Mi guerra secreta

Entre las personas que más conozco y quiero, está mi amigo Sebastián. Lo vi por primera vez en la salita de jardín, día que no recuerdo, y por última vez hace dos años, en un día olvidable. Éramos inquilinos honoríficos de la casa del otro. Si uno se enfermaba sin avisar y faltaba a clases, el otro sentía la traición apretándole el pecho por el resto de la jornada. Ya más grandes estudiamos juntos y nos equilibramos como una tribu de dos. Yo prestaba más atención en clase y el tomaba más apuntes. Hasta en el resto de nuestro círculo desfilábamos como una sociedad sólida, si alguno se mandaba una cagada y se interrogaba al restante, era más fácil sacarle información a un veterano de guerra. Jamás tuve ni antes ni después un vínculo tan íntimo con quien pudiese compartir la vida a nivel molecular. Hasta que vino Fernanda para partir un átomo en dos.

Fernanda es una mujer de La Plata que estudió medicina como nosotros, un par de años más chica. No tenía rasgos asiáticos pero siempre la pensé como la Yoko Ono Platense. El día que avasalló a Sebastián en una peña de fin de año sentí la bronca injustificada de la desgracia por venir. Con dos chistes cronometrados burlándose de Estudiantes, el fútbol era la única área que no disfrutábamos en simultáneo con Seba, lo atrapó en sus redes de perfume. Víbora eau de toilette femenino.

Su relación evolucionó fuerte como cáncer de pulmón, con metástasis en mí. Las cenas tropezaron con las trabas de Fernanda y las salidas tenían una intrusa. Yo por mi parte invadía sus conversaciones con minas camufladas de palabras. Cuando Seba tuvo que elegir un bando en nuestra guerra no tan secreta de celosía, se fue con ella y me dejó nuestra enorme y vacía sociedad para mí solo.

Poco y nada fue lo que volví a hablar con Sebastián. El tiempo engordó las diferencias de cada uno, y mi odio ya no se molestó en esconderse. Era imposible recuperar nuestra relación, y menos mal, porque yo ya no la quería. Toda la envidia que siento hacia Fernanda nunca va a irse y el lugar de amigo de Seba tomó gusto a premio consuelo. No es posible que deje de lado mi rencor hacia ella, porque Fernanda es un recordatorio vivo y respirante de que yo jamás voy a poder ocupar el rol que más deseo en el mundo.