Promesa conformista

Entro apurado a casa para no estar dando vueltas en la calle después del toque de queda, porque los científicos descubrieron que a las ocho de la noche el bicho se levanta de la siesta y arranca a laburar. Me siento un forro, no me puedo acordar si me puse alcohol en gel cuando salí del trabajo, todavía no me saqué el barbijo, no me lavé las manos y me doy cuenta de que no limpie el vuelto en billetes ni la verdura que me anilla la muñeca. Respiro. Uno, dos, tres, cuatro… Exhalo… Uno dos tres cuatro. Me supera que recién es martes. Me molesta más que sería lo mismo aunque fuese sábado. Pienso en lo lindo que será cuando quince días vuelvan a ser quince días. Cierro los ojos para imaginarme ese futuro y ya que estoy en una fantasía me imagino en el Sur.

En la orilla del río azul habría un silencio vacío, no queda del silencio lleno de vecinos escondidos. Las piedras se cubren con paciencia de musgo verde y no de largas caminatas tristes para rogar un atado de puchos. Las mochilas que cargan los que pasean dejan de ser metáforas pesadas que escondo con otro alplax.

Puede sonar extravagante, pero ahí la arena es arena, dejaron de ser granitos que hay que poner cada día para no repetir el mismo plato de fideos cada noche. El aire que sopla esta arena corpórea dejó de estar hecho de incertidumbre y soplarlo no me vuelve un marginal.

El sol, que está por irse, promete volver con un día salido de paquete nuevo, para que no me preocupe de oler un atardecer repetido colándose por la ventana enrejada. No tengo que mirar la hora porque no tiene sentido, acá las horas pasan en serio y quince días ya no son ocho meses. La noche ya no hay que organizarla para que no se ponga violenta a las tres y treinta y tres de la mañana, y si miró el celular, la foto de mi sobrino de fondo de pantalla es una promesa de verlo y no la angustia de que sea para siempre una foto.

Puede ser que me conforme con poco, pero los perros de acá corren en vez de morirse, la gente los pasea con paz y sin excusa, los pozos que hacen son para jugar y no para mi mastín.

El borde de la montaña por el que nace el río deja en ridículo a cualquier pinterest de Suiza y destruye con argumentos a cualquier otra pantalla venenosa. El agua es fresca porque nunca deja de correr y a ninguno nos pueden convencer de tomar cloro.

No quiero dejar de lado a los bichos, que son la parte mala. Me alegran estos bichos, porque borran las dudas de que todo esto no sea más que una utopía y vuelven verosímiles a todas las truchas que nadan abrigadas en el agua helada. Estos bichos hacen sus cosas sin joder a nadie y no se paran a pelear por si hay que abrir o cerrar los hormigueros.

Es todo tan grande acá que él único microbio que puede molestar soy yo. Es todo tan real que el único sueño soy yo. La nube de arriba me pregunta «¿y por casa como andamos?” cuando quiero desprestigiarla por ser pasajera.

No me molesto con la nube, está tan lejos y en el medio hay tanto aire que, si no fuese tarde, a ninguna abuela mía le faltaría el oxígeno.

Abro los ojos y la garrapata facial de tela que me parasitea las orejas para sostenerse me dice que estoy equivocado. Primero la puteo. Le doy la razón, como a los locos. Le prometo una venganza conformista, le digo que sí, que estoy equivocado… Hasta que esté en lo correcto.

Las magias extintas del Sur

Hace ya varios años que no uso ninguna droga. Es muy difícil que alguna me recuerde a la que tomé en el Bolsón años atrás, pero la última vez que la probé perdí mis dos amistades más importantes, y si llegase a encontrar algo parecido, me estaría engañando para volver a lo que ya no existe. No quiero volver a sufrir que se muera lo mágico.

Doce horas estuvimos en la ruta el primer día, atravesamos la sombra del cartel de bienvenida a Neuquén diciéndonos el chiste de dónde íbamos a encontrar un buen marcador para volver a dibujarnos la raya del culo.

Alquilamos una habitación en un hotel de dos estrellas manejado por un viejo de bigote nervioso y movimientos zombificados. El Negro entró y se desmayó en la cama oscurecida por el polvo. Él había manejado y el último tramo me preocupó que se durmiese al volante de lo cansado que se veía. Mi miedo fue, una vez más, una tontería y pudimos acostarnos en esa rústica habitación a pasar la noche. El Topo y yo nos dormimos unas horas más tarde, los ronquidos de oso del Negrito hacían vibrar las patas de pino de las camas. Jugamos un rato a embocarle papelitos en la boca, ahogando nuestra risa con las manos para no despertarlo. El sueño se apareció como un parpadeo y ya era de día.

Desayunamos a las siete en una mesa chueca de plástico que intentaba imitar madera. Triplicamos las porciones de comida permitidas gracias a la vigilancia distraída del encargado.

-Este autista de mierda no entiende nada-dijo el Topo en intimidad.

Ignoré las críticas del Topo, que eran cada día más frecuentes desde que trabajaba con ese grupo de garcas, y busqué el escape en los ojos del Negro.

-¿Estás para arrancar, Negrito Mágico?-le pregunté.

El Negro sonrió, sin sumarse a las burlas de nuestro amigo.

-Sí, amiga, vamos-me contestó.

El trazo ondulante del Lanín nos avisó que estábamos cerca del destino. El Negro fue el primero que notó al volcán, sin sacar los ojos del camino. Su vista panorámica siempre me impresionó. Antes, cuando todavía jugaba al futbol, parecía adivinar cuando se le acercaban por la espalda. El Topo lo molestaba siempre con eso:

-Negro, ni dos neuronas te encuentran en la cabeza, pero tenés dos ojos en la nuca, impactante la verdad-le dijo una vez cuando nos cambiábamos en el vestuario. El Negro no le retrucó, solo se rio.

Hacía ya mucho tiempo desde que el Negro no jugaba al futbol, ni se reía; el Topo jamás se habría animado a hacer un comentario así en el auto, salvo que quisiera llegar al Río Azul con la cabeza partida al medio.

El volcán nos acercó montañas amigas para distraernos del cansancio. Dejábamos atrás seis horas de viaje sin rendir ninguna pierna ante los calambres. Cuando le devolví el mate al Topo se me ocurrió preguntarle cuanto faltaba, pero El Bolsón respondió sin necesitar ayuda mostrando unas cumbres nevadas. «Por fin llego» susurró el Negro, creo que no se dio cuenta de que había hablado.

El Topo podía hacerse el distraído y hablar de boludeces todo el día, miraba por la ventana criticando a sus suegros y se burlaba de compañeros de laburo entre sorbidas de mate, pero nunca se perdía un dato del GPS, sabía dónde, cómo y cuándo doblar o frenar. Llegamos al campamento para pasar la noche sin ningún error. Eso me causaba mucha gracia del Topo, se hacía el pelotudo cuando quería y en el fondo siempre sabía dónde estaba parado. Sí, a los suegros los criticaba, eso sí, asegurándose de estar a más de mil kilómetros de distancia, las veces que lo vi en presencia de ellos los trata de usted y no se salta un solo protocolo a la vez que los hace reír. Actuaba parecido en el auto, se le cansaba la lengua de llenar el aire con más aire, pero a la primera de cambio se volvía un nativo originario en ubicación espacial. Un dualismo graciosísimo para ver, un tipo que se burla de todos y se toma las cosas en serio como nadie. Estoy segura de que si erraba una indicación me hubiese hecho pasar de copiloto, por fallar. Por suerte para mí, que no tenía esa dualidad, no erró y pude seguir atrás sin más responsabilidad que la de fijarme si el Negro se quedaba dormido al volante. Tampoco pasó, el Negro manejaba con mucha experiencia encima, tenía veintinueve años nada más, como el resto del trío, pero siempre se le percibía como experimentado hasta en las cosas que probaba por primera vez, como un alma vieja, con años compactados encima de la espalda. Más bien, encima de la cabeza.

El atardecer en el campamento envuelto por las faldas de las montañas fue muy tranquilo, el aire libre de humedad combinaba con la paz. Nos quedamos en la mesa de la parcela para cenar, compartimos un porro y nos tomamos dos vinos entre charla y música. Fue una dinámica normal, tal vez la última noche con esa normalidad, por eso la guardo con cariño. Nos fuimos a dormir a la carpa armada por primera vez y el piso se sentía como un colchón. La última caricia de normalidad que tuve. Recuerdo que, ya acostados y con el Topo roncando en el medio, el Negro me dijo que le venía bien relajarse un poco después de tanto viaje, le pregunté si prefería que yo manejara al otro día, para que no se agobie. El Negro no dejó de mirar el techo de la carpa para responderme, «No» me dijo, «estoy tranquilo cuando yo tengo el volante».

En papeles organizamos subir por la montaña hasta el Cajón Azul, acampar ahí una noche y al día siguiente llegar a Los Laguitos, el último refugio en ese sendero del Bolsón. Rompimos esa estructura cuando nos faltaba media hora para llegar al refugio del primer día y nos sentimos energizados cual conejo de las baterías. Tres horas y media en subida y los nudos en la espalda y los pinchazos en las rodillas daban el ausente. Nos jugamos a hacer todo de corrido, seguimos por el sendero cargando las mochilas, la carpa y las bolsas de dormir.

Doce horas de caminata en total, llegamos solos a Los Laguitos, como un trío de mulas porteñas. Llegamos solos porque nadie hace el camino de un tirón y, aunque a las siete de la mañana ya estábamos respirando aire de río, era arriesgado viajar entre los árboles de noche. De alguna forma las piernas saltearon la parte de fatiga muscular y pasaron directamente a entumecerse. Los gemelos se unificaron en un hijo único y la espalda en una bola contracturada. Todavía atardecía, así que no tuvimos que enfrentar la noche en terreno desconocido. Los Laguitos nos recibió con bastante indiferencia. Y frío. El Topo planteó dormir adentro de la cabaña del refugio, para «respetar el clima». Siempre fue bastante friolento, así que votamos. Yo y el Negro elegimos armar carpa porque ya la habíamos arrastrado por doce horas y las bolsas de dormir resistían a temperaturas bajo cero, en el dos contra uno ganó acampar al aire libre. Me burlé un poco del Topo diciéndole que si le daba miedo la oscuridad podía prender una de las bengalas que guardaba al Negro en su mochila. Irónicamente, la que terminaría usando esa bengala por miedo a la oscuridad seria yo.

Los encargados del camping no nos dieron mucha bola, se les veía desmotivados. Algo incoherente, nosotros no podíamos cambiar la pose de lobo aullando de tanto que mirábamos las montañas, las puntas bañadas en nieve más blanca que el color nieve y las estrellas que actuaron en el prime time. La cruz del sur la nombramos sin parar, como a las tres Marías. No conocíamos más que esas dos constelaciones, así y todo nos alcanzaba para hablar por horas. Discutimos cual era la estrella más luminosa, a que distancia estarían, cómo era que se formaban las líneas que develaban la forma de las constelaciones. Nada estaba en la versión diluida e industrializada del cielo urbano.

El fogón fue muy íntimo, solo estábamos nosotros y una pareja de treintañeros. El hombre estaba muy flaco, con la piel sellada al vacío sobre los huesos, la barba negra larga con pintitas blancas y unas rastas sucias que le colgaban de la cabeza. La mujer que lo acompañaba se veía peor, si eso era posible, con la misma delgadez, pero su piel estaba amarillenta, con ojeras marrones y la mirada perdida. No hablaban entre ellos, solamente escuchamos la voz ronca de él cuando nos agradeció por compartirle el porro que había armado el Negro. El Topo tiró con delicadeza citadina un tronco hecho para tirarse con gestos más brutos y se sentó cerca de ellos para charlarles.

-¡Buenas! ¿Cómo los viene tratando el Sur? ¿De dónde son ustedes? – les preguntó frotándose las manos adelante del fuego.

-Venimos de abajo.

El Topo se giró con el ceño extrañado.

-¿Cómo? ¿De abajo?

-….

-¿Son de acá, del Bolsón?

-No… Somos de…

Los tres con la boca entreabierta miramos al extraño y como se esforzaba con la cara para encontrar palabras, parecía que se había olvidado como hablar. Lo más raro fue que no terminó la frase, se quedó balbuceando unos segundos y dijo algo muy bajo que ninguno alcanzó a escuchar. Agarró a su compañera del brazo, ajena a todo el contexto y se fueron tambaleando, con las miradas más extraviadas que nunca.

-La falopa que se tomó este muchacho, mamita querida-dijo el Topo y volvió a concentrarse en las chipas del fogón soltando una risita.

-Andá a saber que les pasó-dijo de sorpresa el Negro, que había estado callado más de lo normal.

-Pasó que se la tomaron toda-dijo con mueca de niño burlón el Topo y señaló con el pulgar el tronco en el que se había sentado la pareja-¿No los viste? Estaban los dos más duros que trabajar en la Argentina.

-Por algo estaban así-le respondió el Negro mirando el camino por el que se habían ido los drogados-. No podía ni hablar el pibe, están luchando con algo… Y están perdiendo.

-Buenísimo, Negro. ¿No querés ir a su carpa también, así pueden babearse de a tres?

El Negro golpeó con la mirada al Topo y él se la sostuvo con el orgullo rancio de haberlo molestado con unas pocas palabras. El silencio picó enseguida y ninguno de los dos decía nada.

-Para mí se fueron cuando se avivaron de que el Topo les iba a preguntar si querían ser sus propios jefes-dije yo para intentar aligerar la incomodidad.

El Topo me miró, serio primero y después con una sonrisa, por suerte no presentó batalla a la terquedad del Negro y disolvió la cámara lenta que se había apoderado del tiempo con una burla ligera hacia mí.

-Vos terminá la carrera primero, boluda, que voy a ir a tu recibida usando bastón.

El Negro bajó las armas y habló con las cejas relajadas.

-¿Andan necesitando firmas de abogadas en tus chanchullos, Topo?

El Topo se puso de pie con el destapador del llavero en mano y abrió otra cerveza manteniendo la sonrisa.

-Cagate de risa, Negrito, pero no tuve que hacer una sola cuenta más como ingeniero, ni mi jermu ni yo, desde que el estado me compra pintura.

Las burlas entre el Topo y el Negro siguieron en un ida y vuelta amigable, y cuando andaban por la cuarta cerveza me sentí segura de dejarlos solos. Fui a la carpa a buscar otra linterna para poder ver el piso y me encontré con el encargado del camping que estaba fumándose un pucho de tabaco armado apoyado en un árbol grueso y alto que tenía un cartelito blanco en la base que rezaba “Ciprés”. Era el mismo árbol que el Negro había señalado al entrar para decir que eran los favoritos de Natalia.

Saludé al hombre con un gesto que no me correspondió, le dio una pitada fuerte al pucho y habló sin rodeos desparramando aire gris por la boca.

-¿Terrible, no?

-¿Cómo?-le dije sin esperar que me hable y menos de forma enigmática.

-La pareja de mendocinos, están hechos bolsa. Hace dos semanas pasaron por acá y eran muy agradables, podían hablar por lo menos.

-Ah… ¿subieron hasta acá, bajaron y volvieron?

-No…-el cuidador se tomó un momento para apagar el cigarrillo y guardarse la colilla negra en el bolsillo de atrás-. Hicieron como todos los que se fueron a dormir temprano hoy, llegaron acá de paso para ir al baldío de abajo a fumar esa porquería, ahora están bajando de vuelta. Siempre vuelven así o peor.

-¿No termina acá el recorrido de los refugios?

-Oficialmente sí. Hace un tiempo armaron un campamento silvestre por acá cerca y ahora nadie se queda, todos van para allá unos días y vuelven así.

No sabía que preguntarle primero.

-¿Qué fuman que tienen que ir hasta allá? ¿Por qué me lo contás si no te gusta que vayan?

-No sé bien que es, fui una vez el verano pasado y me sentí tan asqueado de ver como estaban todos que ni lo probé. Intenté hacerme el tonto para que no vayan tantos, pero… Pero los reclutan, te van a invitar mañana cuando te los cruces. Por lo menos si vas, ya sabés que la mierda que te dan te dejá así. Más que eso no puedo hacer, me rindo.

El cuidador se fue caminando lento, con la cabeza gacha. Se le notaba que no era la primera vez que advertía sobre ese campamento, ni la primera vez en que sus palabras no habían detenido a alguien de ir.

Les conté del campamento a los chicos casi de inmediato. Les dije que la pareja rara que nos cruzamos venían de ahí y que toda la gente que dormía en Los laguitos estaba de paso para probar esa droga desconocida. Les gustó la idea por distintos motivos, al Topo le gustó la idea de ir a ver algo extravagante, aunque no fumásemos nada, y de conocer algo que no era popular así él podía contarlo a otra gente para sentirse más popular; al Negro le gustaba la idea de ir a un campamento nuevo porque ya había viajado muchas veces al Bolsón y nunca había escuchado de un camping silvestre con onda sectaria bajando por un camino no oficial desde el último campamento del sendero.

El camino hasta el campamento misterioso era simple, solamente tuvimos que seguir al grupo que desarmaba sus parcelas y no volvía sobre sus pasos. Salimos de Los Laguitos bajo la mirada decepcionada del cuidador y bajamos por un camino angosto de tierra bordeado por arbustos altos de hojas verdes y flores rosas llenas de aguijones. Así, a paso repetitivo, seguimos bajando casi dos horas en una caminata sin esfuerzo de escalada hasta que llegamos a un terreno llano sin señalizar. No tenía carteles de bienvenida o nombres silvestres puestos al territorio. Habían nombrado a esa porción de tierra como campamento silvestre, pero ni eso, era una extensión plana de pasto tierno acanalada por las faldas de las montañas nevadas. Nos recibió una llovizna ligera que flotaba en el aire, cayendo como minúsculas plumas espejadas. En pocos minutos se congelaron y lo que caía era aguanieve con un poco más de aplomo. El frío ignoraba la armadura de camperas de invierno y arrancaba la sensibilidad de la piel sin tener que mojarla. Un ciprés inmenso era el portero que daba la bienvenida. Al Negro no se le escapó ningún comentario del árbol, aunque supe que estaba pensando lo mismo que había dicho antes, que ese era el árbol favorito de Natalia.

Para ser un grupo de hippies naturalistas eran todos bastante mala onda. Recién la cuarta persona con la que hablamos nos contó lo pasos para fumar la segretauralis, así se llamaba la planta.

-¿Cuánto nos sale una dosis por pera?-me consultó el Topo.

-Me dijeron que no se cobra, es de acá y «nadie tiene por qué capitalizarla como al resto del mundo».

-Dios mío, que pelotudos. A la primera que se dan vuelta sabés como les armo el kiosquito.

-No lo dudo Topo, primero veamos como es la onda antes de armar una multinacional.

-Yo digo nomás. ¿La tenés vos?

-No, el Negro quiso ir a buscarla para ver como la cortaban. Ya debe estar volviendo.

Esa noche fue la primera vez que fumamos segretauralis, nombre que ni siquiera intentamos aprender así que la bautizamos morombo por el olor fuerte que tenía el cogollo, nos parecía que merecía un nombre más imponente que la marimba. El Negro sacó de su bolsillo la flor curva y engordada, de un color verde azulado cautivador. El aroma se colaba por las fosas nasales e inundaba el cerebro de un aroma espeso y dulce, con notas de picor. Oler la morombo era como inhalar un durazno entero con pimienta, después de unos segundos con eso cerca los demás olores se escondían.

Fumamos los tres solos, no nos sumamos a la ronda grande. Una pitada primero, lo pasamos y en la segunda vuelta dos pitadas más. Eso era todo, nos indicaron que no fumemos más o el efecto se iba a distorsionar. Ni siquiera sabíamos que nos iba a hacer, todos decían «es increíble, lo mejor que vas a probar en tu vida», «no hay nada como esto» pero esas palabras eran aire, no daban verdadera información de lo inmersivo que era, de como el panorama visual se oscurecía para dejar en foco una escena central, como si presenciáramos una obra de teatro.

Al principio mi cuerpo se relajó y divagué enseguida, muy parecido a la marihuana. Cuando pensé que habían inflado la fama de esa planta fue cuando escuché el teléfono.

Repiquetearon timbres y hasta pude oír el plástico rebotando en su estuche, era un teléfono de línea. En el medio de las montañas. Lo justifiqué pensando que era algún bicho haciendo ruido, pero no se detuvo. No era un teléfono de línea genérico, era el teléfono negro y pesado del dúplex donde crecí. No pude recordar la última vez que escuché un teléfono de línea real, aunque si podía recordar la última vez que escuché ese teléfono, el día que me mudé. A los ocho años.

Me acomodé en el suelo sobre el que estaba sentada y pude sentir la alfombra a través de la ropa. El silencio de la noche silvestre se volvió silencio de barrio de clase media, solamente interrumpido por el teléfono que nadie contestaba. El repiqueteo paró y una brisa suave me empezó a acariciar el cuerpo, el olor era inconfundible, era Tilo. No vi un solo tilo en todo el viaje y no estoy segura de que haya alguno en toda la ciudad. De alguna forma sabía que este era el Tilo que crecía en el balcón de la casa donde nací. Sentí hambre, y casi al mismo tiempo escuché la voz de mi vieja a lo lejos.

-¡A comeeer!

El sonido se transformó en un tintineo de cubiertos contra plato. Pinché la comida del plato, un pedacito de carne horneada salpicado por el puré que completaba el cuadro. Me sentí feliz al masticar la comida, un pedazo de cuadril adobado por veinte años de nostalgia. Tragué y seguí pinchando los cubos de carne con puré, uno atrás de otro. Hace diez años que soy vegetariana porque la carne me descompone. Ahí lo sentí increíble, era una revolución de mis papilas infantiles que se encontraban con lo que más habían disfrutado comer en la vida una vez más.

El suelo era alfombra hasta el horizonte, y el horizonte era una pared blanca con empapelado amarillento. Pasos chiquitos se acercaron por la izquierda y entró mi hermano mayor corriendo y pateando una pelota más grande que él. Se volvió a escuchar a mi madre de fondo, gritando «¡adentro no!» al tercer rebote de pelotazo. El futbol se quedó a mis pies y lo pateé con fuerza hacia el medio del marco de una puerta. El cuero blanco me cacheteó el pie al impactó y la pelota pasó por la puerta abierta hasta otra habitación. Grité el gol y corrí imitando el festejo del Diez. Me tiré jadeando al suelo y caí sobre mi espalda, aterricé en el colchón de mi cama que estaba a nivel del suelo. En la cama pegada a la mía que era más alta estaba mi hermano, y mi vieja se sentaba a los pies de esa cama para hacernos dormir. Hizo su humilde show de figuras de sombra reflejadas sobre el armario de madera, primero perro, después conejo y ya la tercera figura se le complicaba así que volvía a hacer al perro etiquetándolo como lobo. Se me cerraban los ojos viendo a mi hermano tapado de frazadas por el frío, y se cerraron del todo cuando mamá empezó a cantar en susurro el brujito de Gulubú.

No puedo recordar el sueño dentro de aquel viaje en el tiempo. Solamente me acuerdo de los pájaros cantando hacia el final. El silbido de horneros en el balcón subió el volumen hasta que era todo lo que podía escuchar. Ahí me desperté. Los pájaros seguían cantando, pero ahora eran los del refugio. Me descubrí en mi bolsa durmiendo al lado del Topo y el lugar vacío del Negro. No tengo ni puta idea de cuando fue que me metí adentro de la carpa. Estaba vestida y apestaba a durazno quemado, salí al campamento. El Negro estaba tomando mates solo, sentado en un tronco a unos metros de nosotros. Me acerqué.

-Pegan esas flores, ¿no, Negro?

El Negro no me contestó. Alrededor nuestro la gente desarmaba sus carpas para pegar la vuelta, los miré en la espera de que el Negro me dijera algo. Como se mantuvo en silencio volví a hablar yo.

-Tendríamos que ir desarmando todo, así volvemos para Los Laguitos.

El Negro sorbió el mate con calma y me respondió sin siquiera mover la mirada.

-Yo me voy a quedar unos días más. Me dijeron que allá al fondo tienen una mejor.

¿”Yo me voy a quedar unos días más”? Éramos tres y una carpa, si uno se quedaba nos teníamos que quedar todos. Lo mismo para irnos.

-¿Para qué, Negrito? Ya la probamos, Los Laguitos es mucho más lindo que este refugio.

-El paisaje no me importa.

-Negrito Mágico, nos tenemos que ir los tres juntos, ¿cómo te vas a quedar acá?-le dije en tono maternal.

Volvió a ignorarme. Cuando el Negro no respondía algo, era porque ya estaba decidido.

-¿Vos viste como estaba la pareja del otro camping, no? Así sale la gente que se queda mucho tiempo acá.

El Negro me respondió casi por cortesía, no para convencerme ni explicarme nada.

-Estuve con ella. Ayer estuve con Natalia-dijo y armó una pausa-. Ustedes hagan lo que querían, yo me quedo. Acá viajé en el tiempo.

-Bueno amigo, ahora arreglamos. Ahora arreglamos y vemos que onda, como hacemos-le dije lento y espaciado, no para ser clara sino por cagona.

Me quedé parada como un maniquí fuera de temporada, quieta e ignorada. Un ruido de cierres me sirvió de excusa para girarme, era el Topo saliendo de la carpa. Se paró al lado analizándola, estaba viendo como empezar a desarmarla. Me acerqué y me sonrió. Lo agarré del brazo para acercármelo a la cara y le conté lo que me había dicho el Negro.

-¡¿Más días?!-dijo casi a los gritos, lo chisté y siguió hablando en voz baja-. ¿Más días? Está loco, ya hicimos todo lo que se podía hacer en este refugio de verga. No hay ni baños, ¿por qué dijo que se quiere quedar?

-Por Natalia-el Topo torció toda su cara en una arruga desorientada-. Me dijo que estuvo con Natalia.

-Natalia está muerta.

-Chocolate por la noticia, pelotudo. El Negro fue para ese lado con lo que fumamos.

-Pará, pará-dijo el Topo haciéndome el gesto con las manos-. ¿Para qué lado?

-¿Pero vos seguís drogado, boludo? Ayer, decime que flasheaste ayer con la morombo.

-Nada loco, me relajó bastante, me dio hambre al rato. Eh, me comí los bizcochos agridulces y me fui a dormir, ustedes seguían tirados en el piso.

Pensé que el Topo era básico hasta para tener un viaje astral. Ahora, repasándolo, lo creo casi un erudito. No hay que ser tonto para no volver a los lugares donde uno fue feliz, hay que ser afortunado.

-Si serás…-le respondí en ese entonces-. Yo me vi en mi casa, en mi casa de chiquita. Estuve con mi hermano y la vi a mi vieja. Era la época en que mi viejo se había ido de la casa y estábamos los tres juntos todo el tiempo… Para el Negro fue distinto, a él lo llevó a pasar la noche con Natalia, cuando estaba viva… Cuando el Negro todavía se reía.

-Ah… Que fuerte eso. Pero no se fue a ningún lado el Negro, eh. No se lo justifiques, estaba drogado nada más. Natalia sigue muerta, y el Negro sigue sin reírse.

-Me dijo que viajó en el tiempo.

-Y va a viajar al auto, pero de la patada en el culo que le voy a tener que dar.

Mi lado lógico me hacía darle la razón al Topo, no habíamos viajado a ningún lado más que al piso y después a la carpa. En cambio, mi parte de niña, la que disfrutó volver a pasar el día jugando con mi hermano, la que se durmió contenta con la voz de mi madre, no pudo hacer otra cosa que defender la visión del Negro. Él había viajado en el tiempo, no había otra explicación coherente.

-Decile, entonces, Topito. Anda a donde está el Negro, decile que es un nabo, que Natalia está muerta y que le vas a pegar una patada en el culo. Si hacés eso yo misma desarmo y bajo la carpa por todo El Bolsón.

El Topo me miró, sus ojos claudicaban la batalla.

Decidimos, con la votación ignorada, hacerle el aguante al Negro. Quedarse un día más no podía hacerle mal a nadie. ¿No?

A la noche hicimos como si ese fuera el plan de las vacaciones. El camping zafaba, sacando el tener que cagar entre yuyos rodeada de hombres y mierda ajena. Cociné usando el anafe y lo que quedaba de una lata de gas butano. Cenamos la polenta, bastante pastosa y desabrida. En realidad, comimos yo y el Topo. El Negro se sirvió una excusa y ni siquiera la terminó. Ni bien pudo se escapó con el grupo fanático del morombo y lo seguí. El Topo se quedó, no quería saber nada con la planta dos noches seguidas.

-Es droga, ya la probé. Ya está. Me voy a acostar así mañana nos vamos tempranito de esta poronga.

Caminé al lado de mi amigo sin hablar, se le notaba nervioso, la ansiedad de tener otro viaje en el tiempo se le escapaba eléctricamente por los dedos.

El grupo fanático se juntaba a unas cuadras adentro de la parte de bosque del campamento. Eran unas quince personas, insalubremente flacas, como la pareja que vimos en Los Laguitos, aunque estas si podían hablar. Y como hablaban. Todo era sobre el morombo, que ellos nombraban como segretauralis. Decían que les había liberado la mente, que les había permitido llegar a su verdadero espíritu interior. Hablaban de la planta como si les hubiese dado la vida, y no como si se las estuviera quitando.

Se juntaron en esa zona del bosque porque, según ellos, era de una vibración altísima y la energía alineaba los dotes físicos casi al instante. Yo creo que era porque ahí estaba la planta entera, un arbusto grueso y hermoso, lleno de brillos azules en los cogollos, de hoja redondeaba y purpura. El arbusto se agarraba de los arboles cercanos, arrastrándose como si quisiera ocupar más espacio.

Ellos la tomaban distinto, la arrancaban fresca del arbusto porque así el efecto era más fuerte, al revés de la marihuana. Y no la fumaban en un cigarro armado, usaban un bong. Cargaban el pequeño bol de vidrio con agua fresca del río para que les purificara la sangre y quemaban el cogollo picado con costumbre. No le daban tres pitadas intercaladas como hicimos nosotros, acá aspiraban como si fuese la última dosis que iban a tomar. El Negro hizo igual que ellos. Yo le di una sola pitada cuando me la ofrecieron por tercera vez, me costó decirles que no.

Esta vez el mambo fue distinto, a la hora y media mi hermano se hizo humo y mi vieja se disolvió en el aire, el efecto había terminado antes de dormir. No era lo mismo. El sueño, noté con un poco más de experiencia, era el punto clave. El sueño fundía la mente a la ilusión y te hacia viajar en el tiempo, era lo que unía toda la experiencia. Así parecía un amague. El Negro tuvo el viaje completo, lo vi tirado con los brazos abiertos, parecía que iba a intentar hacer un ángel de tierra por la posición del cuerpo. Me quedé al lado esperándolo, una hora. Y otra hora. Me rendí, le deseé buenas noches y me di vuelta para irme a acostar. Ahí lo escuché. La risa. Una carcajada gruesa hizo que me vuelva sobre mi eje y vea para creerlo. El Negro se reía, sin parar. Fuerte y alegre, la cálida mueca de su cara iba acorde a lo rítmico del sonido. Me reí también, contagiada por su alegría. Me había olvidado lo alegre que era su risa, lo viva que tenía la garganta cuando se ponía feliz. Me fui a dormir con una sensación agridulce. Por un lado, pude escuchar al Negro feliz, por primera vez desde que Natalia murió yendo a hacerle un favor. Por otro lado, supe que a la mañana siguiente no íbamos a irnos a ninguna parte.

La primera semana pasó sin avisar. Era un bucle, el Negro nos decía que se quedaba, el Topo se quejaba conmigo sin animarse a decir nada que no fuese un comentario irónico que el Negro ignoraba. Todas las noches acompañé a ver que estuviese bien, ya sin fumar. Cada día me daba menos ganas volver a probar la morombo, y cada noche el Negro sumaba otra pitada y adelgazaba otro kilo. Cuando arrancó la segunda semana ya me sentía rehén del campamento. Me acostumbré a usar los yuyos de baño y a comer las latas frías, la polenta tibia y los fideos insulsos. La comida alcanzaba porque el Negro donaba todas sus porciones de forma tácita.

Una de esas tardes presa de un paraíso natural le pregunté como estaba, me respondió con los ojos achinados del cansancio y la boca esbozando una sonrisa decrepita.

-Quiero volver a jugar al futbol. Cuando volvamos a casa voy a arrancar a entrenar.

Creo que ni se acordaba de las otras cien veces que me había respondido lo mismo. La primera vez que me dijo eso fui corriendo con el Topo a contarle la buena noticia, que ya volvíamos, que el Negro estaba contento, que para algo le había servido esa droga. Toda la alegría se me volvió vergüenza de estupidez cuando a la mañana siguiente pidió un día más, y al otro me dijo que quería volver a jugar al futbol de nuevo. Era una idea tan linda, que volviera a jugar al deporte para el que era tan bueno después de tanto tiempo. Era tan alegre el imaginar que pudiese terminar su etapa de duelo, de superar el dolor de perder a su novia que fue a buscarlo a la salida de un partido y nunca llegó. Era una idea tan buena que, por supuesto, no era real.

Una mañana de esas me desperté, mentalizada a afrontar otro día en ese bucle temporal de desilusión y resignación, y noté que el Topo se había levantado temprano, a diferencia de las otras mañanas. Salí a buscarlo, solo me encontré al Negro tomando mate y cantando su tango favorito, mirando al cielo sin sentirse solo. Recorrí el campamento, aunque en el fondo ya sabía la verdad al ver dos mochilas en vez de tres. Volví con bronca a la zona de la carpa, enojada con el Topo que nos había abandonado ahí, avergonzada conmigo por estar aguantando esa situación ridícula y bizarra, sentí odio… Odio por el Negro. Lo odié por ni siquiera haber notado que su mejor amigo se había ido, harto de él. Odié su risa de mierda, egoístamente feliz. Más que todo, odié la morombo. Odié la droga que nos había tomado el pelo prometiendo devolvernos a nuestro amigo completo para solamente llevarse los fragmentos que quedaban.

El Negro pasó a unos metros de distancia, arrastrando su música consigo, sin detenerse.

-…Meee dijo, resuelta: Ya estoy muy cansada de todo…Y se fue. ¡Qué cosas, hermano, que tiene la vida! Desde ese momento

La repulsiva voz alegre del Negro desapareció con él entre los árboles del fondo, ahora se drogaba dos veces por día. Lo miré irse, con las vísceras cargadas de disgusto. Lloré sin ruido y sin apretar la cara, como si no mereciera las lágrimas. Me decidí a hacer lo necesario para recuperar los fragmentos restantes de mi amigo, por ahí si eran suficientes podía juntar todos los pedazos y volverme con alguien parecido al Negro que tanto extrañaba.

Antes del turno noche hice mi último intento de hacerlo entrar en razón. Me acerqué cuando lo vi de buen humor y le pregunté cómo estaba.

-Maso-me dijo-. Hace dos o tres horas que la vi a Natalia y ya la extraño. Estoy esperando que el del bong se levante de la siesta para juntarme de nuevo. Te quería comentar también que estuve pensándolo mucho y cuando nos vayamos voy a volver a jugar al futbol, no puedo esperar.

Sentí que hablaba con un psicópata. No me podía acordar la última vez que el Negro había hablado tanto de corrido, sin usar sus frases cortas y claras, divagando con la misma mentira que ahora me causaba rechazo. No tenía paciencia, así que le hablé lo más directo posible.

-Negro, me dijiste esa pelotudez todos los días que estuvimos acá. ¿Tenés idea de cuantos días pasaron? ¿Te viste el reflejo? Estás hecho mierda de fumar todos los días esa porquería.

El Negro borró la sonrisa de inmediato y dio unos pasos instintivamente para atrás. No me respondió, así que seguí descargándome.

-Estás todo el día dado vuelta, no te reconozco. No te das cuenta de nada, de que no comés, de que hablás de jugar al futbol, pero estás todo el día tirado-se me cortó la voz, tomé aire y seguí-. Ni siquiera te diste cuenta de que tu mejor amigo se fue al carajo porque no se fumaba más vernos así. Verte a vos enajenado de la vida y a mí bancándote la mierda que estás haciendo-sentí las lágrimas gotearme de la mandíbula mientras hablaba y pasé del discurso enojado a hablar con completa tristeza en la voz-. No puedo más, Negrito Mágico. Te extraño, por favor te lo pido. Por favor, por lo que más quieras, vámonos de este infierno.

El Negro me miró comprensivo y respondió con claridad.

-Te entiendo, amiga. En serio… La extraño muchísimo, y por fin la vuelvo a ver. Ella es lo que más quiero, no puedo dejarla. No la puedo perder de nuevo. Natalia se fue por mí, por hacerme un favor. No la puedo dejar ir de nuevo, ella era todo y esta es mi única chance de estar de nuevo con ella.

-Negrito…-no encontré más palabras que salieran de mí, como si se me quedaran atrapadas en una telaraña mental.

-Esta noche, esta vez es de verdad, me voy a despedir de ella. Mañana nos vamos. Voy a guardarme lo más que pueda de mi máquina del tiempo para llevármelo a casa, kilos si es necesario y va a estar todo bien. Hacéme este favor, nada más. Este favor solo, te lo suplico.

Le dije que sí. ¿Por qué no iba a decirle que sí? Si él podía mentir, yo también. Si hay algo que el Negro jamás se atrevió a pedirme en años, ni siquiera bajo inconvenientes importantes, eran favores. Y bajo ningún punto de vista suplicados. Simplemente me estaba dando una mentira más edulcorada, más delicada y creíble. Si el Negro se estaba quedando ahí por esa planta de mierda, no me quedaba otra opción más que dejarlo sin motivos para quedarse. E irme rápido después, con o sin él, porque iban a venir a buscarme.

Monté la mejor cara de nada y acompañé al Negro a su, según él, último viaje en el tiempo. Me senté en un tronco fuera de la ronda, le deseé suerte en su despedida. Bastaba ver su cara de incomprensión cuando dije despedida para saber que ya se había olvidado de su promesa de cartón.

Cuando la carcasa que alguna vez contuvo a mi amigo inhalo del bong el vapor plateado por cuarta vez, se derritió sobre la tierra calva de césped y exhaló el humo gris en una risa llena de tos. Me levanté y dije, por si seguía alguno consciente, que me iba a buscar el tabaco para hacerme un pucho. No tenía mucho margen de tiempo hasta que alguno de los que fumó poco recuperase algo de consciencia. Troté con pisadas calladas hasta la carpa, di vuelta una mochila donde guardábamos lo que quedaba para cocinar, tiré el anafe a un lado y agarré el encendedor y una lata llena de gas butano. Me guardé todo en los bolsillos holgados de la campera y agarré el cuchillo de asador que habíamos llevado. Lo último fue sacar del bolso del Negro el arma secreta, que guardé apurada adentro de la ropa interior. Volví al bosque a paso más tranquilo y con mi linterna encendida en mano. Llegué a la ronda de gente desmayada y la crucé por el medio, me paré de frente a la planta azul, espesa y majestuosa alambrada a los árboles que le hacían de muletas. La puteé en silencio, la maldije por ser hermosa, por ser pretenciosa, por haberme hecho disfrutar mucho al fumarla. La insulté por robarme a mi amigo y hacerlo su esclavo. Sentí que me devolvía la mirada y las maldiciones, ella sabía que estaba por hacer, y era la última vez que íbamos a intercambiar miradas.

Un silbido de desesperación aulló de la lata de butano cuando la apuñalé con la navaja de hierro oscuro. La tiré a las raíces de la morombo con fuerza para que se le entierre en las entrañas. No me detuve ni cuando escuché unas voces balbuceantes despertar a pocos metros. Saqué de mi pantalón el arma secreta, la bengala del Negro que iba a liberarlo del tormento. La encendí con el fuego del encendedor y mi cara bañada de rojo traslúcido miró por última vez aquella maravilla de la naturaleza que tenía que dejar de existir. Tiré la bengala al lado de la lata de gas butano. Un enjambre de “¡No!” sonó a mis espaldas.

La explosión hizo temblar a la tierra como si estuviese sufriendo, una nube llameante de violeta y aura azul me hizo caerme de culo por la onda energética, se volvió roja y negra al instante. Todos los que podían levantarse a gritar lo hicieron. Puteaban con baba chorreándoles por la boca, no entendían muy bien nada. Chillaron desesperados, se metieron entre los arbustos a arrancar ramas que no pudieron salvar. El resto que no tuvo el valor de rescatar a su planta maestra se arrodilló a llorarla. Ninguno seguía dormido, todos habían salido del trance, como si la mística planta les hubiese rogado por ayuda. El Negro también estaba de pie, pero sin putear, sin meterse en el arbusto y sin llorar. Estaba quieto, viendo todo como un árbitro. Me miró con los ojos marrones vacíos de humanidad y se dio vuelta, lo vi irse desde mi lugar en el piso, mientras el resto maldecía a todos los dioses paganos y normativos que se les ocurrían, desesperados al ver las llamas mágicas que consumían a la deidad que les había dado una nueva vida.

Desde la carpa que abandoné se seguía viendo el baile de luces del incendio. Intentaban apagarlo, pero nadie podía frenar el fuego que lamía y borraba la magia del arbusto azul, ahora de color carbón. El dueño del bong, el que más tiempo llevaba en el campamento, se resignó y se sentó encorvado en el medio del llano, apuntando al lugar del bosque donde se extinguía su personalidad. Lo vigilé mientras me colgaba la mochila solo con lo esencial para poder escapar sin que me atraparan, iluminado de rebote por las luces infernales que quemaban ese inframundo. La linterna se me prendió cuando quise guardarla, la apagué de inmediato pero el parpadeo se vio como un faro en aquel pozo de oscuridad. Él me vio, una chispa de vida le encendió los ojos. Con una sorpresiva energía se paró de un salto y vino corriendo, o lo que para aquel cuerpo consumido era correr, y me ladró como un animal. Estrujé el cuchillo de asador que sostenía en mi espalda.

-¡Vos!-me gritó, con dificultad para encontrar palabras en el almacén vació que era su mente-.Vos.

-¿Qué querés?

-Donde, tu amigo. ¿Dónde está tu amigo? ¡Decime a donde se fue tu amigo!

La madera del mango parecía que iba a quebrarse de la fuerza que le imprimí.

-¿Qué querés?-le respondí sin parpadear.

-Mis cosas. Tu amigo es el único que no está, se llevó todas mis cosas.

-¿Yo qué tengo que ver? A esta altura lo conocés más que yo.

-Flaca…

El tipo cambió la postura y el rostro a unos mucho más violentos. Revelé el cuchillo cuando dio el primer paso y se frenó. Me fulminó con una mirada de odio.

-Me dejaron sin nada. Tu amigo prendió fuego todo y me vació la mochila. No tengo bong, ¡no tengo el frasco! ¡Se llevó todo el hijo de mil putas!

Todo su amor y paz se volvió abstinencia en un parpadeo. Ni siquiera le daba la cabeza para saber quién había destruido la planta.

-¿Qué tenía el frasco?-le pregunté, todavía me preocupaba el bienestar del Negro. El hombre relajó un poco la tensión anudada y decrépita de la cara, se dio cuenta que yo no sabía nada.

-La planta. Lo que queda. Debe ser lo último del mundo, si queda alguna semilla, puedo plantarla de nuevo. Cuidarla, hacer que crezca, que vuelva a existir… Pero se la llevó y no sé qué va a hacer. Era mucha… Lo tengo que encontrar.

Negué lentamente con gesto de desconocimiento. El tipo se dio media vuelta, más apagado que antes y volvió a su sitio de tristeza, rendido, sin nada más para hacer que sentarse a ver como la planta extinguía del mundo para siempre.

La verdad es que sabía dónde estaba el Negro. Si se llevó todas esas cosas tenía que estar en el lugar que más lo podía acercar a Natalia, en el único ciprés solitario en la entrada del camping.

La linterna creó un camino circular mientras mis suspiros se hacían vapor; el clima helado me dejaba los brazos duros como un cascanueces y el abrigo como un placebo.

Mi linterna dejó de mostrar tierra salpicada de piedras para bañar de luz fría unas raíces gruesas, agarradas al suelo en nudos amontonados. El ciprés se erguía absorto en su nobleza, sin preocuparse por el arbusto y el dolor de los humanos. No llegué a darle la vuelta completa que la imagen del Negro tirado me golpeó de lleno. Estaba descalzo, con un short sintético de futbol que usaba para dormir y una musculosa deportiva.

-¡Negro!-le grité, pero hablaba sola.

«¡¡¡NEGRO!!!» aullé desgarrándome los pulmones, a un cuerpo flaco, pálido y quieto, acostado en el Ciprés que ignoraba a mi amigo muerto en su corteza. Me arrodillé a su lado, el frasco del que había hablado el otro forro estaba tirado, vacío. El bong seguía agarrado en su mano derecha, espeso de cenizas negras que se pegoteaban a la cúpula metálica. Le acaricié la cara barbuda, más fría que el aire. La mandíbula se le sentía al tacto como un peluche inanimado dejado a la intemperie. Lo llamé despacio, como si me diera cosa despertarlo.

-Negrito…-le dije-. Negrito, dale, Negrito Mágico, nos tenemos que ir…-le pedí-. Por favor, Negrito Mágico, por favor…-le supliqué.

Envolví su mano libre en las mías y la froté para sentirles calor. La linterna tirada rodó y nos iluminó de rebote. De su palma cayó una esfera dorada que brilló entre tanta oscuridad. La agarré dejando una mano en su mano, era un anillo con una N grabada en el mismo metal. Me enjugué los ojos con el antebrazo y miré al Negro de nuevo, estaba peinado y con la expresión congelada. El Negro tenía los ojos cerrados sin apretar, como si estuviese dormido, y la boca dibujaba un cuenco con las comisuras erguidas para formar una sonrisa pacífica que nunca le había visto en vida. Hizo su viaje en el tiempo, pensé, sin importarle el pasaje de vuelta.

No sé cuándo caminé. Llegué a Los Laguitos sin noción del tiempo. El encargado me recibió preocupado cuando escuchó mi pena rociada por su campamento. Balbuceé que había un incendio y personas accidentadas en el pozo donde la gente iba a drogarse. Me ofreció el refugio para dormir y me dijo que a la mañana la policía y la guardia forestal me iban a ayudar con todo.

No dormí, esperé. Cuando salió el sol tomé mis cosas, me acerqué al encargado y le dije que el hombre muerto en la entrada del campamento silvestre era Fernando Peralta, que todos le decíamos el Negro, y no tiene familia. Me fui sin ver ninguna autoridad.

Como el Topo tuvo la amabilidad de robarse el auto del Negro, hice dedo. Llegué a Neuquén y de ahí tomé un colectivo hasta Buenos Aires.

Los problemas legales llegaron después y todavía no están del todo resueltos, como cualquier trámite que importe.

Los años pasaron y los cambios se sintieron. Yo volví a anotarme en la facultad de derecho, inmune al estrés del estudio.

Por otra parte, el Topo apareció por última vez para el íntimo velorio del Negro, me dijo que había que ser fuerte y «darle para adelante». Lo mandé a la recalcada concha puta de su madre y nunca más lo volví a ver. Me contaron que le va muy bien, al año del viaje había cambiado de auto y viajó al exterior de vacaciones, y al año siguiente… y al siguiente.

En cuanto al Sur, nada cambió mucho. El incendio lo apagaron enseguida, no tuve que cargar en la conciencia la destrucción de un ecosistema. La planta se esfumó para siempre, nadie encontró semillas. Clausuraron la entrada del campamento extraoficial y muy pocos se animan a meterse por el morbo de la historia.

Solamente falta un Negro mágico de risa contagiosa que juega muy lindo al fútbol.

Solo falta el Negro.

Recordatorio

La ventana abierta cumple su trabajo y deja pasar a un viento amistoso que me enfría la piel de gallina de los brazos. Le agradezco, el calor hace eterna la humedad de este pozo con etiqueta de ciudad. El vapor de la piel me deja aroma a déja vu, pienso de donde viene, pero no sé a qué me hace acordar. El soplido que arregla temperaturas me lleva al campo de deportes en verano, cuando atardecía con los treinta grados todavía colgados de una hora que no era la suya y la brisa echaba de la cara lampiña al intruso. Pero ese viento era, como mucho, un primo segundo del que me saluda ahora con tanta confianza. El viento que meneaba ese pasto era más bien una brisa que servía para descansar, era muy temprano para que las sombras hicieran de paño frio y muy tarde para meterse en el agua.

La pileta del campo era un pozo grande cargado hasta el borde de líquido blancuzco con gusto a cloro, muy distinta a la primera pelopincho que armé, con pocos metros cuadrados por habitante y mucho menos olor a químico. En el fondo de mi patio con la lona de la pileta plegable todavía desinflada, estaba mi viejo. No puedo mirarlo con claridad mientras hace el asado, pero si veo que sonríe entre los árboles. A su lado, modulando ajeno a mis oídos, está su mejor amigo. El amigo de mi viejo es un grande que me cae mejor que otros grandes, él me presta atención cuando le cuento boludeces, no espera simplemente a que termine de hablar. Esa noche, con la panza privilegiadamente llena, se corta la luz. Vuelve antes de que prendamos la segunda vela. Un poco me decepciono.

Hay algo hermoso en que se corte la luz, nadie tiene excusas. Todos rodeamos la mesa del comedor con la eficiencia de un quirófano para inventar el juego que sirva como evasiva para no dejar entrar al aburrimiento. Desentonamos un estribillo para que el resto adivine la canción, inventamos historias para adivinar que parte es mentira. Nos reímos de un chiste que escuchamos doscientas veces adentro de la burbuja anaranjada de las velas para que no se escuchen los golpes en la puerta del señor embole, que nos quiere mandar a dormir en ceguera con la más angustiante de las calmas. Casi era mi turno en el estanciero cuando sonó el pitido mecánico. Festejamos el click de la heladera avisando que volvió la luz. Yo también festejo, aunque estaba a sacar un cuatro de comprar Buenos Aires. Es que todavía no entiendo que la luz eléctrica esteriliza algunas intimidades.

Los sábados a la tarde hay luz natural y lo único eléctrico que uso es la tele. No escucho mucho, la aspiradora grita fuerte cuando se enoja con la mugre de la alfombra. No me importa, la cama de mis viejos sigue siendo mi refugio favorito cuando tiene muebles recién pulidos encima. Ahí soy rey, y mis súbditos nacen de mi plastilina, algunos grises, otros negros con pecas verde agua. Mezclar todos los colores para tener mucha masa es mi primera ansiedad, y por suerte todavía no lo sé. Por suerte me encanta el negro con pecas verde agua.

Si los pelos de la alfombra dejan de crujir debajo del aparato es que ya quedó limpia. Cuando está limpia y es un buen día, hay dos opciones espléndidas: una es armar el scalextric de autos y hacerlos correr en bucle por horas, extasiados en el loop infinito de la sorpresa en repetición. La otra opción también es una forma de repetición agradable, es ir a alquilar una película.

No me decido si alquilar un VHS es un evento o un ritual. Supongo que tiene un poco de ambas. Se anuncia como un evento, y culmina con una presentación. Pero si tengo que elegir, la parte ritualista tiene mejor sabor. El auto se estaciona debajo del cartel de neón y la campana de la puerta nos invita al laberinto de lomos amarillos. Mil quinientas cajas amarillas y hay que mirar la tapa de cada una. Si es un día especial puedo elegir una yo y otra mi hermano, y entonces yo agarro Toy Story 2 y el Hércules. Si en cambio tenemos que llevar una sola, nos turnamos. Cuando me toca a mi llevamos Hércules y cuando le tocaba a mi hermano llevamos Toy Story 2. Mil quinientas cajas amarillas y al día de hoy no entiendo por qué no ponían esas dos adelante de todo, para que uno no tenga que vaguear esquivando las Danza con Lobos y los Gladiador que distraían la búsqueda de Toy Story. Supongo que lo hacían porque el ritual definitivamente es la parte más importante. Además, era una tortura jugar a innovar, terminábamos dormidos viendo una película de un caballo animado corriendo por una playa de mentira.

La única playa que existía era en la que podíamos correr nosotros. En la que se podía saltar de la arena ablandada por el sol a la arena de perdigones fríos entre las plantas petizas de un médano. Cuando era un día de mucho, mucho calor corríamos bajando por la montaña de arena, con zancadas cortas y torpes por tomar mucha velocidad, y la piel a punto de ebullición respiraba cuando la lamia una ola de viento. El aire podía ser salado si corríamos hacia el mar. Otras veces, cuando desfilábamos para la casa, el viento ligero saludaba con mucho tacto, como si intentara abrazarnos mientras nos sacudía el fuego de encima. Adentro de la casa cerrábamos la puerta-ventana, con una caricia de hasta luego de ese aura conocido que me pone la piel de gallina en los brazos, prometiendo traerme un déja vu que me haga acordar lo que es ser  sobradamente feliz.

La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

La cuadra de 12

Cuando la caminaba se me hacía larga, porque era gordito y pequeño, pero no llegaban a ser cien metros. Era así: veinte metros de un lado con sombra, doblar la esquina y treinta metros más tibios al sol. Así lo recuerdo. El ritual era bajar del auto con mi vieja y mirar la vidriera de electrónicos de la curva. En mi mente infantil esos aparatos hablaban otro mundo, y a la vez me ponían contento, porque presentaban la cuadra que valía el viaje. En los treinta metros que quedaban no me acuerdo si había algún negocio. Ya estaba palpitando llegar. El aire estaba limpio de olores y el sol me hacía estornudar, siempre. Se me achinaban los ojos por el atardecer que me apuntaba en línea recta. Casi ni me daba cuenta que estaba en frente a las rejas verdes.

Las rejas verdes eran un premio. El perro que custodiaba los departamentos de la izquierda cambiaba cada cierto tiempo, pero siempre hubo alguno. La puerta blanca se abría después del tintineo de las llaves, y con el saludo de mi abuela pasaba al pasillo que llevaba a su ph. El resto del día es otra historia.

 Ya no existe ese negocio de electrónicos, ni el auto en el que íbamos. No existe tampoco la cuadra como tal, muchas obras la cambiaron de ancho, de color y de sentimiento. La reja verde se estará oxidando despedida en algún basurero. No siguen vivos mis abuelos, ni sus llaves que tintinean, porque la puerta también la echaron. El pasillo ya no sigue la misma línea recta y el ph de mis abuelos cambió de piel y de huesos. Cuando paso, la cuadra es corta y el clima cambia, y no tengo ningún premio de reja verde. Se murió toda la anatomía de esa cuadra que no era mía, y sobrevivió un recuerdo que es inmune a todo lo que mata caminos. Y ese sí es mío.

Mi obra póstuma

Publicado originalmente en «Trumpet Dagbladet» el 12 de mayo del 2016.

 Traducido al español por Francisco Camilletti, 11 de octubre del 2018.

«Hoy no traigo poesía. No me interesa. No vengo con armonía. Solamente me duele, ya no hay magia cerca. Hoy no hay nada bueno, y mañana tampoco. Hoy se fue ella. Y mañana no vuelve».[1] Con estas palabras culminaba su obra maestra el escritor sueco Gerhard Juberg.

Juberg había perdido a su compañera de los últimos treinta años en un accidente automovilístico donde murió ella y la conductora, cuñada del ganador del Nobel de literatura, con cincuenta y ocho y cincuenta y cuatro años respectivamente. Sin avisar a nadie, el viudo se encerró en su hogar por los siguientes dos años.  Hasta que un día en particular, salió.

Gerhard volvió a dar señales de vida a los setenta y cinco años de edad, cuando anunció su nuevo libro al mundo. Un mundo muy atento a lo que aquel sabio tenía para decir.

Para los desacostumbrados al tema, Gerhard Juberg (nacido por el remoto 1933 en Lund, Suecia) comenzó su carrera como maestro de yoga e indagó por años en medicinas alternativas, hasta ser un vocero importante de Mente y Alma, una organización creada en 1965 por él y otros profesionales de la salud, que ofrecía conectar a hombres y mujeres con su lado más etéreo a través de meditaciones trascendentales clásicas y alternativas. Mente y Alma llegó a ser una empresa muy prestigiosa, para Gerhard Juberg fue su oportunidad de crecer.

Ya habiendo publicado dos libros sobre yoga («Los principios fundamentales del Yoga» y «Yoga: La era del autoconocimiento»), y uno sobre meditaciones transcendentales («El arte de no ser nada»), Juberg comenzó a invertir fondos de Mente y Alma para crearse un personaje mediático[2]. Cuando la organización entendió la pérdida que esto significaba y se puso en desacuerdo con la magnitud de tal campaña publicitaria, Gerhard renunció. Inmediatamente aprovechó su cobertura en los medios para hablar pestes de sus antiguos colegas y de como «el dinero les importa ahora más que la salud de la gente», también vendió al mínimo la gran cantidad de acciones de Mente y Alma que tenía a su disposición, mientras alentaba a amigos y conocidos en condiciones similares a hacer lo mismo. La empresa había conseguido su estatus por el liderazgo de Gerhard, si bien este se aprovechó de su poder en la última etapa de la organización. La mala prensa había mellado en la percepción de la gente que ya no confiaba en Mente y Alma[3]. Esto afectó todos los niveles de la empresa. Con la pérdida de su líder acompañando tantos problemas económicos, Mente y Alma perdió en un mismo año su mente y su alma. Un consejo directivo de emergencia aplicó políticas inmediatas que solo provocaron más obstáculos y reacciones negativas. En 1975, apenas dos años y medio desde la salida de Juberg, Mente y Alma dejó de existir.

En el ojo público Gerhard Juberg siguió como un magnate de las artes curativas. Él no desaprovechó su fama. Cumplió cuarenta años lejos de la empresa que se dirigía a la bancarrota. Mientras ellos se hundían, él se elevaba. En 1974 sacó «Métodos alternativos para un cuerpo sano» y «Meditación trascendental y otras terapias»[4]. En 1976 conoció a Emma Surigsson, y antes de terminar el año se publicó «Pequeños trozos de una mente inquieta». Este compilado de poesía personal fue su primera inquisición en el mundo de la literatura artística.

El éxito económico creció con cada experimentación en categorías nuevas de escritura. Juberg acumuló un enorme capital y una fama[5] aún mayor en los años siguientes. Todos podemos recordar haber leído o por lo menos escuchado de libros de poesía tales como «Un viaje a mi yo profundo», galardonado con el International Poetry and Liric Award, un once de octubre de 1994 en la ciudad de Londres, Inglaterra; y su antología de cuentos cortos titulada «El hombre del pasillo y otros cuentos», que a día de hoy se utiliza como bibliografía educativa en muchos secundarios en más de cuarenta naciones[6].

Cabe destacar que no fue hasta la séptima novela publicada, precedida por «Las excursiones del Sr. Thormes en motocicleta», cuando Gerhard Juberg se hizo merecedor del Premio Nobel de literatura en el año 1998, a los sesenta y cinco años de edad.

«Verdades y mentiras de mi profeta», publicada bajo la autoría de Gerhard Juberg, es una novela que trata sobre una joven sueca sin rumbo que se refugia de sus problemas en un grupo de gente dirigida por un carismático líder, con quienes crea lazos afectivos y relaciones íntimas con hombres y mujeres. Junto a ellos realiza incluso rituales religiosos. El nudo se presenta cuando el movimiento crece y la protagonista, Gerdet Jadjog, empieza a descubrir mentiras en la historia de vida de su líder que le hacen preguntarse quién es en realidad el hombre al que ha llegado a adorar, desenlazando en una confrontación a solas donde el ambiente pasa a ser más surrealista, casi onírico. En el contexto de leer este artículo por primera vez puede parecer que explicar la sinopsis de un libro de hace más de veinte años no viene a cuento, pero para eso hay segundas lecturas.

Si bien en la vida pública todo parecía una larga cadena de éxitos, la vida privada del escritor distaba mucho de ser algo tan positivo.

Gerhard Juberg se quedó dormido en los laureles[7] luego de engolosinarse en un entorno adulador como el que frecuentaba. Toda su vida adulta había abusado del tabaco y el alcohol, pero nunca a tales niveles. No se preocupó en esa época por publicar nada más, ni en desarrollar ningún proyecto, y este círculo vicioso de tiempo libre y sustancias lo sumió en un ambiente muy tóxico para él y su esposa.

Si bien la relación entre marido y mujer nunca había sido relajada y en general estaba más impulsada por los negocios que por el cariño, desde el éxito abrumador de Gerhard, las cosas se pusieron cada vez más tensas.

Emma Surigsson nació en tierra sueca en 1948, fue profesora de religión en St Peters Elementary[8] hasta que se casó con Gerhard Juberg en 1978 y dejó su trabajo para dedicarse a la carrera de su marido tiempo completo.

En un matrimonio despojado de cariño, Juberg se emparejó con personas que pudiesen saciar sus necesidades. Inactivo laboralmente, se dedicó a gastar su fortuna agasajando compañía la mayor parte del día, por miedo a la soledad. Filosóficamente hablando, estaba más solo que nunca. Tuvo de amantes a mujeres jóvenes, con quienes tampoco encontró la felicidad, si es que eso era una posibilidad en una mente tan degenerada como la de Gerhard. Él y Emma se podían pasar semanas en inverosímiles viajes de negocios, e incluso en la misma ciudad casi no se veían. Cuando coincidían era peor. No se hizo público, pero hubo incidentes en que, ante reiteradas agresiones por parte de Emma, Gerhard ejerció fuerza física sobre ella. Es muy probable que lo único que los uniese fuese la clase socioeconómica y el ojo vigilante de la gente que todo lo juzga. Sabemos que la mujer de Juberg no se pudo llevar su dinero a la tumba, lo que sí se llevó fueron secretos.         

Hubo un secreto, no obstante, que ni siquiera su mujer conocería.

Gerhard Juberg quedó viudo a los setenta y tres años de edad. Con su mujer también se habían ido sus posibilidades de volver a publicar algo. Esta aclaración nada tiene que ver con el arquetipo de musa que, siempre se decía, ocupaba Emma. La realidad es mucho más simple y decepcionante. Gerhard no podía publicar nada porque la persona que había creado los contenidos de su vasta bibliografía había muerto el seis de junio del 2006 en un siniestro vehicular. Emma Surigsson llevaba escritos incontables libros, la mayoría de ellos publicados pero nunca bajo su nombre. Gerhard y Emma estuvieron juntos por treinta años, veintiocho de ellos como marido y mujer. Y desde ese 1976 en que se conocieron, ella era la única competente en lírica y narrativa. El matrimonio aprovechó ese talento representándolo con la figura reconocida de Gerhard luego de que este saliese de Mente y Alma, priori a su clausura. Esta mecánica se mantuvo igual por las siguientes décadas y ninguno osó jamás revelar la verdad. ¿Cuál sería el sentido? Ambos sabotearían sus propias vidas si se volvían contra el otro. Ni Gerhard ni Emma podían traicionar la empresa que regía su matrimonio. O al menos eso creía el primero, hasta que encontró el borrador que había escondido la segunda.

«Muerto el extranjero», publicada en 2008 por Gerhard Juberg, es la obra maestra que definió al sueco como uno de los mejores escritores del último siglo. Su conciso prólogo funciona a su vez de cita en el inicio de este artículo. La verdad de su origen se devela a continuación.

Juberg recogió las pertenencias materiales de su recientemente fallecida esposa. Para tirarlas. En esa limpieza se encontró con una carpeta llena de páginas escritas a mano, la delicada caligrafía no podía ser de nadie más que de Emma. Gerhard Juberg volvió a enamorarse de un libro como hacía años no le ocurría. Lo armonioso no emanaba solo de su estética sino también de su prosa. No estuvo al tanto del proyecto hasta forzar un cajón cerrado con llave en el armario de Emma. Casi no le llevó trabajo al afortunado viudo darle la estructura final. Todo estaba allí. Luego vino la parte molesta, la estrategia publicitaria.

Con un curtido equipo de mercadotecnia, Gerhard tuvo lo necesario para elevar las expectativas día a día en torno al libro. Decidieron que el papel de ermitaño melancólico era el adecuado y concertaron algunas salidas secretas cada mes para hacer tolerable el tedio del encierro. A mediados del 2008, Gerhard Juberg volvió a salir de su casa con una obra maestra bajo el brazo. Su plan dio frutos como ningún otro.

«Muerto el extranjero» es algo sin precedentes. Formó parte de la cultura sueca desde su publicación y parte de la cultura mundial poco después. Las ediciones que salían eran una más lujosa que la anterior, contaban en promedio unas ochocientas cincuenta páginas[9]. Al final de la obra estaba escrita una dedicatorio a Emma Surigsson, donde Gerhard la etiqueta de «amada mía, eterna en el Universo», le agradece por una vida juntos y por «la inspiración que otorgaste derribando los límites físicos de la existencia corpórea».

Con este último éxito, Juberg selló una fructífera carrera que le dejó un legado eterno de fama, fortuna y reconocimiento.

Han pasado ocho años desde la publicación de «Muerto el extranjero», el último trabajo con mi nombre.

Esta fue la historia de Gerhard Juberg. Su declaración. Mi confesión. Son ochenta y tres años vividos en este plano, con lo poco que le queda a mi cáscara humana[10], es menester dejar mi historia escrita correctamente. Y espero que al irme, sea llevándome el derecho a réplica.

Muchos simplistas tomarán esta nota como una súplica de perdón, una sumisión ante los hechos relatados. Ni remotamente. Esta nota tiene el objetivo de que el mundo conozca mi inigualable obra, el éxito. Esa es mi obra póstuma. La que nadie puede igualar. Ningún contrincante pudo alcanzar mi éxito voraz, insaciable. Ni colegas, parejas[11], amigos o enemigos. Ninguno quedará en ninguna enciclopedia si no es formando parte del contexto de Gerhard Juberg. Ninguno sobresalió sobre el hombre corriente. Nadie excepto yo. Mi talento es el éxito, en cualquier ambiente, en cualquier adversidad, y es el único arte que cuenta. Y ahora que ya conocen mi historia, les libero de la objetividad. Son libres. Ahora, desprécienme[12].


[1]N. del T.: Esta cita constituye el prólogo de «Muerto el extranjero» (2008)

[2] N. del T.: se estima que susodicha campaña le costó a la compañía un 35% de su capital.

[3] N. del T.: entre las noticias negativas que se relacionaron con Mente y Alma se encontraban demandas de abuso sexual a clientes y sobornos a funcionarios públicos. Los testimonios de estas denuncias fueron verídicos, según se confirmó en los años siguientes al escándalo. Juberg es mencionado en cuatro de las mismas.

[4] N. del T.: Estos dos libros fueron los primeros que publicó sin apoyo empresarial. Si bien no perdieron dinero, recaudaron mucho menos que sus predecesores.

[5] N. del T.: en muchos medios asociados se le apodaba «El Talentoso» Juberg.

[6] N. del T.: este dato no es preciso. Si bien «El hombre del pasillo y otros cuentos» fue muy popular en la bibliografía escolar por un tiempo, no hay un censo que confirme su uso en un número de países tan elevado.

[7] N. del T.: el texto original no emplea exactamente esta expresión. Sin embargo, es la que mejor representa el significado que el autor pretende darle a la oración.

[8] N. del T.: Esta escuela cerró en 1983. Actualmente es un ministerio.

[9] N. del T.: en su idioma original. En la actualidad es el segundo libro más traducido del mundo después de la biblia.

[10] N. del T.: Gerhard Juberg falleció el 13 de mayo del 2016, al día siguiente de publicarse este artículo.

[11] N. del T.: Emma no logró en vida ponerle firma a su obra (aunque es una teoría coherente que lo pretendiese hacer con «Muerto el extranjero»), no obstante se encontró recientemente entre sus manuscritos una versión diferente al poema «espíritu moderno» publicado en el tercer tomo de «Temas de tumba y de jolgorio» bajo el nombre de Juberg. En la versión publicada el poema hace una crítica a la corrupción de los burgueses, y termina con un verso que reza «el mérito se queda en bolsillo anónimo». Este dato cobró importancia cuando se encontró el borrador con una versión muy diferente a la impresa, en la que utiliza sus recursos líricos para defenestrar a su marido por robar su trabajo y termina con la misma frase que su versión censurada. Dada la naturaleza de Juberg, lo más probable es que ignorara este detalle, en el cual Emma Surigsson filtra sigilosamente una línea rebelde que todo lo oculta. Y todo lo revela.

[12] N. del T.: Esta línea con la que Juberg finaliza su confesión no es de su autoría, está basada en el final del cuento llamado «La forma de la espada» (1942).

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.

Noche de azúcar en Maracaibo

Mi viejo siempre me decía: El mejor bailarín también es el que más veces se cayó.

Yo me caí muchas veces pero nunca fui un gran bailarín. Él supongo que sí, pero nunca destacó profesionalmente. La familia, la cultura y la costumbre lo obligaron a ocupar un rol de jefe de hogar para proveer sustento. Eso lo mató en vida. Nunca pude imaginarme a mi padre como un esforzado bailarín que dejara todo en un escenario, cuando lo conocí, yo soy el menor de mis hermanos, ya era un hombre adulto amargado trabajando de albañil.

La curva de aprendizaje era todo para mi papá, ya sea en el colegio, en un deporte o un laburo. «Te vas a caer» me decía siempre que practicaba baile, «Te vas a caer, y te vas a levantar. No cuando empieces, no cuando seas profesional, sino en el medio».

Nunca me destaqué en la danza, ni en ningún baile. A mí me gustaba hacer acrobacias. Saltar, treparme a árboles, que se rían de mi gracia. Por eso me volví acróbata. Arranqué bien de pendejo con malabares, cuando ya había abandonado el secundario. Con dos amigos conseguimos pelotas de goma, palos, sogas y practicábamos mucho. En los semáforos no nos daban un mango. Insistimos día y noche en todas las zonas que podíamos. De a poco nos dimos cuenta como trazar nuestro mapa. Evitábamos las zonas donde había mucha droga o prostitución, siempre nos choreaban ahí. Aprendimos que los semáforos cortos nos convenían porque éramos varios para hacer el recambio y el flujo de autos no cambiaba tanto. Cuando pasamos a ser mayores de edad éramos los malabaristas más piolas del barrio. Eso tampoco me hizo feliz, al igual que el baile. O sea, me encanta hacer malabares, pero yo era acróbata. Cirquero. Quería saltar, moverme, crear coreografías. Volví a desanimarme como me pasaba con el baile. Hasta que Lucía me enseñó a hacer la mortal para atrás.

Lucía nació en Mar del Plata y se vino a laburar a La Plata a los dieciséis años, sin ninguna garantía de nada. Si yo tenía poca guita en ese entonces, Lucía me ganaba el concurso de pobreza. Yo tenía mi casa y conocidos. Ella una mochila y un solo primo que le diera una mano. Nos encontramos por primera vez en una plaza del centro, un domingo hermoso, de esos donde la gente sale de la cueva para hacer cualquier huevada al aire libre. Ella tenía veinticinco años y yo veintitrés. Yo hacía los mismos malabares de mierda que venía haciendo hacía ya un tiempo largo, ella daba clases de yoga.

No fue un encuentro elegante, yo estaba hecho un asco de chivo que solo empeoraba entre el ejercicio y el calor mientras ella se iba poniendo de mal humor porque la gente que pasaba cerca la interrumpía cada dos por tres. Ya tenía un humor de perros cuando vino a cagarme a pedos por la música fuerte y porque practicábamos muy cerca de ella. Yo me reí.

—Es una plaza—le dije.

—Ah, mirá. No me digas, pelotudo.

—Es una plaza pública flaca, ¿qué querés que haga? A vos sola se te ocurre hacer eso acá.

La sarta de puteadas que me tiró fue increíble. Digno del Nobel a la puteada. Lucía siempre puteó muy bien, con mucho color y en el momento justo. No me acuerdo que me dijo exacto ese día, la verdad me distraía verla hablar y la ternura que se le escapaba de los ojos cuando quería parecer una mina ruda. Era ruda, eso ni hablar, pero yo sentía verle la ternura en el fondo del patio de los ojos, en un rincón lejano, incluso más lejos que su tristeza. No discutí nada y le di la razón, aproveché la movida para hacerme el ofendido y dejar de practicar por el día.

El siguiente domingo volví, solo. Esperé un rato largo que apareciera, hasta que la vi elongando a unos metros de donde estaba. Me repiqueteó el corazón, nervioso. Yo no les puedo explicar lo que era esta chica. No llegaba al metro sesenta pero emanaba grandeza. La piel mate bronceada suave por el sol le resaltaba el pelo rubio que le rozaba los hombros. Cruzamos miradas por un instante y sentí como me atravesaban esas perlas negras. Me sentí desnudo, me veía y me podía ver todo. De verdad podía sentir que me miraba la cara y la nuca a la vez, como si tuviese vista panorámica.

Un instante de vernos me sobró para saber que esa chica me movía el piso. Nunca me sentí tan boludo como en ese momento. ¿Una mirada? ¿Y listo? ¿Una mirada y ya me estaba enamorando? Bueno, sí. Así de pelotudo como suena, una mirada me sobró.

Esperé como un nene a que terminara la clase que daba. Cuando empezó a caminar me acerqué, creo que sonriendo.

—¿Qué querés, flaco?—me dijo cuando estuve un par de pasos atrás, sin darse vuelta.

—Hola perdón por la clase…Eh, quería pedirte perdón por, ah. Por la clase, eh, de la semana pasada.

Lucía paró y se volteó para ver quién era.

—Ah, sos vos.

—Sí, soy yo. Federico me llamo, flaco me decían de chico.

Casi que sonrió.

—Sí, no sé si flaco te quedaría bien de apodo—dijo mientras me examinó de pies a cabeza, cuando llego a mi cara se quedó unos segundos más con la cabeza detenida. Yo rozaba el metro noventa, y sin embargo su presencia era mucho más fuerte—Angosto. Sos Angosto.

—Me quería disculpar por el encontronazo de la semana pasada, no te quería molestar.

Ella dudó un momento.

—No pasa nada. ¿Viniste acá de nuevo nada más para pedirme perdón?

—Bueno, sí. Te quise pedir perdón hace un minuto pero balbucee como un tarado—dije y sonreí.

Sonrió.

Desde ese día fui Angosto, así me llamaba siempre ella y nuestros amigos.

No sé como aceptó ir a tomar una birra con una presentación tan patética. Aceptó otra salida después de esa, y otra más. Y aceptó una más, hasta que la fascinación era recíproca, nos empezamos a ver todos los días.

Logramos un nivel de intimidad que nunca, yo por lo menos, había conseguido con nadie, ni familiares, ni amigos. Me contó su historia; me habló de la relación con sus padres que habían muerto cuando ella era chica en un accidente de ruta, de cómo la había criado su abuela hasta los dieciséis años, cuando falleció, de cuanto  le costó irse de la ciudad que la había visto crecer pero también me contó de lo importante que era para ella la decisión de seguir su vida por otro camino. Yo le confié cosas que no le había dicho nunca a nadie más, ni siquiera a mis anteriores parejas. Le hablé de las peleas con mis hermanos, de Emanuel, mi hermano mayor, con quien no hablaba desde hacía siete años por las cosas que le hizo a mi vieja, le conté mi fantasía de trabajar en un circo, hasta pude hablarle del injustificado miedo que tenía de que la gente que más quería muriera y de las fobias que eso me traía. No podía creer con la paciencia con que me escuchaba, de como no me juzgaba ni por las cosas buenas ni por las malas. Otras cosas no me las contó, las vi yo. La vi alegre por terminar su primer curso de reiki cristal; la vi triste por pelearse con amigues que la lastimaron, con el pesar y la firmeza de quien quiere relación sana o nada; la vi indecisa a veces cuando no sabía a dónde apuntar su carrera. Compartí con Lucía momentos del día a día, sin fuegos artificiales ni luces brillantes, ni espejitos de colores, de los que se comparten con quien te sentís seguro.

Nuestra relación duró más que muchas y menos que unas pocas, si es que ese dato importa. Jamás medimos nuestro amor por hora y nunca nos exigimos cumplir con normas o metas dictadas por muertos. Fuimos lo que salió, cómo salió y sin usar caminos gastados. Y si tengo que dar mi opinión, la verdad que salió muy lindo.

En cuanto a mis proyectos, no pasó ni un año de conocer a Lucía que dejé los malabares. Me da placer solo recordarlo. Pensar en cómo me encadenaba a algo que no me llenaba, a esta altura me parece hasta ficticio. Por ahí si Lucha, así la bauticé a Lucía para molestarla y quedó, no me daba un buen cachetazo de realidad hubiese tardado mucho más en arrancar lo que me llenaba de verdad.

Las acrobacias se volvieron mi día a día desde que me tiré a la pileta con incertidumbre. Ensayaba en la casa de Lucha, donde prácticamente ya vivíamos juntos, y ella me corregía. No se dan una idea de lo que sabe esa muchacha de arte. No necesitaba yoga para expresarse, ella sabía pintar, cocinar, bailar, hablar. Tenía todas sus herramientas siendo parte de ella, emanaba arte con cada intención de expresarse. Era mejor bailarina de lo que yo jamás hubiese podido llegar a ser, y también mucho mejor acróbata o cirquera. Solamente que en ese momento, ella todavía no lo sabía.

No tardé en deprimirme por no poder hacer nada bien. No es que naaaada me salía bien, pero yo lo sentía así. Las coreografías que creaba quedaban básicas, no tenían nada interesante. La única que me gustaba hacer la había hecho Lucha y hasta a ella le parecía que faltaba algo. Una de las noches de esa época me desperté con ansiedad, salí al patio a entrenar alumbrado por el único foquito que tenía ahí. No sé qué hora era, pero el mundo estaba vació. No había gente en ningún lado, ni madrugadores ni gedientos. Practiqué la mortal para atrás y me caí todas y cada una de las veces que la intenté. No podía. Por momentos sentía que no me salía porque era de noche, o porque yo era muy alto, o porque estaba cansado. Terminé volviendo a pensar que era porque, simplemente, no era bueno. La intenté de nuevo con mucha bronca y me pegué tal palo que desperté a Lucía del ruido.

—¿Ango? ¿Estás bien?—dijo suavecito saliendo al patio en pijama.

—Sí, espectacular—le respondí entre los gruñidos que hice al levantarme.

Lucía por poco que se me caga de risa en la cara. A mi no me gustó.

—No sé ni qué hora es, estás todo transpirado tirado en el piso manchado de mugre y rojo como un tomate. No es que me ría de vos… Un poquito nada más-dijo, leyendo mi mueca.

—No me sale ni mierda.

—Ni te va a salir si toda la energía que emanás es turbia. A ver, intentá de nuevo.

Así fue, con el mágico poder el amor, que de un ligero salto di una vuelta en el aire invertida y caí de pie con la gracia de una bailarina de ballet.

Obviamente que eso es mentira, me caí de culo como las otras doscientas veces. Lucha me ayudo a levantar, ya sin nada de burla, meditando un poco sobre el problema.

—Tenés que soltarte un poco más, estás muy duro. Fluí un poco. Mirá.

Lucía se puso atrás mío y usó las manos para darme más firmeza en la espalda.

—Ahora hacelo de nuevo, relajado. Respirá—dijo, y respiré—. Ahora exhalá—dijo y exhalé—. Bien, así sí. ¡Ya!

Mis piernas se movieron con mucha más ligereza que antes y el saltó salió perfecto con la fuerza que aplicó Lucha. Hice la mortal para atrás y caí de pie, por primera vez.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Salió!

—¡Te salió genial!

Sonreí como si fuese mi cumpleaños y nos abrazamos.

—Nos salió genial. Ya sé que hay que hacer para que la coreo salga bien—le dije.

—¿Qué tenías en mente, Angosto?

—A vos. Y a mí. Los dos juntos, hacerla juntos. La coreo que vos hiciste, la podemos adaptar para que sea de a dos y quedaría increíble. Los trucos van a salir mucho mejor y lo que no le salga a uno lo hace el otro y listo el pollo.

—¿Listo el pollo?— dijo Lucha riéndose mientras me miraba, resistiéndose un poco a la idea.

La abracé por la cintura y le devolví la mirada.

—Listísimo el pollo—le dije tentado, y nos besamos.

No podría dar mucho detalles de los meses siguientes a esa noche, lo recuerdo todo a modo de sueño, es un plazo de tiempo que identifico más con sensaciones que con datos.

—¿Y qué número termina todo?—me preguntó una vez ella cuando decidíamos los últimos detalles.

—Para mí, con el truco de los pinos, los que ponemos juntos y hacemos al «Niño Volador». Y mientras vamos haciendo las cosas vos vas diciendo el discurso de «pero lo más importante es encontrar el vuelo propio» y entonces yo corto la música y vos hacés como que hablas con el muñeco.

Lucha se rió al imaginarlo.

—¿Y ahí es cuando pido la plata no?

—Sí, ahí les avisas que hay que pasar la gorra.

—Sí, pero con un poco más de gracia, sino nos van a putear. Anotá, voy a hacer que hablo con el muñeco y digo algo como… Me está diciendo algo, Angosto. Y vos decís «¿qué» y yo digo, ¡me está diciendo que es hora de pasar la gorra! Y alguna musiquita chistosa para cuando se prenden las luces. ¿Qué te parece?

—Me parecés genial—le dije cuando terminé de anotar.

La coreografía quedó perfeccionada, y entre los dos hacíamos un espectáculo bastante decente. Lo único que faltaba era actuar con público.

Los cupos laborales para cirqueros de poco presupuesto no abundan. Es difícil hasta conseguir que te contraten para un cumpleaños infantil, así que aprovechamos cada oportunidad. No importaba si nos estaban viendo dos o veinte personas, si nos pagaban más o menos de lo que pensábamos, hacíamos todo. El show era bueno, la verdad, tenía partes muy graciosas y trucos bastante interesantes dentro de lo que es un ambiente tan gastado. Pasamos seis meses experimentando con la rutina que teníamos, y aunque las respuestas a nuestro acto eran favorables, comencé a notar que Lucía no estaba contenta. Pensé que era algo pasajero y no hice nada por miedo a darle valor a un sentimiento que no sabía que podía ser. Es tremendo como uno puede mandarse una cagada importante sin siquiera saberlo.

Para ese entonces Lucía daba clases de yoga cuatro días a la semana en los turnos de la mañana y yo trabajaba de mozo en un café cheto del centro cinco días hasta las dos de la tarde. El resto del tiempo y los fines de semana nos lanzábamos de lleno a las acrobacias. Lucía primero redujo un par de noche de ensayos porque quería arrancar algún cursito de algo que nunca arranco. Los findes se volvieron fin de semana por medio para actuar porque quería hacer otras cosas que no hacía. Yo planté mi decisión de seguir enfocado en la acrobacia y el ambiente entre los dos se enturbió.

Nuestro último show juntos fue en el centro de Valeria del Mar, en un escenario de madera enfrentado a varias butacas sobre avenida El Lucero. Era en temporada así que nos vio bastante gente. Los primeros trucos salieron como los practicamos, con una naturalidad muy fluida. Había muchos chistes inocentones que provocaban carcajadas en los más chicos y sonrisas en los adultos, como cuando a Lucha le tocaba quedar en posiciones chistosas, yo haciendo que no entendía a donde tenía que quedar en las vueltas y quedando con la cola muy cerca de su cara, o fingir que olvidábamos algún elemento del espectáculo. La gente parecía pasarla bien, si me confío por sus risas. Lo difícil fue en el último número del show, donde usábamos la inversión de nuestro presupuesto. Esta parte consistía en usar varios pinos con los que malabareábamos, llenos de luces de colores, y de a momentos sostenerlos cerca para que parecieran una personita, y hacerla caminar, bailar, volar. Uno muy cerca del otro, con nuestros monos rayados rojos y negros y nuestros zapatos grandes de payaso. Cuando hacíamos esto Lucha cambiaba de un tono humorístico a uno más solemne sincronizada con las luces bajando de intensidad, mientras la música pasa de ser un jolgorio de tambores y gritos a una melodía delicada con voces susurrando en francés que siempre me hizo pensar en las estrellas.

—Podemos sentir que nos desarmamos—relataba mientras separábamos las partes del Niño Volador—. Cada uno pasa por los obstáculos que le tocan, pero lo más importante es encontrar… El vuelo propio—decía Lucha mientras los pinos se ponían en forma de supermán para pasearlo por el escenario y la gente aplaudía.

La música desapareció difuminada entre nuestros movimientos y acostábamos al Niño Volador a dormir en el suelo. Lucha se acerca a su cara, como si le estuviese diciendo algo, y las luces vuelven al escenario.

—Me está diciendo algo. ¿Escuchaste, Federico?—y mi corazón se rompió—. ¡Me está diciendo que es hora de pasar la gorra!

Y volví a poner la música alegre acompañada de los aplausos de la gente. Pasamos la gorra y Lucía me dijo que habíamos juntado bastante plata.

Estuve muy callado todo el viaje de vuelta al hostel donde nos hospedábamos, Lucha me preguntó que me pasaba.

—Me dijiste Federico—solté con el labio inferior apretado.

Lucía me miró perpleja.

—¿Qué?

—En la última parte, me dijiste Federico.

—Sí… Federico, tu nombre.

—No me dijiste Angosto.

Lucha se quedó en silencio mirándome entre confundida y harta.

—No me dijiste Angosto—repetí.

—Sí, te escuche, me parece una locura que eso te parezca algo tan terrible.

—¡Y sí! Bueno, no. No es terrible, pero nunca me dijiste así antes.

—Debo haberte dicho Federico mil veces—me respondió encorvando los hombros y mirando al techo—. No tengo ganas de pelear. Menos por esa pelotudez.

—No, no vamos a pelear, tendría que importante un poco algo para pelear.

—Ah, ahí está. Dale, soltalo.

—¿Soltar qué?—grité.

—Lo que te estás guardando hace rato. Me estás haciendo un planteo porque te dije por tu nombre de pila y porque no peleo lo suficiente. Es obvio que tenés algo más molestándote y no te animás a decirme un carajo de qué es.

—No sé—le respondí volviendo a bajar la voz—. Si supiera supongo que sería más fácil, no sé. Que se yo. Te veo en otra.

—Bueno, eso es algo. Sí.

—Sí… ¿Sí qué?

—Que estoy en otra. Es verdad, seguimos haciendo esto de rutina de siempre la misma coreo, siempre el mismo día, siempre el mismo encuentro, y me encanta hacer estas cosas con vos, pero ya no siento que esté creciendo. Estoy estancada.

—¿Y nunca me dijiste nada?—le increpé.

—Me acabás de hacer un planteo por la forma en que te nombré en un show, claramente tenía razón en pensar de que no te podía plantear eso. Ahora ya está, ya te conté.

—Muchas ganas de contarme no tenías si estabas esperando a que te dijera algo.

—Ya está, Federico, ahora ya te lo dije.

—Sí… Y ahora, ¿qué?

Nos quedamos viéndonos en silencio. El clima se relajó un poco y la tensión de la pelea aflojó. Ninguno sabía que hacer.

—No sé, no sé ahora que pasa. Nada más sé que no estoy bien hace un tiempo, y vos tampoco. No tenemos las mismas ideas de lo que queremos. No voy a cambiar lo que siento o lo que quiero solamente para sostener una rutina que me está matando. No voy a pedirte tampoco que vos hagas lo mismo.

—Yo si quiero seguir con vos.

—Ay, Ango. Dale… Hace meses que no me tocás ni un pelo. No me acuerdo la última vez que hicimos algo juntos además de trabajar en una rutina.

—Podemos mejorar.

—Sí, podemos. Y lo vamos a hacer—dijo y me miró. Terminó la frase con los ojos. Entendí que todo esto era muy poco y muy tarde, sentí una mezcla entre desazón y alivio que se me hizo muy particular.

—Sí… Pero no juntos—le dije a la vez que lo comprendía.

—No así, no con este vínculo. Somos personas buenas y nos queremos, no podemos destruirnos, ni al otro y menos a nosotros mismos.

—No pensé… No creía que era tan, no sé, definitivo esto que estaba dando vueltas. Creo que negué muchas cosas mucho tiempo.

Lucha me vio con la mirada perdida y me abrazó con más ternura de la que nadie me haya demostrado antes.

—Te amo—me dijo.

Quise decirle lo mismo, pero el llanto me lo impidió. Me explotaron lágrimas de la cara y la abracé fuerte.

Pasamos la noche juntos, abrazándonos, charlando. Cenamos tranquilos y cada tanto uno volvía a llorar, yo unas cien veces, hasta que el otro lo consolaba. Lucha tenía el mejor método para que no lloráramos tanto.

—Pensá en zapallos—me compartió.

—¿En zapallos?

—Sí, en zapallos. Pero no zapallos calabaza, esos no sirven. Tenés que pensar en zapallos ancos.

Confié en su consejo, y no sé si era lo chistoso del mismo o si realmente había algo más, pero dejé de llorar.

—¿Viste?—dijo ella sonriendo— Cuando tengas muchas ganas de llorar, pensá en zapallos ancos, y si estás con gente que te pone nervioso, pensá que son zapallos con tutú.

Me reí.

—¿De dónde sacaste eso?

—Mi abuela me lo decía cuando me daba vergüenza ir a los actos de la escuela. Me dijo que me imagine a la gente así, y se me pasaba. Y si lloraba por algo, lo mismo. Me imaginaba un zapallo— se rió— y se me pasaba. Creo que funciona para todo. Es una ley universal.

—Te amo, Lucía—le respondí con demora.

Esa noche dormimos juntos, y al día siguiente volvimos a La Plata, aunque ya no como pareja. Lo difícil de terminar la rutina es cuando esa rutina te gusta. O te controla, y me costó mucho cambiar la forma de hacer las cosas. Supongo que a Lucha también le costó a su manera el primer tiempo. Cada tanto nos vemos, y tomamos unos mates o salimos a compartir unas birras. Nos encontramos en puntos determinados y después cada cual sigue su camino. Estoy seguro de afirmar que es mi persona favorita, de esta forma, la anterior, la siguiente o de la que sea. Ella tiene mil errores y, lo que importa, mil formas de enfrentarlos.

Yo sigo siendo acróbata, porque eso no es una opción para mí. Dejar de ser acróbata se me hace más difícil que dejar de ser un humano. Por el momento vivo en Córdoba con un grupo de amigos que también comparten esos principios, y nos va bien con nuestra compañía de teatro, no dejamos de ensayar y de improvisar. Sobre todo, nunca dejamos de disfrutar.

Esa creo que puede ser mi máxima. Para evitar el llanto, acrobacias. Y para frenarlo, zapallos.

Zapallos ancos.

Draco, mi pequeño dragón

Es un día de noviembre, pero él no recuerda exactamente cuál. Es el año dos mil dos y en ese momento tiene siete años. Está festejando su cumpleaños, aunque faltan casi dos meses para cumplir ocho. Esto tiene un sentido. El Niño es de capricornio y, como bien es sabido, los capricornianos tienen su primer encuentro con la desventura por sus cumpleaños, que juntan a muy pocos de sus compañeritos. Su madre no quiere que tenga estas desventuras de niño. Si fuese por ella, evitaría las desilusiones durante toda la vida de sus hijos. Es por eso que El Niño festeja en el mismo mes que cumple años su hermano mayor. Y así, uno acumula mala suerte que gastará en años venideros por festejar su cumpleaños con antelación, y el otro es forzado a compartir un momento del que quiere todo el protagonismo.

Hay una razón por la cual este cumpleaños, el octavo, es más importante que el séptimo o el noveno, y El Niño la está sosteniendo en ese momento entre las manos. Envuelto en un papel de regalo rojo con payasos genéricos encima se encuentra el primer libro que va a leer entero, por su cuenta y sin saltear páginas en su vida. Dentro de ese envoltorio se encuentra Draco, mi pequeño dragón.

Este libro infantil fue impreso en español varios años antes del encuentro con su dueño, distribuido junto a sus clones por Argentina, hasta una librería del centro de La Plata. Sería comprado por una mujer morocha y regordeta para su hijo Martín, de cinco años, porque estaba convencida de que era muy inteligente para su edad y que podría entenderlo a la perfección. Las expectativas de la madre no coincidieron con los deseos del infante y no le prestó atención. Lo dejó perdido en un estante y se entretuvo con una pelota de fútbol nueva que compartía con sus cuatro hermanos. En su adultez, ese niño convertido en hombre, no tendría ningún recuerdo de aquél fallido intento de involucrarlo con la literatura. Se dedicaría a trabajar en la inmobiliaria de su padre después de volver frustrado de Estados Unidos, donde no consiguió firmar ningún contrato con los clubes de soccer que había visitado. Su sueño de ser futbolista lo dejó perdido en un estante; acompañado de su sueño de casarse con Julieta, su novia de la adolescencia que lo dejó al terminar el secundario. El sueño que más lamentó perder fue el de juntarse a comer todos los domingos con sus cuatro hermanos; destruido por el adolescente borracho que atropelló a Hernán, su hermano mayor, siete años después de haber estrenado aquella pelota de fútbol.

El libro ignorado fue regalado junto a tres libros de Osho, una bolsa de ropa usada, una radio vieja marca Lorenzzo y cuatro vasos con forma de personajes de los Looney Tunes, dos años después de su llegada a la casa. Los libros llegaron a manos de Flavio, un amigo de la familia que vendía libros usados. Flavio los repartió todos al costo mínimo al cerrar su negocio para abrir una heladería. Con rapidez marcó tendencia y se convirtió en un empresario adinerado que dejaría olvidadas a las amistades de su vida de pobre. Al menos, hasta que la crisis del dos mil uno lo devolviera a la humildad y a sus antiguos amigos, que para su fortuna lo recibieron con los brazos abiertos una vez más. Draco, mi pequeño dragón llegó en perfecto estado a El Túnel, un local de la céntrica Plaza Italia. Allí fue envuelto en una lámina de plástico con cuidado y exhibido en la sección de libros infantiles nuevos.

El Niño rompió con dedos torpes el envoltorio del libro para encontrarse con la portada naranja y verde custodiando las ciento veintiocho páginas que leería para descubrir otro plano de existencia. Agradeció a su compañerita con memorizada cortesía antes de leer el título. Camila le sonrió con inocencia, sin saber muy bien que era lo que había regalado.

Camila había cumplido ocho años un par de meses antes, festejándolo con su padre y su hermano. Pidió de deseo lo mismo que pediría toda su vida, poder pasarlo con la madre. No lo pasaban juntas desde hacía ocho años, el día en que ella nació. Era una nena dulce y distraída, que recordó el jueves a la noche que al día siguiente tenía un cumpleaños. Su padre estaba viendo jugar a Boca por la televisión cuando se enteró, esperó a que terminara el partido y le dijo que él iba a hacerse cargo para que no fuese con las manos vacías. A la mañana siguiente paseó por los locales de Plaza Italia buscando un regalo barato y se encontró con este lugar que tenía libros infantiles a muy buen precio. Apenas ojeando los títulos eligió Draco, mi pequeño dragón entre un montón de libros, se le hacían todos iguales. Supuso que a cualquier niño de ocho años le iba a gustar algo que incluyera dragones. El padre de Camila le entregó el libro envuelto en papel de regalo a su hija a la una de la tarde en el colegio y, algunas horas más tarde, ella se lo dio a la persona que le habían indicado. Su padre dejaría huérfana a Camila y su hermano menor muchos años después, por una muerte súbita que interrumpió su corazón y su partido de tenis a la vez. No vería a su dulce y distraída hija acordarse la noche anterior que tenía que llevar una carpeta de documentos al estudio jurídico en el que trabajaba.

El Niño leyó el título y no le pareció gran cosa, pero le gustó el dragón verde en la portada. Vio el nombre de Philippa Gregory pero le costó leerlo y no retendría mucho tiempo a la escritora de su regalo. El tierno dragón dibujado en la portada por David Wyatt, un músico inglés frustrado con talento para la ilustración, sería recordado una tarde húmeda por el artista a los cuarenta y siete años, mientras toma una taza de té de jengibre en su casa de Devon, como un trabajo por el cual la editorial escatimó al mínimo su paga.

Los nenes que rodeaban a los cumpleañeros esperaban con ansiedad que terminaran de ver sus regalos. Estaban desesperados por retomar el partido de fútbol que estaban jugando hasta que los interrumpió Gustavo, su serio profesor de educación física, para ir a abrir los presentes. Draco, mi pequeño dragón no recibió sonidos de asombro al ser descubierto y ninguno se interesó por verlo más de cerca, pero El Niño recién lo dejó con cuidado a un lado porque su madre le dijo que abriera los demás regalos. Juntos, los hermanos abrieron el resto de los paquetes. El público de compañeros con frentes sudadas gritó de emoción al descubrirse una pistola de agua, con un arma de dardos de goma y por un disfraz de bombero. La mayor ovación se la llevó una pelota de fútbol del mundial de Francia que le había regalado Tomás al verdadero cumpleañero. Al hermano mayor de El Niño no le caía bien ese compañero, pero le encantó el regalo. Los pocos que quedaban sin abrir fueron olvidados bajo la ola de emoción de tener una pelota nueva para jugar. El cumpleañero la pateó con fuerza anunciando tácitamente que el partido estaba de vuelta en marcha. Entre aullidos y saltos, dueño y pelota volvieron a la cancha de futsal seguidos de todos los demás, menos el que festejaba su cumpleaños antes de tiempo. Él se quedó a un lado esperando que se fueran todos para volver a sostener el único libro que había sido regalado ese día. Le alivió estar un rato sin gente que quisiera jugar al fútbol sin parar, deporte que nunca le gustaría a menos que fuese para ver una final importante por televisión o jugarlo en alguna consola digital.

Esta vez sostuvo a Draco, mi pequeño dragón con la tranquilidad del que no va a ser interrumpido y leyó un poco. La contratapa hablaba de un niño encontrándose a un dragoncito, que bajo efectos de la magia parecía un cachorro de galgo. El nuevo dueño del libro no sabía qué era un galgo, pero se puso contento porque le preguntó a su madre y ella le dijo que era una raza de perro, le encantaban los perros. Sin saber cómo imaginar a un galgo, lo visualizó en su mente idéntico a un bulldog inglés, el perro que deseaba tener.

Solo algunas madres y una maestra quedaron en el patio con el niño, el resto estaba en la cancha de futbol con Gustavo, cuando todavía daba clases y nadie sabía lo peligroso que era dejarlo solo con tantos menores. Recién se enteraron con toda esa promoción ya habiendo terminado el secundario. Uno de los chicos se animó a contar que había sido abusado en el campo de deportes por el serio Gustavo, siempre visto con el mismo aire templado y profesional. Aunque no tuvo causa judicial, Gustavo fue jubilado por la institución y no se le volvió a ver por las calles de la ciudad, y nadie hizo nada más.

El menor de los cumpleañeros no podía dilatar más su vuelta a la insulsa realidad del deporte social, se acercó a la pila de regalos para guardar su nuevo libro. Esa noche iba a empezar a leerlo, y al terminarlo le diría a todos que había leído un libro de ciento veintiocho páginas. Sumaría de a poco libros a su estante, pasaría por clásicos traducidos, la saga de Harry Potter, novelas históricas, analogía de cuentos, volvería a las raíces de la literatura latina, la saga de Canción de Hielo y Fuego. Sabría de mil vidas vividas y sacaría una significación nueva cada vez que leyera El Principito.

Pero faltaba para todo eso, El Niño era inocente de tales vivencias. Ahora dejaba su regalo entre los otros y se iría a jugar con sus amigos. Cortarían las dos tortas, la de su hermano con adornos de Estudiantes de La Plata y la suya con dinosaurios. El Niño no era consciente, pero su latente vida habría de cambiar por leer ese simple y olvidable libro sobre un dragón que se hacía pasar por un galgo. No se iba a acordar que pasaba ni de cómo terminaba, y no era importante. Lo importante era que acababa de abrir la ventana a otro universo. Y no tendría autoridad para cerrarla.

Ese lugar, ese día, era irrelevante para la historia de la humanidad. Pero no para la historia de un humanito. Habían pasado sucesos difíciles y faltaría que ocurrieran episodios terribles en la vida de los presentes. Sin embargo, ese momento gozaba de inmunidad nostálgica. Para los cumpleañeros, todavía quedaban muchas visitas a la casa de sus abuelos para escuchar historias inventadas de cómo Ernesto había perdido la mayoría del pelo por un viento fuerte. Jugarían varias veces más con el escalextric en la alfombra del comedor. Ocurrirían encarnizadas batallas entre juguetes de plástico en el patio de la casa. ¿Las bajas por lengüetazos perrunos cargados de baba? ¡Se irían por las nubes! Saldrían en varias oportunidades a alquilar películas para terminar siempre llevando E.T. o Toy Story. Gobernaría muchas noches la anarquía en el hogar cuando los hermanos mayores fuesen dejados a cargo. Todavía quedaban infinidad de bombuchas para ser lanzadas por los aires.

Respaldando con la estadística a los invitados, la mayoría de los abuelos y padres estaban vivos. Los adultos estaban sanos sin enfermedades que se cobrasen la factura de los malos hábitos. No había sido infectado ningún nene por las costumbres sociales y no tenían ninguna responsabilidad más que la de lavarse las manos antes de comer un pedazo de torta. Todavía nadie se burlaba de nadie por su gordura. Ninguna niña tenía el corazón roto por no ser correspondida en sus afectos y ningún varón tenía desarrolladas las costumbres machistas que heredarían del hogar.

Ese momento, era libre. Y se mantendría así en la memoria. Solo había algo importante que ni siquiera sabían que estaba sucediendo; y era que, mientras el caos abría con fuerza huracanada las puertas del mundo, un pequeño y usado libro abría una ventana en la vida de un joven capricorniano de siete años y diez meses para que todo estuviese bien.

Y en ese efímero día, todo estuvo eternamente bien.

Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»