Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

Los dos cipayos

De chico siempre consumí productos yankees. Desde programas de televisión hasta juegos de mesa y alimentos. Todos de origen estadounidense, solamente alterados en el idioma para que mi mente infantil pudiese entenderlos y así anhelar más. Desde la versión argentina de la coca cola hasta las versiones traducidas de los dibujitos, que a su vez eran la versión americana de otro dibujito japonés. Todo el día me la pasaba resguardado por los inventos estadounidenses que volaban evadiendo fronteras para llegar a mi casa.

Ese acercamiento tan íntimo con toda esta maquinaria extranjera implantó en mi cerebro la idea de que la cultura estadounidense era la mejor. Su sociedad, sus ciudades, sus paisajes y las personalidades de sus habitantes eran la verdadera manera de vivir. Me llevaron a usar palabras en español neutro que recogía de los programas de televisión, y a preguntarme porque nosotros teníamos fútbol y no fútbol americano. Dejé que me penetrara el discurso que se infiltraba en cada producto que consumía de que lo estadounidense siempre era superior.

Cuando crecí no fue muy distinto. Toda película norteamericana le pasaba el trapo a cualquier producción latina, sea cual fuese. No perdía el tiempo viendo programas argentinos ni leyendo libros de escritores sudamericanos. Con leer versiones traducidas de novelas americanas tenía más que suficiente para entretenerme.

Las políticas de Argentina me parecían básicas e incivilizadas en comparación al orden que tenían allá arriba. Siempre que me cruzaba con alguien que se aprovechara de una situación con su “viveza argenta” sentía repulsión y deseaba poder vivir con ellos, que no se cagaban entre sí.

Llegado un momento, tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos con dos amigos. Ellos viajaban un par de días antes porque yo tenía que rendir un final en la facultad, así que no coincidimos en el avión ni en el aeropuerto. Ellos entraron por Miami, yo llegue a Dallas.

En Dallas pasé a presentar los papeles en inmigración; me atendió una mujer morocha con la piel color cobre que me pidió documento, pasaporte y motivo del viaje sin decirme hola. Cuando le mostré todo no se sintió satisfecha y me hizo pasar a una sala aparte. No me sentí nervioso, me sonó normal que viajando por primera vez quisieran asegurarse de que mi viaje era por turismo y no por otra cosa.

En la otra sala me hicieron esperar veinte minutos para atenderme. Eran las cinco y media de la mañana y Dallas era mi escala. Tenía que tomar otro avión a las ocho. La señora que me había atendido por primera vez volvió a aparecerse detrás de otro vidrio y me llamó. Me habló en un español muy mediocre y me pidió pruebas de que mi viaje era con fines turísticos. Le respondí en español un poco nervioso ya por la insistencia en tener que probar que no iba a cometer ningún crimen, como cuando te pone nervioso cruzarte un policía aunque no estés haciendo nada ilegal. A la señora le molestó que le hablara en español, probablemente porque no me entendió muy bien, y me dijo que tenía que colaborar. Le puse en frente todos los papeles que tenía encima, hasta de las notas que tenía de la facultad, pero no los miró. Me pidió entonces el celular, y se lo dí. Me dijo que espere sentado, y esperé.

Pasaron cuarenta minutos esta vez, siendo yo el único civil de aquella sala. Por momentos los podía escuchar riendo cuando revisaban la intimidad de mi teléfono, se habían encontrado con un juguete al que podían apretar y tironear sin miedo a ninguna autoridad que los retara.

Volvieron a llamarme, esta vez a sus oficinas. La señora que sabía poco español me delegó a otro compañero: un hombre obeso, como todos los oficiales de ahí, pero este era petizo mientras los otros eran altos, y este era negro mientras los demás eran rosados.

El oficial nuevo se presentó como The Dog, el perro. Dijo que le decían así por su buen olfato, habilidad que demostró cuando me revisó el bolso y en una sola olfateada encontró mi mate metido en un bolsillo profundo de la valija. Yo estaba sentado. En el momento en que El Perro vino a interrogarme, me levanté para responderle. Me hizo sentar. Cuando me preguntó a qué iba, le respondí apurado que iba de vacaciones. Me hizo callar. Sentí que su lógica estaba desfasada, como si se hubiesen confundido los papeles y estuviera interrogando a un narcotraficante y no a un boludo argentino que siempre había tenido de niñera a héroes yankees.

El Perro me dijo que había encontrado fotos de plantas de marihuana en mi teléfono y por eso revisó mis cosas. Y que también había leído mensajes de whatsapp en los que hablaba con mis amigos de buscar trabajo. Confundía términos del lunfardo como «laburo» y «changas» y pensaba que, por algún motivo, yo estaba buscando un trabajo fijo en una agencia de mudanzas. Me pidió los datos de mis amigos, yo se los concedí cobardemente. Después me dijo que si no le decía lo que quería escuchar iba a ingresar un código de nosequé para poder ver toda la información de mi celular, borrada o no. Cedí a la presión y mentí diciendo que buscaba trabajo, por algún motivo, en una agencia de mudanzas. Volví a esperar afuera.

A esta altura eran las ocho y monedas, ya había perdido mi avión. Entonces un oficial distinto me vino a buscar muy enojado diciéndome que era un mentiroso y que a él no le gustaban los mentirosos. Le pregunté «why?» y me dijo en su idioma que yo le había mentido con el nombre de uno de mis amigos, que yo le había dicho que se llamaba Facundo y en realidad se llamaba Juan Facundo. No me dejó aclararle que no recordaba su primer nombre y me mandó a la última habitación a la izquierda.

Esa habitación estaba salida de una de las películas yankees que siempre me habían gustado. Era pequeña y gris, provista solamente de una mesa y una silla. Me hicieron sacarme el abrigo y las zapatillas y me revisaron con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Nunca había tenido un problema con la policía de Argentina, pero lo estaba teniendo con la estadounidense que tanto había defendido.

Lo único que faltaba hacer, me dijo El Perro, era la entrevista final. Es costumbre que el entrevistador anote las respuestas en bruto del entrevistado. Pero no fue así. El Perro me ponía nervioso con sus insistencias de que le dijera porque iba a trabajar a su país. Le dije que no iba a trabajar. Entonces me preguntaba cuantas horas. Yo le respondía que no iba a trabajar. «¿Y cuántos días a la semana querés trabajar en mi país?» Y yo le respondía que no iba a trabajar. Cuando terminó de hacerme preguntas quedé tan alterado que si me hablaba en inglés yo le respondía en español, y si me hablaba en español yo le respondía en inglés.

Me ordenó quedarme sentado y me advirtió que estaba siendo vigilado. Cuando volvió me lo dijo sin preámbulo. Le pregunté porque me deportaban. «No te deportan» me dijo, «mi país te niega la entrada».

Mientras me sacaba la clásica foto de preso con el fondo blanco con líneas negras y me hacía firmar papeles y poner la huella por debajo del título de «Alien», El Perro me contaba de su trabajo, de los delincuentes que querían pasar su frontera y de que el japonés no le costaba tanto después de haber aprendido español. Yo nada más pensaba como mierda iba a volver a mi casa después de haber tenido tanta mala leche.

El Perro me dejó llamar a mi vieja. Le hablé con un hilo de voz para decirle que había tenido un inconveniente, que estaba bien, pero que iba a tener que volver. Mi vieja pensó que era una joda. Y con motivo, porque si no me hubiese pasado todo eso tal vez le habría hecho esa broma. Le aclaré con tristeza que no, que iba a volver en el próximo avión, que salía ese día dentro de doce horas. Corté la llamada fingiendo que no lloraba, con mi madre llorando por el otro extremo del mundo.

El Perro me explicó que tenía que aguardar hasta que saliera el avión en una sala de espera. Me dijo que hacía una llamada y me acompañaba. Me contó un poco más de su vida como oficial estadounidense, y yo fingía que lo escuchaba mientras deseaba el abrigo de la corrupción argentina y prometía no criticar jamás la locura por el fútbol a cambio de no tener que oír nunca más a nadie hablar inglés.

Mientras El Perro me acompañaba a la sala de detención y me mostraba la celda gris donde iba a estar encerrado las próximas horas sin zapatillas, ni celular, ni hoja o lápiz, yo lo seguía sin voluntad digiriendo lo que él había estado hablando en su llamada telefónica.

Entré a la celda aceptando que iba a dormir en esa camilla metálica unida a la pared, presentada por una alfombra orgánica de sangre seca en el piso y enmarcada por los rayones en el suelo hechos por las personas que han arrastrado dentro. Lo que me hacía repasar la charla ajena del guardia era un dato que había dicho El Perro, su nombre.

Me senté mirando hacia la puerta que se cerraba con llave, y cuando quedé solo, resoplé. Solté aire entrecortado por la nariz con ritmo, era lo más cercano a una risa que me salía. Si hubiese sido en otro contexto me hubiese reído a carcajadas. Me quedé con el nombre humano del Perro como premio consuelo, como la parte cómica de cualquier tragedia. Sentí que le había robado su secreto sabiendo su nombre, como si hubiese desenmascarado al impostor que se hacía pasar por policía robot estadounidense.

Se llamaba Roberto García.

Reunión de intelectuales

—Buen día a todos. Antes de comenzar la reunión quería notificar el fallecimiento de nuestro querido tesorero. Mis condolencias a sus familiares.

—Que en paz descanse, su muerte es realmente algo terrible.

—Lo tremendo de la muerte es su carácter irreversible.

—Discrepo. Creo más esencial en su modus que es irremediable.

—Secundo la idea del compañero. Sumaría el sinónimo de irrevocabilidad a esa definición.

—Me opongo, para que la idea sea irrevocable debe haber un juicio humano. Omnipotente lo encuentro más adecuado.

—La asimilación con Dios provocaría a más de uno. Deshumanizar la muerte no debe llevarla al otro extremo.

—Voy a refutarle, compañero. Deshumanizar es un término equívoco, lo más humano que hay es la muerte.

—Cualquier ser vivo puede morir si vamos al meollo del asunto. Una gramática más precisa será la de naturalizar la muerte. Abarcando toda la naturaleza en ese término.

—¡Niego entonces de lo humano de la naturaleza! Nuestra evolución diferencia a la raza humana del simple animal.

—¿Entraríamos entonces en una categorización del animal simple y animal complejo?

—Puede ser, si el humano domina al grupo de animales complejos.

—Dominar es redundante. Es el único en tal categoría, definiría su caso como protagonizar.

—El protagonismo juega con matices teatrales. ¿El humano es tan trivial?

—En la escala del tiempo infinito todo es trivial. El olvido es el único destino certero.

—¡Secundo al compañero! Es inverosímil que la mente humana sea limitida por el arte temporal.

—¡El compañero dijo lo contrario!

—Pido disculpas, me refería al compañero anterior.

—El ignorar una opinión es prueba inmediata de lo fácil que es el olvido para nuestra raza.

—Sí, pero solo si tomamos la distracción como hermano tímido del olvido.

—¿Qué es entonces lo que tomamos universalmente como olvidar? Planteo esta cuestión.

—¿Se refiere a una discusión basada en prosa o en verso?

—Supongo que la intención fue en prosa. Referirse a la función encefálica de olvidar datos o situaciones. Una discusión en verso sería eterna.

—Un intercambio eterno sigue una línea de verso, a mí parecer.

—Apoyo al compañero. Reservaría tal característica, eterno, para algo más acertado.

—Qué puede ser más acertado alejándose del lado poético es la cuestión.

—No creo apropiado buscar en el fondo de los cajones, la respuesta es clara. Lo más eterno es la muerte.

—Voto a su favor. Lo eterno de la muerte unifica lo artístico de la poesía con lo científico del proceso.

—Quienes estén a favor…

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Noto innecesario afirmar uno por uno la solución que parecemos haber aceptado todos. Para una eficacia mayor optemos por juntar solo las opiniones negativas.

—Excelente. La unanimidad ha podido resolver esta cuestión.

—Muy bien, entonces estamos de acuerdo en caracterizar a la muerte de eterno en preferencia a los términos antes mencionados.

—Estando todos de acuerdo en esta cuestión, pareciera corrector terminar la reunión.

—Ese acuerdo tácito va por descontado.

—Nuestras condolencias entonces a la familia de nuestro querido tesorero, que se enfrenta con lo eterno de la muerte. Caballeros, se levanta la sesión.

No volvió

La falda de la montaña tendría que tener una forma irregular. Esta no. Su unión con el suelo parecía trazada con un compás. Enrico adoraba esta lección. No soportaba lo artificial de los dibujos, el exceso de simetría que se le imponía a la ruda naturaleza, y sin embargo ahí estaba esa montaña para exponer su prejuicio. Tal vez se vería menos circular de cerca, tal vez si se acercara encontraría las irregularidades en el suelo que siempre adjudicó a esos ambientes. Pero un enorme lago se interponía entre ambos, y solo le quedaba darle a la montaña el beneficio de la duda.

El sol estaba firme en el cielo sin interrupciones de las nubes, el día no podía ser más hermoso. El lago imitaba tembloroso esta luz que le llegaba, como un niño imitando al padre, como si quisiera dejar de ser agua para poder ser cielo.

Enrico quedaba fuera de tono vestido de traje y camisa sobre la playa. Sus zapatos negros no combinaban bien con la arena rubia sobre la que se paraban. El viento sacudía su ropa arrugada de la misma forma que sacudía su cabello, y la luz exponía ante el mundo sus ojeras grises por encima de su barba desaliñada. Enrico no sonreía, su rostro se mantenía tieso con su boca ligeramente abierta. Su mente procesaba incontables pensamientos una y otra vez en un torbellino, y ninguno llegaba a ser expresado por su cara.

Dio un paso. Dio otro paso. Se detuvo. Se quitó la corbata y el saco. Dio unos pasos más y contrajo la cara con fuerza mientras se arrancaba la camisa. Los botones blancos cayeron desperdigados en la arena. Enrico abrió los ojos y se desconcertó. No había ningún lago cristalino y no había ninguna montaña desafiante, ahora solo estaba frente a una pared de yeso y un bidón de agua que burbujeó tímidamente.

Enrico respiró agitado, se giró y vio la oficina de siempre, y todo el ruido de la gente hablando, los teléfonos sonando y los pasos ahogados por la alfombra volvieron de pronto. Susana pasó a su lado con su vasito de café y le preguntó si estaba bien. Enrico dijo que sí. «¿Qué le pasó a tu camisa?» dijo extrañada aquella voz mientras Enrico caminaba, dejando la pregunta flotando sin respuesta.

¿Cuál situación era real? Enrico no supo responderse. Su escritorio estaba a unos pocos pasos, debía de volver al trabajo. La alfombra se sintió mullida bajo sus zapatos, y cada paso le costó más esfuerzo. Sintió el suelo deformarse ante la tiranía de su pisada con suela de goma. Cuando bajó la vista para ver cual era el problema, notó que era muy difícil caminar con aquel calzado sobre una arena tan ligera. Enrico se quitó los zapatos y desechó a un lado los restos de su camisa. El sol ahora entibiaba todo su torso y el aire fresco le erizaba la piel. Lo siguiente fue quitarse los pantalones color carbón y su ropa interior. La arena se adaptaba a cada paso que daba, y con cada paso la arena se volvió más firme, y luego más húmeda. Enrico no se detuvo en la orilla, su cuerpo desnudo nunca había estado más cómodo. Casi se cae cuando de repente su pie sintió el piso firme apenas acolchado por la alfombra gris. Resignado, se sentó en su silla, y se sintió incómodo. Sus compañeros de trabajo lo miraron fijo, algunos con la boca abierta, Enrico se miró y entendió porque. Rió con cansancio. Se puso de pie con decisión y dio un par de pasos con su torbellino mental apaciguado por su determinación. Casi enseguida volvió a sentir el agua por los tobillos, y hasta creía poder distinguir entre la arena y la ceniza que pisaba en el interior del lago. No paró hasta que el agua le lamió al cuello. Sintió unas ganas extrañas de nadar, y no dudó en hacerlo. Nadó empapado en aquel espejo líquido, alejándose cada vez más de sus harapos. Quería llegar al otro lado, quería saber si esa montaña lo había engañado realmente con su falda. Si él llegaba a tener razón, se reiría y seguramente le haría algunas bromas; y si ella realmente era tan perfecta como se había mostrado, ese nado habría valido la pena.

Y nadó.

Y llegó.

Se quedó.

El conejo tembloroso

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras dejaba de humedecer las hojas de la stromanthe.

Pensando dónde estoy, deambulando… este parque no lo reconozco, sigo distrayéndome con la noche.

En el cielo, la luna flanquea mi vista. Flotando con la templanza de un satélite eterno.

Es un espejo que me recuerda la vergüenza que tengo en la cara. No me gusta que me recuerden mi marca. La vuelvo a tapar con mechones de mi cabello para que nadie la vea, no importa si anulo mi ojo izquierdo. Nadie puede conocerla. Estoy de suerte, no veo gente cerca ni mirando por encima de mis hombros. Algunos recuerdos fluyen en mi cabeza.

—¡Sos un desperdicio! ¡Tantas posibilidades tiradas a la basura!— me enseña mi padre en mi habitación, con la cara como un tomate maduro.

Pero, en serio, ¿Dónde estoy? No me acuerdo ya ni del lado por el cual entré a este parque, o a esta plaza. O a este cantero, ¿quién puede saberlo con exactitud entre tanta niebla? Parece que a cada paso que doy se vuelve más espesa. A este ritmo faltaría una nueva corrida para quedar absorbido por el tibio vapor blanco que me vigila.

Empiezo a correr.

—Perder tiempo con plantas es para la servidumbre y los fracasados— me hacía saber mi madre, sosteniendo un cigarro con esas insulsas manos que nunca tocaron tierra tibia.

Vuelvo a mirar la zona mientras me levanto. Aún no la reconozco. Y lo que es peor, creo que es distinta a la que ya no reconocía antes de caerme al suelo. O ser tirado, esta raíz perdida entre el césped parece querer molestarme, no soporto cuando quieren molestarme. Pero debe ser muy difícil enojarse con un árbol tan magnífico, por más burlonas que sean sus raíces, sobre todo cuando toda la zona tiene la belleza cruda del crecimiento natural salvaje. Sin riendas, sin límites. Me acaricio un poco la tierra sobre el raspón que gané. Con un movimiento relámpago aprendido a través de los años acomodo mi pelo para volver a tapar mi vergüenza, antes de que también quieran burlarse de mi marca.

—No es sano lo que estás haciendo. Esa relación imaginaria que sostenés no es sana para tu familia. Ni para vos— me reclamó mi terapeuta en el consultorio que encarcela una solitaria aloe vera. Sólo hace una semana de ese episodio ¿Dónde estoy ahora?

Arrodillado, el nogal se vuelve inmenso. Le suplico. Siempre dí, siempre. No aguanto más esta persecución. Siempre mantuve mis cosas para mí, nunca ataqué a la sociedad. Toda mi vida me disfracé de hombre civilizado para no alterar a nadie. Solo se necesitó un desliz, uno solo, y todo el sistema civilizado, templado y estructurado me rechazó a la vez.

Ya no sé qué hacer.

—¡Enfermito!— me gritó un joven que no sabe mi nombre, con el seño fruncido en burla cuando estaba cantándole a los jazmines para calmarlos.

— Vas a tener que ir con los médicos, te van a ayudar. Allá hay mucha gente que te va a ayudar— sentenció entre la acumulación de siluetas un hermano de mi madre, el que siempre ubica mal a los helechos violáceos.

Ya no sé qué ser.

—No quiero ir con esos médicos— pensé, al tomar aire de esa multitud—. Yo voy a ir a regar las chiquitas del jardín. Si, eso, como todos los días, voy a humedecer la stromanthe, y todo va a estar bien.

Ayuda.

—No, Beatriz, se riegan cuando baja el sol— le había advertido, mientras la señora fofa mojaba sin cuidado una azácea tricolor. Ya se lo había dicho muchas veces, y la pobre planta había sufrido quemaduras del sol por culpa de aquella asesina. Esa tricolor no se iba a salvar. Y sé que fue brusco, y yo ya estaba algo irritado, pero no pude soportar ver aquel asesinato.

Acepto que tal vez fui muy extremo en mi represalia como representante de la naturaleza, sin embargo algo debía de hacerse.

¿No reaccionaría así cualquiera que viese el homicidio gozoso de un bebé humano? Esa inocente planta también estaba en una edad muy temprana.

La luna perfora la frondosa neblina con la calma de lo inmortal. Veo un espejo negro en el césped a pocas yardas de donde estoy. Agradezco al benigno árbol con un gesto mientras queda a mis espaldas y me acerco a aquel oscuro lago.

Mi barrio nunca tuvo lagos, tampoco mi horrible ciudad de cemento. Esta oscura formación de agua me invitaba, como el vacío en las alturas, a escapar con él. En él. Era momento.

Arrojé mi disfraz de hombre civilizado a un lado. Inspiré aire. Exhalé todos mis problemas. Mi cuerpo desnudo nunca estuvo tan ligero. Descubrí mi rostro para mostrar orgulloso como un niño mi marca a la luna. Mi salvadora.

Mi mancha gris con forma de un conejo tembloroso fue por primera vez alumbrada por la eterna luz de la luna.

Cierro los ojos y me dejo caer. Iré a donde realmente pertenezco.

La helada corriente se enlaza y entra por mis poros, me promete volver a la tierra de la que vine. Tal vez, con un poco de suerte, brote de mí un hermoso nogal.