Mi obra póstuma

Publicado originalmente en «Trumpet Dagbladet» el 12 de mayo del 2016.

 Traducido al español por Francisco Camilletti, 11 de octubre del 2018.

«Hoy no traigo poesía. No me interesa. No vengo con armonía. Solamente me duele, ya no hay magia cerca. Hoy no hay nada bueno, y mañana tampoco. Hoy se fue ella. Y mañana no vuelve».[1] Con estas palabras culminaba su obra maestra el escritor sueco Gerhard Juberg.

Juberg había perdido a su compañera de los últimos treinta años en un accidente automovilístico donde murió ella y la conductora, cuñada del ganador del Nobel de literatura, con cincuenta y ocho y cincuenta y cuatro años respectivamente. Sin avisar a nadie, el viudo se encerró en su hogar por los siguientes dos años.  Hasta que un día en particular, salió.

Gerhard volvió a dar señales de vida a los setenta y cinco años de edad, cuando anunció su nuevo libro al mundo. Un mundo muy atento a lo que aquel sabio tenía para decir.

Para los desacostumbrados al tema, Gerhard Juberg (nacido por el remoto 1933 en Lund, Suecia) comenzó su carrera como maestro de yoga e indagó por años en medicinas alternativas, hasta ser un vocero importante de Mente y Alma, una organización creada en 1965 por él y otros profesionales de la salud, que ofrecía conectar a hombres y mujeres con su lado más etéreo a través de meditaciones trascendentales clásicas y alternativas. Mente y Alma llegó a ser una empresa muy prestigiosa, para Gerhard Juberg fue su oportunidad de crecer.

Ya habiendo publicado dos libros sobre yoga («Los principios fundamentales del Yoga» y «Yoga: La era del autoconocimiento»), y uno sobre meditaciones transcendentales («El arte de no ser nada»), Juberg comenzó a invertir fondos de Mente y Alma para crearse un personaje mediático[2]. Cuando la organización entendió la pérdida que esto significaba y se puso en desacuerdo con la magnitud de tal campaña publicitaria, Gerhard renunció. Inmediatamente aprovechó su cobertura en los medios para hablar pestes de sus antiguos colegas y de como «el dinero les importa ahora más que la salud de la gente», también vendió al mínimo la gran cantidad de acciones de Mente y Alma que tenía a su disposición, mientras alentaba a amigos y conocidos en condiciones similares a hacer lo mismo. La empresa había conseguido su estatus por el liderazgo de Gerhard, si bien este se aprovechó de su poder en la última etapa de la organización. La mala prensa había mellado en la percepción de la gente que ya no confiaba en Mente y Alma[3]. Esto afectó todos los niveles de la empresa. Con la pérdida de su líder acompañando tantos problemas económicos, Mente y Alma perdió en un mismo año su mente y su alma. Un consejo directivo de emergencia aplicó políticas inmediatas que solo provocaron más obstáculos y reacciones negativas. En 1975, apenas dos años y medio desde la salida de Juberg, Mente y Alma dejó de existir.

En el ojo público Gerhard Juberg siguió como un magnate de las artes curativas. Él no desaprovechó su fama. Cumplió cuarenta años lejos de la empresa que se dirigía a la bancarrota. Mientras ellos se hundían, él se elevaba. En 1974 sacó «Métodos alternativos para un cuerpo sano» y «Meditación trascendental y otras terapias»[4]. En 1976 conoció a Emma Surigsson, y antes de terminar el año se publicó «Pequeños trozos de una mente inquieta». Este compilado de poesía personal fue su primera inquisición en el mundo de la literatura artística.

El éxito económico creció con cada experimentación en categorías nuevas de escritura. Juberg acumuló un enorme capital y una fama[5] aún mayor en los años siguientes. Todos podemos recordar haber leído o por lo menos escuchado de libros de poesía tales como «Un viaje a mi yo profundo», galardonado con el International Poetry and Liric Award, un once de octubre de 1994 en la ciudad de Londres, Inglaterra; y su antología de cuentos cortos titulada «El hombre del pasillo y otros cuentos», que a día de hoy se utiliza como bibliografía educativa en muchos secundarios en más de cuarenta naciones[6].

Cabe destacar que no fue hasta la séptima novela publicada, precedida por «Las excursiones del Sr. Thormes en motocicleta», cuando Gerhard Juberg se hizo merecedor del Premio Nobel de literatura en el año 1998, a los sesenta y cinco años de edad.

«Verdades y mentiras de mi profeta», publicada bajo la autoría de Gerhard Juberg, es una novela que trata sobre una joven sueca sin rumbo que se refugia de sus problemas en un grupo de gente dirigida por un carismático líder, con quienes crea lazos afectivos y relaciones íntimas con hombres y mujeres. Junto a ellos realiza incluso rituales religiosos. El nudo se presenta cuando el movimiento crece y la protagonista, Gerdet Jadjog, empieza a descubrir mentiras en la historia de vida de su líder que le hacen preguntarse quién es en realidad el hombre al que ha llegado a adorar, desenlazando en una confrontación a solas donde el ambiente pasa a ser más surrealista, casi onírico. En el contexto de leer este artículo por primera vez puede parecer que explicar la sinopsis de un libro de hace más de veinte años no viene a cuento, pero para eso hay segundas lecturas.

Si bien en la vida pública todo parecía una larga cadena de éxitos, la vida privada del escritor distaba mucho de ser algo tan positivo.

Gerhard Juberg se quedó dormido en los laureles[7] luego de engolosinarse en un entorno adulador como el que frecuentaba. Toda su vida adulta había abusado del tabaco y el alcohol, pero nunca a tales niveles. No se preocupó en esa época por publicar nada más, ni en desarrollar ningún proyecto, y este círculo vicioso de tiempo libre y sustancias lo sumió en un ambiente muy tóxico para él y su esposa.

Si bien la relación entre marido y mujer nunca había sido relajada y en general estaba más impulsada por los negocios que por el cariño, desde el éxito abrumador de Gerhard, las cosas se pusieron cada vez más tensas.

Emma Surigsson nació en tierra sueca en 1948, fue profesora de religión en St Peters Elementary[8] hasta que se casó con Gerhard Juberg en 1978 y dejó su trabajo para dedicarse a la carrera de su marido tiempo completo.

En un matrimonio despojado de cariño, Juberg se emparejó con personas que pudiesen saciar sus necesidades. Inactivo laboralmente, se dedicó a gastar su fortuna agasajando compañía la mayor parte del día, por miedo a la soledad. Filosóficamente hablando, estaba más solo que nunca. Tuvo de amantes a mujeres jóvenes, con quienes tampoco encontró la felicidad, si es que eso era una posibilidad en una mente tan degenerada como la de Gerhard. Él y Emma se podían pasar semanas en inverosímiles viajes de negocios, e incluso en la misma ciudad casi no se veían. Cuando coincidían era peor. No se hizo público, pero hubo incidentes en que, ante reiteradas agresiones por parte de Emma, Gerhard ejerció fuerza física sobre ella. Es muy probable que lo único que los uniese fuese la clase socioeconómica y el ojo vigilante de la gente que todo lo juzga. Sabemos que la mujer de Juberg no se pudo llevar su dinero a la tumba, lo que sí se llevó fueron secretos.         

Hubo un secreto, no obstante, que ni siquiera su mujer conocería.

Gerhard Juberg quedó viudo a los setenta y tres años de edad. Con su mujer también se habían ido sus posibilidades de volver a publicar algo. Esta aclaración nada tiene que ver con el arquetipo de musa que, siempre se decía, ocupaba Emma. La realidad es mucho más simple y decepcionante. Gerhard no podía publicar nada porque la persona que había creado los contenidos de su vasta bibliografía había muerto el seis de junio del 2006 en un siniestro vehicular. Emma Surigsson llevaba escritos incontables libros, la mayoría de ellos publicados pero nunca bajo su nombre. Gerhard y Emma estuvieron juntos por treinta años, veintiocho de ellos como marido y mujer. Y desde ese 1976 en que se conocieron, ella era la única competente en lírica y narrativa. El matrimonio aprovechó ese talento representándolo con la figura reconocida de Gerhard luego de que este saliese de Mente y Alma, priori a su clausura. Esta mecánica se mantuvo igual por las siguientes décadas y ninguno osó jamás revelar la verdad. ¿Cuál sería el sentido? Ambos sabotearían sus propias vidas si se volvían contra el otro. Ni Gerhard ni Emma podían traicionar la empresa que regía su matrimonio. O al menos eso creía el primero, hasta que encontró el borrador que había escondido la segunda.

«Muerto el extranjero», publicada en 2008 por Gerhard Juberg, es la obra maestra que definió al sueco como uno de los mejores escritores del último siglo. Su conciso prólogo funciona a su vez de cita en el inicio de este artículo. La verdad de su origen se devela a continuación.

Juberg recogió las pertenencias materiales de su recientemente fallecida esposa. Para tirarlas. En esa limpieza se encontró con una carpeta llena de páginas escritas a mano, la delicada caligrafía no podía ser de nadie más que de Emma. Gerhard Juberg volvió a enamorarse de un libro como hacía años no le ocurría. Lo armonioso no emanaba solo de su estética sino también de su prosa. No estuvo al tanto del proyecto hasta forzar un cajón cerrado con llave en el armario de Emma. Casi no le llevó trabajo al afortunado viudo darle la estructura final. Todo estaba allí. Luego vino la parte molesta, la estrategia publicitaria.

Con un curtido equipo de mercadotecnia, Gerhard tuvo lo necesario para elevar las expectativas día a día en torno al libro. Decidieron que el papel de ermitaño melancólico era el adecuado y concertaron algunas salidas secretas cada mes para hacer tolerable el tedio del encierro. A mediados del 2008, Gerhard Juberg volvió a salir de su casa con una obra maestra bajo el brazo. Su plan dio frutos como ningún otro.

«Muerto el extranjero» es algo sin precedentes. Formó parte de la cultura sueca desde su publicación y parte de la cultura mundial poco después. Las ediciones que salían eran una más lujosa que la anterior, contaban en promedio unas ochocientas cincuenta páginas[9]. Al final de la obra estaba escrita una dedicatorio a Emma Surigsson, donde Gerhard la etiqueta de «amada mía, eterna en el Universo», le agradece por una vida juntos y por «la inspiración que otorgaste derribando los límites físicos de la existencia corpórea».

Con este último éxito, Juberg selló una fructífera carrera que le dejó un legado eterno de fama, fortuna y reconocimiento.

Han pasado ocho años desde la publicación de «Muerto el extranjero», el último trabajo con mi nombre.

Esta fue la historia de Gerhard Juberg. Su declaración. Mi confesión. Son ochenta y tres años vividos en este plano, con lo poco que le queda a mi cáscara humana[10], es menester dejar mi historia escrita correctamente. Y espero que al irme, sea llevándome el derecho a réplica.

Muchos simplistas tomarán esta nota como una súplica de perdón, una sumisión ante los hechos relatados. Ni remotamente. Esta nota tiene el objetivo de que el mundo conozca mi inigualable obra, el éxito. Esa es mi obra póstuma. La que nadie puede igualar. Ningún contrincante pudo alcanzar mi éxito voraz, insaciable. Ni colegas, parejas[11], amigos o enemigos. Ninguno quedará en ninguna enciclopedia si no es formando parte del contexto de Gerhard Juberg. Ninguno sobresalió sobre el hombre corriente. Nadie excepto yo. Mi talento es el éxito, en cualquier ambiente, en cualquier adversidad, y es el único arte que cuenta. Y ahora que ya conocen mi historia, les libero de la objetividad. Son libres. Ahora, desprécienme[12].


[1]N. del T.: Esta cita constituye el prólogo de «Muerto el extranjero» (2008)

[2] N. del T.: se estima que susodicha campaña le costó a la compañía un 35% de su capital.

[3] N. del T.: entre las noticias negativas que se relacionaron con Mente y Alma se encontraban demandas de abuso sexual a clientes y sobornos a funcionarios públicos. Los testimonios de estas denuncias fueron verídicos, según se confirmó en los años siguientes al escándalo. Juberg es mencionado en cuatro de las mismas.

[4] N. del T.: Estos dos libros fueron los primeros que publicó sin apoyo empresarial. Si bien no perdieron dinero, recaudaron mucho menos que sus predecesores.

[5] N. del T.: en muchos medios asociados se le apodaba «El Talentoso» Juberg.

[6] N. del T.: este dato no es preciso. Si bien «El hombre del pasillo y otros cuentos» fue muy popular en la bibliografía escolar por un tiempo, no hay un censo que confirme su uso en un número de países tan elevado.

[7] N. del T.: el texto original no emplea exactamente esta expresión. Sin embargo, es la que mejor representa el significado que el autor pretende darle a la oración.

[8] N. del T.: Esta escuela cerró en 1983. Actualmente es un ministerio.

[9] N. del T.: en su idioma original. En la actualidad es el segundo libro más traducido del mundo después de la biblia.

[10] N. del T.: Gerhard Juberg falleció el 13 de mayo del 2016, al día siguiente de publicarse este artículo.

[11] N. del T.: Emma no logró en vida ponerle firma a su obra (aunque es una teoría coherente que lo pretendiese hacer con «Muerto el extranjero»), no obstante se encontró recientemente entre sus manuscritos una versión diferente al poema «espíritu moderno» publicado en el tercer tomo de «Temas de tumba y de jolgorio» bajo el nombre de Juberg. En la versión publicada el poema hace una crítica a la corrupción de los burgueses, y termina con un verso que reza «el mérito se queda en bolsillo anónimo». Este dato cobró importancia cuando se encontró el borrador con una versión muy diferente a la impresa, en la que utiliza sus recursos líricos para defenestrar a su marido por robar su trabajo y termina con la misma frase que su versión censurada. Dada la naturaleza de Juberg, lo más probable es que ignorara este detalle, en el cual Emma Surigsson filtra sigilosamente una línea rebelde que todo lo oculta. Y todo lo revela.

[12] N. del T.: Esta línea con la que Juberg finaliza su confesión no es de su autoría, está basada en el final del cuento llamado «La forma de la espada» (1942).

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.

Un día que morí

“Antes que nada quiero aclarar el título. Puede sonar rara la forma en que está escrito, pero creo que «día» puede usarse para abarcar el día y la noche de manera general. Es por eso que aunque mi muerte ocurrió de noche, poner día me pareció mejor gramaticalmente.

Disipadas ya las dudas, puedo pasar a contarles a qué va todo esto. Hoy es 31 de octubre, el inicio de las vacaciones (para los muertos). Para sumar al espíritu de los espíritus me pareció una buena ocasión de relatar uno de los días en que morí. Puede que se pregunten: «¿Cómo vas a hablar del día que te moriste si estás vivo ahora?». Y a ustedes les diría: lean bien. No es El Día en que morí. No. No no. Es UNO de los días en que morí, no me acuerdo de todos. Eso sería ya muy complicado. No, no. Este es el día que morí del cual pude acordarme. Aprendí algunas cosas interesantes de como era antes. Espero yo también dejarme cosas interesantes para aprender de mí después.

Esta vida (la muerta) nació en la segunda mitad del siglo XIX. Ustedes podrían pensar que estoy loco, y tienen razón, pero sepan que es muy difícil acordarse el cumpleaños. Igual tan loco no estoy, porque sí me acuerdo el año exacto de esa muerte (1923).

Pasé el año de mi muerte (la de 1923) escribiendo, no como ahora. Ahora escribo pero no de esa manera, quiero decir. En esa vida (la muerta) escribía a mano y posteriormente (anterior a la muerte de esa vida) con máquina de escribir. Los temas que trataba eran sumamente políticos. Si quieren saber que escribía en particular, pueden buscarlo, yo no me acuerdo. Por más que intenté no pude encontrar específicamente en esta vida (la viva) que escribía en esa vida (la muerta). Es raro, lo sé. Simplemente no me acuerdo. A todos nos puede pasar.

Esto de que en la vida muerta escribí cosas que no recuerdo en la vida viva no significa que no recuerde absolutamente nada, porque no es así. Lo que pasa es que solo pude recordar una cita bibliográfica y nada más. Estaba escrita en un libro corpulento, de color bordó, pesado y con el lomo cosido. Decía lo siguiente (el libro):

«El Maestro solo se ve en la maestría bajo la influencia de su discípulo, quien crea su descendiente. Todo sabio puede seguir vivo solo con la aprobación del Hijo.»

Tremenda, ¿no? Yo no la entiendo del todo, se nota que escribo muy complejo. Ya voy a entenderla, cuando me entienda (al muerto). Esto, como debe haberle pasado a más de uno de ustedes, me genera dudas. La que todos seguramente nos preguntamos debe ser ¿cómo sigue? o ¿el libro lo cosieron a mano? Mentiría si dijese que sé las respuestas. Tal vez nunca las sepa. Eso me perturba. Es mi libro. Mío. Y no sé si fue cosido o no a mano. Increíble.

Más allá de estos inconvenientes, conviene proseguir.

La vida de mi vida muerta tiene poca claridad. Solo conozco imágenes del día en que (¿murió? ¿morí?) morimos. No sabría decir si tuvimos una infancia dura, si nos manejamos bien en la adolescencia, si sus nuestros libros vendieron bien o si tenían algún prestigio en el ambiente. Debo, muy a mi pesar, conformarme con haber vislumbrado un día en que morí, que no es poca cosa. Creo que no es parte del mainstream saber como uno ha muerto alguna vez en alguna vida. Salvo, por supuesto, que esa vida muerta sea la actual, e incluso no siempre es el caso.

Para ir al grano de una vez: morí asesinado. Alguien cercano creo que fue quien lo llevó a cabo, difícil será confirmarlo. Digo que era cercano porque entraba con confianza a mi estudio (sí, tenía un estudio soberbio) y la situación se puso tensa. Bastó un momento en que me giré a mi biblioteca para sentir un antebrazo firme destruyéndome la garganta. Todo se nubló y perdió de a poco el volumen. El estudio se desvaneció, con mis libros, mi carrera, mis vínculos y mi vida. Y allí terminé. A veces me relampaguea un escalofrío cuando mi piel siente las fibras rasposas de aquella alfombra, ahora antigua y entonces moderna.

No sé como terminaré esta vida actual y si de algo servirá lo que he aprendido de mi mismo y de mi mismo. Si sumara toda la información de cien vidas pasadas y las aconglomerara en mi mente y alma a la vez, podría llegar a tener certeza sobre algo. En el mejor de los casos. No sé qué muerte le tocara a mi vida viva, no sé muchas cosas, como ya habrán notado en estas pocas palabras. Me queda pensar que será un viaje agradable y calmo, proyectar a esa idea. ¿Será posible transmitir conocimiento a mi próxima vida por voluntad? Otra pregunta sin respuesta, como todas las preguntas que tratan de resolver algo del tema y terminan absorbidas por el mismo abismo final, infinito, inamovible.

Ya me angustié y ya se me pasó. Basta de ver el lado temporal e inevitable, solo pierdo el tiempo. Si hay algo que sé es que voy a estar atento ante falsos amigos extranguladores. Y si hay algo para pasar es el saber de que podemos heredar nuestro propio conocimiento. Eso es lo único importante de comunicar, porque, de poder hacerlo, significa que es real. De a poco las fichas se acumulan, unas cien vidas más y ya le voy a ir agarrando la mano a esto.”

This is what i wrote down the moment i woke up from trance. I don’t know a lot of the symbols in it, but i couldn’t stop. It looks like spanish, or italian. When i have the chance, i will investigate what it means, and if it has something to do with my dream, or with the meditation from before. I can not know all of this right now. I will, eventually. I just hope it’s worth the trouble.

It looks promising, but i really don’t know. There’s a lot of things i do not know.

El hombre que mató a la muerte (Parte III) (Final)

El cumpleaños número cincuenta de Aureliano Gorlami vino con la emocionante noticia de que Anastasia, su novia, estaba embarazada. Aureliano había vuelto de un viaje de once meses por el interior de la provincia de Buenos Aires y el resto del país. Llevaba una carreta para visitar pueblos y presentarles su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio. Lo acompañaba el hijo del granjero al cual le compraba los cueros y esqueletos de animales. Estos habían nacido y muerto en aquel campo, y ahora adornaban el exterior de su grotesco vehículo. La mayoría de los cráneos pegados a la pared eran de perro, gato o vaca, y alguno de cerdo. Si un cráneo de perro era más grande que el resto, lo presentaba como cráneo de lobo, salvo que su trompa fuese muy redondeada, entonces decía que era de yaguareté. Su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio basaba su prestigio en la exhibición de estos esqueletos y de las pieles que tapizaban los laterales y los asientos delanteros. Aureliano sostenía que su misión en el mundo era la de salvar a la humanidad de la destrucción y usaba sus habilidades de cazador para conseguirlo. Extraía los humores de los animales exóticos a los que vencía y los hacía pasar por varios estados de la más moderna química para volverlos consumibles; así tendríamos la vitalidad de un puma, la fuerza de un toro, la longevidad de una tortuga y el vigor de la más sana de las liebres. Había algo de cierto en que el tónico venía de animales; la base era leche podrida hervida, mezclada con vinagre de vino y espesada con la clara de los huevos que el padre de su acompañante no había podido vender por el estado dudoso en el que se encontraban. Al principio muchos pueblos caían en comprar su asqueroso brebaje, pero al volver la mayoría les prohibían la entrada por causarles días de indigestión y dolorosas idas de cuerpo, con lo que acamparon en las afueras de cada pueblo a la vuelta de su largo y poco fructífero viaje.

Aureliano Gorlami estaba orgulloso. Primero que todo, de hacerse un excelente nombre como mercader, con el objetivo firme de crecer para que los miembros del club de caza de la ciudad se vieran obligados a agregar su escudo familiar del león erguido a la pared. Ya no podrían burlarse diciéndole que su emblema familiar era un «horrible escudo con un vagabundo con melena como símbolo», tendrían que dejar de reírse. Segundo, un Gorlami estaba en camino.

El hijo de Aureliano nació seis meses después, eso alertó al mercader. Confrontó a Anastasia cuando volvieron a la casa y su novia le explicó que había tardado más en nacer porque el niño tenía que alimentarse bien en su vientre para ser igual de fuerte que su padre. Recién ahí él se tranquilizó. Aureliano le dijo que se iba a llamar Aureliano Segundo Gorlami, el primer vástago engendrado con el apellido Gorlami. Anastasia no le contradijo, solo dilató el trámite para registrar al bebé lo más que pudo.

Una semana y media después del nacimiento del retoño, Aureliano juntó sus ahorros de los últimos años. No era un dineral, apenas era suficiente para cambiar la carreta por una de mejor calidad. Anastasia se le puso en contra, queriendo hacerle notar que bastante suerte había tenido vendiendo esa porquería, no era buena idea reinvertir más dinero, podían hacer otra cosa. «Además,» le dijo, «uno de los caballos está descontrolado, tiene rabia o algo, hay que venderlo ya para no perder todo». Aureliano suspiró con soberbia, tomó un habano húmedo de su cajón y el paquete de fósforos y se marchó, «mujeres» susurró con sorna a la salida.

Aureliano Gorlami se paró bien erguido en el cordón de la calle, se giró un momento para ver la ventana que daba a su hogar, luego miro a la carreta con sus caballos siendo controlados por Ezequiel, el hijo del granjero, y pensó en sus ahorros. Su éxito era solo cuestión de tiempo. Se puso el grueso cigarro en la boca e intentó encenderlo, la humedad lo retrasó. Tardo siete fósforos en poder prender su habano. Inhaló humo, exhaló un vapor rancio con placer. Aureliano cerró los ojos mientras soltaba la segunda bocanada de humo, con el rostro torcido en una sonrisa. No escuchó el repiquetear de los cascos sobre el adoquín. Estaba demasiado ensimismado en su meditación, ni siquiera abrió los ojos. El topetazo de los caballos fue tan fuerte que Aureliano siguió de largo en su oscuridad anacrónica.

No es necesario detallar el estado en el que quedó la cabeza de Aureliano Gorlami tras las pisadas de sus caballos, sin embargo, es importante aclarar que quedó irreconocible. Ezequiel ni se acercó a la escena, cuando vio que los caballos atropellaban a un sujeto en la calle corrió lo más rápido que pudo en dirección contraria. No volvió a acercarse al barrio en lo que le quedó de vida. El estado del cadáver también fue uno de los motivos por los cuales la policía no reconociera el cuerpo. La otra razón fue que Anastasia no se había enterado de nada, ella estaba aliviada de que Aureliano se hubiese ido a vaguear un tiempo para poder estar tranquila con su hijo. Recién salió del hogar tres días después cuando un vecino le devolvió la carreta con un solo caballo, diciéndole que al otro lo habían tenido que sacrificar por lo peligroso que resultaba. «Hasta mató a un anciano por lo que tengo oído» le dijo. Anastasia horrorizada le preguntó a quién, el joven le contestó que no tenía ni la más pálida idea, que lo habían anotado como anónimo y tirado a una fosa común.

Anastasia asumió dos semanas después que Aureliano se había ido y  no pensaba volver. Lo maldijo al principio, poco después se sintió liberada. Con inesperado entusiasmo se puso en la empresa de vender la carreta y al caballo restante junto a las pocas cosas de valor de Aureliano, el resto lo regaló a unos vecinos y se mudó de la ciudad a la capital de la provincia, para vivir y trabajar con una de sus doce hermanas.

El hijo de Anastasia creció sano y fuerte, con cabello castaño enrulado como su madre y ojos claros redondeados como su padre. El niño ya tenía su nombre asignado de manera legal, Enrique Hernández. Llevaba el apellido de su madre y el nombre de su padre. Esto último era una casualidad, puesto que Anastasia nunca supo que su amante no se llamaba Ernesto; el primer nombre se le había ocurrido una tarde cualquiera y le gustó.

Enrique creció bajo el amor y el cuidado de Anastasia Hernández y de su tía Isabel, en un ambiente de escasa economía pero abundante apoyo. Ahí conoció la empatía, el esfuerzo y el disfrute de los pequeños momentos, herramientas que usaría a lo largo de su vida. Nunca en todo ese tiempo supo nada de ningún Aureliano, ni de ningún león erguido con pinta de vago melenudo.

Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

Los dos cipayos

De chico siempre consumí productos yankees. Desde programas de televisión hasta juegos de mesa y alimentos. Todos de origen estadounidense, solamente alterados en el idioma para que mi mente infantil pudiese entenderlos y así anhelar más. Desde la versión argentina de la coca cola hasta las versiones traducidas de los dibujitos, que a su vez eran la versión americana de otro dibujito japonés. Todo el día me la pasaba resguardado por los inventos estadounidenses que volaban evadiendo fronteras para llegar a mi casa.

Ese acercamiento tan íntimo con toda esta maquinaria extranjera implantó en mi cerebro la idea de que la cultura estadounidense era la mejor. Su sociedad, sus ciudades, sus paisajes y las personalidades de sus habitantes eran la verdadera manera de vivir. Me llevaron a usar palabras en español neutro que recogía de los programas de televisión, y a preguntarme porque nosotros teníamos fútbol y no fútbol americano. Dejé que me penetrara el discurso que se infiltraba en cada producto que consumía de que lo estadounidense siempre era superior.

Cuando crecí no fue muy distinto. Toda película norteamericana le pasaba el trapo a cualquier producción latina, sea cual fuese. No perdía el tiempo viendo programas argentinos ni leyendo libros de escritores sudamericanos. Con leer versiones traducidas de novelas americanas tenía más que suficiente para entretenerme.

Las políticas de Argentina me parecían básicas e incivilizadas en comparación al orden que tenían allá arriba. Siempre que me cruzaba con alguien que se aprovechara de una situación con su “viveza argenta” sentía repulsión y deseaba poder vivir con ellos, que no se cagaban entre sí.

Llegado un momento, tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos con dos amigos. Ellos viajaban un par de días antes porque yo tenía que rendir un final en la facultad, así que no coincidimos en el avión ni en el aeropuerto. Ellos entraron por Miami, yo llegue a Dallas.

En Dallas pasé a presentar los papeles en inmigración; me atendió una mujer morocha con la piel color cobre que me pidió documento, pasaporte y motivo del viaje sin decirme hola. Cuando le mostré todo no se sintió satisfecha y me hizo pasar a una sala aparte. No me sentí nervioso, me sonó normal que viajando por primera vez quisieran asegurarse de que mi viaje era por turismo y no por otra cosa.

En la otra sala me hicieron esperar veinte minutos para atenderme. Eran las cinco y media de la mañana y Dallas era mi escala. Tenía que tomar otro avión a las ocho. La señora que me había atendido por primera vez volvió a aparecerse detrás de otro vidrio y me llamó. Me habló en un español muy mediocre y me pidió pruebas de que mi viaje era con fines turísticos. Le respondí en español un poco nervioso ya por la insistencia en tener que probar que no iba a cometer ningún crimen, como cuando te pone nervioso cruzarte un policía aunque no estés haciendo nada ilegal. A la señora le molestó que le hablara en español, probablemente porque no me entendió muy bien, y me dijo que tenía que colaborar. Le puse en frente todos los papeles que tenía encima, hasta de las notas que tenía de la facultad, pero no los miró. Me pidió entonces el celular, y se lo dí. Me dijo que espere sentado, y esperé.

Pasaron cuarenta minutos esta vez, siendo yo el único civil de aquella sala. Por momentos los podía escuchar riendo cuando revisaban la intimidad de mi teléfono, se habían encontrado con un juguete al que podían apretar y tironear sin miedo a ninguna autoridad que los retara.

Volvieron a llamarme, esta vez a sus oficinas. La señora que sabía poco español me delegó a otro compañero: un hombre obeso, como todos los oficiales de ahí, pero este era petizo mientras los otros eran altos, y este era negro mientras los demás eran rosados.

El oficial nuevo se presentó como The Dog, el perro. Dijo que le decían así por su buen olfato, habilidad que demostró cuando me revisó el bolso y en una sola olfateada encontró mi mate metido en un bolsillo profundo de la valija. Yo estaba sentado. En el momento en que El Perro vino a interrogarme, me levanté para responderle. Me hizo sentar. Cuando me preguntó a qué iba, le respondí apurado que iba de vacaciones. Me hizo callar. Sentí que su lógica estaba desfasada, como si se hubiesen confundido los papeles y estuviera interrogando a un narcotraficante y no a un boludo argentino que siempre había tenido de niñera a héroes yankees.

El Perro me dijo que había encontrado fotos de plantas de marihuana en mi teléfono y por eso revisó mis cosas. Y que también había leído mensajes de whatsapp en los que hablaba con mis amigos de buscar trabajo. Confundía términos del lunfardo como «laburo» y «changas» y pensaba que, por algún motivo, yo estaba buscando un trabajo fijo en una agencia de mudanzas. Me pidió los datos de mis amigos, yo se los concedí cobardemente. Después me dijo que si no le decía lo que quería escuchar iba a ingresar un código de nosequé para poder ver toda la información de mi celular, borrada o no. Cedí a la presión y mentí diciendo que buscaba trabajo, por algún motivo, en una agencia de mudanzas. Volví a esperar afuera.

A esta altura eran las ocho y monedas, ya había perdido mi avión. Entonces un oficial distinto me vino a buscar muy enojado diciéndome que era un mentiroso y que a él no le gustaban los mentirosos. Le pregunté «why?» y me dijo en su idioma que yo le había mentido con el nombre de uno de mis amigos, que yo le había dicho que se llamaba Facundo y en realidad se llamaba Juan Facundo. No me dejó aclararle que no recordaba su primer nombre y me mandó a la última habitación a la izquierda.

Esa habitación estaba salida de una de las películas yankees que siempre me habían gustado. Era pequeña y gris, provista solamente de una mesa y una silla. Me hicieron sacarme el abrigo y las zapatillas y me revisaron con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Nunca había tenido un problema con la policía de Argentina, pero lo estaba teniendo con la estadounidense que tanto había defendido.

Lo único que faltaba hacer, me dijo El Perro, era la entrevista final. Es costumbre que el entrevistador anote las respuestas en bruto del entrevistado. Pero no fue así. El Perro me ponía nervioso con sus insistencias de que le dijera porque iba a trabajar a su país. Le dije que no iba a trabajar. Entonces me preguntaba cuantas horas. Yo le respondía que no iba a trabajar. «¿Y cuántos días a la semana querés trabajar en mi país?» Y yo le respondía que no iba a trabajar. Cuando terminó de hacerme preguntas quedé tan alterado que si me hablaba en inglés yo le respondía en español, y si me hablaba en español yo le respondía en inglés.

Me ordenó quedarme sentado y me advirtió que estaba siendo vigilado. Cuando volvió me lo dijo sin preámbulo. Le pregunté porque me deportaban. «No te deportan» me dijo, «mi país te niega la entrada».

Mientras me sacaba la clásica foto de preso con el fondo blanco con líneas negras y me hacía firmar papeles y poner la huella por debajo del título de «Alien», El Perro me contaba de su trabajo, de los delincuentes que querían pasar su frontera y de que el japonés no le costaba tanto después de haber aprendido español. Yo nada más pensaba como mierda iba a volver a mi casa después de haber tenido tanta mala leche.

El Perro me dejó llamar a mi vieja. Le hablé con un hilo de voz para decirle que había tenido un inconveniente, que estaba bien, pero que iba a tener que volver. Mi vieja pensó que era una joda. Y con motivo, porque si no me hubiese pasado todo eso tal vez le habría hecho esa broma. Le aclaré con tristeza que no, que iba a volver en el próximo avión, que salía ese día dentro de doce horas. Corté la llamada fingiendo que no lloraba, con mi madre llorando por el otro extremo del mundo.

El Perro me explicó que tenía que aguardar hasta que saliera el avión en una sala de espera. Me dijo que hacía una llamada y me acompañaba. Me contó un poco más de su vida como oficial estadounidense, y yo fingía que lo escuchaba mientras deseaba el abrigo de la corrupción argentina y prometía no criticar jamás la locura por el fútbol a cambio de no tener que oír nunca más a nadie hablar inglés.

Mientras El Perro me acompañaba a la sala de detención y me mostraba la celda gris donde iba a estar encerrado las próximas horas sin zapatillas, ni celular, ni hoja o lápiz, yo lo seguía sin voluntad digiriendo lo que él había estado hablando en su llamada telefónica.

Entré a la celda aceptando que iba a dormir en esa camilla metálica unida a la pared, presentada por una alfombra orgánica de sangre seca en el piso y enmarcada por los rayones en el suelo hechos por las personas que han arrastrado dentro. Lo que me hacía repasar la charla ajena del guardia era un dato que había dicho El Perro, su nombre.

Me senté mirando hacia la puerta que se cerraba con llave, y cuando quedé solo, resoplé. Solté aire entrecortado por la nariz con ritmo, era lo más cercano a una risa que me salía. Si hubiese sido en otro contexto me hubiese reído a carcajadas. Me quedé con el nombre humano del Perro como premio consuelo, como la parte cómica de cualquier tragedia. Sentí que le había robado su secreto sabiendo su nombre, como si hubiese desenmascarado al impostor que se hacía pasar por policía robot estadounidense.

Se llamaba Roberto García.

Reunión de intelectuales

—Buen día a todos. Antes de comenzar la reunión quería notificar el fallecimiento de nuestro querido tesorero. Mis condolencias a sus familiares.

—Que en paz descanse, su muerte es realmente algo terrible.

—Lo tremendo de la muerte es su carácter irreversible.

—Discrepo. Creo más esencial en su modus que es irremediable.

—Secundo la idea del compañero. Sumaría el sinónimo de irrevocabilidad a esa definición.

—Me opongo, para que la idea sea irrevocable debe haber un juicio humano. Omnipotente lo encuentro más adecuado.

—La asimilación con Dios provocaría a más de uno. Deshumanizar la muerte no debe llevarla al otro extremo.

—Voy a refutarle, compañero. Deshumanizar es un término equívoco, lo más humano que hay es la muerte.

—Cualquier ser vivo puede morir si vamos al meollo del asunto. Una gramática más precisa será la de naturalizar la muerte. Abarcando toda la naturaleza en ese término.

—¡Niego entonces de lo humano de la naturaleza! Nuestra evolución diferencia a la raza humana del simple animal.

—¿Entraríamos entonces en una categorización del animal simple y animal complejo?

—Puede ser, si el humano domina al grupo de animales complejos.

—Dominar es redundante. Es el único en tal categoría, definiría su caso como protagonizar.

—El protagonismo juega con matices teatrales. ¿El humano es tan trivial?

—En la escala del tiempo infinito todo es trivial. El olvido es el único destino certero.

—¡Secundo al compañero! Es inverosímil que la mente humana sea limitida por el arte temporal.

—¡El compañero dijo lo contrario!

—Pido disculpas, me refería al compañero anterior.

—El ignorar una opinión es prueba inmediata de lo fácil que es el olvido para nuestra raza.

—Sí, pero solo si tomamos la distracción como hermano tímido del olvido.

—¿Qué es entonces lo que tomamos universalmente como olvidar? Planteo esta cuestión.

—¿Se refiere a una discusión basada en prosa o en verso?

—Supongo que la intención fue en prosa. Referirse a la función encefálica de olvidar datos o situaciones. Una discusión en verso sería eterna.

—Un intercambio eterno sigue una línea de verso, a mí parecer.

—Apoyo al compañero. Reservaría tal característica, eterno, para algo más acertado.

—Qué puede ser más acertado alejándose del lado poético es la cuestión.

—No creo apropiado buscar en el fondo de los cajones, la respuesta es clara. Lo más eterno es la muerte.

—Voto a su favor. Lo eterno de la muerte unifica lo artístico de la poesía con lo científico del proceso.

—Quienes estén a favor…

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Noto innecesario afirmar uno por uno la solución que parecemos haber aceptado todos. Para una eficacia mayor optemos por juntar solo las opiniones negativas.

—Excelente. La unanimidad ha podido resolver esta cuestión.

—Muy bien, entonces estamos de acuerdo en caracterizar a la muerte de eterno en preferencia a los términos antes mencionados.

—Estando todos de acuerdo en esta cuestión, pareciera corrector terminar la reunión.

—Ese acuerdo tácito va por descontado.

—Nuestras condolencias entonces a la familia de nuestro querido tesorero, que se enfrenta con lo eterno de la muerte. Caballeros, se levanta la sesión.

El conejo tembloroso

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras dejaba de humedecer las hojas de la stromanthe.

Pensando dónde estoy, deambulando… este parque no lo reconozco, sigo distrayéndome con la noche.

En el cielo, la luna flanquea mi vista. Flotando con la templanza de un satélite eterno.

Es un espejo que me recuerda la vergüenza que tengo en la cara. No me gusta que me recuerden mi marca. La vuelvo a tapar con mechones de mi cabello para que nadie la vea, no importa si anulo mi ojo izquierdo. Nadie puede conocerla. Estoy de suerte, no veo gente cerca ni mirando por encima de mis hombros. Algunos recuerdos fluyen en mi cabeza.

—¡Sos un desperdicio! ¡Tantas posibilidades tiradas a la basura!— me enseña mi padre en mi habitación, con la cara como un tomate maduro.

Pero, en serio, ¿Dónde estoy? No me acuerdo ya ni del lado por el cual entré a este parque, o a esta plaza. O a este cantero, ¿quién puede saberlo con exactitud entre tanta niebla? Parece que a cada paso que doy se vuelve más espesa. A este ritmo faltaría una nueva corrida para quedar absorbido por el tibio vapor blanco que me vigila.

Empiezo a correr.

—Perder tiempo con plantas es para la servidumbre y los fracasados— me hacía saber mi madre, sosteniendo un cigarro con esas insulsas manos que nunca tocaron tierra tibia.

Vuelvo a mirar la zona mientras me levanto. Aún no la reconozco. Y lo que es peor, creo que es distinta a la que ya no reconocía antes de caerme al suelo. O ser tirado, esta raíz perdida entre el césped parece querer molestarme, no soporto cuando quieren molestarme. Pero debe ser muy difícil enojarse con un árbol tan magnífico, por más burlonas que sean sus raíces, sobre todo cuando toda la zona tiene la belleza cruda del crecimiento natural salvaje. Sin riendas, sin límites. Me acaricio un poco la tierra sobre el raspón que gané. Con un movimiento relámpago aprendido a través de los años acomodo mi pelo para volver a tapar mi vergüenza, antes de que también quieran burlarse de mi marca.

—No es sano lo que estás haciendo. Esa relación imaginaria que sostenés no es sana para tu familia. Ni para vos— me reclamó mi terapeuta en el consultorio que encarcela una solitaria aloe vera. Sólo hace una semana de ese episodio ¿Dónde estoy ahora?

Arrodillado, el nogal se vuelve inmenso. Le suplico. Siempre dí, siempre. No aguanto más esta persecución. Siempre mantuve mis cosas para mí, nunca ataqué a la sociedad. Toda mi vida me disfracé de hombre civilizado para no alterar a nadie. Solo se necesitó un desliz, uno solo, y todo el sistema civilizado, templado y estructurado me rechazó a la vez.

Ya no sé qué hacer.

—¡Enfermito!— me gritó un joven que no sabe mi nombre, con el seño fruncido en burla cuando estaba cantándole a los jazmines para calmarlos.

— Vas a tener que ir con los médicos, te van a ayudar. Allá hay mucha gente que te va a ayudar— sentenció entre la acumulación de siluetas un hermano de mi madre, el que siempre ubica mal a los helechos violáceos.

Ya no sé qué ser.

—No quiero ir con esos médicos— pensé, al tomar aire de esa multitud—. Yo voy a ir a regar las chiquitas del jardín. Si, eso, como todos los días, voy a humedecer la stromanthe, y todo va a estar bien.

Ayuda.

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras la señora fofa mojaba sin cuidado una azácea tricolor. Ya se lo había dicho muchas veces, y la pobre planta había sufrido quemaduras del sol por culpa de aquella asesina. Esa tricolor no se iba a salvar. Y sé que fue brusco, y yo ya estaba algo irritado, pero no pude soportar ver aquel asesinato.

Acepto que tal vez fui muy extremo en mi represalia como representante de la naturaleza, sin embargo algo debía de hacerse.

¿No reaccionaría así cualquiera que viese el homicidio gozoso de un bebé humano? Esa inocente planta también estaba en una edad muy temprana.

La luna perfora la frondosa neblina con la calma de lo inmortal. Veo un espejo negro en el césped a pocas yardas de donde estoy. Agradezco al benigno árbol con un gesto mientras queda a mis espaldas y me acerco a aquel oscuro lago.

Mi barrio nunca tuvo lagos, tampoco mi horrible ciudad de cemento. Esta oscura formación de agua me invitaba, como el vacío en las alturas, a escapar con él. En él. Era momento.

Arrojé mi disfraz de hombre civilizado a un lado. Inspiré aire. Exhalé todos mis problemas. Mi cuerpo desnudo nunca estuvo tan ligero. Descubrí mi rostro para mostrar orgulloso como un niño mi marca a la luna. Mi salvadora.

Mi mancha gris con forma de un conejo tembloroso fue por primera vez alumbrada por la eterna luz de la luna.

Cierro los ojos y me dejo caer. Iré a donde realmente pertenezco.

La helada corriente se enlaza y entra por mis poros, me promete volver a la tierra de la que vine. Tal vez, con un poco de suerte, brote de mí un hermoso nogal.