Una sirena no es un castillo

Ramón caminó por las playas públicas de Punta Mogotes como lo hacía cada temporada desde hacía doce años. Llevaba lo que nunca le faltaba, los lentes negros de plástico para el sol, la remera blanca manga larga que le combinaba con el pantalón del mismo color y las topper negras que no se podría acordar donde las compró aunque lo intentara. Pero no pensaba en su ropa, pensaba en la canasta de mimbre con mantas de papel oscurecido que protegían sus churros de la arena que revoleaba el viento. No era su mejor día vendiendo, la tarde empastada por el sol hacía que la gente prefiriera al de los helados. Ramón se preocupó un poco de que la semana siguiera así, porque en general la tarde era súbdita del mate y el mate era un gran amigo de los churros. El calor, en cambio, era el amante de los helados.

La playa de Mogotes tenía más personas que reposeras, y los hambrientos giraban la cabeza cuando escuchaban el canto de «¡a los churros!». Su grito de guerra no defraudaba, la voz crujiente de Ramón azucarada por la melodía del canto más famoso de la playa dejaba en claro quién era y qué hacía. «¡Churro churro, a losss churrossss!» lo volvía visible, pero no del todo humano. Para llamarlo, le chiflaban o lo bautizaban como «Eu, Churro, por acá». Ramón manejaba un punto medio, entre ser persona y ser bizcocho. Todos lo hacían, menos su comprador favorito, el nenito rubio que ya sabía su nombre. «Señor Ramón, ¿tendría churros, por favor?» le decía escondiendo una súplica en su pregunta. El gordito de pelo largo visitaba la playa con su familia desde hacía por lo menos una semana, siempre haciendo pozos en la orilla, creando montes de arena con moldes de plástico, saliendo de su mundo cuando los padres, dos momias con maya, lo mandaban a comprar. Eran una familia de seis, y compraban siempre lo mismo: una docena de churros sin dulce de leche. Ramón los miraba de reojo sin frenar su marcha inestable en la arena, todos comían churros menos el nene que los compraba.

«Acá tenés, amigo, una docena» le dijo Ramón pasando la bolsa de una mano de cuero endurecida por el sol a una manita rosada blanda como un aguaviva. Ramón charlaba hasta por los codos con un adulto que dudaba en comprarle, pero fue una excepción que le hablara tanto a un niño que ya le había pagado. «¿Vos no comés churros?»

El nene dijo que no, repitió memorizado que estaba con sobrepeso y le iba a hacer mal a la salud. Ramón le dijo que se comiera uno mientras no miraban, pero el nene se negó porque esos churros no eran para él, así que eso estaría mal. «Además» le dijo el nene, «estoy muy ocupado practicando para el concurso de castillos de mañana, pero da nervios. No sé si voy a ir» Ramón le preguntó por qué. «Es que es por tiempo, te miran haciéndolo, estaría bueno que dejen hacerlo antes y que los vean después, así no pierdo». Ramón le aconsejó que concursara, que según su experiencia vendiendo churros no es lo mismo pararse y esperar a que vengan que si vas y buscás a la gente. Le deseó suerte y retomó su anonimato esquivando sombrillas, perros, pelotas, nenes y demás obstáculos, con las piernas endurecidas por el cansancio viejo y el vozarrón amplificado por la necesidad.

La tarde siguiente fue peor que la anterior, el calor llevó a la humedad para no sentirse solo. Ramón mismo pensaba en cómo alguien podía comer churros a temperatura lava con ese clima mientras entregaba la bolsita oscurecida de aceite a los clientes. Aparentaba no ser un clima estable, las nubes flanqueando el cielo iban a filtrar el sol en cualquier momento. El viento era el problema, porque no había, Ramón calculaba que si tiraban un helado al suelo iba a transpirar menos que toda esa gente. En la orilla no se podía ni pasar, estaba bloqueada por un muro de gente haciendo formas de arena, entre ellos el nene que compraba churros sin poder comerlos. El castillo del niño regordete no llegaba a los tres pisos, pero la lengua afuera mientras se embarraba apoyado en cuatro patas mostraban lo concentrado que estaba para edificar esas torres. Ramón se fumó un parisiennes viendo terminar ese circo, sin admitirse que quería ver a su pupilo ganar. El niño perdió completamente anónimo con una pareja de treintañeros que había hecho una sirena de más de un metro de altura, con arena pulida para el rostro y caracoles para las escamas.

Como perder era poco, el nene perdió en soledad. Su padre lo llamó como a un perro extraño recién cuando vio a Ramón, para mandarlo a comprar churros. Ramón lo atendió como cada día, con el mismo pedido, una docena de churros vacíos. Ramón le dijo que su castillo era el mejor, el nene con ojos derrotados no respondió. Ramón le comentó que él sabía muchísimo de castillos, que conocía los mejores castillos del mundo y que ese que él había hecho era exacto a los castillos de los reyes que visitaba, que no se preocupara porque una sirena no es un castillo y que el premio lo daba él. Ramón le pasó una bolsa extra más liviana, con el secreto de una abuela dando plata al cumpleañero y le felicitó por el primer puesto, con tres churros especiales con dulce de leche como premio. El nene le agradeció con los ojos espolvoreados de victoria y la voz llena de identidad «Gracias, Señor Ramón».

Mientras Ramón retomaba su disfraz de «Eu, Churro, por acá», balanceando la canasta de mimbre, vio al nene entregando la bolsa grande a sus padres, dos momias distraídas, y comer sus churros de primer premio a un lado, contento por una vez de que no le prestaran atención. Ramón volvió a su grito de guerra de a los churros mientras las nubes dejaban respirar a los turistas, que podrían prepararse un mate y comprar churros, para cambiar sus vidas un churro con dulce de leche a la vez.

El nieto de Matilde

Odiseo Segundo Sánchez Roché, nacido como Adrián Sánchez, recibió uno de esos imprácticos pero novedosos mensajes por holograma para avisarle que su proyecto había sido aprobado por la Organización Liberadora Universal y sería galardonado en su planeta natal. Su tercera torre de investigación podía empezar a construirse en los próximos meses para seguir destruyendo la corteza de planetas ajenos al suyo y se llevaba el premio Nobel como único castigo. Su vuelta a la Tierra para recibir el premio fue la primera vez en años que tocaba tierra firme, desde el entierro de Matilde.  

Caminando entre los edificios de lujo con el cuello arqueado hacia arriba pensó por contraste en la casa petisa abrigada de musgo en la que había crecido, donde para lo único que tenía que levantar la cabeza era para verle el rostro cuadrado a su abuela. Encajaban perfectos, una señora orejona sin hijos con un niño orejón sin padres; distintos de cuna pero iguales de sangre, ella era fusilli, él tirabuzón. Matilde no usaba muchas palabras, hablaba mostrando como adobar un risotto y lo abrazaba con partidas eternas de la escoba de quince. Cuando le enseñó a jugar a ese juego de cartas olvidado por la galaxia le advirtió: «Primero perdés, Adriancito. Después aprendés». El recuerdo sobrevivía duro cual palmada de vasco, en él y en el mazo de cartas que guardaba como amuleto en su maletín.

Las puertas del rompecielos más alto que existía desde Nueva Tierra hasta Trajano al que tenía que entrar por su premio lo intimidaban, eran unos altos bloques de oro sólido que iluminaban intrusivos el esqueleto criollo que Odiseo ocultaba tras varias capas de aprender idiomas refinados. Odiseo estiraba en silencio su entrada cuando escuchó risas de niños y sintió que eran las burlas que merecía. Se giró como excusa para tardar más en llegar a su ceremonia y uno de los niños le señaló la mano. Su maletín se reía con la boca abierta y un viento experimentado en hacer chistes le volaba con suavidad todos los papeles y un viejo mazo de cartas. Odiseo volvió a ser Adrián en una bajada de presión. Por primera vez en veinte años pidió ayuda, para que junten las cartas. Varios niños lo asistieron, algunos juntaron papeles. Adrián les dijo que los dejen, «solo las cartas».

Adriancito se sentó media cuadra lejos de los vulgares portones de oro y respiró. Su abuela hablaba poco, pero sí que se reía. Cómo se hubiese reído de ver a su nieto perder la cordura por unos cartoncitos amarillentos. El nieto de Matilde sonrió con los músculos de la nostalgia pensando en esa señora que no se impresionaría por un Nobel pero que lloró mares cuando probó el primer risotto desabrido de su nieto. Adrián barajó todo con las cartas en mano y repartió tres cartas a cada niño, puso cuatro boca arriba en el centro y empezó un proyecto que lo pusiera orgulloso. «Primero pierden», les dijo, «pero después aprenden».

Promesa conformista

Entro apurado a casa para no estar dando vueltas en la calle después del toque de queda, porque los científicos descubrieron que a las ocho de la noche el bicho se levanta de la siesta y arranca a laburar. Me siento un forro, no me puedo acordar si me puse alcohol en gel cuando salí del trabajo, todavía no me saqué el barbijo, no me lavé las manos y me doy cuenta de que no limpie el vuelto en billetes ni la verdura que me anilla la muñeca. Respiro. Uno, dos, tres, cuatro… Exhalo… Uno dos tres cuatro. Me supera que recién es martes. Me molesta más que sería lo mismo aunque fuese sábado. Pienso en lo lindo que será cuando quince días vuelvan a ser quince días. Cierro los ojos para imaginarme ese futuro y ya que estoy en una fantasía me imagino en el Sur.

En la orilla del río azul habría un silencio vacío, no queda del silencio lleno de vecinos escondidos. Las piedras se cubren con paciencia de musgo verde y no de largas caminatas tristes para rogar un atado de puchos. Las mochilas que cargan los que pasean dejan de ser metáforas pesadas que escondo con otro alplax.

Puede sonar extravagante, pero ahí la arena es arena, dejaron de ser granitos que hay que poner cada día para no repetir el mismo plato de fideos cada noche. El aire que sopla esta arena corpórea dejó de estar hecho de incertidumbre y soplarlo no me vuelve un marginal.

El sol, que está por irse, promete volver con un día salido de paquete nuevo, para que no me preocupe de oler un atardecer repetido colándose por la ventana enrejada. No tengo que mirar la hora porque no tiene sentido, acá las horas pasan en serio y quince días ya no son ocho meses. La noche ya no hay que organizarla para que no se ponga violenta a las tres y treinta y tres de la mañana, y si miró el celular, la foto de mi sobrino de fondo de pantalla es una promesa de verlo y no la angustia de que sea para siempre una foto.

Puede ser que me conforme con poco, pero los perros de acá corren en vez de morirse, la gente los pasea con paz y sin excusa, los pozos que hacen son para jugar y no para mi mastín.

El borde de la montaña por el que nace el río deja en ridículo a cualquier pinterest de Suiza y destruye con argumentos a cualquier otra pantalla venenosa. El agua es fresca porque nunca deja de correr y a ninguno nos pueden convencer de tomar cloro.

No quiero dejar de lado a los bichos, que son la parte mala. Me alegran estos bichos, porque borran las dudas de que todo esto no sea más que una utopía y vuelven verosímiles a todas las truchas que nadan abrigadas en el agua helada. Estos bichos hacen sus cosas sin joder a nadie y no se paran a pelear por si hay que abrir o cerrar los hormigueros.

Es todo tan grande acá que él único microbio que puede molestar soy yo. Es todo tan real que el único sueño soy yo. La nube de arriba me pregunta «¿y por casa como andamos?” cuando quiero desprestigiarla por ser pasajera.

No me molesto con la nube, está tan lejos y en el medio hay tanto aire que, si no fuese tarde, a ninguna abuela mía le faltaría el oxígeno.

Abro los ojos y la garrapata facial de tela que me parasitea las orejas para sostenerse me dice que estoy equivocado. Primero la puteo. Le doy la razón, como a los locos. Le prometo una venganza conformista, le digo que sí, que estoy equivocado… Hasta que esté en lo correcto.

Las magias extintas del Sur

Hace ya varios años que no uso ninguna droga. Es muy difícil que alguna me recuerde a la que tomé en el Bolsón años atrás, pero la última vez que la probé perdí mis dos amistades más importantes, y si llegase a encontrar algo parecido, me estaría engañando para volver a lo que ya no existe. No quiero volver a sufrir que se muera lo mágico.

Doce horas estuvimos en la ruta el primer día, atravesamos la sombra del cartel de bienvenida a Neuquén diciéndonos el chiste de dónde íbamos a encontrar un buen marcador para volver a dibujarnos la raya del culo.

Alquilamos una habitación en un hotel de dos estrellas manejado por un viejo de bigote nervioso y movimientos zombificados. El Negro entró y se desmayó en la cama oscurecida por el polvo. Él había manejado y el último tramo me preocupó que se durmiese al volante de lo cansado que se veía. Mi miedo fue, una vez más, una tontería y pudimos acostarnos en esa rústica habitación a pasar la noche. El Topo y yo nos dormimos unas horas más tarde, los ronquidos de oso del Negrito hacían vibrar las patas de pino de las camas. Jugamos un rato a embocarle papelitos en la boca, ahogando nuestra risa con las manos para no despertarlo. El sueño se apareció como un parpadeo y ya era de día.

Desayunamos a las siete en una mesa chueca de plástico que intentaba imitar madera. Triplicamos las porciones de comida permitidas gracias a la vigilancia distraída del encargado.

-Este autista de mierda no entiende nada-dijo el Topo en intimidad.

Ignoré las críticas del Topo, que eran cada día más frecuentes desde que trabajaba con ese grupo de garcas, y busqué el escape en los ojos del Negro.

-¿Estás para arrancar, Negrito Mágico?-le pregunté.

El Negro sonrió, sin sumarse a las burlas de nuestro amigo.

-Sí, amiga, vamos-me contestó.

El trazo ondulante del Lanín nos avisó que estábamos cerca del destino. El Negro fue el primero que notó al volcán, sin sacar los ojos del camino. Su vista panorámica siempre me impresionó. Antes, cuando todavía jugaba al futbol, parecía adivinar cuando se le acercaban por la espalda. El Topo lo molestaba siempre con eso:

-Negro, ni dos neuronas te encuentran en la cabeza, pero tenés dos ojos en la nuca, impactante la verdad-le dijo una vez cuando nos cambiábamos en el vestuario. El Negro no le retrucó, solo se rio.

Hacía ya mucho tiempo desde que el Negro no jugaba al futbol, ni se reía; el Topo jamás se habría animado a hacer un comentario así en el auto, salvo que quisiera llegar al Río Azul con la cabeza partida al medio.

El volcán nos acercó montañas amigas para distraernos del cansancio. Dejábamos atrás seis horas de viaje sin rendir ninguna pierna ante los calambres. Cuando le devolví el mate al Topo se me ocurrió preguntarle cuanto faltaba, pero El Bolsón respondió sin necesitar ayuda mostrando unas cumbres nevadas. «Por fin llego» susurró el Negro, creo que no se dio cuenta de que había hablado.

El Topo podía hacerse el distraído y hablar de boludeces todo el día, miraba por la ventana criticando a sus suegros y se burlaba de compañeros de laburo entre sorbidas de mate, pero nunca se perdía un dato del GPS, sabía dónde, cómo y cuándo doblar o frenar. Llegamos al campamento para pasar la noche sin ningún error. Eso me causaba mucha gracia del Topo, se hacía el pelotudo cuando quería y en el fondo siempre sabía dónde estaba parado. Sí, a los suegros los criticaba, eso sí, asegurándose de estar a más de mil kilómetros de distancia, las veces que lo vi en presencia de ellos los trata de usted y no se salta un solo protocolo a la vez que los hace reír. Actuaba parecido en el auto, se le cansaba la lengua de llenar el aire con más aire, pero a la primera de cambio se volvía un nativo originario en ubicación espacial. Un dualismo graciosísimo para ver, un tipo que se burla de todos y se toma las cosas en serio como nadie. Estoy segura de que si erraba una indicación me hubiese hecho pasar de copiloto, por fallar. Por suerte para mí, que no tenía esa dualidad, no erró y pude seguir atrás sin más responsabilidad que la de fijarme si el Negro se quedaba dormido al volante. Tampoco pasó, el Negro manejaba con mucha experiencia encima, tenía veintinueve años nada más, como el resto del trío, pero siempre se le percibía como experimentado hasta en las cosas que probaba por primera vez, como un alma vieja, con años compactados encima de la espalda. Más bien, encima de la cabeza.

El atardecer en el campamento envuelto por las faldas de las montañas fue muy tranquilo, el aire libre de humedad combinaba con la paz. Nos quedamos en la mesa de la parcela para cenar, compartimos un porro y nos tomamos dos vinos entre charla y música. Fue una dinámica normal, tal vez la última noche con esa normalidad, por eso la guardo con cariño. Nos fuimos a dormir a la carpa armada por primera vez y el piso se sentía como un colchón. La última caricia de normalidad que tuve. Recuerdo que, ya acostados y con el Topo roncando en el medio, el Negro me dijo que le venía bien relajarse un poco después de tanto viaje, le pregunté si prefería que yo manejara al otro día, para que no se agobie. El Negro no dejó de mirar el techo de la carpa para responderme, «No» me dijo, «estoy tranquilo cuando yo tengo el volante».

En papeles organizamos subir por la montaña hasta el Cajón Azul, acampar ahí una noche y al día siguiente llegar a Los Laguitos, el último refugio en ese sendero del Bolsón. Rompimos esa estructura cuando nos faltaba media hora para llegar al refugio del primer día y nos sentimos energizados cual conejo de las baterías. Tres horas y media en subida y los nudos en la espalda y los pinchazos en las rodillas daban el ausente. Nos jugamos a hacer todo de corrido, seguimos por el sendero cargando las mochilas, la carpa y las bolsas de dormir.

Doce horas de caminata en total, llegamos solos a Los Laguitos, como un trío de mulas porteñas. Llegamos solos porque nadie hace el camino de un tirón y, aunque a las siete de la mañana ya estábamos respirando aire de río, era arriesgado viajar entre los árboles de noche. De alguna forma las piernas saltearon la parte de fatiga muscular y pasaron directamente a entumecerse. Los gemelos se unificaron en un hijo único y la espalda en una bola contracturada. Todavía atardecía, así que no tuvimos que enfrentar la noche en terreno desconocido. Los Laguitos nos recibió con bastante indiferencia. Y frío. El Topo planteó dormir adentro de la cabaña del refugio, para «respetar el clima». Siempre fue bastante friolento, así que votamos. Yo y el Negro elegimos armar carpa porque ya la habíamos arrastrado por doce horas y las bolsas de dormir resistían a temperaturas bajo cero, en el dos contra uno ganó acampar al aire libre. Me burlé un poco del Topo diciéndole que si le daba miedo la oscuridad podía prender una de las bengalas que guardaba al Negro en su mochila. Irónicamente, la que terminaría usando esa bengala por miedo a la oscuridad seria yo.

Los encargados del camping no nos dieron mucha bola, se les veía desmotivados. Algo incoherente, nosotros no podíamos cambiar la pose de lobo aullando de tanto que mirábamos las montañas, las puntas bañadas en nieve más blanca que el color nieve y las estrellas que actuaron en el prime time. La cruz del sur la nombramos sin parar, como a las tres Marías. No conocíamos más que esas dos constelaciones, así y todo nos alcanzaba para hablar por horas. Discutimos cual era la estrella más luminosa, a que distancia estarían, cómo era que se formaban las líneas que develaban la forma de las constelaciones. Nada estaba en la versión diluida e industrializada del cielo urbano.

El fogón fue muy íntimo, solo estábamos nosotros y una pareja de treintañeros. El hombre estaba muy flaco, con la piel sellada al vacío sobre los huesos, la barba negra larga con pintitas blancas y unas rastas sucias que le colgaban de la cabeza. La mujer que lo acompañaba se veía peor, si eso era posible, con la misma delgadez, pero su piel estaba amarillenta, con ojeras marrones y la mirada perdida. No hablaban entre ellos, solamente escuchamos la voz ronca de él cuando nos agradeció por compartirle el porro que había armado el Negro. El Topo tiró con delicadeza citadina un tronco hecho para tirarse con gestos más brutos y se sentó cerca de ellos para charlarles.

-¡Buenas! ¿Cómo los viene tratando el Sur? ¿De dónde son ustedes? – les preguntó frotándose las manos adelante del fuego.

-Venimos de abajo.

El Topo se giró con el ceño extrañado.

-¿Cómo? ¿De abajo?

-….

-¿Son de acá, del Bolsón?

-No… Somos de…

Los tres con la boca entreabierta miramos al extraño y como se esforzaba con la cara para encontrar palabras, parecía que se había olvidado como hablar. Lo más raro fue que no terminó la frase, se quedó balbuceando unos segundos y dijo algo muy bajo que ninguno alcanzó a escuchar. Agarró a su compañera del brazo, ajena a todo el contexto y se fueron tambaleando, con las miradas más extraviadas que nunca.

-La falopa que se tomó este muchacho, mamita querida-dijo el Topo y volvió a concentrarse en las chipas del fogón soltando una risita.

-Andá a saber que les pasó-dijo de sorpresa el Negro, que había estado callado más de lo normal.

-Pasó que se la tomaron toda-dijo con mueca de niño burlón el Topo y señaló con el pulgar el tronco en el que se había sentado la pareja-¿No los viste? Estaban los dos más duros que trabajar en la Argentina.

-Por algo estaban así-le respondió el Negro mirando el camino por el que se habían ido los drogados-. No podía ni hablar el pibe, están luchando con algo… Y están perdiendo.

-Buenísimo, Negro. ¿No querés ir a su carpa también, así pueden babearse de a tres?

El Negro golpeó con la mirada al Topo y él se la sostuvo con el orgullo rancio de haberlo molestado con unas pocas palabras. El silencio picó enseguida y ninguno de los dos decía nada.

-Para mí se fueron cuando se avivaron de que el Topo les iba a preguntar si querían ser sus propios jefes-dije yo para intentar aligerar la incomodidad.

El Topo me miró, serio primero y después con una sonrisa, por suerte no presentó batalla a la terquedad del Negro y disolvió la cámara lenta que se había apoderado del tiempo con una burla ligera hacia mí.

-Vos terminá la carrera primero, boluda, que voy a ir a tu recibida usando bastón.

El Negro bajó las armas y habló con las cejas relajadas.

-¿Andan necesitando firmas de abogadas en tus chanchullos, Topo?

El Topo se puso de pie con el destapador del llavero en mano y abrió otra cerveza manteniendo la sonrisa.

-Cagate de risa, Negrito, pero no tuve que hacer una sola cuenta más como ingeniero, ni mi jermu ni yo, desde que el estado me compra pintura.

Las burlas entre el Topo y el Negro siguieron en un ida y vuelta amigable, y cuando andaban por la cuarta cerveza me sentí segura de dejarlos solos. Fui a la carpa a buscar otra linterna para poder ver el piso y me encontré con el encargado del camping que estaba fumándose un pucho de tabaco armado apoyado en un árbol grueso y alto que tenía un cartelito blanco en la base que rezaba “Ciprés”. Era el mismo árbol que el Negro había señalado al entrar para decir que eran los favoritos de Natalia.

Saludé al hombre con un gesto que no me correspondió, le dio una pitada fuerte al pucho y habló sin rodeos desparramando aire gris por la boca.

-¿Terrible, no?

-¿Cómo?-le dije sin esperar que me hable y menos de forma enigmática.

-La pareja de mendocinos, están hechos bolsa. Hace dos semanas pasaron por acá y eran muy agradables, podían hablar por lo menos.

-Ah… ¿subieron hasta acá, bajaron y volvieron?

-No…-el cuidador se tomó un momento para apagar el cigarrillo y guardarse la colilla negra en el bolsillo de atrás-. Hicieron como todos los que se fueron a dormir temprano hoy, llegaron acá de paso para ir al baldío de abajo a fumar esa porquería, ahora están bajando de vuelta. Siempre vuelven así o peor.

-¿No termina acá el recorrido de los refugios?

-Oficialmente sí. Hace un tiempo armaron un campamento silvestre por acá cerca y ahora nadie se queda, todos van para allá unos días y vuelven así.

No sabía que preguntarle primero.

-¿Qué fuman que tienen que ir hasta allá? ¿Por qué me lo contás si no te gusta que vayan?

-No sé bien que es, fui una vez el verano pasado y me sentí tan asqueado de ver como estaban todos que ni lo probé. Intenté hacerme el tonto para que no vayan tantos, pero… Pero los reclutan, te van a invitar mañana cuando te los cruces. Por lo menos si vas, ya sabés que la mierda que te dan te dejá así. Más que eso no puedo hacer, me rindo.

El cuidador se fue caminando lento, con la cabeza gacha. Se le notaba que no era la primera vez que advertía sobre ese campamento, ni la primera vez en que sus palabras no habían detenido a alguien de ir.

Les conté del campamento a los chicos casi de inmediato. Les dije que la pareja rara que nos cruzamos venían de ahí y que toda la gente que dormía en Los laguitos estaba de paso para probar esa droga desconocida. Les gustó la idea por distintos motivos, al Topo le gustó la idea de ir a ver algo extravagante, aunque no fumásemos nada, y de conocer algo que no era popular así él podía contarlo a otra gente para sentirse más popular; al Negro le gustaba la idea de ir a un campamento nuevo porque ya había viajado muchas veces al Bolsón y nunca había escuchado de un camping silvestre con onda sectaria bajando por un camino no oficial desde el último campamento del sendero.

El camino hasta el campamento misterioso era simple, solamente tuvimos que seguir al grupo que desarmaba sus parcelas y no volvía sobre sus pasos. Salimos de Los Laguitos bajo la mirada decepcionada del cuidador y bajamos por un camino angosto de tierra bordeado por arbustos altos de hojas verdes y flores rosas llenas de aguijones. Así, a paso repetitivo, seguimos bajando casi dos horas en una caminata sin esfuerzo de escalada hasta que llegamos a un terreno llano sin señalizar. No tenía carteles de bienvenida o nombres silvestres puestos al territorio. Habían nombrado a esa porción de tierra como campamento silvestre, pero ni eso, era una extensión plana de pasto tierno acanalada por las faldas de las montañas nevadas. Nos recibió una llovizna ligera que flotaba en el aire, cayendo como minúsculas plumas espejadas. En pocos minutos se congelaron y lo que caía era aguanieve con un poco más de aplomo. El frío ignoraba la armadura de camperas de invierno y arrancaba la sensibilidad de la piel sin tener que mojarla. Un ciprés inmenso era el portero que daba la bienvenida. Al Negro no se le escapó ningún comentario del árbol, aunque supe que estaba pensando lo mismo que había dicho antes, que ese era el árbol favorito de Natalia.

Para ser un grupo de hippies naturalistas eran todos bastante mala onda. Recién la cuarta persona con la que hablamos nos contó lo pasos para fumar la segretauralis, así se llamaba la planta.

-¿Cuánto nos sale una dosis por pera?-me consultó el Topo.

-Me dijeron que no se cobra, es de acá y «nadie tiene por qué capitalizarla como al resto del mundo».

-Dios mío, que pelotudos. A la primera que se dan vuelta sabés como les armo el kiosquito.

-No lo dudo Topo, primero veamos como es la onda antes de armar una multinacional.

-Yo digo nomás. ¿La tenés vos?

-No, el Negro quiso ir a buscarla para ver como la cortaban. Ya debe estar volviendo.

Esa noche fue la primera vez que fumamos segretauralis, nombre que ni siquiera intentamos aprender así que la bautizamos morombo por el olor fuerte que tenía el cogollo, nos parecía que merecía un nombre más imponente que la marimba. El Negro sacó de su bolsillo la flor curva y engordada, de un color verde azulado cautivador. El aroma se colaba por las fosas nasales e inundaba el cerebro de un aroma espeso y dulce, con notas de picor. Oler la morombo era como inhalar un durazno entero con pimienta, después de unos segundos con eso cerca los demás olores se escondían.

Fumamos los tres solos, no nos sumamos a la ronda grande. Una pitada primero, lo pasamos y en la segunda vuelta dos pitadas más. Eso era todo, nos indicaron que no fumemos más o el efecto se iba a distorsionar. Ni siquiera sabíamos que nos iba a hacer, todos decían «es increíble, lo mejor que vas a probar en tu vida», «no hay nada como esto» pero esas palabras eran aire, no daban verdadera información de lo inmersivo que era, de como el panorama visual se oscurecía para dejar en foco una escena central, como si presenciáramos una obra de teatro.

Al principio mi cuerpo se relajó y divagué enseguida, muy parecido a la marihuana. Cuando pensé que habían inflado la fama de esa planta fue cuando escuché el teléfono.

Repiquetearon timbres y hasta pude oír el plástico rebotando en su estuche, era un teléfono de línea. En el medio de las montañas. Lo justifiqué pensando que era algún bicho haciendo ruido, pero no se detuvo. No era un teléfono de línea genérico, era el teléfono negro y pesado del dúplex donde crecí. No pude recordar la última vez que escuché un teléfono de línea real, aunque si podía recordar la última vez que escuché ese teléfono, el día que me mudé. A los ocho años.

Me acomodé en el suelo sobre el que estaba sentada y pude sentir la alfombra a través de la ropa. El silencio de la noche silvestre se volvió silencio de barrio de clase media, solamente interrumpido por el teléfono que nadie contestaba. El repiqueteo paró y una brisa suave me empezó a acariciar el cuerpo, el olor era inconfundible, era Tilo. No vi un solo tilo en todo el viaje y no estoy segura de que haya alguno en toda la ciudad. De alguna forma sabía que este era el Tilo que crecía en el balcón de la casa donde nací. Sentí hambre, y casi al mismo tiempo escuché la voz de mi vieja a lo lejos.

-¡A comeeer!

El sonido se transformó en un tintineo de cubiertos contra plato. Pinché la comida del plato, un pedacito de carne horneada salpicado por el puré que completaba el cuadro. Me sentí feliz al masticar la comida, un pedazo de cuadril adobado por veinte años de nostalgia. Tragué y seguí pinchando los cubos de carne con puré, uno atrás de otro. Hace diez años que soy vegetariana porque la carne me descompone. Ahí lo sentí increíble, era una revolución de mis papilas infantiles que se encontraban con lo que más habían disfrutado comer en la vida una vez más.

El suelo era alfombra hasta el horizonte, y el horizonte era una pared blanca con empapelado amarillento. Pasos chiquitos se acercaron por la izquierda y entró mi hermano mayor corriendo y pateando una pelota más grande que él. Se volvió a escuchar a mi madre de fondo, gritando «¡adentro no!» al tercer rebote de pelotazo. El futbol se quedó a mis pies y lo pateé con fuerza hacia el medio del marco de una puerta. El cuero blanco me cacheteó el pie al impactó y la pelota pasó por la puerta abierta hasta otra habitación. Grité el gol y corrí imitando el festejo del Diez. Me tiré jadeando al suelo y caí sobre mi espalda, aterricé en el colchón de mi cama que estaba a nivel del suelo. En la cama pegada a la mía que era más alta estaba mi hermano, y mi vieja se sentaba a los pies de esa cama para hacernos dormir. Hizo su humilde show de figuras de sombra reflejadas sobre el armario de madera, primero perro, después conejo y ya la tercera figura se le complicaba así que volvía a hacer al perro etiquetándolo como lobo. Se me cerraban los ojos viendo a mi hermano tapado de frazadas por el frío, y se cerraron del todo cuando mamá empezó a cantar en susurro el brujito de Gulubú.

No puedo recordar el sueño dentro de aquel viaje en el tiempo. Solamente me acuerdo de los pájaros cantando hacia el final. El silbido de horneros en el balcón subió el volumen hasta que era todo lo que podía escuchar. Ahí me desperté. Los pájaros seguían cantando, pero ahora eran los del refugio. Me descubrí en mi bolsa durmiendo al lado del Topo y el lugar vacío del Negro. No tengo ni puta idea de cuando fue que me metí adentro de la carpa. Estaba vestida y apestaba a durazno quemado, salí al campamento. El Negro estaba tomando mates solo, sentado en un tronco a unos metros de nosotros. Me acerqué.

-Pegan esas flores, ¿no, Negro?

El Negro no me contestó. Alrededor nuestro la gente desarmaba sus carpas para pegar la vuelta, los miré en la espera de que el Negro me dijera algo. Como se mantuvo en silencio volví a hablar yo.

-Tendríamos que ir desarmando todo, así volvemos para Los Laguitos.

El Negro sorbió el mate con calma y me respondió sin siquiera mover la mirada.

-Yo me voy a quedar unos días más. Me dijeron que allá al fondo tienen una mejor.

¿”Yo me voy a quedar unos días más”? Éramos tres y una carpa, si uno se quedaba nos teníamos que quedar todos. Lo mismo para irnos.

-¿Para qué, Negrito? Ya la probamos, Los Laguitos es mucho más lindo que este refugio.

-El paisaje no me importa.

-Negrito Mágico, nos tenemos que ir los tres juntos, ¿cómo te vas a quedar acá?-le dije en tono maternal.

Volvió a ignorarme. Cuando el Negro no respondía algo, era porque ya estaba decidido.

-¿Vos viste como estaba la pareja del otro camping, no? Así sale la gente que se queda mucho tiempo acá.

El Negro me respondió casi por cortesía, no para convencerme ni explicarme nada.

-Estuve con ella. Ayer estuve con Natalia-dijo y armó una pausa-. Ustedes hagan lo que querían, yo me quedo. Acá viajé en el tiempo.

-Bueno amigo, ahora arreglamos. Ahora arreglamos y vemos que onda, como hacemos-le dije lento y espaciado, no para ser clara sino por cagona.

Me quedé parada como un maniquí fuera de temporada, quieta e ignorada. Un ruido de cierres me sirvió de excusa para girarme, era el Topo saliendo de la carpa. Se paró al lado analizándola, estaba viendo como empezar a desarmarla. Me acerqué y me sonrió. Lo agarré del brazo para acercármelo a la cara y le conté lo que me había dicho el Negro.

-¡¿Más días?!-dijo casi a los gritos, lo chisté y siguió hablando en voz baja-. ¿Más días? Está loco, ya hicimos todo lo que se podía hacer en este refugio de verga. No hay ni baños, ¿por qué dijo que se quiere quedar?

-Por Natalia-el Topo torció toda su cara en una arruga desorientada-. Me dijo que estuvo con Natalia.

-Natalia está muerta.

-Chocolate por la noticia, pelotudo. El Negro fue para ese lado con lo que fumamos.

-Pará, pará-dijo el Topo haciéndome el gesto con las manos-. ¿Para qué lado?

-¿Pero vos seguís drogado, boludo? Ayer, decime que flasheaste ayer con la morombo.

-Nada loco, me relajó bastante, me dio hambre al rato. Eh, me comí los bizcochos agridulces y me fui a dormir, ustedes seguían tirados en el piso.

Pensé que el Topo era básico hasta para tener un viaje astral. Ahora, repasándolo, lo creo casi un erudito. No hay que ser tonto para no volver a los lugares donde uno fue feliz, hay que ser afortunado.

-Si serás…-le respondí en ese entonces-. Yo me vi en mi casa, en mi casa de chiquita. Estuve con mi hermano y la vi a mi vieja. Era la época en que mi viejo se había ido de la casa y estábamos los tres juntos todo el tiempo… Para el Negro fue distinto, a él lo llevó a pasar la noche con Natalia, cuando estaba viva… Cuando el Negro todavía se reía.

-Ah… Que fuerte eso. Pero no se fue a ningún lado el Negro, eh. No se lo justifiques, estaba drogado nada más. Natalia sigue muerta, y el Negro sigue sin reírse.

-Me dijo que viajó en el tiempo.

-Y va a viajar al auto, pero de la patada en el culo que le voy a tener que dar.

Mi lado lógico me hacía darle la razón al Topo, no habíamos viajado a ningún lado más que al piso y después a la carpa. En cambio, mi parte de niña, la que disfrutó volver a pasar el día jugando con mi hermano, la que se durmió contenta con la voz de mi madre, no pudo hacer otra cosa que defender la visión del Negro. Él había viajado en el tiempo, no había otra explicación coherente.

-Decile, entonces, Topito. Anda a donde está el Negro, decile que es un nabo, que Natalia está muerta y que le vas a pegar una patada en el culo. Si hacés eso yo misma desarmo y bajo la carpa por todo El Bolsón.

El Topo me miró, sus ojos claudicaban la batalla.

Decidimos, con la votación ignorada, hacerle el aguante al Negro. Quedarse un día más no podía hacerle mal a nadie. ¿No?

A la noche hicimos como si ese fuera el plan de las vacaciones. El camping zafaba, sacando el tener que cagar entre yuyos rodeada de hombres y mierda ajena. Cociné usando el anafe y lo que quedaba de una lata de gas butano. Cenamos la polenta, bastante pastosa y desabrida. En realidad, comimos yo y el Topo. El Negro se sirvió una excusa y ni siquiera la terminó. Ni bien pudo se escapó con el grupo fanático del morombo y lo seguí. El Topo se quedó, no quería saber nada con la planta dos noches seguidas.

-Es droga, ya la probé. Ya está. Me voy a acostar así mañana nos vamos tempranito de esta poronga.

Caminé al lado de mi amigo sin hablar, se le notaba nervioso, la ansiedad de tener otro viaje en el tiempo se le escapaba eléctricamente por los dedos.

El grupo fanático se juntaba a unas cuadras adentro de la parte de bosque del campamento. Eran unas quince personas, insalubremente flacas, como la pareja que vimos en Los Laguitos, aunque estas si podían hablar. Y como hablaban. Todo era sobre el morombo, que ellos nombraban como segretauralis. Decían que les había liberado la mente, que les había permitido llegar a su verdadero espíritu interior. Hablaban de la planta como si les hubiese dado la vida, y no como si se las estuviera quitando.

Se juntaron en esa zona del bosque porque, según ellos, era de una vibración altísima y la energía alineaba los dotes físicos casi al instante. Yo creo que era porque ahí estaba la planta entera, un arbusto grueso y hermoso, lleno de brillos azules en los cogollos, de hoja redondeaba y purpura. El arbusto se agarraba de los arboles cercanos, arrastrándose como si quisiera ocupar más espacio.

Ellos la tomaban distinto, la arrancaban fresca del arbusto porque así el efecto era más fuerte, al revés de la marihuana. Y no la fumaban en un cigarro armado, usaban un bong. Cargaban el pequeño bol de vidrio con agua fresca del río para que les purificara la sangre y quemaban el cogollo picado con costumbre. No le daban tres pitadas intercaladas como hicimos nosotros, acá aspiraban como si fuese la última dosis que iban a tomar. El Negro hizo igual que ellos. Yo le di una sola pitada cuando me la ofrecieron por tercera vez, me costó decirles que no.

Esta vez el mambo fue distinto, a la hora y media mi hermano se hizo humo y mi vieja se disolvió en el aire, el efecto había terminado antes de dormir. No era lo mismo. El sueño, noté con un poco más de experiencia, era el punto clave. El sueño fundía la mente a la ilusión y te hacia viajar en el tiempo, era lo que unía toda la experiencia. Así parecía un amague. El Negro tuvo el viaje completo, lo vi tirado con los brazos abiertos, parecía que iba a intentar hacer un ángel de tierra por la posición del cuerpo. Me quedé al lado esperándolo, una hora. Y otra hora. Me rendí, le deseé buenas noches y me di vuelta para irme a acostar. Ahí lo escuché. La risa. Una carcajada gruesa hizo que me vuelva sobre mi eje y vea para creerlo. El Negro se reía, sin parar. Fuerte y alegre, la cálida mueca de su cara iba acorde a lo rítmico del sonido. Me reí también, contagiada por su alegría. Me había olvidado lo alegre que era su risa, lo viva que tenía la garganta cuando se ponía feliz. Me fui a dormir con una sensación agridulce. Por un lado, pude escuchar al Negro feliz, por primera vez desde que Natalia murió yendo a hacerle un favor. Por otro lado, supe que a la mañana siguiente no íbamos a irnos a ninguna parte.

La primera semana pasó sin avisar. Era un bucle, el Negro nos decía que se quedaba, el Topo se quejaba conmigo sin animarse a decir nada que no fuese un comentario irónico que el Negro ignoraba. Todas las noches acompañé a ver que estuviese bien, ya sin fumar. Cada día me daba menos ganas volver a probar la morombo, y cada noche el Negro sumaba otra pitada y adelgazaba otro kilo. Cuando arrancó la segunda semana ya me sentía rehén del campamento. Me acostumbré a usar los yuyos de baño y a comer las latas frías, la polenta tibia y los fideos insulsos. La comida alcanzaba porque el Negro donaba todas sus porciones de forma tácita.

Una de esas tardes presa de un paraíso natural le pregunté como estaba, me respondió con los ojos achinados del cansancio y la boca esbozando una sonrisa decrepita.

-Quiero volver a jugar al futbol. Cuando volvamos a casa voy a arrancar a entrenar.

Creo que ni se acordaba de las otras cien veces que me había respondido lo mismo. La primera vez que me dijo eso fui corriendo con el Topo a contarle la buena noticia, que ya volvíamos, que el Negro estaba contento, que para algo le había servido esa droga. Toda la alegría se me volvió vergüenza de estupidez cuando a la mañana siguiente pidió un día más, y al otro me dijo que quería volver a jugar al futbol de nuevo. Era una idea tan linda, que volviera a jugar al deporte para el que era tan bueno después de tanto tiempo. Era tan alegre el imaginar que pudiese terminar su etapa de duelo, de superar el dolor de perder a su novia que fue a buscarlo a la salida de un partido y nunca llegó. Era una idea tan buena que, por supuesto, no era real.

Una mañana de esas me desperté, mentalizada a afrontar otro día en ese bucle temporal de desilusión y resignación, y noté que el Topo se había levantado temprano, a diferencia de las otras mañanas. Salí a buscarlo, solo me encontré al Negro tomando mate y cantando su tango favorito, mirando al cielo sin sentirse solo. Recorrí el campamento, aunque en el fondo ya sabía la verdad al ver dos mochilas en vez de tres. Volví con bronca a la zona de la carpa, enojada con el Topo que nos había abandonado ahí, avergonzada conmigo por estar aguantando esa situación ridícula y bizarra, sentí odio… Odio por el Negro. Lo odié por ni siquiera haber notado que su mejor amigo se había ido, harto de él. Odié su risa de mierda, egoístamente feliz. Más que todo, odié la morombo. Odié la droga que nos había tomado el pelo prometiendo devolvernos a nuestro amigo completo para solamente llevarse los fragmentos que quedaban.

El Negro pasó a unos metros de distancia, arrastrando su música consigo, sin detenerse.

-…Meee dijo, resuelta: Ya estoy muy cansada de todo…Y se fue. ¡Qué cosas, hermano, que tiene la vida! Desde ese momento

La repulsiva voz alegre del Negro desapareció con él entre los árboles del fondo, ahora se drogaba dos veces por día. Lo miré irse, con las vísceras cargadas de disgusto. Lloré sin ruido y sin apretar la cara, como si no mereciera las lágrimas. Me decidí a hacer lo necesario para recuperar los fragmentos restantes de mi amigo, por ahí si eran suficientes podía juntar todos los pedazos y volverme con alguien parecido al Negro que tanto extrañaba.

Antes del turno noche hice mi último intento de hacerlo entrar en razón. Me acerqué cuando lo vi de buen humor y le pregunté cómo estaba.

-Maso-me dijo-. Hace dos o tres horas que la vi a Natalia y ya la extraño. Estoy esperando que el del bong se levante de la siesta para juntarme de nuevo. Te quería comentar también que estuve pensándolo mucho y cuando nos vayamos voy a volver a jugar al futbol, no puedo esperar.

Sentí que hablaba con un psicópata. No me podía acordar la última vez que el Negro había hablado tanto de corrido, sin usar sus frases cortas y claras, divagando con la misma mentira que ahora me causaba rechazo. No tenía paciencia, así que le hablé lo más directo posible.

-Negro, me dijiste esa pelotudez todos los días que estuvimos acá. ¿Tenés idea de cuantos días pasaron? ¿Te viste el reflejo? Estás hecho mierda de fumar todos los días esa porquería.

El Negro borró la sonrisa de inmediato y dio unos pasos instintivamente para atrás. No me respondió, así que seguí descargándome.

-Estás todo el día dado vuelta, no te reconozco. No te das cuenta de nada, de que no comés, de que hablás de jugar al futbol, pero estás todo el día tirado-se me cortó la voz, tomé aire y seguí-. Ni siquiera te diste cuenta de que tu mejor amigo se fue al carajo porque no se fumaba más vernos así. Verte a vos enajenado de la vida y a mí bancándote la mierda que estás haciendo-sentí las lágrimas gotearme de la mandíbula mientras hablaba y pasé del discurso enojado a hablar con completa tristeza en la voz-. No puedo más, Negrito Mágico. Te extraño, por favor te lo pido. Por favor, por lo que más quieras, vámonos de este infierno.

El Negro me miró comprensivo y respondió con claridad.

-Te entiendo, amiga. En serio… La extraño muchísimo, y por fin la vuelvo a ver. Ella es lo que más quiero, no puedo dejarla. No la puedo perder de nuevo. Natalia se fue por mí, por hacerme un favor. No la puedo dejar ir de nuevo, ella era todo y esta es mi única chance de estar de nuevo con ella.

-Negrito…-no encontré más palabras que salieran de mí, como si se me quedaran atrapadas en una telaraña mental.

-Esta noche, esta vez es de verdad, me voy a despedir de ella. Mañana nos vamos. Voy a guardarme lo más que pueda de mi máquina del tiempo para llevármelo a casa, kilos si es necesario y va a estar todo bien. Hacéme este favor, nada más. Este favor solo, te lo suplico.

Le dije que sí. ¿Por qué no iba a decirle que sí? Si él podía mentir, yo también. Si hay algo que el Negro jamás se atrevió a pedirme en años, ni siquiera bajo inconvenientes importantes, eran favores. Y bajo ningún punto de vista suplicados. Simplemente me estaba dando una mentira más edulcorada, más delicada y creíble. Si el Negro se estaba quedando ahí por esa planta de mierda, no me quedaba otra opción más que dejarlo sin motivos para quedarse. E irme rápido después, con o sin él, porque iban a venir a buscarme.

Monté la mejor cara de nada y acompañé al Negro a su, según él, último viaje en el tiempo. Me senté en un tronco fuera de la ronda, le deseé suerte en su despedida. Bastaba ver su cara de incomprensión cuando dije despedida para saber que ya se había olvidado de su promesa de cartón.

Cuando la carcasa que alguna vez contuvo a mi amigo inhalo del bong el vapor plateado por cuarta vez, se derritió sobre la tierra calva de césped y exhaló el humo gris en una risa llena de tos. Me levanté y dije, por si seguía alguno consciente, que me iba a buscar el tabaco para hacerme un pucho. No tenía mucho margen de tiempo hasta que alguno de los que fumó poco recuperase algo de consciencia. Troté con pisadas calladas hasta la carpa, di vuelta una mochila donde guardábamos lo que quedaba para cocinar, tiré el anafe a un lado y agarré el encendedor y una lata llena de gas butano. Me guardé todo en los bolsillos holgados de la campera y agarré el cuchillo de asador que habíamos llevado. Lo último fue sacar del bolso del Negro el arma secreta, que guardé apurada adentro de la ropa interior. Volví al bosque a paso más tranquilo y con mi linterna encendida en mano. Llegué a la ronda de gente desmayada y la crucé por el medio, me paré de frente a la planta azul, espesa y majestuosa alambrada a los árboles que le hacían de muletas. La puteé en silencio, la maldije por ser hermosa, por ser pretenciosa, por haberme hecho disfrutar mucho al fumarla. La insulté por robarme a mi amigo y hacerlo su esclavo. Sentí que me devolvía la mirada y las maldiciones, ella sabía que estaba por hacer, y era la última vez que íbamos a intercambiar miradas.

Un silbido de desesperación aulló de la lata de butano cuando la apuñalé con la navaja de hierro oscuro. La tiré a las raíces de la morombo con fuerza para que se le entierre en las entrañas. No me detuve ni cuando escuché unas voces balbuceantes despertar a pocos metros. Saqué de mi pantalón el arma secreta, la bengala del Negro que iba a liberarlo del tormento. La encendí con el fuego del encendedor y mi cara bañada de rojo traslúcido miró por última vez aquella maravilla de la naturaleza que tenía que dejar de existir. Tiré la bengala al lado de la lata de gas butano. Un enjambre de “¡No!” sonó a mis espaldas.

La explosión hizo temblar a la tierra como si estuviese sufriendo, una nube llameante de violeta y aura azul me hizo caerme de culo por la onda energética, se volvió roja y negra al instante. Todos los que podían levantarse a gritar lo hicieron. Puteaban con baba chorreándoles por la boca, no entendían muy bien nada. Chillaron desesperados, se metieron entre los arbustos a arrancar ramas que no pudieron salvar. El resto que no tuvo el valor de rescatar a su planta maestra se arrodilló a llorarla. Ninguno seguía dormido, todos habían salido del trance, como si la mística planta les hubiese rogado por ayuda. El Negro también estaba de pie, pero sin putear, sin meterse en el arbusto y sin llorar. Estaba quieto, viendo todo como un árbitro. Me miró con los ojos marrones vacíos de humanidad y se dio vuelta, lo vi irse desde mi lugar en el piso, mientras el resto maldecía a todos los dioses paganos y normativos que se les ocurrían, desesperados al ver las llamas mágicas que consumían a la deidad que les había dado una nueva vida.

Desde la carpa que abandoné se seguía viendo el baile de luces del incendio. Intentaban apagarlo, pero nadie podía frenar el fuego que lamía y borraba la magia del arbusto azul, ahora de color carbón. El dueño del bong, el que más tiempo llevaba en el campamento, se resignó y se sentó encorvado en el medio del llano, apuntando al lugar del bosque donde se extinguía su personalidad. Lo vigilé mientras me colgaba la mochila solo con lo esencial para poder escapar sin que me atraparan, iluminado de rebote por las luces infernales que quemaban ese inframundo. La linterna se me prendió cuando quise guardarla, la apagué de inmediato pero el parpadeo se vio como un faro en aquel pozo de oscuridad. Él me vio, una chispa de vida le encendió los ojos. Con una sorpresiva energía se paró de un salto y vino corriendo, o lo que para aquel cuerpo consumido era correr, y me ladró como un animal. Estrujé el cuchillo de asador que sostenía en mi espalda.

-¡Vos!-me gritó, con dificultad para encontrar palabras en el almacén vació que era su mente-.Vos.

-¿Qué querés?

-Donde, tu amigo. ¿Dónde está tu amigo? ¡Decime a donde se fue tu amigo!

La madera del mango parecía que iba a quebrarse de la fuerza que le imprimí.

-¿Qué querés?-le respondí sin parpadear.

-Mis cosas. Tu amigo es el único que no está, se llevó todas mis cosas.

-¿Yo qué tengo que ver? A esta altura lo conocés más que yo.

-Flaca…

El tipo cambió la postura y el rostro a unos mucho más violentos. Revelé el cuchillo cuando dio el primer paso y se frenó. Me fulminó con una mirada de odio.

-Me dejaron sin nada. Tu amigo prendió fuego todo y me vació la mochila. No tengo bong, ¡no tengo el frasco! ¡Se llevó todo el hijo de mil putas!

Todo su amor y paz se volvió abstinencia en un parpadeo. Ni siquiera le daba la cabeza para saber quién había destruido la planta.

-¿Qué tenía el frasco?-le pregunté, todavía me preocupaba el bienestar del Negro. El hombre relajó un poco la tensión anudada y decrépita de la cara, se dio cuenta que yo no sabía nada.

-La planta. Lo que queda. Debe ser lo último del mundo, si queda alguna semilla, puedo plantarla de nuevo. Cuidarla, hacer que crezca, que vuelva a existir… Pero se la llevó y no sé qué va a hacer. Era mucha… Lo tengo que encontrar.

Negué lentamente con gesto de desconocimiento. El tipo se dio media vuelta, más apagado que antes y volvió a su sitio de tristeza, rendido, sin nada más para hacer que sentarse a ver como la planta extinguía del mundo para siempre.

La verdad es que sabía dónde estaba el Negro. Si se llevó todas esas cosas tenía que estar en el lugar que más lo podía acercar a Natalia, en el único ciprés solitario en la entrada del camping.

La linterna creó un camino circular mientras mis suspiros se hacían vapor; el clima helado me dejaba los brazos duros como un cascanueces y el abrigo como un placebo.

Mi linterna dejó de mostrar tierra salpicada de piedras para bañar de luz fría unas raíces gruesas, agarradas al suelo en nudos amontonados. El ciprés se erguía absorto en su nobleza, sin preocuparse por el arbusto y el dolor de los humanos. No llegué a darle la vuelta completa que la imagen del Negro tirado me golpeó de lleno. Estaba descalzo, con un short sintético de futbol que usaba para dormir y una musculosa deportiva.

-¡Negro!-le grité, pero hablaba sola.

«¡¡¡NEGRO!!!» aullé desgarrándome los pulmones, a un cuerpo flaco, pálido y quieto, acostado en el Ciprés que ignoraba a mi amigo muerto en su corteza. Me arrodillé a su lado, el frasco del que había hablado el otro forro estaba tirado, vacío. El bong seguía agarrado en su mano derecha, espeso de cenizas negras que se pegoteaban a la cúpula metálica. Le acaricié la cara barbuda, más fría que el aire. La mandíbula se le sentía al tacto como un peluche inanimado dejado a la intemperie. Lo llamé despacio, como si me diera cosa despertarlo.

-Negrito…-le dije-. Negrito, dale, Negrito Mágico, nos tenemos que ir…-le pedí-. Por favor, Negrito Mágico, por favor…-le supliqué.

Envolví su mano libre en las mías y la froté para sentirles calor. La linterna tirada rodó y nos iluminó de rebote. De su palma cayó una esfera dorada que brilló entre tanta oscuridad. La agarré dejando una mano en su mano, era un anillo con una N grabada en el mismo metal. Me enjugué los ojos con el antebrazo y miré al Negro de nuevo, estaba peinado y con la expresión congelada. El Negro tenía los ojos cerrados sin apretar, como si estuviese dormido, y la boca dibujaba un cuenco con las comisuras erguidas para formar una sonrisa pacífica que nunca le había visto en vida. Hizo su viaje en el tiempo, pensé, sin importarle el pasaje de vuelta.

No sé cuándo caminé. Llegué a Los Laguitos sin noción del tiempo. El encargado me recibió preocupado cuando escuchó mi pena rociada por su campamento. Balbuceé que había un incendio y personas accidentadas en el pozo donde la gente iba a drogarse. Me ofreció el refugio para dormir y me dijo que a la mañana la policía y la guardia forestal me iban a ayudar con todo.

No dormí, esperé. Cuando salió el sol tomé mis cosas, me acerqué al encargado y le dije que el hombre muerto en la entrada del campamento silvestre era Fernando Peralta, que todos le decíamos el Negro, y no tiene familia. Me fui sin ver ninguna autoridad.

Como el Topo tuvo la amabilidad de robarse el auto del Negro, hice dedo. Llegué a Neuquén y de ahí tomé un colectivo hasta Buenos Aires.

Los problemas legales llegaron después y todavía no están del todo resueltos, como cualquier trámite que importe.

Los años pasaron y los cambios se sintieron. Yo volví a anotarme en la facultad de derecho, inmune al estrés del estudio.

Por otra parte, el Topo apareció por última vez para el íntimo velorio del Negro, me dijo que había que ser fuerte y «darle para adelante». Lo mandé a la recalcada concha puta de su madre y nunca más lo volví a ver. Me contaron que le va muy bien, al año del viaje había cambiado de auto y viajó al exterior de vacaciones, y al año siguiente… y al siguiente.

En cuanto al Sur, nada cambió mucho. El incendio lo apagaron enseguida, no tuve que cargar en la conciencia la destrucción de un ecosistema. La planta se esfumó para siempre, nadie encontró semillas. Clausuraron la entrada del campamento extraoficial y muy pocos se animan a meterse por el morbo de la historia.

Solamente falta un Negro mágico de risa contagiosa que juega muy lindo al fútbol.

Solo falta el Negro.

Recordatorio

La ventana abierta cumple su trabajo y deja pasar a un viento amistoso que me enfría la piel de gallina de los brazos. Le agradezco, el calor hace eterna la humedad de este pozo con etiqueta de ciudad. El vapor de la piel me deja aroma a déja vu, pienso de donde viene, pero no sé a qué me hace acordar. El soplido que arregla temperaturas me lleva al campo de deportes en verano, cuando atardecía con los treinta grados todavía colgados de una hora que no era la suya y la brisa echaba de la cara lampiña al intruso. Pero ese viento era, como mucho, un primo segundo del que me saluda ahora con tanta confianza. El viento que meneaba ese pasto era más bien una brisa que servía para descansar, era muy temprano para que las sombras hicieran de paño frio y muy tarde para meterse en el agua.

La pileta del campo era un pozo grande cargado hasta el borde de líquido blancuzco con gusto a cloro, muy distinta a la primera pelopincho que armé, con pocos metros cuadrados por habitante y mucho menos olor a químico. En el fondo de mi patio con la lona de la pileta plegable todavía desinflada, estaba mi viejo. No puedo mirarlo con claridad mientras hace el asado, pero si veo que sonríe entre los árboles. A su lado, modulando ajeno a mis oídos, está su mejor amigo. El amigo de mi viejo es un grande que me cae mejor que otros grandes, él me presta atención cuando le cuento boludeces, no espera simplemente a que termine de hablar. Esa noche, con la panza privilegiadamente llena, se corta la luz. Vuelve antes de que prendamos la segunda vela. Un poco me decepciono.

Hay algo hermoso en que se corte la luz, nadie tiene excusas. Todos rodeamos la mesa del comedor con la eficiencia de un quirófano para inventar el juego que sirva como evasiva para no dejar entrar al aburrimiento. Desentonamos un estribillo para que el resto adivine la canción, inventamos historias para adivinar que parte es mentira. Nos reímos de un chiste que escuchamos doscientas veces adentro de la burbuja anaranjada de las velas para que no se escuchen los golpes en la puerta del señor embole, que nos quiere mandar a dormir en ceguera con la más angustiante de las calmas. Casi era mi turno en el estanciero cuando sonó el pitido mecánico. Festejamos el click de la heladera avisando que volvió la luz. Yo también festejo, aunque estaba a sacar un cuatro de comprar Buenos Aires. Es que todavía no entiendo que la luz eléctrica esteriliza algunas intimidades.

Los sábados a la tarde hay luz natural y lo único eléctrico que uso es la tele. No escucho mucho, la aspiradora grita fuerte cuando se enoja con la mugre de la alfombra. No me importa, la cama de mis viejos sigue siendo mi refugio favorito cuando tiene muebles recién pulidos encima. Ahí soy rey, y mis súbditos nacen de mi plastilina, algunos grises, otros negros con pecas verde agua. Mezclar todos los colores para tener mucha masa es mi primera ansiedad, y por suerte todavía no lo sé. Por suerte me encanta el negro con pecas verde agua.

Si los pelos de la alfombra dejan de crujir debajo del aparato es que ya quedó limpia. Cuando está limpia y es un buen día, hay dos opciones espléndidas: una es armar el scalextric de autos y hacerlos correr en bucle por horas, extasiados en el loop infinito de la sorpresa en repetición. La otra opción también es una forma de repetición agradable, es ir a alquilar una película.

No me decido si alquilar un VHS es un evento o un ritual. Supongo que tiene un poco de ambas. Se anuncia como un evento, y culmina con una presentación. Pero si tengo que elegir, la parte ritualista tiene mejor sabor. El auto se estaciona debajo del cartel de neón y la campana de la puerta nos invita al laberinto de lomos amarillos. Mil quinientas cajas amarillas y hay que mirar la tapa de cada una. Si es un día especial puedo elegir una yo y otra mi hermano, y entonces yo agarro Toy Story 2 y el Hércules. Si en cambio tenemos que llevar una sola, nos turnamos. Cuando me toca a mi llevamos Hércules y cuando le tocaba a mi hermano llevamos Toy Story 2. Mil quinientas cajas amarillas y al día de hoy no entiendo por qué no ponían esas dos adelante de todo, para que uno no tenga que vaguear esquivando las Danza con Lobos y los Gladiador que distraían la búsqueda de Toy Story. Supongo que lo hacían porque el ritual definitivamente es la parte más importante. Además, era una tortura jugar a innovar, terminábamos dormidos viendo una película de un caballo animado corriendo por una playa de mentira.

La única playa que existía era en la que podíamos correr nosotros. En la que se podía saltar de la arena ablandada por el sol a la arena de perdigones fríos entre las plantas petizas de un médano. Cuando era un día de mucho, mucho calor corríamos bajando por la montaña de arena, con zancadas cortas y torpes por tomar mucha velocidad, y la piel a punto de ebullición respiraba cuando la lamia una ola de viento. El aire podía ser salado si corríamos hacia el mar. Otras veces, cuando desfilábamos para la casa, el viento ligero saludaba con mucho tacto, como si intentara abrazarnos mientras nos sacudía el fuego de encima. Adentro de la casa cerrábamos la puerta-ventana, con una caricia de hasta luego de ese aura conocido que me pone la piel de gallina en los brazos, prometiendo traerme un déja vu que me haga acordar lo que es ser  sobradamente feliz.

La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.

El hombre que mató a la muerte (Parte III) (Final)

El cumpleaños número cincuenta de Aureliano Gorlami vino con la emocionante noticia de que Anastasia, su novia, estaba embarazada. Aureliano había vuelto de un viaje de once meses por el interior de la provincia de Buenos Aires y el resto del país. Llevaba una carreta para visitar pueblos y presentarles su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio. Lo acompañaba el hijo del granjero al cual le compraba los cueros y esqueletos de animales. Estos habían nacido y muerto en aquel campo, y ahora adornaban el exterior de su grotesco vehículo. La mayoría de los cráneos pegados a la pared eran de perro, gato o vaca, y alguno de cerdo. Si un cráneo de perro era más grande que el resto, lo presentaba como cráneo de lobo, salvo que su trompa fuese muy redondeada, entonces decía que era de yaguareté. Su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio basaba su prestigio en la exhibición de estos esqueletos y de las pieles que tapizaban los laterales y los asientos delanteros. Aureliano sostenía que su misión en el mundo era la de salvar a la humanidad de la destrucción y usaba sus habilidades de cazador para conseguirlo. Extraía los humores de los animales exóticos a los que vencía y los hacía pasar por varios estados de la más moderna química para volverlos consumibles; así tendríamos la vitalidad de un puma, la fuerza de un toro, la longevidad de una tortuga y el vigor de la más sana de las liebres. Había algo de cierto en que el tónico venía de animales; la base era leche podrida hervida, mezclada con vinagre de vino y espesada con la clara de los huevos que el padre de su acompañante no había podido vender por el estado dudoso en el que se encontraban. Al principio muchos pueblos caían en comprar su asqueroso brebaje, pero al volver la mayoría les prohibían la entrada por causarles días de indigestión y dolorosas idas de cuerpo, con lo que acamparon en las afueras de cada pueblo a la vuelta de su largo y poco fructífero viaje.

Aureliano Gorlami estaba orgulloso. Primero que todo, de hacerse un excelente nombre como mercader, con el objetivo firme de crecer para que los miembros del club de caza de la ciudad se vieran obligados a agregar su escudo familiar del león erguido a la pared. Ya no podrían burlarse diciéndole que su emblema familiar era un «horrible escudo con un vagabundo con melena como símbolo», tendrían que dejar de reírse. Segundo, un Gorlami estaba en camino.

El hijo de Aureliano nació seis meses después, eso alertó al mercader. Confrontó a Anastasia cuando volvieron a la casa y su novia le explicó que había tardado más en nacer porque el niño tenía que alimentarse bien en su vientre para ser igual de fuerte que su padre. Recién ahí él se tranquilizó. Aureliano le dijo que se iba a llamar Aureliano Segundo Gorlami, el primer vástago engendrado con el apellido Gorlami. Anastasia no le contradijo, solo dilató el trámite para registrar al bebé lo más que pudo.

Una semana y media después del nacimiento del retoño, Aureliano juntó sus ahorros de los últimos años. No era un dineral, apenas era suficiente para cambiar la carreta por una de mejor calidad. Anastasia se le puso en contra, queriendo hacerle notar que bastante suerte había tenido vendiendo esa porquería, no era buena idea reinvertir más dinero, podían hacer otra cosa. «Además,» le dijo, «uno de los caballos está descontrolado, tiene rabia o algo, hay que venderlo ya para no perder todo». Aureliano suspiró con soberbia, tomó un habano húmedo de su cajón y el paquete de fósforos y se marchó, «mujeres» susurró con sorna a la salida.

Aureliano Gorlami se paró bien erguido en el cordón de la calle, se giró un momento para ver la ventana que daba a su hogar, luego miro a la carreta con sus caballos siendo controlados por Ezequiel, el hijo del granjero, y pensó en sus ahorros. Su éxito era solo cuestión de tiempo. Se puso el grueso cigarro en la boca e intentó encenderlo, la humedad lo retrasó. Tardo siete fósforos en poder prender su habano. Inhaló humo, exhaló un vapor rancio con placer. Aureliano cerró los ojos mientras soltaba la segunda bocanada de humo, con el rostro torcido en una sonrisa. No escuchó el repiquetear de los cascos sobre el adoquín. Estaba demasiado ensimismado en su meditación, ni siquiera abrió los ojos. El topetazo de los caballos fue tan fuerte que Aureliano siguió de largo en su oscuridad anacrónica.

No es necesario detallar el estado en el que quedó la cabeza de Aureliano Gorlami tras las pisadas de sus caballos, sin embargo, es importante aclarar que quedó irreconocible. Ezequiel ni se acercó a la escena, cuando vio que los caballos atropellaban a un sujeto en la calle corrió lo más rápido que pudo en dirección contraria. No volvió a acercarse al barrio en lo que le quedó de vida. El estado del cadáver también fue uno de los motivos por los cuales la policía no reconociera el cuerpo. La otra razón fue que Anastasia no se había enterado de nada, ella estaba aliviada de que Aureliano se hubiese ido a vaguear un tiempo para poder estar tranquila con su hijo. Recién salió del hogar tres días después cuando un vecino le devolvió la carreta con un solo caballo, diciéndole que al otro lo habían tenido que sacrificar por lo peligroso que resultaba. «Hasta mató a un anciano por lo que tengo oído» le dijo. Anastasia horrorizada le preguntó a quién, el joven le contestó que no tenía ni la más pálida idea, que lo habían anotado como anónimo y tirado a una fosa común.

Anastasia asumió dos semanas después que Aureliano se había ido y  no pensaba volver. Lo maldijo al principio, poco después se sintió liberada. Con inesperado entusiasmo se puso en la empresa de vender la carreta y al caballo restante junto a las pocas cosas de valor de Aureliano, el resto lo regaló a unos vecinos y se mudó de la ciudad a la capital de la provincia, para vivir y trabajar con una de sus doce hermanas.

El hijo de Anastasia creció sano y fuerte, con cabello castaño enrulado como su madre y ojos claros redondeados como su padre. El niño ya tenía su nombre asignado de manera legal, Enrique Hernández. Llevaba el apellido de su madre y el nombre de su padre. Esto último era una casualidad, puesto que Anastasia nunca supo que su amante no se llamaba Ernesto; el primer nombre se le había ocurrido una tarde cualquiera y le gustó.

Enrique creció bajo el amor y el cuidado de Anastasia Hernández y de su tía Isabel, en un ambiente de escasa economía pero abundante apoyo. Ahí conoció la empatía, el esfuerzo y el disfrute de los pequeños momentos, herramientas que usaría a lo largo de su vida. Nunca en todo ese tiempo supo nada de ningún Aureliano, ni de ningún león erguido con pinta de vago melenudo.

El hombre que mató a la muerte (Parte II)

Ni el hambre pudo obligar a Aureliano a mantener un trabajo. Ya con casi treinta años no había laburado en un mismo lugar por más de tres meses. Su orgullo se lo impedía. Era tan obstinado que podía hacer malabares con su economía con tal de no tener que limpiar pisos para alguien que, según estaba convencido, era inferior a él. Tampoco lo doblegó la eminente guerra social con sus promesas de miseria. Conseguir un trabajo era un lujo, pero a Aureliano poco le importaba.

En su último trabajo como ayudante en un almacén barrial terminó su relación laboral porque su jefe le reclamó que había llegado cuarenta minutos tarde. Aureliano se justificó diciendo que él llegaba cuando llegaba, y su jefe no dudó en decirle que era un estúpido. Validó su renuncia al establecimiento tirándole a su ex empleador una lata de arvejas que le partió el tabique. Los vecinos enloquecieron pidiendo por la policía al interpretar que Aureliano estaba robando; nadie podía entender que gritaba el almacenero, ahogado por los buches de sangre que salpicaba entre puteada y puteada.

Aureliano se llevó sus cosas de la habitación roñosa que alquilaba y se fue del barrio en el primer tranvía que cruzó. Pasó el corto viaje con los brazos cruzados y la bronca guardada, no podía creer que un tipo cualquiera lo hubiera echado a él, hijo de europeos.

Aureliano se bajó del tranvía y se puso a vaguear viendo donde se podía hospedar. Mientras, su resentimiento se alimentaba de su enojo. Estaba harto, asqueado de tener que rebajarse. No soportaba más la falta de reconocimiento, que le dieran trabajos de mierda como si fuese un favor. Que le pagaran menos de lo que merecía. Nadie, nunca, había sido lo suficientemente lúcido como para dejarle tomar una posición acorde a su estima. No lo iba a soportar más, no iba a limpiar un baño más, ni a ordenar otra despensa de nada. De ahora en adelante solamente iba a enfocarse en mostrarles a todos que él era alguien importante, inteligente y de valor; más trascendente que cualquier mugroso con el que se le haya comparado. Aureliano recordó las veces que le habían ofrecido un trabajo miserable con una sonrisa como si le estuviesen haciendo un tremendo favor a él. ¡A él! ¡Y no al revés! Y a nadie le parecía extraño. Ya no más. Nunca más.

No más.

Aureliano se tropezó. En su turbulento discurso mental no se había dado cuenta de que tenía cajas en el camino. Se levantó con velocidad y se enderezó orgulloso como si nada hubiese ocurrido. Miró al establecimiento dueño de las cajas con las que había chocado. Era un club de caza; «Centro de cazadores del noreste». Exhibía amplia entrada anticipada por escalones de mármol negro nevado, las paredes del recinto ocupaban casi toda la cuadra. La base blanca del exterior tenía estampada una larga sucesión de pintorescos y variados escudos. Aureliano se acercó a ver algunos. Todos eran de familias, cada apellido se superponía al escudo que lo defendía. Había animales como emblemas, había armaduras, había armas y criaturas extrañas que Aureliano no pudo reconocer. Ningún arcoíris podía tener más colores que ese linaje de sigilos familiares; a algunos los representaba el rojo, a otros el azul, el blanco o el amarillo. Otros fusionaban varias colores en lienzos que se cruzaban, y los más atractivos profundizaban en las tonalidades; usaban dorado y bordó o escarlata y turquesa, crudo con morado o esmeralda con pardo.

Eso era. Aureliano se sintió convencido. Necesitaba un escudo familiar. Eso representaría ante todos los demás ineptos lo importante que él era, eso les demostraría que no era un hombre común como el resto.

Aureliano gastó casi todas las monedas que le quedaban en comprar materiales para hacer un primer boceto de su escudo familiar. Pasó las siguientes tres noches a la intemperie, solo resguardado por las ruinas que quedaban de los muros de un terreno baldío.

De día, cuando se sentía sin inspiración para diseñar su emblema, paseaba por el lúgubre barrio en el que estaba para espabilarse y poder continuar con su trabajo. El segundo día ya se estaba arrancando los pelos intentando pensar en un apellido que representara a su linaje italiano con dignidad. Desgraciadamente, Aureliano no sabía ninguna palabra en italiano. No tenía opción, su escudo estaba casi listo y tenía que cocerle un apellido. El emblema hecho de jirones de tela sobre una base ovalada de gabardina tenía una base azul, que representaría el océano que sus padres debieron surcar para llegar hasta Argentina; la mitad superior tenía un amarillo gastado que significaba la luz de sol todopoderoso alumbrando el camino hacía el éxito. En el centro de su escudo se decidió por cocerle un león, pero no le quedó como quería. Quiso hacerlo parado sobre sus patas traseras en posición de rugido, pero le había salido muy erguido y casi parecía un hombre con melena. Aureliano lo vio de nuevo y le gustó un poco más, «un hombre león» pensó. Se sintió orgulloso.

Su búsqueda por un apellido también rindió frutos con rapidez. Encontró una fábrica pequeña abandonada, con un mural que rezaba un par de frases incomprensibles para el español. Aureliano lo leyó como pudo y reconoció que era italiano por la parte que decía dall’Italia. Supo que de ahí nacería su apellido, usando verdadero lenguaje italiano. En el mural había dos palabras que eran parte del título de la fábrica, más grandes que el resto. Aureliano tomó las tres primeras letras de la primera palabra y las cuatro últimas de la segunda. Y así, Aureliano regresó contento a terminar su escudo familiar llamándose Aureliano Gorlami, heredero y fundador de la prestigiosa familia Gorlami.

Mientras caminaba a paso ligero, no se volvió a revisar la frase de la cual había salido el apellido, ya era suyo. Muy atrás en aquella calle desierta quedaron pegadas a una pared de ladrillos las blancas y desgastadas palabras que dieron origen al apellido noble de Aureliano, «gorgonzola e salami».

El hombre que mató a la muerte (Parte I)

Aureliano nació en Argentina en algún momento del siglo XX. Murió a los cincuenta años llamándose Aureliano Gorlami.

En el orfanato donde vivió por trece años le dijeron que sus padres eran italianos, que lo habían dejado porque no podían hacerse cargo de un bebé y que vieron en él fuerza suficiente para poder sobrellevar cualquier dificultad, incluso una infancia sin padres. Al menos esto es lo que le decía Matilde, la octogenaria monja que lo cuidaba. Cuando Matilde decidió dedicar su vida al Señor, el mundo se perdió una excelente escritora de novelas románticas. La oratoria de la rolliza mujer era angelical, podía entretener a un grupo de más de veinte infantes por horas contándoles historias. Todos en el orfanato, ¡y en el barrio!, la adoraban. La verdad era que Matilde resentía a su familia por haberla encadenado a la Iglesia de joven cuando descubrieron que planeaba casarse en secreto con uno de los hijos de Don Cartulias (a quién su padre detestaba). Encontraba una satisfacción casi sexual en dominar la mente de unos cuantos niños solamente hablando y hablando cuanta mentira pudiese inventar. La mayoría de los niños se enteraban de que las historias de sus padres eran mentira cuando llegaban a la adolescencia y chocaban con las incoherencias y los huecos de los relatos. Pero no fue así para Aureliano, él se aferró a su historia como si se la hubiese contado su propia madre. Solo un día dudó de lo que era ser italiano, cuando estaba volviendo con un compañero de comprar pan para la merienda de un martes. Ellos dos siempre se ofrecían para esto porque no buchoneaban el pecado del otro y podían comer una porción extra de pan. Casi llegando se encontraron con un hombre de traje y galera hablando muy raro. «No habla raro, estúpido» le contestó Felipe cuando Aureliano le señaló la anomalía, «es italiano… Estúpido». Los ojitos marrones de Aureliano nunca se habían abierto tanto. Su boca acompañó a los ojos y se le cayó el pedazo de pan que había robado de la bolsa. La emoción se transformó en intriga cuando lo examinó en detalle. Mientras que él era moreno, el italiano era blanco; mientras que sus tiernos ojos eran casi líneas en su rostro, los del italiano eran redondos y fulminantes; él era bajo y el italiano alto; él era gordo y el italiano flaco. Parecía no importar la característica, el italiano la revertía.

Aureliano le dejó todo el pan a un enojado Felipe que no paraba de gritarle estúpido en varios tonos para correr de vuelta al orfanato y subir las eternas escaleras hasta la habitación de la anciana Matilde. Tenía que hacerle una pregunta importantísima.

El velorio de la hermana Matilde fue sencillo y discreto para no levantar sospechas. Se dio en el salón donde normalmente se comía la cena y duró todo el día. No asistió nadie del exterior del orfanato, dado que no habían avisado a nadie del exterior del orfanato. A las hermanas les pareció lo mejor. No querían tener que contar que uno de los niños había encontrado muerta a la hermana Matilde, colgada del cuello en una viga del techo. Escondieron su nota suicida que simplemente decía «El Señor se tardaba demasiado» y taparon casi entera a la difunta con una mortaja blanca para que nadie pudiese ver en detalle la marca de su cuello.

Aureliano no durmió esa noche, ni la siguiente. El fofo cuerpo de la hermana Matilde balanceándose con paciencia era lo único que veía cuando cerraba los ojos. Nunca le preguntó a otra persona lo que iba a preguntarle a la hermana Matilde. Nunca más le preguntó a nadie cómo es que había italianos que no eran negros.