Draco, mi pequeño dragón

Es un día de noviembre, pero él no recuerda exactamente cuál. Es el año dos mil dos y en ese momento tiene siete años. Está festejando su cumpleaños, aunque faltan casi dos meses para cumplir ocho. Esto tiene un sentido. El Niño es de capricornio y, como bien es sabido, los capricornianos tienen su primer encuentro con la desventura por sus cumpleaños, que juntan a muy pocos de sus compañeritos. Su madre no quiere que tenga estas desventuras de niño. Si fuese por ella, evitaría las desilusiones durante toda la vida de sus hijos. Es por eso que El Niño festeja en el mismo mes que cumple años su hermano mayor. Y así, uno acumula mala suerte que gastará en años venideros por festejar su cumpleaños con antelación, y el otro es forzado a compartir un momento del que quiere todo el protagonismo.

Hay una razón por la cual este cumpleaños, el octavo, es más importante que el séptimo o el noveno, y El Niño la está sosteniendo en ese momento entre las manos. Envuelto en un papel de regalo rojo con payasos genéricos encima se encuentra el primer libro que va a leer entero, por su cuenta y sin saltear páginas en su vida. Dentro de ese envoltorio se encuentra Draco, mi pequeño dragón.

Este libro infantil fue impreso en español varios años antes del encuentro con su dueño, distribuido junto a sus clones por Argentina, hasta una librería del centro de La Plata. Sería comprado por una mujer morocha y regordeta para su hijo Martín, de cinco años, porque estaba convencida de que era muy inteligente para su edad y que podría entenderlo a la perfección. Las expectativas de la madre no coincidieron con los deseos del infante y no le prestó atención. Lo dejó perdido en un estante y se entretuvo con una pelota de fútbol nueva que compartía con sus cuatro hermanos. En su adultez, ese niño convertido en hombre, no tendría ningún recuerdo de aquél fallido intento de involucrarlo con la literatura. Se dedicaría a trabajar en la inmobiliaria de su padre después de volver frustrado de Estados Unidos, donde no consiguió firmar ningún contrato con los clubes de soccer que había visitado. Su sueño de ser futbolista lo dejó perdido en un estante; acompañado de su sueño de casarse con Julieta, su novia de la adolescencia que lo dejó al terminar el secundario. El sueño que más lamentó perder fue el de juntarse a comer todos los domingos con sus cuatro hermanos; destruido por el adolescente borracho que atropelló a Hernán, su hermano mayor, siete años después de haber estrenado aquella pelota de fútbol.

El libro ignorado fue regalado junto a tres libros de Osho, una bolsa de ropa usada, una radio vieja marca Lorenzzo y cuatro vasos con forma de personajes de los Looney Tunes, dos años después de su llegada a la casa. Los libros llegaron a manos de Flavio, un amigo de la familia que vendía libros usados. Flavio los repartió todos al costo mínimo al cerrar su negocio para abrir una heladería. Con rapidez marcó tendencia y se convirtió en un empresario adinerado que dejaría olvidadas a las amistades de su vida de pobre. Al menos, hasta que la crisis del dos mil uno lo devolviera a la humildad y a sus antiguos amigos, que para su fortuna lo recibieron con los brazos abiertos una vez más. Draco, mi pequeño dragón llegó en perfecto estado a El Túnel, un local de la céntrica Plaza Italia. Allí fue envuelto en una lámina de plástico con cuidado y exhibido en la sección de libros infantiles nuevos.

El Niño rompió con dedos torpes el envoltorio del libro para encontrarse con la portada naranja y verde custodiando las ciento veintiocho páginas que leería para descubrir otro plano de existencia. Agradeció a su compañerita con memorizada cortesía antes de leer el título. Camila le sonrió con inocencia, sin saber muy bien que era lo que había regalado.

Camila había cumplido ocho años un par de meses antes, festejándolo con su padre y su hermano. Pidió de deseo lo mismo que pediría toda su vida, poder pasarlo con la madre. No lo pasaban juntas desde hacía ocho años, el día en que ella nació. Era una nena dulce y distraída, que recordó el jueves a la noche que al día siguiente tenía un cumpleaños. Su padre estaba viendo jugar a Boca por la televisión cuando se enteró, esperó a que terminara el partido y le dijo que él iba a hacerse cargo para que no fuese con las manos vacías. A la mañana siguiente paseó por los locales de Plaza Italia buscando un regalo barato y se encontró con este lugar que tenía libros infantiles a muy buen precio. Apenas ojeando los títulos eligió Draco, mi pequeño dragón entre un montón de libros, se le hacían todos iguales. Supuso que a cualquier niño de ocho años le iba a gustar algo que incluyera dragones. El padre de Camila le entregó el libro envuelto en papel de regalo a su hija a la una de la tarde en el colegio y, algunas horas más tarde, ella se lo dio a la persona que le habían indicado. Su padre dejaría huérfana a Camila y su hermano menor muchos años después, por una muerte súbita que interrumpió su corazón y su partido de tenis a la vez. No vería a su dulce y distraída hija acordarse la noche anterior que tenía que llevar una carpeta de documentos al estudio jurídico en el que trabajaba.

El Niño leyó el título y no le pareció gran cosa, pero le gustó el dragón verde en la portada. Vio el nombre de Philippa Gregory pero le costó leerlo y no retendría mucho tiempo a la escritora de su regalo. El tierno dragón dibujado en la portada por David Wyatt, un músico inglés frustrado con talento para la ilustración, sería recordado una tarde húmeda por el artista a los cuarenta y siete años, mientras toma una taza de té de jengibre en su casa de Devon, como un trabajo por el cual la editorial escatimó al mínimo su paga.

Los nenes que rodeaban a los cumpleañeros esperaban con ansiedad que terminaran de ver sus regalos. Estaban desesperados por retomar el partido de fútbol que estaban jugando hasta que los interrumpió Gustavo, su serio profesor de educación física, para ir a abrir los presentes. Draco, mi pequeño dragón no recibió sonidos de asombro al ser descubierto y ninguno se interesó por verlo más de cerca, pero El Niño recién lo dejó con cuidado a un lado porque su madre le dijo que abriera los demás regalos. Juntos, los hermanos abrieron el resto de los paquetes. El público de compañeros con frentes sudadas gritó de emoción al descubrirse una pistola de agua, con un arma de dardos de goma y por un disfraz de bombero. La mayor ovación se la llevó una pelota de fútbol del mundial de Francia que le había regalado Tomás al verdadero cumpleañero. Al hermano mayor de El Niño no le caía bien ese compañero, pero le encantó el regalo. Los pocos que quedaban sin abrir fueron olvidados bajo la ola de emoción de tener una pelota nueva para jugar. El cumpleañero la pateó con fuerza anunciando tácitamente que el partido estaba de vuelta en marcha. Entre aullidos y saltos, dueño y pelota volvieron a la cancha de futsal seguidos de todos los demás, menos el que festejaba su cumpleaños antes de tiempo. Él se quedó a un lado esperando que se fueran todos para volver a sostener el único libro que había sido regalado ese día. Le alivió estar un rato sin gente que quisiera jugar al fútbol sin parar, deporte que nunca le gustaría a menos que fuese para ver una final importante por televisión o jugarlo en alguna consola digital.

Esta vez sostuvo a Draco, mi pequeño dragón con la tranquilidad del que no va a ser interrumpido y leyó un poco. La contratapa hablaba de un niño encontrándose a un dragoncito, que bajo efectos de la magia parecía un cachorro de galgo. El nuevo dueño del libro no sabía qué era un galgo, pero se puso contento porque le preguntó a su madre y ella le dijo que era una raza de perro, le encantaban los perros. Sin saber cómo imaginar a un galgo, lo visualizó en su mente idéntico a un bulldog inglés, el perro que deseaba tener.

Solo algunas madres y una maestra quedaron en el patio con el niño, el resto estaba en la cancha de futbol con Gustavo, cuando todavía daba clases y nadie sabía lo peligroso que era dejarlo solo con tantos menores. Recién se enteraron con toda esa promoción ya habiendo terminado el secundario. Uno de los chicos se animó a contar que había sido abusado en el campo de deportes por el serio Gustavo, siempre visto con el mismo aire templado y profesional. Aunque no tuvo causa judicial, Gustavo fue jubilado por la institución y no se le volvió a ver por las calles de la ciudad, y nadie hizo nada más.

El menor de los cumpleañeros no podía dilatar más su vuelta a la insulsa realidad del deporte social, se acercó a la pila de regalos para guardar su nuevo libro. Esa noche iba a empezar a leerlo, y al terminarlo le diría a todos que había leído un libro de ciento veintiocho páginas. Sumaría de a poco libros a su estante, pasaría por clásicos traducidos, la saga de Harry Potter, novelas históricas, analogía de cuentos, volvería a las raíces de la literatura latina, la saga de Canción de Hielo y Fuego. Sabría de mil vidas vividas y sacaría una significación nueva cada vez que leyera El Principito.

Pero faltaba para todo eso, El Niño era inocente de tales vivencias. Ahora dejaba su regalo entre los otros y se iría a jugar con sus amigos. Cortarían las dos tortas, la de su hermano con adornos de Estudiantes de La Plata y la suya con dinosaurios. El Niño no era consciente, pero su latente vida habría de cambiar por leer ese simple y olvidable libro sobre un dragón que se hacía pasar por un galgo. No se iba a acordar que pasaba ni de cómo terminaba, y no era importante. Lo importante era que acababa de abrir la ventana a otro universo. Y no tendría autoridad para cerrarla.

Ese lugar, ese día, era irrelevante para la historia de la humanidad. Pero no para la historia de un humanito. Habían pasado sucesos difíciles y faltaría que ocurrieran episodios terribles en la vida de los presentes. Sin embargo, ese momento gozaba de inmunidad nostálgica. Para los cumpleañeros, todavía quedaban muchas visitas a la casa de sus abuelos para escuchar historias inventadas de cómo Ernesto había perdido la mayoría del pelo por un viento fuerte. Jugarían varias veces más con el escalextric en la alfombra del comedor. Ocurrirían encarnizadas batallas entre juguetes de plástico en el patio de la casa. ¿Las bajas por lengüetazos perrunos cargados de baba? ¡Se irían por las nubes! Saldrían en varias oportunidades a alquilar películas para terminar siempre llevando E.T. o Toy Story. Gobernaría muchas noches la anarquía en el hogar cuando los hermanos mayores fuesen dejados a cargo. Todavía quedaban infinidad de bombuchas para ser lanzadas por los aires.

Respaldando con la estadística a los invitados, la mayoría de los abuelos y padres estaban vivos. Los adultos estaban sanos sin enfermedades que se cobrasen la factura de los malos hábitos. No había sido infectado ningún nene por las costumbres sociales y no tenían ninguna responsabilidad más que la de lavarse las manos antes de comer un pedazo de torta. Todavía nadie se burlaba de nadie por su gordura. Ninguna niña tenía el corazón roto por no ser correspondida en sus afectos y ningún varón tenía desarrolladas las costumbres machistas que heredarían del hogar.

Ese momento, era libre. Y se mantendría así en la memoria. Solo había algo importante que ni siquiera sabían que estaba sucediendo; y era que, mientras el caos abría con fuerza huracanada las puertas del mundo, un pequeño y usado libro abría una ventana en la vida de un joven capricorniano de siete años y diez meses para que todo estuviese bien.

Y en ese efímero día, todo estuvo eternamente bien.