El conejo tembloroso

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras dejaba de humedecer las hojas de la stromanthe.

Pensando dónde estoy, deambulando… este parque no lo reconozco, sigo distrayéndome con la noche.

En el cielo, la luna flanquea mi vista. Flotando con la templanza de un satélite eterno.

Es un espejo que me recuerda la vergüenza que tengo en la cara. No me gusta que me recuerden mi marca. La vuelvo a tapar con mechones de mi cabello para que nadie la vea, no importa si anulo mi ojo izquierdo. Nadie puede conocerla. Estoy de suerte, no veo gente cerca ni mirando por encima de mis hombros. Algunos recuerdos fluyen en mi cabeza.

—¡Sos un desperdicio! ¡Tantas posibilidades tiradas a la basura!— me enseña mi padre en mi habitación, con la cara como un tomate maduro.

Pero, en serio, ¿Dónde estoy? No me acuerdo ya ni del lado por el cual entré a este parque, o a esta plaza. O a este cantero, ¿quién puede saberlo con exactitud entre tanta niebla? Parece que a cada paso que doy se vuelve más espesa. A este ritmo faltaría una nueva corrida para quedar absorbido por el tibio vapor blanco que me vigila.

Empiezo a correr.

—Perder tiempo con plantas es para la servidumbre y los fracasados— me hacía saber mi madre, sosteniendo un cigarro con esas insulsas manos que nunca tocaron tierra tibia.

Vuelvo a mirar la zona mientras me levanto. Aún no la reconozco. Y lo que es peor, creo que es distinta a la que ya no reconocía antes de caerme al suelo. O ser tirado, esta raíz perdida entre el césped parece querer molestarme, no soporto cuando quieren molestarme. Pero debe ser muy difícil enojarse con un árbol tan magnífico, por más burlonas que sean sus raíces, sobre todo cuando toda la zona tiene la belleza cruda del crecimiento natural salvaje. Sin riendas, sin límites. Me acaricio un poco la tierra sobre el raspón que gané. Con un movimiento relámpago aprendido a través de los años acomodo mi pelo para volver a tapar mi vergüenza, antes de que también quieran burlarse de mi marca.

—No es sano lo que estás haciendo. Esa relación imaginaria que sostenés no es sana para tu familia. Ni para vos— me reclamó mi terapeuta en el consultorio que encarcela una solitaria aloe vera. Sólo hace una semana de ese episodio ¿Dónde estoy ahora?

Arrodillado, el nogal se vuelve inmenso. Le suplico. Siempre dí, siempre. No aguanto más esta persecución. Siempre mantuve mis cosas para mí, nunca ataqué a la sociedad. Toda mi vida me disfracé de hombre civilizado para no alterar a nadie. Solo se necesitó un desliz, uno solo, y todo el sistema civilizado, templado y estructurado me rechazó a la vez.

Ya no sé qué hacer.

—¡Enfermito!— me gritó un joven que no sabe mi nombre, con el seño fruncido en burla cuando estaba cantándole a los jazmines para calmarlos.

— Vas a tener que ir con los médicos, te van a ayudar. Allá hay mucha gente que te va a ayudar— sentenció entre la acumulación de siluetas un hermano de mi madre, el que siempre ubica mal a los helechos violáceos.

Ya no sé qué ser.

—No quiero ir con esos médicos— pensé, al tomar aire de esa multitud—. Yo voy a ir a regar las chiquitas del jardín. Si, eso, como todos los días, voy a humedecer la stromanthe, y todo va a estar bien.

Ayuda.

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras la señora fofa mojaba sin cuidado una azácea tricolor. Ya se lo había dicho muchas veces, y la pobre planta había sufrido quemaduras del sol por culpa de aquella asesina. Esa tricolor no se iba a salvar. Y sé que fue brusco, y yo ya estaba algo irritado, pero no pude soportar ver aquel asesinato.

Acepto que tal vez fui muy extremo en mi represalia como representante de la naturaleza, sin embargo algo debía de hacerse.

¿No reaccionaría así cualquiera que viese el homicidio gozoso de un bebé humano? Esa inocente planta también estaba en una edad muy temprana.

La luna perfora la frondosa neblina con la calma de lo inmortal. Veo un espejo negro en el césped a pocas yardas de donde estoy. Agradezco al benigno árbol con un gesto mientras queda a mis espaldas y me acerco a aquel oscuro lago.

Mi barrio nunca tuvo lagos, tampoco mi horrible ciudad de cemento. Esta oscura formación de agua me invitaba, como el vacío en las alturas, a escapar con él. En él. Era momento.

Arrojé mi disfraz de hombre civilizado a un lado. Inspiré aire. Exhalé todos mis problemas. Mi cuerpo desnudo nunca estuvo tan ligero. Descubrí mi rostro para mostrar orgulloso como un niño mi marca a la luna. Mi salvadora.

Mi mancha gris con forma de un conejo tembloroso fue por primera vez alumbrada por la eterna luz de la luna.

Cierro los ojos y me dejo caer. Iré a donde realmente pertenezco.

La helada corriente se enlaza y entra por mis poros, me promete volver a la tierra de la que vine. Tal vez, con un poco de suerte, brote de mí un hermoso nogal.