Recordatorio

La ventana abierta cumple su trabajo y deja pasar a un viento amistoso que me enfría la piel de gallina de los brazos. Le agradezco, el calor hace eterna la humedad de este pozo con etiqueta de ciudad. El vapor de la piel me deja aroma a déja vu, pienso de donde viene, pero no sé a qué me hace acordar. El soplido que arregla temperaturas me lleva al campo de deportes en verano, cuando atardecía con los treinta grados todavía colgados de una hora que no era la suya y la brisa echaba de la cara lampiña al intruso. Pero ese viento era, como mucho, un primo segundo del que me saluda ahora con tanta confianza. El viento que meneaba ese pasto era más bien una brisa que servía para descansar, era muy temprano para que las sombras hicieran de paño frio y muy tarde para meterse en el agua.

La pileta del campo era un pozo grande cargado hasta el borde de líquido blancuzco con gusto a cloro, muy distinta a la primera pelopincho que armé, con pocos metros cuadrados por habitante y mucho menos olor a químico. En el fondo de mi patio con la lona de la pileta plegable todavía desinflada, estaba mi viejo. No puedo mirarlo con claridad mientras hace el asado, pero si veo que sonríe entre los árboles. A su lado, modulando ajeno a mis oídos, está su mejor amigo. El amigo de mi viejo es un grande que me cae mejor que otros grandes, él me presta atención cuando le cuento boludeces, no espera simplemente a que termine de hablar. Esa noche, con la panza privilegiadamente llena, se corta la luz. Vuelve antes de que prendamos la segunda vela. Un poco me decepciono.

Hay algo hermoso en que se corte la luz, nadie tiene excusas. Todos rodeamos la mesa del comedor con la eficiencia de un quirófano para inventar el juego que sirva como evasiva para no dejar entrar al aburrimiento. Desentonamos un estribillo para que el resto adivine la canción, inventamos historias para adivinar que parte es mentira. Nos reímos de un chiste que escuchamos doscientas veces adentro de la burbuja anaranjada de las velas para que no se escuchen los golpes en la puerta del señor embole, que nos quiere mandar a dormir en ceguera con la más angustiante de las calmas. Casi era mi turno en el estanciero cuando sonó el pitido mecánico. Festejamos el click de la heladera avisando que volvió la luz. Yo también festejo, aunque estaba a sacar un cuatro de comprar Buenos Aires. Es que todavía no entiendo que la luz eléctrica esteriliza algunas intimidades.

Los sábados a la tarde hay luz natural y lo único eléctrico que uso es la tele. No escucho mucho, la aspiradora grita fuerte cuando se enoja con la mugre de la alfombra. No me importa, la cama de mis viejos sigue siendo mi refugio favorito cuando tiene muebles recién pulidos encima. Ahí soy rey, y mis súbditos nacen de mi plastilina, algunos grises, otros negros con pecas verde agua. Mezclar todos los colores para tener mucha masa es mi primera ansiedad, y por suerte todavía no lo sé. Por suerte me encanta el negro con pecas verde agua.

Si los pelos de la alfombra dejan de crujir debajo del aparato es que ya quedó limpia. Cuando está limpia y es un buen día, hay dos opciones espléndidas: una es armar el scalextric de autos y hacerlos correr en bucle por horas, extasiados en el loop infinito de la sorpresa en repetición. La otra opción también es una forma de repetición agradable, es ir a alquilar una película.

No me decido si alquilar un VHS es un evento o un ritual. Supongo que tiene un poco de ambas. Se anuncia como un evento, y culmina con una presentación. Pero si tengo que elegir, la parte ritualista tiene mejor sabor. El auto se estaciona debajo del cartel de neón y la campana de la puerta nos invita al laberinto de lomos amarillos. Mil quinientas cajas amarillas y hay que mirar la tapa de cada una. Si es un día especial puedo elegir una yo y otra mi hermano, y entonces yo agarro Toy Story 2 y el Hércules. Si en cambio tenemos que llevar una sola, nos turnamos. Cuando me toca a mi llevamos Hércules y cuando le tocaba a mi hermano llevamos Toy Story 2. Mil quinientas cajas amarillas y al día de hoy no entiendo por qué no ponían esas dos adelante de todo, para que uno no tenga que vaguear esquivando las Danza con Lobos y los Gladiador que distraían la búsqueda de Toy Story. Supongo que lo hacían porque el ritual definitivamente es la parte más importante. Además, era una tortura jugar a innovar, terminábamos dormidos viendo una película de un caballo animado corriendo por una playa de mentira.

La única playa que existía era en la que podíamos correr nosotros. En la que se podía saltar de la arena ablandada por el sol a la arena de perdigones fríos entre las plantas petizas de un médano. Cuando era un día de mucho, mucho calor corríamos bajando por la montaña de arena, con zancadas cortas y torpes por tomar mucha velocidad, y la piel a punto de ebullición respiraba cuando la lamia una ola de viento. El aire podía ser salado si corríamos hacia el mar. Otras veces, cuando desfilábamos para la casa, el viento ligero saludaba con mucho tacto, como si intentara abrazarnos mientras nos sacudía el fuego de encima. Adentro de la casa cerrábamos la puerta-ventana, con una caricia de hasta luego de ese aura conocido que me pone la piel de gallina en los brazos, prometiendo traerme un déja vu que me haga acordar lo que es ser  sobradamente feliz.

La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

La cuadra de 12

Cuando la caminaba se me hacía larga, porque era gordito y pequeño, pero no llegaban a ser cien metros. Era así: veinte metros de un lado con sombra, doblar la esquina y treinta metros más tibios al sol. Así lo recuerdo. El ritual era bajar del auto con mi vieja y mirar la vidriera de electrónicos de la curva. En mi mente infantil esos aparatos hablaban otro mundo, y a la vez me ponían contento, porque presentaban la cuadra que valía el viaje. En los treinta metros que quedaban no me acuerdo si había algún negocio. Ya estaba palpitando llegar. El aire estaba limpio de olores y el sol me hacía estornudar, siempre. Se me achinaban los ojos por el atardecer que me apuntaba en línea recta. Casi ni me daba cuenta que estaba en frente a las rejas verdes.

Las rejas verdes eran un premio. El perro que custodiaba los departamentos de la izquierda cambiaba cada cierto tiempo, pero siempre hubo alguno. La puerta blanca se abría después del tintineo de las llaves, y con el saludo de mi abuela pasaba al pasillo que llevaba a su ph. El resto del día es otra historia.

 Ya no existe ese negocio de electrónicos, ni el auto en el que íbamos. No existe tampoco la cuadra como tal, muchas obras la cambiaron de ancho, de color y de sentimiento. La reja verde se estará oxidando despedida en algún basurero. No siguen vivos mis abuelos, ni sus llaves que tintinean, porque la puerta también la echaron. El pasillo ya no sigue la misma línea recta y el ph de mis abuelos cambió de piel y de huesos. Cuando paso, la cuadra es corta y el clima cambia, y no tengo ningún premio de reja verde. Se murió toda la anatomía de esa cuadra que no era mía, y sobrevivió un recuerdo que es inmune a todo lo que mata caminos. Y ese sí es mío.

Mi obra póstuma

Publicado originalmente en «Trumpet Dagbladet» el 12 de mayo del 2016.

 Traducido al español por Francisco Camilletti, 11 de octubre del 2018.

«Hoy no traigo poesía. No me interesa. No vengo con armonía. Solamente me duele, ya no hay magia cerca. Hoy no hay nada bueno, y mañana tampoco. Hoy se fue ella. Y mañana no vuelve».[1] Con estas palabras culminaba su obra maestra el escritor sueco Gerhard Juberg.

Juberg había perdido a su compañera de los últimos treinta años en un accidente automovilístico donde murió ella y la conductora, cuñada del ganador del Nobel de literatura, con cincuenta y ocho y cincuenta y cuatro años respectivamente. Sin avisar a nadie, el viudo se encerró en su hogar por los siguientes dos años.  Hasta que un día en particular, salió.

Gerhard volvió a dar señales de vida a los setenta y cinco años de edad, cuando anunció su nuevo libro al mundo. Un mundo muy atento a lo que aquel sabio tenía para decir.

Para los desacostumbrados al tema, Gerhard Juberg (nacido por el remoto 1933 en Lund, Suecia) comenzó su carrera como maestro de yoga e indagó por años en medicinas alternativas, hasta ser un vocero importante de Mente y Alma, una organización creada en 1965 por él y otros profesionales de la salud, que ofrecía conectar a hombres y mujeres con su lado más etéreo a través de meditaciones trascendentales clásicas y alternativas. Mente y Alma llegó a ser una empresa muy prestigiosa, para Gerhard Juberg fue su oportunidad de crecer.

Ya habiendo publicado dos libros sobre yoga («Los principios fundamentales del Yoga» y «Yoga: La era del autoconocimiento»), y uno sobre meditaciones transcendentales («El arte de no ser nada»), Juberg comenzó a invertir fondos de Mente y Alma para crearse un personaje mediático[2]. Cuando la organización entendió la pérdida que esto significaba y se puso en desacuerdo con la magnitud de tal campaña publicitaria, Gerhard renunció. Inmediatamente aprovechó su cobertura en los medios para hablar pestes de sus antiguos colegas y de como «el dinero les importa ahora más que la salud de la gente», también vendió al mínimo la gran cantidad de acciones de Mente y Alma que tenía a su disposición, mientras alentaba a amigos y conocidos en condiciones similares a hacer lo mismo. La empresa había conseguido su estatus por el liderazgo de Gerhard, si bien este se aprovechó de su poder en la última etapa de la organización. La mala prensa había mellado en la percepción de la gente que ya no confiaba en Mente y Alma[3]. Esto afectó todos los niveles de la empresa. Con la pérdida de su líder acompañando tantos problemas económicos, Mente y Alma perdió en un mismo año su mente y su alma. Un consejo directivo de emergencia aplicó políticas inmediatas que solo provocaron más obstáculos y reacciones negativas. En 1975, apenas dos años y medio desde la salida de Juberg, Mente y Alma dejó de existir.

En el ojo público Gerhard Juberg siguió como un magnate de las artes curativas. Él no desaprovechó su fama. Cumplió cuarenta años lejos de la empresa que se dirigía a la bancarrota. Mientras ellos se hundían, él se elevaba. En 1974 sacó «Métodos alternativos para un cuerpo sano» y «Meditación trascendental y otras terapias»[4]. En 1976 conoció a Emma Surigsson, y antes de terminar el año se publicó «Pequeños trozos de una mente inquieta». Este compilado de poesía personal fue su primera inquisición en el mundo de la literatura artística.

El éxito económico creció con cada experimentación en categorías nuevas de escritura. Juberg acumuló un enorme capital y una fama[5] aún mayor en los años siguientes. Todos podemos recordar haber leído o por lo menos escuchado de libros de poesía tales como «Un viaje a mi yo profundo», galardonado con el International Poetry and Liric Award, un once de octubre de 1994 en la ciudad de Londres, Inglaterra; y su antología de cuentos cortos titulada «El hombre del pasillo y otros cuentos», que a día de hoy se utiliza como bibliografía educativa en muchos secundarios en más de cuarenta naciones[6].

Cabe destacar que no fue hasta la séptima novela publicada, precedida por «Las excursiones del Sr. Thormes en motocicleta», cuando Gerhard Juberg se hizo merecedor del Premio Nobel de literatura en el año 1998, a los sesenta y cinco años de edad.

«Verdades y mentiras de mi profeta», publicada bajo la autoría de Gerhard Juberg, es una novela que trata sobre una joven sueca sin rumbo que se refugia de sus problemas en un grupo de gente dirigida por un carismático líder, con quienes crea lazos afectivos y relaciones íntimas con hombres y mujeres. Junto a ellos realiza incluso rituales religiosos. El nudo se presenta cuando el movimiento crece y la protagonista, Gerdet Jadjog, empieza a descubrir mentiras en la historia de vida de su líder que le hacen preguntarse quién es en realidad el hombre al que ha llegado a adorar, desenlazando en una confrontación a solas donde el ambiente pasa a ser más surrealista, casi onírico. En el contexto de leer este artículo por primera vez puede parecer que explicar la sinopsis de un libro de hace más de veinte años no viene a cuento, pero para eso hay segundas lecturas.

Si bien en la vida pública todo parecía una larga cadena de éxitos, la vida privada del escritor distaba mucho de ser algo tan positivo.

Gerhard Juberg se quedó dormido en los laureles[7] luego de engolosinarse en un entorno adulador como el que frecuentaba. Toda su vida adulta había abusado del tabaco y el alcohol, pero nunca a tales niveles. No se preocupó en esa época por publicar nada más, ni en desarrollar ningún proyecto, y este círculo vicioso de tiempo libre y sustancias lo sumió en un ambiente muy tóxico para él y su esposa.

Si bien la relación entre marido y mujer nunca había sido relajada y en general estaba más impulsada por los negocios que por el cariño, desde el éxito abrumador de Gerhard, las cosas se pusieron cada vez más tensas.

Emma Surigsson nació en tierra sueca en 1948, fue profesora de religión en St Peters Elementary[8] hasta que se casó con Gerhard Juberg en 1978 y dejó su trabajo para dedicarse a la carrera de su marido tiempo completo.

En un matrimonio despojado de cariño, Juberg se emparejó con personas que pudiesen saciar sus necesidades. Inactivo laboralmente, se dedicó a gastar su fortuna agasajando compañía la mayor parte del día, por miedo a la soledad. Filosóficamente hablando, estaba más solo que nunca. Tuvo de amantes a mujeres jóvenes, con quienes tampoco encontró la felicidad, si es que eso era una posibilidad en una mente tan degenerada como la de Gerhard. Él y Emma se podían pasar semanas en inverosímiles viajes de negocios, e incluso en la misma ciudad casi no se veían. Cuando coincidían era peor. No se hizo público, pero hubo incidentes en que, ante reiteradas agresiones por parte de Emma, Gerhard ejerció fuerza física sobre ella. Es muy probable que lo único que los uniese fuese la clase socioeconómica y el ojo vigilante de la gente que todo lo juzga. Sabemos que la mujer de Juberg no se pudo llevar su dinero a la tumba, lo que sí se llevó fueron secretos.         

Hubo un secreto, no obstante, que ni siquiera su mujer conocería.

Gerhard Juberg quedó viudo a los setenta y tres años de edad. Con su mujer también se habían ido sus posibilidades de volver a publicar algo. Esta aclaración nada tiene que ver con el arquetipo de musa que, siempre se decía, ocupaba Emma. La realidad es mucho más simple y decepcionante. Gerhard no podía publicar nada porque la persona que había creado los contenidos de su vasta bibliografía había muerto el seis de junio del 2006 en un siniestro vehicular. Emma Surigsson llevaba escritos incontables libros, la mayoría de ellos publicados pero nunca bajo su nombre. Gerhard y Emma estuvieron juntos por treinta años, veintiocho de ellos como marido y mujer. Y desde ese 1976 en que se conocieron, ella era la única competente en lírica y narrativa. El matrimonio aprovechó ese talento representándolo con la figura reconocida de Gerhard luego de que este saliese de Mente y Alma, priori a su clausura. Esta mecánica se mantuvo igual por las siguientes décadas y ninguno osó jamás revelar la verdad. ¿Cuál sería el sentido? Ambos sabotearían sus propias vidas si se volvían contra el otro. Ni Gerhard ni Emma podían traicionar la empresa que regía su matrimonio. O al menos eso creía el primero, hasta que encontró el borrador que había escondido la segunda.

«Muerto el extranjero», publicada en 2008 por Gerhard Juberg, es la obra maestra que definió al sueco como uno de los mejores escritores del último siglo. Su conciso prólogo funciona a su vez de cita en el inicio de este artículo. La verdad de su origen se devela a continuación.

Juberg recogió las pertenencias materiales de su recientemente fallecida esposa. Para tirarlas. En esa limpieza se encontró con una carpeta llena de páginas escritas a mano, la delicada caligrafía no podía ser de nadie más que de Emma. Gerhard Juberg volvió a enamorarse de un libro como hacía años no le ocurría. Lo armonioso no emanaba solo de su estética sino también de su prosa. No estuvo al tanto del proyecto hasta forzar un cajón cerrado con llave en el armario de Emma. Casi no le llevó trabajo al afortunado viudo darle la estructura final. Todo estaba allí. Luego vino la parte molesta, la estrategia publicitaria.

Con un curtido equipo de mercadotecnia, Gerhard tuvo lo necesario para elevar las expectativas día a día en torno al libro. Decidieron que el papel de ermitaño melancólico era el adecuado y concertaron algunas salidas secretas cada mes para hacer tolerable el tedio del encierro. A mediados del 2008, Gerhard Juberg volvió a salir de su casa con una obra maestra bajo el brazo. Su plan dio frutos como ningún otro.

«Muerto el extranjero» es algo sin precedentes. Formó parte de la cultura sueca desde su publicación y parte de la cultura mundial poco después. Las ediciones que salían eran una más lujosa que la anterior, contaban en promedio unas ochocientas cincuenta páginas[9]. Al final de la obra estaba escrita una dedicatorio a Emma Surigsson, donde Gerhard la etiqueta de «amada mía, eterna en el Universo», le agradece por una vida juntos y por «la inspiración que otorgaste derribando los límites físicos de la existencia corpórea».

Con este último éxito, Juberg selló una fructífera carrera que le dejó un legado eterno de fama, fortuna y reconocimiento.

Han pasado ocho años desde la publicación de «Muerto el extranjero», el último trabajo con mi nombre.

Esta fue la historia de Gerhard Juberg. Su declaración. Mi confesión. Son ochenta y tres años vividos en este plano, con lo poco que le queda a mi cáscara humana[10], es menester dejar mi historia escrita correctamente. Y espero que al irme, sea llevándome el derecho a réplica.

Muchos simplistas tomarán esta nota como una súplica de perdón, una sumisión ante los hechos relatados. Ni remotamente. Esta nota tiene el objetivo de que el mundo conozca mi inigualable obra, el éxito. Esa es mi obra póstuma. La que nadie puede igualar. Ningún contrincante pudo alcanzar mi éxito voraz, insaciable. Ni colegas, parejas[11], amigos o enemigos. Ninguno quedará en ninguna enciclopedia si no es formando parte del contexto de Gerhard Juberg. Ninguno sobresalió sobre el hombre corriente. Nadie excepto yo. Mi talento es el éxito, en cualquier ambiente, en cualquier adversidad, y es el único arte que cuenta. Y ahora que ya conocen mi historia, les libero de la objetividad. Son libres. Ahora, desprécienme[12].


[1]N. del T.: Esta cita constituye el prólogo de «Muerto el extranjero» (2008)

[2] N. del T.: se estima que susodicha campaña le costó a la compañía un 35% de su capital.

[3] N. del T.: entre las noticias negativas que se relacionaron con Mente y Alma se encontraban demandas de abuso sexual a clientes y sobornos a funcionarios públicos. Los testimonios de estas denuncias fueron verídicos, según se confirmó en los años siguientes al escándalo. Juberg es mencionado en cuatro de las mismas.

[4] N. del T.: Estos dos libros fueron los primeros que publicó sin apoyo empresarial. Si bien no perdieron dinero, recaudaron mucho menos que sus predecesores.

[5] N. del T.: en muchos medios asociados se le apodaba «El Talentoso» Juberg.

[6] N. del T.: este dato no es preciso. Si bien «El hombre del pasillo y otros cuentos» fue muy popular en la bibliografía escolar por un tiempo, no hay un censo que confirme su uso en un número de países tan elevado.

[7] N. del T.: el texto original no emplea exactamente esta expresión. Sin embargo, es la que mejor representa el significado que el autor pretende darle a la oración.

[8] N. del T.: Esta escuela cerró en 1983. Actualmente es un ministerio.

[9] N. del T.: en su idioma original. En la actualidad es el segundo libro más traducido del mundo después de la biblia.

[10] N. del T.: Gerhard Juberg falleció el 13 de mayo del 2016, al día siguiente de publicarse este artículo.

[11] N. del T.: Emma no logró en vida ponerle firma a su obra (aunque es una teoría coherente que lo pretendiese hacer con «Muerto el extranjero»), no obstante se encontró recientemente entre sus manuscritos una versión diferente al poema «espíritu moderno» publicado en el tercer tomo de «Temas de tumba y de jolgorio» bajo el nombre de Juberg. En la versión publicada el poema hace una crítica a la corrupción de los burgueses, y termina con un verso que reza «el mérito se queda en bolsillo anónimo». Este dato cobró importancia cuando se encontró el borrador con una versión muy diferente a la impresa, en la que utiliza sus recursos líricos para defenestrar a su marido por robar su trabajo y termina con la misma frase que su versión censurada. Dada la naturaleza de Juberg, lo más probable es que ignorara este detalle, en el cual Emma Surigsson filtra sigilosamente una línea rebelde que todo lo oculta. Y todo lo revela.

[12] N. del T.: Esta línea con la que Juberg finaliza su confesión no es de su autoría, está basada en el final del cuento llamado «La forma de la espada» (1942).

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.

Draco, mi pequeño dragón

Es un día de noviembre, pero él no recuerda exactamente cuál. Es el año dos mil dos y en ese momento tiene siete años. Está festejando su cumpleaños, aunque faltan casi dos meses para cumplir ocho. Esto tiene un sentido. El Niño es de capricornio y, como bien es sabido, los capricornianos tienen su primer encuentro con la desventura por sus cumpleaños, que juntan a muy pocos de sus compañeritos. Su madre no quiere que tenga estas desventuras de niño. Si fuese por ella, evitaría las desilusiones durante toda la vida de sus hijos. Es por eso que El Niño festeja en el mismo mes que cumple años su hermano mayor. Y así, uno acumula mala suerte que gastará en años venideros por festejar su cumpleaños con antelación, y el otro es forzado a compartir un momento del que quiere todo el protagonismo.

Hay una razón por la cual este cumpleaños, el octavo, es más importante que el séptimo o el noveno, y El Niño la está sosteniendo en ese momento entre las manos. Envuelto en un papel de regalo rojo con payasos genéricos encima se encuentra el primer libro que va a leer entero, por su cuenta y sin saltear páginas en su vida. Dentro de ese envoltorio se encuentra Draco, mi pequeño dragón.

Este libro infantil fue impreso en español varios años antes del encuentro con su dueño, distribuido junto a sus clones por Argentina, hasta una librería del centro de La Plata. Sería comprado por una mujer morocha y regordeta para su hijo Martín, de cinco años, porque estaba convencida de que era muy inteligente para su edad y que podría entenderlo a la perfección. Las expectativas de la madre no coincidieron con los deseos del infante y no le prestó atención. Lo dejó perdido en un estante y se entretuvo con una pelota de fútbol nueva que compartía con sus cuatro hermanos. En su adultez, ese niño convertido en hombre, no tendría ningún recuerdo de aquél fallido intento de involucrarlo con la literatura. Se dedicaría a trabajar en la inmobiliaria de su padre después de volver frustrado de Estados Unidos, donde no consiguió firmar ningún contrato con los clubes de soccer que había visitado. Su sueño de ser futbolista lo dejó perdido en un estante; acompañado de su sueño de casarse con Julieta, su novia de la adolescencia que lo dejó al terminar el secundario. El sueño que más lamentó perder fue el de juntarse a comer todos los domingos con sus cuatro hermanos; destruido por el adolescente borracho que atropelló a Hernán, su hermano mayor, siete años después de haber estrenado aquella pelota de fútbol.

El libro ignorado fue regalado junto a tres libros de Osho, una bolsa de ropa usada, una radio vieja marca Lorenzzo y cuatro vasos con forma de personajes de los Looney Tunes, dos años después de su llegada a la casa. Los libros llegaron a manos de Flavio, un amigo de la familia que vendía libros usados. Flavio los repartió todos al costo mínimo al cerrar su negocio para abrir una heladería. Con rapidez marcó tendencia y se convirtió en un empresario adinerado que dejaría olvidadas a las amistades de su vida de pobre. Al menos, hasta que la crisis del dos mil uno lo devolviera a la humildad y a sus antiguos amigos, que para su fortuna lo recibieron con los brazos abiertos una vez más. Draco, mi pequeño dragón llegó en perfecto estado a El Túnel, un local de la céntrica Plaza Italia. Allí fue envuelto en una lámina de plástico con cuidado y exhibido en la sección de libros infantiles nuevos.

El Niño rompió con dedos torpes el envoltorio del libro para encontrarse con la portada naranja y verde custodiando las ciento veintiocho páginas que leería para descubrir otro plano de existencia. Agradeció a su compañerita con memorizada cortesía antes de leer el título. Camila le sonrió con inocencia, sin saber muy bien que era lo que había regalado.

Camila había cumplido ocho años un par de meses antes, festejándolo con su padre y su hermano. Pidió de deseo lo mismo que pediría toda su vida, poder pasarlo con la madre. No lo pasaban juntas desde hacía ocho años, el día en que ella nació. Era una nena dulce y distraída, que recordó el jueves a la noche que al día siguiente tenía un cumpleaños. Su padre estaba viendo jugar a Boca por la televisión cuando se enteró, esperó a que terminara el partido y le dijo que él iba a hacerse cargo para que no fuese con las manos vacías. A la mañana siguiente paseó por los locales de Plaza Italia buscando un regalo barato y se encontró con este lugar que tenía libros infantiles a muy buen precio. Apenas ojeando los títulos eligió Draco, mi pequeño dragón entre un montón de libros, se le hacían todos iguales. Supuso que a cualquier niño de ocho años le iba a gustar algo que incluyera dragones. El padre de Camila le entregó el libro envuelto en papel de regalo a su hija a la una de la tarde en el colegio y, algunas horas más tarde, ella se lo dio a la persona que le habían indicado. Su padre dejaría huérfana a Camila y su hermano menor muchos años después, por una muerte súbita que interrumpió su corazón y su partido de tenis a la vez. No vería a su dulce y distraída hija acordarse la noche anterior que tenía que llevar una carpeta de documentos al estudio jurídico en el que trabajaba.

El Niño leyó el título y no le pareció gran cosa, pero le gustó el dragón verde en la portada. Vio el nombre de Philippa Gregory pero le costó leerlo y no retendría mucho tiempo a la escritora de su regalo. El tierno dragón dibujado en la portada por David Wyatt, un músico inglés frustrado con talento para la ilustración, sería recordado una tarde húmeda por el artista a los cuarenta y siete años, mientras toma una taza de té de jengibre en su casa de Devon, como un trabajo por el cual la editorial escatimó al mínimo su paga.

Los nenes que rodeaban a los cumpleañeros esperaban con ansiedad que terminaran de ver sus regalos. Estaban desesperados por retomar el partido de fútbol que estaban jugando hasta que los interrumpió Gustavo, su serio profesor de educación física, para ir a abrir los presentes. Draco, mi pequeño dragón no recibió sonidos de asombro al ser descubierto y ninguno se interesó por verlo más de cerca, pero El Niño recién lo dejó con cuidado a un lado porque su madre le dijo que abriera los demás regalos. Juntos, los hermanos abrieron el resto de los paquetes. El público de compañeros con frentes sudadas gritó de emoción al descubrirse una pistola de agua, con un arma de dardos de goma y por un disfraz de bombero. La mayor ovación se la llevó una pelota de fútbol del mundial de Francia que le había regalado Tomás al verdadero cumpleañero. Al hermano mayor de El Niño no le caía bien ese compañero, pero le encantó el regalo. Los pocos que quedaban sin abrir fueron olvidados bajo la ola de emoción de tener una pelota nueva para jugar. El cumpleañero la pateó con fuerza anunciando tácitamente que el partido estaba de vuelta en marcha. Entre aullidos y saltos, dueño y pelota volvieron a la cancha de futsal seguidos de todos los demás, menos el que festejaba su cumpleaños antes de tiempo. Él se quedó a un lado esperando que se fueran todos para volver a sostener el único libro que había sido regalado ese día. Le alivió estar un rato sin gente que quisiera jugar al fútbol sin parar, deporte que nunca le gustaría a menos que fuese para ver una final importante por televisión o jugarlo en alguna consola digital.

Esta vez sostuvo a Draco, mi pequeño dragón con la tranquilidad del que no va a ser interrumpido y leyó un poco. La contratapa hablaba de un niño encontrándose a un dragoncito, que bajo efectos de la magia parecía un cachorro de galgo. El nuevo dueño del libro no sabía qué era un galgo, pero se puso contento porque le preguntó a su madre y ella le dijo que era una raza de perro, le encantaban los perros. Sin saber cómo imaginar a un galgo, lo visualizó en su mente idéntico a un bulldog inglés, el perro que deseaba tener.

Solo algunas madres y una maestra quedaron en el patio con el niño, el resto estaba en la cancha de futbol con Gustavo, cuando todavía daba clases y nadie sabía lo peligroso que era dejarlo solo con tantos menores. Recién se enteraron con toda esa promoción ya habiendo terminado el secundario. Uno de los chicos se animó a contar que había sido abusado en el campo de deportes por el serio Gustavo, siempre visto con el mismo aire templado y profesional. Aunque no tuvo causa judicial, Gustavo fue jubilado por la institución y no se le volvió a ver por las calles de la ciudad, y nadie hizo nada más.

El menor de los cumpleañeros no podía dilatar más su vuelta a la insulsa realidad del deporte social, se acercó a la pila de regalos para guardar su nuevo libro. Esa noche iba a empezar a leerlo, y al terminarlo le diría a todos que había leído un libro de ciento veintiocho páginas. Sumaría de a poco libros a su estante, pasaría por clásicos traducidos, la saga de Harry Potter, novelas históricas, analogía de cuentos, volvería a las raíces de la literatura latina, la saga de Canción de Hielo y Fuego. Sabría de mil vidas vividas y sacaría una significación nueva cada vez que leyera El Principito.

Pero faltaba para todo eso, El Niño era inocente de tales vivencias. Ahora dejaba su regalo entre los otros y se iría a jugar con sus amigos. Cortarían las dos tortas, la de su hermano con adornos de Estudiantes de La Plata y la suya con dinosaurios. El Niño no era consciente, pero su latente vida habría de cambiar por leer ese simple y olvidable libro sobre un dragón que se hacía pasar por un galgo. No se iba a acordar que pasaba ni de cómo terminaba, y no era importante. Lo importante era que acababa de abrir la ventana a otro universo. Y no tendría autoridad para cerrarla.

Ese lugar, ese día, era irrelevante para la historia de la humanidad. Pero no para la historia de un humanito. Habían pasado sucesos difíciles y faltaría que ocurrieran episodios terribles en la vida de los presentes. Sin embargo, ese momento gozaba de inmunidad nostálgica. Para los cumpleañeros, todavía quedaban muchas visitas a la casa de sus abuelos para escuchar historias inventadas de cómo Ernesto había perdido la mayoría del pelo por un viento fuerte. Jugarían varias veces más con el escalextric en la alfombra del comedor. Ocurrirían encarnizadas batallas entre juguetes de plástico en el patio de la casa. ¿Las bajas por lengüetazos perrunos cargados de baba? ¡Se irían por las nubes! Saldrían en varias oportunidades a alquilar películas para terminar siempre llevando E.T. o Toy Story. Gobernaría muchas noches la anarquía en el hogar cuando los hermanos mayores fuesen dejados a cargo. Todavía quedaban infinidad de bombuchas para ser lanzadas por los aires.

Respaldando con la estadística a los invitados, la mayoría de los abuelos y padres estaban vivos. Los adultos estaban sanos sin enfermedades que se cobrasen la factura de los malos hábitos. No había sido infectado ningún nene por las costumbres sociales y no tenían ninguna responsabilidad más que la de lavarse las manos antes de comer un pedazo de torta. Todavía nadie se burlaba de nadie por su gordura. Ninguna niña tenía el corazón roto por no ser correspondida en sus afectos y ningún varón tenía desarrolladas las costumbres machistas que heredarían del hogar.

Ese momento, era libre. Y se mantendría así en la memoria. Solo había algo importante que ni siquiera sabían que estaba sucediendo; y era que, mientras el caos abría con fuerza huracanada las puertas del mundo, un pequeño y usado libro abría una ventana en la vida de un joven capricorniano de siete años y diez meses para que todo estuviese bien.

Y en ese efímero día, todo estuvo eternamente bien.

Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

Los dos cipayos

De chico siempre consumí productos yankees. Desde programas de televisión hasta juegos de mesa y alimentos. Todos de origen estadounidense, solamente alterados en el idioma para que mi mente infantil pudiese entenderlos y así anhelar más. Desde la versión argentina de la coca cola hasta las versiones traducidas de los dibujitos, que a su vez eran la versión americana de otro dibujito japonés. Todo el día me la pasaba resguardado por los inventos estadounidenses que volaban evadiendo fronteras para llegar a mi casa.

Ese acercamiento tan íntimo con toda esta maquinaria extranjera implantó en mi cerebro la idea de que la cultura estadounidense era la mejor. Su sociedad, sus ciudades, sus paisajes y las personalidades de sus habitantes eran la verdadera manera de vivir. Me llevaron a usar palabras en español neutro que recogía de los programas de televisión, y a preguntarme porque nosotros teníamos fútbol y no fútbol americano. Dejé que me penetrara el discurso que se infiltraba en cada producto que consumía de que lo estadounidense siempre era superior.

Cuando crecí no fue muy distinto. Toda película norteamericana le pasaba el trapo a cualquier producción latina, sea cual fuese. No perdía el tiempo viendo programas argentinos ni leyendo libros de escritores sudamericanos. Con leer versiones traducidas de novelas americanas tenía más que suficiente para entretenerme.

Las políticas de Argentina me parecían básicas e incivilizadas en comparación al orden que tenían allá arriba. Siempre que me cruzaba con alguien que se aprovechara de una situación con su “viveza argenta” sentía repulsión y deseaba poder vivir con ellos, que no se cagaban entre sí.

Llegado un momento, tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos con dos amigos. Ellos viajaban un par de días antes porque yo tenía que rendir un final en la facultad, así que no coincidimos en el avión ni en el aeropuerto. Ellos entraron por Miami, yo llegue a Dallas.

En Dallas pasé a presentar los papeles en inmigración; me atendió una mujer morocha con la piel color cobre que me pidió documento, pasaporte y motivo del viaje sin decirme hola. Cuando le mostré todo no se sintió satisfecha y me hizo pasar a una sala aparte. No me sentí nervioso, me sonó normal que viajando por primera vez quisieran asegurarse de que mi viaje era por turismo y no por otra cosa.

En la otra sala me hicieron esperar veinte minutos para atenderme. Eran las cinco y media de la mañana y Dallas era mi escala. Tenía que tomar otro avión a las ocho. La señora que me había atendido por primera vez volvió a aparecerse detrás de otro vidrio y me llamó. Me habló en un español muy mediocre y me pidió pruebas de que mi viaje era con fines turísticos. Le respondí en español un poco nervioso ya por la insistencia en tener que probar que no iba a cometer ningún crimen, como cuando te pone nervioso cruzarte un policía aunque no estés haciendo nada ilegal. A la señora le molestó que le hablara en español, probablemente porque no me entendió muy bien, y me dijo que tenía que colaborar. Le puse en frente todos los papeles que tenía encima, hasta de las notas que tenía de la facultad, pero no los miró. Me pidió entonces el celular, y se lo dí. Me dijo que espere sentado, y esperé.

Pasaron cuarenta minutos esta vez, siendo yo el único civil de aquella sala. Por momentos los podía escuchar riendo cuando revisaban la intimidad de mi teléfono, se habían encontrado con un juguete al que podían apretar y tironear sin miedo a ninguna autoridad que los retara.

Volvieron a llamarme, esta vez a sus oficinas. La señora que sabía poco español me delegó a otro compañero: un hombre obeso, como todos los oficiales de ahí, pero este era petizo mientras los otros eran altos, y este era negro mientras los demás eran rosados.

El oficial nuevo se presentó como The Dog, el perro. Dijo que le decían así por su buen olfato, habilidad que demostró cuando me revisó el bolso y en una sola olfateada encontró mi mate metido en un bolsillo profundo de la valija. Yo estaba sentado. En el momento en que El Perro vino a interrogarme, me levanté para responderle. Me hizo sentar. Cuando me preguntó a qué iba, le respondí apurado que iba de vacaciones. Me hizo callar. Sentí que su lógica estaba desfasada, como si se hubiesen confundido los papeles y estuviera interrogando a un narcotraficante y no a un boludo argentino que siempre había tenido de niñera a héroes yankees.

El Perro me dijo que había encontrado fotos de plantas de marihuana en mi teléfono y por eso revisó mis cosas. Y que también había leído mensajes de whatsapp en los que hablaba con mis amigos de buscar trabajo. Confundía términos del lunfardo como «laburo» y «changas» y pensaba que, por algún motivo, yo estaba buscando un trabajo fijo en una agencia de mudanzas. Me pidió los datos de mis amigos, yo se los concedí cobardemente. Después me dijo que si no le decía lo que quería escuchar iba a ingresar un código de nosequé para poder ver toda la información de mi celular, borrada o no. Cedí a la presión y mentí diciendo que buscaba trabajo, por algún motivo, en una agencia de mudanzas. Volví a esperar afuera.

A esta altura eran las ocho y monedas, ya había perdido mi avión. Entonces un oficial distinto me vino a buscar muy enojado diciéndome que era un mentiroso y que a él no le gustaban los mentirosos. Le pregunté «why?» y me dijo en su idioma que yo le había mentido con el nombre de uno de mis amigos, que yo le había dicho que se llamaba Facundo y en realidad se llamaba Juan Facundo. No me dejó aclararle que no recordaba su primer nombre y me mandó a la última habitación a la izquierda.

Esa habitación estaba salida de una de las películas yankees que siempre me habían gustado. Era pequeña y gris, provista solamente de una mesa y una silla. Me hicieron sacarme el abrigo y las zapatillas y me revisaron con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Nunca había tenido un problema con la policía de Argentina, pero lo estaba teniendo con la estadounidense que tanto había defendido.

Lo único que faltaba hacer, me dijo El Perro, era la entrevista final. Es costumbre que el entrevistador anote las respuestas en bruto del entrevistado. Pero no fue así. El Perro me ponía nervioso con sus insistencias de que le dijera porque iba a trabajar a su país. Le dije que no iba a trabajar. Entonces me preguntaba cuantas horas. Yo le respondía que no iba a trabajar. «¿Y cuántos días a la semana querés trabajar en mi país?» Y yo le respondía que no iba a trabajar. Cuando terminó de hacerme preguntas quedé tan alterado que si me hablaba en inglés yo le respondía en español, y si me hablaba en español yo le respondía en inglés.

Me ordenó quedarme sentado y me advirtió que estaba siendo vigilado. Cuando volvió me lo dijo sin preámbulo. Le pregunté porque me deportaban. «No te deportan» me dijo, «mi país te niega la entrada».

Mientras me sacaba la clásica foto de preso con el fondo blanco con líneas negras y me hacía firmar papeles y poner la huella por debajo del título de «Alien», El Perro me contaba de su trabajo, de los delincuentes que querían pasar su frontera y de que el japonés no le costaba tanto después de haber aprendido español. Yo nada más pensaba como mierda iba a volver a mi casa después de haber tenido tanta mala leche.

El Perro me dejó llamar a mi vieja. Le hablé con un hilo de voz para decirle que había tenido un inconveniente, que estaba bien, pero que iba a tener que volver. Mi vieja pensó que era una joda. Y con motivo, porque si no me hubiese pasado todo eso tal vez le habría hecho esa broma. Le aclaré con tristeza que no, que iba a volver en el próximo avión, que salía ese día dentro de doce horas. Corté la llamada fingiendo que no lloraba, con mi madre llorando por el otro extremo del mundo.

El Perro me explicó que tenía que aguardar hasta que saliera el avión en una sala de espera. Me dijo que hacía una llamada y me acompañaba. Me contó un poco más de su vida como oficial estadounidense, y yo fingía que lo escuchaba mientras deseaba el abrigo de la corrupción argentina y prometía no criticar jamás la locura por el fútbol a cambio de no tener que oír nunca más a nadie hablar inglés.

Mientras El Perro me acompañaba a la sala de detención y me mostraba la celda gris donde iba a estar encerrado las próximas horas sin zapatillas, ni celular, ni hoja o lápiz, yo lo seguía sin voluntad digiriendo lo que él había estado hablando en su llamada telefónica.

Entré a la celda aceptando que iba a dormir en esa camilla metálica unida a la pared, presentada por una alfombra orgánica de sangre seca en el piso y enmarcada por los rayones en el suelo hechos por las personas que han arrastrado dentro. Lo que me hacía repasar la charla ajena del guardia era un dato que había dicho El Perro, su nombre.

Me senté mirando hacia la puerta que se cerraba con llave, y cuando quedé solo, resoplé. Solté aire entrecortado por la nariz con ritmo, era lo más cercano a una risa que me salía. Si hubiese sido en otro contexto me hubiese reído a carcajadas. Me quedé con el nombre humano del Perro como premio consuelo, como la parte cómica de cualquier tragedia. Sentí que le había robado su secreto sabiendo su nombre, como si hubiese desenmascarado al impostor que se hacía pasar por policía robot estadounidense.

Se llamaba Roberto García.

Reunión de intelectuales

—Buen día a todos. Antes de comenzar la reunión quería notificar el fallecimiento de nuestro querido tesorero. Mis condolencias a sus familiares.

—Que en paz descanse, su muerte es realmente algo terrible.

—Lo tremendo de la muerte es su carácter irreversible.

—Discrepo. Creo más esencial en su modus que es irremediable.

—Secundo la idea del compañero. Sumaría el sinónimo de irrevocabilidad a esa definición.

—Me opongo, para que la idea sea irrevocable debe haber un juicio humano. Omnipotente lo encuentro más adecuado.

—La asimilación con Dios provocaría a más de uno. Deshumanizar la muerte no debe llevarla al otro extremo.

—Voy a refutarle, compañero. Deshumanizar es un término equívoco, lo más humano que hay es la muerte.

—Cualquier ser vivo puede morir si vamos al meollo del asunto. Una gramática más precisa será la de naturalizar la muerte. Abarcando toda la naturaleza en ese término.

—¡Niego entonces de lo humano de la naturaleza! Nuestra evolución diferencia a la raza humana del simple animal.

—¿Entraríamos entonces en una categorización del animal simple y animal complejo?

—Puede ser, si el humano domina al grupo de animales complejos.

—Dominar es redundante. Es el único en tal categoría, definiría su caso como protagonizar.

—El protagonismo juega con matices teatrales. ¿El humano es tan trivial?

—En la escala del tiempo infinito todo es trivial. El olvido es el único destino certero.

—¡Secundo al compañero! Es inverosímil que la mente humana sea limitida por el arte temporal.

—¡El compañero dijo lo contrario!

—Pido disculpas, me refería al compañero anterior.

—El ignorar una opinión es prueba inmediata de lo fácil que es el olvido para nuestra raza.

—Sí, pero solo si tomamos la distracción como hermano tímido del olvido.

—¿Qué es entonces lo que tomamos universalmente como olvidar? Planteo esta cuestión.

—¿Se refiere a una discusión basada en prosa o en verso?

—Supongo que la intención fue en prosa. Referirse a la función encefálica de olvidar datos o situaciones. Una discusión en verso sería eterna.

—Un intercambio eterno sigue una línea de verso, a mí parecer.

—Apoyo al compañero. Reservaría tal característica, eterno, para algo más acertado.

—Qué puede ser más acertado alejándose del lado poético es la cuestión.

—No creo apropiado buscar en el fondo de los cajones, la respuesta es clara. Lo más eterno es la muerte.

—Voto a su favor. Lo eterno de la muerte unifica lo artístico de la poesía con lo científico del proceso.

—Quienes estén a favor…

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Noto innecesario afirmar uno por uno la solución que parecemos haber aceptado todos. Para una eficacia mayor optemos por juntar solo las opiniones negativas.

—Excelente. La unanimidad ha podido resolver esta cuestión.

—Muy bien, entonces estamos de acuerdo en caracterizar a la muerte de eterno en preferencia a los términos antes mencionados.

—Estando todos de acuerdo en esta cuestión, pareciera corrector terminar la reunión.

—Ese acuerdo tácito va por descontado.

—Nuestras condolencias entonces a la familia de nuestro querido tesorero, que se enfrenta con lo eterno de la muerte. Caballeros, se levanta la sesión.

No volvió

La falda de la montaña tendría que tener una forma irregular. Esta no. Su unión con el suelo parecía trazada con un compás. Enrico adoraba esta lección. No soportaba lo artificial de los dibujos, el exceso de simetría que se le imponía a la ruda naturaleza, y sin embargo ahí estaba esa montaña para exponer su prejuicio. Tal vez se vería menos circular de cerca, tal vez si se acercara encontraría las irregularidades en el suelo que siempre adjudicó a esos ambientes. Pero un enorme lago se interponía entre ambos, y solo le quedaba darle a la montaña el beneficio de la duda.

El sol estaba firme en el cielo sin interrupciones de las nubes, el día no podía ser más hermoso. El lago imitaba tembloroso esta luz que le llegaba, como un niño imitando al padre, como si quisiera dejar de ser agua para poder ser cielo.

Enrico quedaba fuera de tono vestido de traje y camisa sobre la playa. Sus zapatos negros no combinaban bien con la arena rubia sobre la que se paraban. El viento sacudía su ropa arrugada de la misma forma que sacudía su cabello, y la luz exponía ante el mundo sus ojeras grises por encima de su barba desaliñada. Enrico no sonreía, su rostro se mantenía tieso con su boca ligeramente abierta. Su mente procesaba incontables pensamientos una y otra vez en un torbellino, y ninguno llegaba a ser expresado por su cara.

Dio un paso. Dio otro paso. Se detuvo. Se quitó la corbata y el saco. Dio unos pasos más y contrajo la cara con fuerza mientras se arrancaba la camisa. Los botones blancos cayeron desperdigados en la arena. Enrico abrió los ojos y se desconcertó. No había ningún lago cristalino y no había ninguna montaña desafiante, ahora solo estaba frente a una pared de yeso y un bidón de agua que burbujeó tímidamente.

Enrico respiró agitado, se giró y vio la oficina de siempre, y todo el ruido de la gente hablando, los teléfonos sonando y los pasos ahogados por la alfombra volvieron de pronto. Susana pasó a su lado con su vasito de café y le preguntó si estaba bien. Enrico dijo que sí. «¿Qué le pasó a tu camisa?» dijo extrañada aquella voz mientras Enrico caminaba, dejando la pregunta flotando sin respuesta.

¿Cuál situación era real? Enrico no supo responderse. Su escritorio estaba a unos pocos pasos, debía de volver al trabajo. La alfombra se sintió mullida bajo sus zapatos, y cada paso le costó más esfuerzo. Sintió el suelo deformarse ante la tiranía de su pisada con suela de goma. Cuando bajó la vista para ver cual era el problema, notó que era muy difícil caminar con aquel calzado sobre una arena tan ligera. Enrico se quitó los zapatos y desechó a un lado los restos de su camisa. El sol ahora entibiaba todo su torso y el aire fresco le erizaba la piel. Lo siguiente fue quitarse los pantalones color carbón y su ropa interior. La arena se adaptaba a cada paso que daba, y con cada paso la arena se volvió más firme, y luego más húmeda. Enrico no se detuvo en la orilla, su cuerpo desnudo nunca había estado más cómodo. Casi se cae cuando de repente su pie sintió el piso firme apenas acolchado por la alfombra gris. Resignado, se sentó en su silla, y se sintió incómodo. Sus compañeros de trabajo lo miraron fijo, algunos con la boca abierta, Enrico se miró y entendió porque. Rió con cansancio. Se puso de pie con decisión y dio un par de pasos con su torbellino mental apaciguado por su determinación. Casi enseguida volvió a sentir el agua por los tobillos, y hasta creía poder distinguir entre la arena y la ceniza que pisaba en el interior del lago. No paró hasta que el agua le lamió al cuello. Sintió unas ganas extrañas de nadar, y no dudó en hacerlo. Nadó empapado en aquel espejo líquido, alejándose cada vez más de sus harapos. Quería llegar al otro lado, quería saber si esa montaña lo había engañado realmente con su falda. Si él llegaba a tener razón, se reiría y seguramente le haría algunas bromas; y si ella realmente era tan perfecta como se había mostrado, ese nado habría valido la pena.

Y nadó.

Y llegó.

Se quedó.