Mi obra póstuma

Publicado originalmente en «Trumpet Dagbladet» el 12 de mayo del 2016.

 Traducido al español por Francisco Camilletti, 11 de octubre del 2018.

«Hoy no traigo poesía. No me interesa. No vengo con armonía. Solamente me duele, ya no hay magia cerca. Hoy no hay nada bueno, y mañana tampoco. Hoy se fue ella. Y mañana no vuelve».[1] Con estas palabras culminaba su obra maestra el escritor sueco Gerhard Juberg.

Juberg había perdido a su compañera de los últimos treinta años en un accidente automovilístico donde murió ella y la conductora, cuñada del ganador del Nobel de literatura, con cincuenta y ocho y cincuenta y cuatro años respectivamente. Sin avisar a nadie, el viudo se encerró en su hogar por los siguientes dos años.  Hasta que un día en particular, salió.

Gerhard volvió a dar señales de vida a los setenta y cinco años de edad, cuando anunció su nuevo libro al mundo. Un mundo muy atento a lo que aquel sabio tenía para decir.

Para los desacostumbrados al tema, Gerhard Juberg (nacido por el remoto 1933 en Lund, Suecia) comenzó su carrera como maestro de yoga e indagó por años en medicinas alternativas, hasta ser un vocero importante de Mente y Alma, una organización creada en 1965 por él y otros profesionales de la salud, que ofrecía conectar a hombres y mujeres con su lado más etéreo a través de meditaciones trascendentales clásicas y alternativas. Mente y Alma llegó a ser una empresa muy prestigiosa, para Gerhard Juberg fue su oportunidad de crecer.

Ya habiendo publicado dos libros sobre yoga («Los principios fundamentales del Yoga» y «Yoga: La era del autoconocimiento»), y uno sobre meditaciones transcendentales («El arte de no ser nada»), Juberg comenzó a invertir fondos de Mente y Alma para crearse un personaje mediático[2]. Cuando la organización entendió la pérdida que esto significaba y se puso en desacuerdo con la magnitud de tal campaña publicitaria, Gerhard renunció. Inmediatamente aprovechó su cobertura en los medios para hablar pestes de sus antiguos colegas y de como «el dinero les importa ahora más que la salud de la gente», también vendió al mínimo la gran cantidad de acciones de Mente y Alma que tenía a su disposición, mientras alentaba a amigos y conocidos en condiciones similares a hacer lo mismo. La empresa había conseguido su estatus por el liderazgo de Gerhard, si bien este se aprovechó de su poder en la última etapa de la organización. La mala prensa había mellado en la percepción de la gente que ya no confiaba en Mente y Alma[3]. Esto afectó todos los niveles de la empresa. Con la pérdida de su líder acompañando tantos problemas económicos, Mente y Alma perdió en un mismo año su mente y su alma. Un consejo directivo de emergencia aplicó políticas inmediatas que solo provocaron más obstáculos y reacciones negativas. En 1975, apenas dos años y medio desde la salida de Juberg, Mente y Alma dejó de existir.

En el ojo público Gerhard Juberg siguió como un magnate de las artes curativas. Él no desaprovechó su fama. Cumplió cuarenta años lejos de la empresa que se dirigía a la bancarrota. Mientras ellos se hundían, él se elevaba. En 1974 sacó «Métodos alternativos para un cuerpo sano» y «Meditación trascendental y otras terapias»[4]. En 1976 conoció a Emma Surigsson, y antes de terminar el año se publicó «Pequeños trozos de una mente inquieta». Este compilado de poesía personal fue su primera inquisición en el mundo de la literatura artística.

El éxito económico creció con cada experimentación en categorías nuevas de escritura. Juberg acumuló un enorme capital y una fama[5] aún mayor en los años siguientes. Todos podemos recordar haber leído o por lo menos escuchado de libros de poesía tales como «Un viaje a mi yo profundo», galardonado con el International Poetry and Liric Award, un once de octubre de 1994 en la ciudad de Londres, Inglaterra; y su antología de cuentos cortos titulada «El hombre del pasillo y otros cuentos», que a día de hoy se utiliza como bibliografía educativa en muchos secundarios en más de cuarenta naciones[6].

Cabe destacar que no fue hasta la séptima novela publicada, precedida por «Las excursiones del Sr. Thormes en motocicleta», cuando Gerhard Juberg se hizo merecedor del Premio Nobel de literatura en el año 1998, a los sesenta y cinco años de edad.

«Verdades y mentiras de mi profeta», publicada bajo la autoría de Gerhard Juberg, es una novela que trata sobre una joven sueca sin rumbo que se refugia de sus problemas en un grupo de gente dirigida por un carismático líder, con quienes crea lazos afectivos y relaciones íntimas con hombres y mujeres. Junto a ellos realiza incluso rituales religiosos. El nudo se presenta cuando el movimiento crece y la protagonista, Gerdet Jadjog, empieza a descubrir mentiras en la historia de vida de su líder que le hacen preguntarse quién es en realidad el hombre al que ha llegado a adorar, desenlazando en una confrontación a solas donde el ambiente pasa a ser más surrealista, casi onírico. En el contexto de leer este artículo por primera vez puede parecer que explicar la sinopsis de un libro de hace más de veinte años no viene a cuento, pero para eso hay segundas lecturas.

Si bien en la vida pública todo parecía una larga cadena de éxitos, la vida privada del escritor distaba mucho de ser algo tan positivo.

Gerhard Juberg se quedó dormido en los laureles[7] luego de engolosinarse en un entorno adulador como el que frecuentaba. Toda su vida adulta había abusado del tabaco y el alcohol, pero nunca a tales niveles. No se preocupó en esa época por publicar nada más, ni en desarrollar ningún proyecto, y este círculo vicioso de tiempo libre y sustancias lo sumió en un ambiente muy tóxico para él y su esposa.

Si bien la relación entre marido y mujer nunca había sido relajada y en general estaba más impulsada por los negocios que por el cariño, desde el éxito abrumador de Gerhard, las cosas se pusieron cada vez más tensas.

Emma Surigsson nació en tierra sueca en 1948, fue profesora de religión en St Peters Elementary[8] hasta que se casó con Gerhard Juberg en 1978 y dejó su trabajo para dedicarse a la carrera de su marido tiempo completo.

En un matrimonio despojado de cariño, Juberg se emparejó con personas que pudiesen saciar sus necesidades. Inactivo laboralmente, se dedicó a gastar su fortuna agasajando compañía la mayor parte del día, por miedo a la soledad. Filosóficamente hablando, estaba más solo que nunca. Tuvo de amantes a mujeres jóvenes, con quienes tampoco encontró la felicidad, si es que eso era una posibilidad en una mente tan degenerada como la de Gerhard. Él y Emma se podían pasar semanas en inverosímiles viajes de negocios, e incluso en la misma ciudad casi no se veían. Cuando coincidían era peor. No se hizo público, pero hubo incidentes en que, ante reiteradas agresiones por parte de Emma, Gerhard ejerció fuerza física sobre ella. Es muy probable que lo único que los uniese fuese la clase socioeconómica y el ojo vigilante de la gente que todo lo juzga. Sabemos que la mujer de Juberg no se pudo llevar su dinero a la tumba, lo que sí se llevó fueron secretos.         

Hubo un secreto, no obstante, que ni siquiera su mujer conocería.

Gerhard Juberg quedó viudo a los setenta y tres años de edad. Con su mujer también se habían ido sus posibilidades de volver a publicar algo. Esta aclaración nada tiene que ver con el arquetipo de musa que, siempre se decía, ocupaba Emma. La realidad es mucho más simple y decepcionante. Gerhard no podía publicar nada porque la persona que había creado los contenidos de su vasta bibliografía había muerto el seis de junio del 2006 en un siniestro vehicular. Emma Surigsson llevaba escritos incontables libros, la mayoría de ellos publicados pero nunca bajo su nombre. Gerhard y Emma estuvieron juntos por treinta años, veintiocho de ellos como marido y mujer. Y desde ese 1976 en que se conocieron, ella era la única competente en lírica y narrativa. El matrimonio aprovechó ese talento representándolo con la figura reconocida de Gerhard luego de que este saliese de Mente y Alma, priori a su clausura. Esta mecánica se mantuvo igual por las siguientes décadas y ninguno osó jamás revelar la verdad. ¿Cuál sería el sentido? Ambos sabotearían sus propias vidas si se volvían contra el otro. Ni Gerhard ni Emma podían traicionar la empresa que regía su matrimonio. O al menos eso creía el primero, hasta que encontró el borrador que había escondido la segunda.

«Muerto el extranjero», publicada en 2008 por Gerhard Juberg, es la obra maestra que definió al sueco como uno de los mejores escritores del último siglo. Su conciso prólogo funciona a su vez de cita en el inicio de este artículo. La verdad de su origen se devela a continuación.

Juberg recogió las pertenencias materiales de su recientemente fallecida esposa. Para tirarlas. En esa limpieza se encontró con una carpeta llena de páginas escritas a mano, la delicada caligrafía no podía ser de nadie más que de Emma. Gerhard Juberg volvió a enamorarse de un libro como hacía años no le ocurría. Lo armonioso no emanaba solo de su estética sino también de su prosa. No estuvo al tanto del proyecto hasta forzar un cajón cerrado con llave en el armario de Emma. Casi no le llevó trabajo al afortunado viudo darle la estructura final. Todo estaba allí. Luego vino la parte molesta, la estrategia publicitaria.

Con un curtido equipo de mercadotecnia, Gerhard tuvo lo necesario para elevar las expectativas día a día en torno al libro. Decidieron que el papel de ermitaño melancólico era el adecuado y concertaron algunas salidas secretas cada mes para hacer tolerable el tedio del encierro. A mediados del 2008, Gerhard Juberg volvió a salir de su casa con una obra maestra bajo el brazo. Su plan dio frutos como ningún otro.

«Muerto el extranjero» es algo sin precedentes. Formó parte de la cultura sueca desde su publicación y parte de la cultura mundial poco después. Las ediciones que salían eran una más lujosa que la anterior, contaban en promedio unas ochocientas cincuenta páginas[9]. Al final de la obra estaba escrita una dedicatorio a Emma Surigsson, donde Gerhard la etiqueta de «amada mía, eterna en el Universo», le agradece por una vida juntos y por «la inspiración que otorgaste derribando los límites físicos de la existencia corpórea».

Con este último éxito, Juberg selló una fructífera carrera que le dejó un legado eterno de fama, fortuna y reconocimiento.

Han pasado ocho años desde la publicación de «Muerto el extranjero», el último trabajo con mi nombre.

Esta fue la historia de Gerhard Juberg. Su declaración. Mi confesión. Son ochenta y tres años vividos en este plano, con lo poco que le queda a mi cáscara humana[10], es menester dejar mi historia escrita correctamente. Y espero que al irme, sea llevándome el derecho a réplica.

Muchos simplistas tomarán esta nota como una súplica de perdón, una sumisión ante los hechos relatados. Ni remotamente. Esta nota tiene el objetivo de que el mundo conozca mi inigualable obra, el éxito. Esa es mi obra póstuma. La que nadie puede igualar. Ningún contrincante pudo alcanzar mi éxito voraz, insaciable. Ni colegas, parejas[11], amigos o enemigos. Ninguno quedará en ninguna enciclopedia si no es formando parte del contexto de Gerhard Juberg. Ninguno sobresalió sobre el hombre corriente. Nadie excepto yo. Mi talento es el éxito, en cualquier ambiente, en cualquier adversidad, y es el único arte que cuenta. Y ahora que ya conocen mi historia, les libero de la objetividad. Son libres. Ahora, desprécienme[12].


[1]N. del T.: Esta cita constituye el prólogo de «Muerto el extranjero» (2008)

[2] N. del T.: se estima que susodicha campaña le costó a la compañía un 35% de su capital.

[3] N. del T.: entre las noticias negativas que se relacionaron con Mente y Alma se encontraban demandas de abuso sexual a clientes y sobornos a funcionarios públicos. Los testimonios de estas denuncias fueron verídicos, según se confirmó en los años siguientes al escándalo. Juberg es mencionado en cuatro de las mismas.

[4] N. del T.: Estos dos libros fueron los primeros que publicó sin apoyo empresarial. Si bien no perdieron dinero, recaudaron mucho menos que sus predecesores.

[5] N. del T.: en muchos medios asociados se le apodaba «El Talentoso» Juberg.

[6] N. del T.: este dato no es preciso. Si bien «El hombre del pasillo y otros cuentos» fue muy popular en la bibliografía escolar por un tiempo, no hay un censo que confirme su uso en un número de países tan elevado.

[7] N. del T.: el texto original no emplea exactamente esta expresión. Sin embargo, es la que mejor representa el significado que el autor pretende darle a la oración.

[8] N. del T.: Esta escuela cerró en 1983. Actualmente es un ministerio.

[9] N. del T.: en su idioma original. En la actualidad es el segundo libro más traducido del mundo después de la biblia.

[10] N. del T.: Gerhard Juberg falleció el 13 de mayo del 2016, al día siguiente de publicarse este artículo.

[11] N. del T.: Emma no logró en vida ponerle firma a su obra (aunque es una teoría coherente que lo pretendiese hacer con «Muerto el extranjero»), no obstante se encontró recientemente entre sus manuscritos una versión diferente al poema «espíritu moderno» publicado en el tercer tomo de «Temas de tumba y de jolgorio» bajo el nombre de Juberg. En la versión publicada el poema hace una crítica a la corrupción de los burgueses, y termina con un verso que reza «el mérito se queda en bolsillo anónimo». Este dato cobró importancia cuando se encontró el borrador con una versión muy diferente a la impresa, en la que utiliza sus recursos líricos para defenestrar a su marido por robar su trabajo y termina con la misma frase que su versión censurada. Dada la naturaleza de Juberg, lo más probable es que ignorara este detalle, en el cual Emma Surigsson filtra sigilosamente una línea rebelde que todo lo oculta. Y todo lo revela.

[12] N. del T.: Esta línea con la que Juberg finaliza su confesión no es de su autoría, está basada en el final del cuento llamado «La forma de la espada» (1942).

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.