Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

El desdoblamiento

El sol calentaba el capó del auto rojo de Martina mientras esperaba en la puerta del Hospital. Los dedos largos y delgados de su mano derecha sostenían con estresada firmeza un cigarrillo, soplando con alta frecuencia el humo en dirección a la entrada, esperando a que su madre saliera, vigilando con sus ojos marrones escudados detrás de lentes de sol negros. Del edificio salió una señora mayor, de menor altura y menos tonificada que Martina, pero compartiendo las mismas dimensiones de cadera ancha.

­­­—¿Y? ¿Qué onda?—preguntó Martina a su madre.

—Igual que cuando saliste a fumar, siguió dormido. Ya no sé que esperar, ni que creerlo a los médicos. El de la mañana me dice que no pasa de la noche. Y el de la noche que se va a curar en cualquier momento. Yo lo veo mal—respondió Camila y negó con la cabeza en movimientos cortos.

Martina permaneció en silencio unos segundos. Miró a un lado de la calle mientras se apoyaba sobre la puerta de su auto. Dio una última y poderosa pitada a su cigarrillo para después aventarlo al suelo.

—Hace rato que vienen diciendo eso—dijo acompañando sus palabras de humo—. Por ahí, en una de esas, empieza a remontar—opinó, acomodando su flequillo a la derecha. Agachó un poco la cabeza, sin creerse lo que acababa de decir.

Camila no respondió enseguida, primero miró a su hija acomodarse el largo cabello castaño.

—Vamos, nena—señaló el vehículo con un movimiento de cabeza—. No tiene mucho sentido que nos quedemos aquí en la calle si no podemos verlo. Llevame a casa.

Madre e hija se subieron al auto de Martina y se alejaron del hospital. En el trayecto solo se escuchó el sonido de un programa de radio, que llenaba el Carza de puro ruido. Martina presionó con fuerza el botón de apagado esperanzada de que a mayor presión más potente sería la expulsión de ese conductor charlatán que nadie había invitado a irrumpir en su tristeza.

Martina entró a su departamento quince minutos después de haber dejado a su madre. Suspiró soltando la mochila de carga social que tenía que cargar cada vez que salía de su hogar. Se derrumbó en el sillón con la sola compañía de una generosa copa de vino. Se quedo mirando la televisión sin siquiera saber que canal había puesto, solo podía pensar en su abuelo internado en el hospital. Estaba por cumplir las tres semanas allí, acompañado día y noche por su anciana hermana, y por ellas cuando les permitían visitas. Y de su inconsistente pero inamovible cáncer, por supuesto. Muchas veces esto era en vano, su abuelo ni siquiera estaba consciente en la mitad de los encuentros, y desde hacía diez días que no podían hablar con él. Martina desarrolló una especie de celos por la enfermedad, quería tenerlo todo para ella.

La copa de vino se quedó con solo un sorbo de líquido, que Martina aprovechó para tragar un par de pastillas. Pronto ambas, la copa y la mujer, estaban inertes en el sillón. Una podía romperse en cualquier momento y hedía a vino, y la otra era de vidrio.

La semana laboral de Martina siguió con la misma tóxica dinámica que había promovido la enfermedad de su abuelo. Primero tenía que dar clases de inglés en el colegio que trabajaba, después de cumplir su horario tenía que salir y comer algo, cosa que no hacía. Lo siguiente en su día era pasar a buscar a su madre, con quien había retomado contacto también debido a la enfermedad de su abuelo. Camila había abandonado a su hija cuando esta cumplía doce años, diciendo que no podía atarse a tanta responsabilidad, que ella también necesitaba vivir. Y se fue a vivir con su novio de turno, no muy lejos de la casa de sus abuelos, quienes pasaron a ser sus tutores. El padre de Martina había muerto cuando ella tenía diez, y viéndolo en retrospectiva le parecía interesante, hasta gracioso cuando se sentía sumamente cínica, que su madre durara dos años con ella como carga considerando el extremo delirio narcisista que manejaba en su mente.

Esa no había sido la ruptura total de su relación, al cumplir veinticinco años Martina volvió a contactar a su madre para avisarle que su abuela, es decir la madre de Camila, había muerto. Camila le respondió que no podía creer que su madre había fallecido. Ella repitió que había muerto, no que había fallecido, que fallecer fallecen los primos lejanos, y su abuela era muchísimo más que eso, y era muchísimo más madre que su madre, y por ende bien merecedora estaba de ser declarada muerta.

Camila revivió la relación con su hija, por un tiempo. Se vieron varias veces, y prometió darle una ayuda económica, y lo hizo. Una vez. Ni bien terminó el duelo de la mujer que crió a ambas, también terminó el mísero intento de restablecer un lazo materno.

Al igual que la muerte de su abuela había hecho que Martina y Camila se reencontrasen, también lograba lo mismo la enfermedad de su abuelo. La profesora de inglés de treinta y cuatro años no podía estar todo el día con su abuelo por más que quisiera, de verdad quería pasar todo el tiempo posible con él, pero su empleo era el principal obstáculo. Su trabajo era el enfoque en esa época de su vida, ya no estaba en pareja y no tenía hijos. No quería además fracasar profesionalmente.

Entonces, Martina pasaba a buscar a Camila por su casa para ir al hospital por una calle llena de baches que hacía tortuoso todo el trayecto, esperando encontrar lúcido, o por lo menos despierto, al enfermo anciano. No tuvieron suerte. Según le dijo su tía abuela a Martina, se había despertado un rato a la mañana, aunque no coherente, e inmediatamente se había vuelto a dormir. De nuevo a su abismo. La hermana de su abuelo ya ni pedía los partes médicos. Solo les quedaba preguntar por el día. Cada jornada con su abuelo en la que podían hablar un minuto o dos valía oro para Martina. Ese día, y esa noche hasta que les pidieron que se retiren, no hubo caso. Abrió apenas los ojos, miró perdido la habitación unos efímeros segundos y se rindió a su cansancio.

La siguiente semana se desarrolló lenta, y Martina la padeció. Los días eran una tortura, una desgastante repetición de esperanza y desesperanza cada vez que visitaba a su abuelo que convergía en no poder hablar con él. Hasta el médico del turno noche había perdido su visión positiva de las cosas, le aconsejaba a las tres mujeres que acompañaban al anciano que se despidiesen cuanto antes, porque no le quedaba mucho tiempo. El tumor maligno, haciendo alarde de su adjetivo,  seguía alojado en su cabeza y no se iba a ir a ningún lado, no sin llevárselo a él. Pero Marti no podía despedirse, no podía hablar, no podía hacer nada más que ver al hombre que la crió postrado en una cama de hospital esforzándose por respirar.

Martina ya no conseguía distinguir los días a través de su cansancio, así que no supo qué día era cuando recibió una llamada al trabajo de su tía abuela que le informaba que su abuelo se acababa de despertar y estaba lúcido. Martina respiró una enorme bocanada de aire que transformó en un estallido de llanto ahogado. Podría verlo de nuevo. Podría verlo una vez más, según le decían por el teléfono, porque realmente estaba agotado y si bien se podía conversar con él, no se sabía cuánto iba a aguantar. El obstáculo volvía a ser su trabajo, pero Martina supo sin dudas ni lógica que esa era su única oportunidad. No lo dudó ni un instante más y se fue sin siquiera avisar a alguna autoridad. Se lanzó a su redondeado Carza rojo y voló al hospital donde podría hablar con su abuelo.

La calle por la cual Martina conducía estaba bastante despejada, era la primera vez que iba en ese horario. Aceleró aprovechando este tránsito ligero. Al pasar la calle Zarcota notó unas borrosas manchas amarillas a los lados del camino, aminoró la velocidad lo indispensable para ver que eran señales. Más adelante estaba cortada para refaccionar la calle de los baches. Martina dejó de acelerar y dobló hacia la derecha aún con bastante velocidad. Su cuerpo estalló de adrenalina y apenas pudo ver a una chica de uniforme escolar cruzando esa misma calle. Clavó los frenos, pero eso no alcanzó, se encontró directo a la colisión. El auto, sin cambiar de rumbo, no chocó con ninguna chica de uniforme escolar. Martina se vio sacudida un poco por la frenada, que había sido exitosa. Bajó temblando del auto ahí mismo con el corazón repiqueteándole en el pecho. Miró a todos lados y no vio a ninguna chica. Supuso que debió de haberse arrepentido de cruzar, o algo por el estilo, porque allí no estaba. No había pisado a nadie ni había chocado con nada. Todo estaba bien.

Martina estacionó en esa misma esquina el auto y dio la vuelta a la manzana para entrar al hospital, todavía desorientada. Llegó agitada a las escaleras y las subió repitiendo y rogando por favor que no sea tarde. Alcanzó el piso y corrió hasta la puerta deseando con todas sus fuerzas que su abuelo estuviese ahí, consciente, que no sea tarde. Martina abrió la puerta y entró. No era tarde.

Dentro de la habitación del hospital, su abuelo estaba acostado con la cama inclinada para que no tuviese que hacer fuerza incorporándose. Martina lloró mientras se le abalanzaba en un postergadísimo abrazo. Tardó varios minutos en recomponerse y poder saludarlo.

—Hola—dijo simplemente, con la cara congestionada por el llanto.

—Hola—dijo simplemente su abuelo, sonriendo.

— ¿Cómo estás?—le preguntó mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.

—Impecable—le respondió con su mejor expresión casual. Se rió hasta que lo interrumpió una tos seca.

Martina se olvidó de su madre y de su tía abuela por completo, no las saludó al entrar y ni siquiera las notó en la habitación. Se sentía ahí, en ese rincón pequeño del mundo, sola con su abuelo. Su mejor compañía. Habló un poco con él de banalidades, y notó su estado tan desmejorado. La gran diferencia entre verlo ese día y los anteriores, era el aura de relajación que emanaba cuando hablaba con ella. Siempre había sido un hombre nervioso y estresado, pero allí, postrado en esa cama con más partes enfermas que sanas, se le veía muy cómodo, hasta contento. Y ella estaba ahí para poder acompañarlo, por lo menos ese ratito.

—Descansá, Abue, y vas a ver. Vas a recuperarte en nada de tiempo. Vas a salir de esta—le dijo una esperanzada Martina.

Su abuelo sonrió con una sonrisa socarrona de quién sabe la verdad. Le miró fijo a los ojos, sin interrumpir su gesto articulado con la experiencia que da la vida; y a veces la muerte.

—Lo sé—dijo con total serenidad. Levantó con lentitud su mano derecha y acarició una mejilla de Martina—. Vos quedate tranquila, todo va a estar bien—tomó aire y suspiró—. Te amo, chiquita—se despidió.

—Yo también, Abue—le respondió su nieta, con la cara compungida goteando lágrimas—. Te amo muchísimo—se despidió, tomando la mano de su abuelo entre las suyas.

La mirada cansada de su abuelo se apoderó de su rostro, y en un estado de serenidad total, cerró los ojos. Sus músculos se relajaron completamente y de un instante a otro, Martina sintió en la mano que sostenía, como su abuelo iba dejando atrás su ropa de hombre.

Martina se quedó llorando a su lado un tiempo que no sabría medir en minutos, hasta que sintió que era el momento de irse. Salió de la habitación y del hospital sin siquiera percatarse de su madre y la hermana de su abuelo. Caminó ensimismada la manzana en dirección a su auto. Por extraño que le resultase, ella también se sentía relajada, y si bien acababa de pasar por una situación extraña de despedirse de la persona que más quería, en el fondo sentía alivió de poder haberlo hecho y de que aquella transición fuese en paz.

Al doblar la esquina, Martina estaba en el extremo contrario de la calle donde había dejado su auto. Al acercarse lo buscó con la mirada y no lo encontró. Siguió caminando y no conseguía ver su vehículo, pero si vio a una chica adolescente vestida de uniforme escolar cruzando de vereda, y de la calle cortada vio como un auto rojo de bordes redondeados se acercaba a gran velocidad. El Carza estuvo a punto de atropellar a aquella chica. Martina corrió hacia la escena. El auto giró abruptamente un instante antes de chocar y perdió el control, colisionando contra un grueso árbol de la vereda. El temblor fue tal que casi hace que Martina pierda el equilibrio. Al llegar a la escena del accidente, no dudó en fijarse el estado de aquél temerario conductor. Abrió la puerta y encontró a una mujer desparramada sobre el volante, cubierta de sangre. La agarró como pudo y la sacó del auto para recostarla sobre la vereda con la mayor delicadeza posible.

Momentos después llegó una ambulancia, los paramédicos bajaron con una camilla y se acercaron a la puerta del conductor en busca de la persona accidentada. Encontraron una mujer alta de caderas anchas con el pelo castaño empapado de sangre tirada en la vereda. Un paramédico se acercó y le tomó el pulso del cuello. Nada. Buscó el pulso en la pierna y depositó una última esperanza en el pulso de la muñeca. Nada.

La mujer mantenía, entre los cortes de su cara, un misterioso semblante. Todos los que la vieron podrían coincidir en lo mismo, que por extraño que fuese en un accidente así, aquella fallecida mujer expresaba en su rostro un clarísimo estado de serenidad.