su ropa de hombre.

Martina se quedó llorando a su lado un tiempo que no sabría medir en minutos, hasta que sintió que era el momento de irse. Salió de la habitación y del hospital sin siquiera percatarse de su madre y la hermana de su abuelo. Caminó ensimismada la manzana en dirección a su auto. Por extraño que le resultase, ella también se sentía relajada, y si bien acababa de pasar por una situación extraña de despedirse de la persona que más quería, en el fondo sentía alivió de poder haberlo hecho y de que aquella transición fuese en paz.

Al doblar la esquina, Martina estaba en el extremo contrario de la calle donde había dejado su auto. Al acercarse lo buscó con la mirada y no lo encontró. Siguió caminando y no conseguía ver su vehículo, pero si vio a una chica adolescente vestida de uniforme escolar cruzando de vereda, y de la calle cortada vio como un auto rojo de bordes redondeados se acercaba a gran velocidad. El Carza estuvo a punto de atropellar a aquella chica. Martina corrió hacia la escena. El auto giró abruptamente un instante antes de chocar y perdió el control, colisionando contra un grueso árbol de la vereda. El temblor fue tal que casi hace que Martina pierda el equilibrio. Al llegar a la escena del accidente, no dudó en fijarse el estado de aquél temerario conductor. Abrió la puerta y encontró a una mujer desparramada sobre el volante, cubierta de sangre. La agarró como pudo y la sacó del auto para recostarla sobre la vereda con la mayor delicadeza posible.

Momentos después llegó una ambulancia, los paramédicos bajaron con una camilla y se acercaron a la puerta del conductor en busca de la persona accidentada. Encontraron una mujer alta de caderas anchas con el pelo castaño empapado de sangre tirada en la vereda. Un paramédico se acercó y le tomó el pulso del cuello. Nada. Buscó el pulso en la pierna y depositó una última esperanza en el pulso de la muñeca. Nada.

La mujer mantenía, entre los cortes de su cara, un misterioso semblante. Todos los que la vieron podrían coincidir en lo mismo, que por extraño que fuese en un accidente así, aquella fallecida mujer expresaba en su rostro un clarísimo estado de serenidad.

No volvió

La falda de la montaña tendría que tener una forma irregular. Esta no. Su unión con el suelo parecía trazada con un compás. Enrico adoraba esta lección. No soportaba lo artificial de los dibujos, el exceso de simetría que se le imponía a la ruda naturaleza, y sin embargo ahí estaba esa montaña para exponer su prejuicio. Tal vez se vería menos circular de cerca, tal vez si se acercara encontraría las irregularidades en el suelo que siempre adjudicó a esos ambientes. Pero un enorme lago se interponía entre ambos, y solo le quedaba darle a la montaña el beneficio de la duda.

El sol estaba firme en el cielo sin interrupciones de las nubes, el día no podía ser más hermoso. El lago imitaba tembloroso esta luz que le llegaba, como un niño imitando al padre, como si quisiera dejar de ser agua para poder ser cielo.

Enrico quedaba fuera de tono vestido de traje y camisa sobre la playa. Sus zapatos negros no combinaban bien con la arena rubia sobre la que se paraban. El viento sacudía su ropa arrugada de la misma forma que sacudía su cabello, y la luz exponía ante el mundo sus ojeras grises por encima de su barba desaliñada. Enrico no sonreía, su rostro se mantenía tieso con su boca ligeramente abierta. Su mente procesaba incontables pensamientos una y otra vez en un torbellino, y ninguno llegaba a ser expresado por su cara.

Dio un paso. Dio otro paso. Se detuvo. Se quitó la corbata y el saco. Dio unos pasos más y contrajo la cara con fuerza mientras se arrancaba la camisa. Los botones blancos cayeron desperdigados en la arena. Enrico abrió los ojos y se desconcertó. No había ningún lago cristalino y no había ninguna montaña desafiante, ahora solo estaba frente a una pared de yeso y un bidón de agua que burbujeó tímidamente.

Enrico respiró agitado, se giró y vio la oficina de siempre, y todo el ruido de la gente hablando, los teléfonos sonando y los pasos ahogados por la alfombra volvieron de pronto. Susana pasó a su lado con su vasito de café y le preguntó si estaba bien. Enrico dijo que sí. «¿Qué le pasó a tu camisa?» dijo extrañada aquella voz mientras Enrico caminaba, dejando la pregunta flotando sin respuesta.

¿Cuál situación era real? Enrico no supo responderse. Su escritorio estaba a unos pocos pasos, debía de volver al trabajo. La alfombra se sintió mullida bajo sus zapatos, y cada paso le costó más esfuerzo. Sintió el suelo deformarse ante la tiranía de su pisada con suela de goma. Cuando bajó la vista para ver cual era el problema, notó que era muy difícil caminar con aquel calzado sobre una arena tan ligera. Enrico se quitó los zapatos y desechó a un lado los restos de su camisa. El sol ahora entibiaba todo su torso y el aire fresco le erizaba la piel. Lo siguiente fue quitarse los pantalones color carbón y su ropa interior. La arena se adaptaba a cada paso que daba, y con cada paso la arena se volvió más firme, y luego más húmeda. Enrico no se detuvo en la orilla, su cuerpo desnudo nunca había estado más cómodo. Casi se cae cuando de repente su pie sintió el piso firme apenas acolchado por la alfombra gris. Resignado, se sentó en su silla, y se sintió incómodo. Sus compañeros de trabajo lo miraron fijo, algunos con la boca abierta, Enrico se miró y entendió porque. Rió con cansancio. Se puso de pie con decisión y dio un par de pasos con su torbellino mental apaciguado por su determinación. Casi enseguida volvió a sentir el agua por los tobillos, y hasta creía poder distinguir entre la arena y la ceniza que pisaba en el interior del lago. No paró hasta que el agua le lamió al cuello. Sintió unas ganas extrañas de nadar, y no dudó en hacerlo. Nadó empapado en aquel espejo líquido, alejándose cada vez más de sus harapos. Quería llegar al otro lado, quería saber si esa montaña lo había engañado realmente con su falda. Si él llegaba a tener razón, se reiría y seguramente le haría algunas bromas; y si ella realmente era tan perfecta como se había mostrado, ese nado habría valido la pena.

Y nadó.

Y llegó.

Se quedó.

El conejo tembloroso

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras dejaba de humedecer las hojas de la stromanthe.

Pensando dónde estoy, deambulando… este parque no lo reconozco, sigo distrayéndome con la noche.

En el cielo, la luna flanquea mi vista. Flotando con la templanza de un satélite eterno.

Es un espejo que me recuerda la vergüenza que tengo en la cara. No me gusta que me recuerden mi marca. La vuelvo a tapar con mechones de mi cabello para que nadie la vea, no importa si anulo mi ojo izquierdo. Nadie puede conocerla. Estoy de suerte, no veo gente cerca ni mirando por encima de mis hombros. Algunos recuerdos fluyen en mi cabeza.

—¡Sos un desperdicio! ¡Tantas posibilidades tiradas a la basura!— me enseña mi padre en mi habitación, con la cara como un tomate maduro.

Pero, en serio, ¿Dónde estoy? No me acuerdo ya ni del lado por el cual entré a este parque, o a esta plaza. O a este cantero, ¿quién puede saberlo con exactitud entre tanta niebla? Parece que a cada paso que doy se vuelve más espesa. A este ritmo faltaría una nueva corrida para quedar absorbido por el tibio vapor blanco que me vigila.

Empiezo a correr.

—Perder tiempo con plantas es para la servidumbre y los fracasados— me hacía saber mi madre, sosteniendo un cigarro con esas insulsas manos que nunca tocaron tierra tibia.

Vuelvo a mirar la zona mientras me levanto. Aún no la reconozco. Y lo que es peor, creo que es distinta a la que ya no reconocía antes de caerme al suelo. O ser tirado, esta raíz perdida entre el césped parece querer molestarme, no soporto cuando quieren molestarme. Pero debe ser muy difícil enojarse con un árbol tan magnífico, por más burlonas que sean sus raíces, sobre todo cuando toda la zona tiene la belleza cruda del crecimiento natural salvaje. Sin riendas, sin límites. Me acaricio un poco la tierra sobre el raspón que gané. Con un movimiento relámpago aprendido a través de los años acomodo mi pelo para volver a tapar mi vergüenza, antes de que también quieran burlarse de mi marca.

—No es sano lo que estás haciendo. Esa relación imaginaria que sostenés no es sana para tu familia. Ni para vos— me reclamó mi terapeuta en el consultorio que encarcela una solitaria aloe vera. Sólo hace una semana de ese episodio ¿Dónde estoy ahora?

Arrodillado, el nogal se vuelve inmenso. Le suplico. Siempre dí, siempre. No aguanto más esta persecución. Siempre mantuve mis cosas para mí, nunca ataqué a la sociedad. Toda mi vida me disfracé de hombre civilizado para no alterar a nadie. Solo se necesitó un desliz, uno solo, y todo el sistema civilizado, templado y estructurado me rechazó a la vez.

Ya no sé qué hacer.

—¡Enfermito!— me gritó un joven que no sabe mi nombre, con el seño fruncido en burla cuando estaba cantándole a los jazmines para calmarlos.

— Vas a tener que ir con los médicos, te van a ayudar. Allá hay mucha gente que te va a ayudar— sentenció entre la acumulación de siluetas un hermano de mi madre, el que siempre ubica mal a los helechos violáceos.

Ya no sé qué ser.

—No quiero ir con esos médicos— pensé, al tomar aire de esa multitud—. Yo voy a ir a regar las chiquitas del jardín. Si, eso, como todos los días, voy a humedecer la stromanthe, y todo va a estar bien.

Ayuda.

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras la señora fofa mojaba sin cuidado una azácea tricolor. Ya se lo había dicho muchas veces, y la pobre planta había sufrido quemaduras del sol por culpa de aquella asesina. Esa tricolor no se iba a salvar. Y sé que fue brusco, y yo ya estaba algo irritado, pero no pude soportar ver aquel asesinato.

Acepto que tal vez fui muy extremo en mi represalia como representante de la naturaleza, sin embargo algo debía de hacerse.

¿No reaccionaría así cualquiera que viese el homicidio gozoso de un bebé humano? Esa inocente planta también estaba en una edad muy temprana.

La luna perfora la frondosa neblina con la calma de lo inmortal. Veo un espejo negro en el césped a pocas yardas de donde estoy. Agradezco al benigno árbol con un gesto mientras queda a mis espaldas y me acerco a aquel oscuro lago.

Mi barrio nunca tuvo lagos, tampoco mi horrible ciudad de cemento. Esta oscura formación de agua me invitaba, como el vacío en las alturas, a escapar con él. En él. Era momento.

Arrojé mi disfraz de hombre civilizado a un lado. Inspiré aire. Exhalé todos mis problemas. Mi cuerpo desnudo nunca estuvo tan ligero. Descubrí mi rostro para mostrar orgulloso como un niño mi marca a la luna. Mi salvadora.

Mi mancha gris con forma de un conejo tembloroso fue por primera vez alumbrada por la eterna luz de la luna.

Cierro los ojos y me dejo caer. Iré a donde realmente pertenezco.

La helada corriente se enlaza y entra por mis poros, me promete volver a la tierra de la que vine. Tal vez, con un poco de suerte, brote de mí un hermoso nogal.