Campeón del llanto

No existen, pero de haber existido habría ganado cualquier competencia de llanto antes de los catorce años. Desde chico me preparé, si la mamadera estaba muy caliente, llanto; si estaba muy fría, berrinche; si era muy poca, pataleo. El entrenamiento no distinguía de espacios, en el jardín también lloraba, y la llamaba a mi mamá para que vea que bien que podía gritar y moquear a la vez. La técnica del llanto la tenía dominada, activable en cualquier momento. Era un instinto natural, como el pulpo al momento de soltar tinta. Si me mandaba una cagada, llorar bajaba la pena. Si molestaba a mi hermano y me quería pegar, la alarma chillona frenaba su ataque. Incluso servía como entretenimiento, como cuando estaba solo con mis hermanos y me decían «Guevarita, Guevarita» para verme hacer lo mío, y yo, sin siquiera saber quién era Osvaldo Laport, me ponía rojo cereza y con un grito sostenido abría la boca grande, bien grande, para que el río de lagrimas fuese bien presentado. Un verdadero artesano del llanto.

Por otro lado, y a medida que íbamos creciendo, mi hermano nunca presentó una naturaleza llorona. Estaba en una liga muy amateur, nada más lloraba si se agarraba un dedo con la puerta del renó. Yo a esa altura ya podía hacer un escándalo si me sacaban del sacoa antes de que me aburra del todo. Una vez, por irme de los jueguitos, lloré una hora de corrido, con una performance desgarradora que captó la atención de toda la gente alrededor. Mi viejo, cansado de mi arte, me sacó una foto con un flash muy cortamambo y la reveló para que quede como recuerdo del llanto más largo de mi vida. Es imposible hacer a un padre orgulloso. Mi hermano no entendía esto, a él llorar le parecía mal, sentía que era un acto indigno, que chorrear moco por la nariz porque te cambiaban de canal era cosa de bebés. Lo único que lo hizo llorar fue Estudiantes saliendo campeón de nosequé. Eso, obviamente, no cuenta, llorar de felicidad es como ganar al poker sin apostar plata.

Toda racha campeona tiene su fin, le pasó también a Maradona y a Tyson. Cuando yo tenía catorce años y mi hermano quince, mi vieja entró a la pieza con una tragedia en la cara. Mi abuelo se había muerto. Para sorpresa familiar, el primero en llorar fue mi hermano. Aflojó todas las broncas anudadas en el cuerpo, sintió la ausencia limpiándole los nervios. Se liberó de su prejuicio del llanto. Quedó doblado sobre sí mismo encima de su cama y encontró su conexión con él, sufriendo el poder terapéutico de las lágrimas. Yo, en cambio, no pude. Sentí el calor en el cuerpo rompiéndose paso hasta la mandíbula, pero en el último instante la garganta le cerró el paso. Mis lagrimales se fundieron sin poder procesar el llanto por tristeza al amor. Pasarían muchos años para que pudiese aprender, como mi hermano hizo desde aquél día, a llorar bien. A llorar de verdad.

La cuadra de 12

Cuando la caminaba se me hacía larga, porque era gordito y pequeño, pero no llegaban a ser cien metros. Era así: veinte metros de un lado con sombra, doblar la esquina y treinta metros más tibios al sol. Así lo recuerdo. El ritual era bajar del auto con mi vieja y mirar la vidriera de electrónicos de la curva. En mi mente infantil esos aparatos hablaban otro mundo, y a la vez me ponían contento, porque presentaban la cuadra que valía el viaje. En los treinta metros que quedaban no me acuerdo si había algún negocio. Ya estaba palpitando llegar. El aire estaba limpio de olores y el sol me hacía estornudar, siempre. Se me achinaban los ojos por el atardecer que me apuntaba en línea recta. Casi ni me daba cuenta que estaba en frente a las rejas verdes.

Las rejas verdes eran un premio. El perro que custodiaba los departamentos de la izquierda cambiaba cada cierto tiempo, pero siempre hubo alguno. La puerta blanca se abría después del tintineo de las llaves, y con el saludo de mi abuela pasaba al pasillo que llevaba a su ph. El resto del día es otra historia.

 Ya no existe ese negocio de electrónicos, ni el auto en el que íbamos. No existe tampoco la cuadra como tal, muchas obras la cambiaron de ancho, de color y de sentimiento. La reja verde se estará oxidando despedida en algún basurero. No siguen vivos mis abuelos, ni sus llaves que tintinean, porque la puerta también la echaron. El pasillo ya no sigue la misma línea recta y el ph de mis abuelos cambió de piel y de huesos. Cuando paso, la cuadra es corta y el clima cambia, y no tengo ningún premio de reja verde. Se murió toda la anatomía de esa cuadra que no era mía, y sobrevivió un recuerdo que es inmune a todo lo que mata caminos. Y ese sí es mío.