Las magias extintas del Sur

Hace ya varios años que no uso ninguna droga. Es muy difícil que alguna me recuerde a la que tomé en el Bolsón años atrás, pero la última vez que la probé perdí mis dos amistades más importantes, y si llegase a encontrar algo parecido, me estaría engañando para volver a lo que ya no existe. No quiero volver a sufrir que se muera lo mágico.

Doce horas estuvimos en la ruta el primer día, atravesamos la sombra del cartel de bienvenida a Neuquén diciéndonos el chiste de dónde íbamos a encontrar un buen marcador para volver a dibujarnos la raya del culo.

Alquilamos una habitación en un hotel de dos estrellas manejado por un viejo de bigote nervioso y movimientos zombificados. El Negro entró y se desmayó en la cama oscurecida por el polvo. Él había manejado y el último tramo me preocupó que se durmiese al volante de lo cansado que se veía. Mi miedo fue, una vez más, una tontería y pudimos acostarnos en esa rústica habitación a pasar la noche. El Topo y yo nos dormimos unas horas más tarde, los ronquidos de oso del Negrito hacían vibrar las patas de pino de las camas. Jugamos un rato a embocarle papelitos en la boca, ahogando nuestra risa con las manos para no despertarlo. El sueño se apareció como un parpadeo y ya era de día.

Desayunamos a las siete en una mesa chueca de plástico que intentaba imitar madera. Triplicamos las porciones de comida permitidas gracias a la vigilancia distraída del encargado.

-Este autista de mierda no entiende nada-dijo el Topo en intimidad.

Ignoré las críticas del Topo, que eran cada día más frecuentes desde que trabajaba con ese grupo de garcas, y busqué el escape en los ojos del Negro.

-¿Estás para arrancar, Negrito Mágico?-le pregunté.

El Negro sonrió, sin sumarse a las burlas de nuestro amigo.

-Sí, amiga, vamos-me contestó.

El trazo ondulante del Lanín nos avisó que estábamos cerca del destino. El Negro fue el primero que notó al volcán, sin sacar los ojos del camino. Su vista panorámica siempre me impresionó. Antes, cuando todavía jugaba al futbol, parecía adivinar cuando se le acercaban por la espalda. El Topo lo molestaba siempre con eso:

-Negro, ni dos neuronas te encuentran en la cabeza, pero tenés dos ojos en la nuca, impactante la verdad-le dijo una vez cuando nos cambiábamos en el vestuario. El Negro no le retrucó, solo se rio.

Hacía ya mucho tiempo desde que el Negro no jugaba al futbol, ni se reía; el Topo jamás se habría animado a hacer un comentario así en el auto, salvo que quisiera llegar al Río Azul con la cabeza partida al medio.

El volcán nos acercó montañas amigas para distraernos del cansancio. Dejábamos atrás seis horas de viaje sin rendir ninguna pierna ante los calambres. Cuando le devolví el mate al Topo se me ocurrió preguntarle cuanto faltaba, pero El Bolsón respondió sin necesitar ayuda mostrando unas cumbres nevadas. «Por fin llego» susurró el Negro, creo que no se dio cuenta de que había hablado.

El Topo podía hacerse el distraído y hablar de boludeces todo el día, miraba por la ventana criticando a sus suegros y se burlaba de compañeros de laburo entre sorbidas de mate, pero nunca se perdía un dato del GPS, sabía dónde, cómo y cuándo doblar o frenar. Llegamos al campamento para pasar la noche sin ningún error. Eso me causaba mucha gracia del Topo, se hacía el pelotudo cuando quería y en el fondo siempre sabía dónde estaba parado. Sí, a los suegros los criticaba, eso sí, asegurándose de estar a más de mil kilómetros de distancia, las veces que lo vi en presencia de ellos los trata de usted y no se salta un solo protocolo a la vez que los hace reír. Actuaba parecido en el auto, se le cansaba la lengua de llenar el aire con más aire, pero a la primera de cambio se volvía un nativo originario en ubicación espacial. Un dualismo graciosísimo para ver, un tipo que se burla de todos y se toma las cosas en serio como nadie. Estoy segura de que si erraba una indicación me hubiese hecho pasar de copiloto, por fallar. Por suerte para mí, que no tenía esa dualidad, no erró y pude seguir atrás sin más responsabilidad que la de fijarme si el Negro se quedaba dormido al volante. Tampoco pasó, el Negro manejaba con mucha experiencia encima, tenía veintinueve años nada más, como el resto del trío, pero siempre se le percibía como experimentado hasta en las cosas que probaba por primera vez, como un alma vieja, con años compactados encima de la espalda. Más bien, encima de la cabeza.

El atardecer en el campamento envuelto por las faldas de las montañas fue muy tranquilo, el aire libre de humedad combinaba con la paz. Nos quedamos en la mesa de la parcela para cenar, compartimos un porro y nos tomamos dos vinos entre charla y música. Fue una dinámica normal, tal vez la última noche con esa normalidad, por eso la guardo con cariño. Nos fuimos a dormir a la carpa armada por primera vez y el piso se sentía como un colchón. La última caricia de normalidad que tuve. Recuerdo que, ya acostados y con el Topo roncando en el medio, el Negro me dijo que le venía bien relajarse un poco después de tanto viaje, le pregunté si prefería que yo manejara al otro día, para que no se agobie. El Negro no dejó de mirar el techo de la carpa para responderme, «No» me dijo, «estoy tranquilo cuando yo tengo el volante».

En papeles organizamos subir por la montaña hasta el Cajón Azul, acampar ahí una noche y al día siguiente llegar a Los Laguitos, el último refugio en ese sendero del Bolsón. Rompimos esa estructura cuando nos faltaba media hora para llegar al refugio del primer día y nos sentimos energizados cual conejo de las baterías. Tres horas y media en subida y los nudos en la espalda y los pinchazos en las rodillas daban el ausente. Nos jugamos a hacer todo de corrido, seguimos por el sendero cargando las mochilas, la carpa y las bolsas de dormir.

Doce horas de caminata en total, llegamos solos a Los Laguitos, como un trío de mulas porteñas. Llegamos solos porque nadie hace el camino de un tirón y, aunque a las siete de la mañana ya estábamos respirando aire de río, era arriesgado viajar entre los árboles de noche. De alguna forma las piernas saltearon la parte de fatiga muscular y pasaron directamente a entumecerse. Los gemelos se unificaron en un hijo único y la espalda en una bola contracturada. Todavía atardecía, así que no tuvimos que enfrentar la noche en terreno desconocido. Los Laguitos nos recibió con bastante indiferencia. Y frío. El Topo planteó dormir adentro de la cabaña del refugio, para «respetar el clima». Siempre fue bastante friolento, así que votamos. Yo y el Negro elegimos armar carpa porque ya la habíamos arrastrado por doce horas y las bolsas de dormir resistían a temperaturas bajo cero, en el dos contra uno ganó acampar al aire libre. Me burlé un poco del Topo diciéndole que si le daba miedo la oscuridad podía prender una de las bengalas que guardaba al Negro en su mochila. Irónicamente, la que terminaría usando esa bengala por miedo a la oscuridad seria yo.

Los encargados del camping no nos dieron mucha bola, se les veía desmotivados. Algo incoherente, nosotros no podíamos cambiar la pose de lobo aullando de tanto que mirábamos las montañas, las puntas bañadas en nieve más blanca que el color nieve y las estrellas que actuaron en el prime time. La cruz del sur la nombramos sin parar, como a las tres Marías. No conocíamos más que esas dos constelaciones, así y todo nos alcanzaba para hablar por horas. Discutimos cual era la estrella más luminosa, a que distancia estarían, cómo era que se formaban las líneas que develaban la forma de las constelaciones. Nada estaba en la versión diluida e industrializada del cielo urbano.

El fogón fue muy íntimo, solo estábamos nosotros y una pareja de treintañeros. El hombre estaba muy flaco, con la piel sellada al vacío sobre los huesos, la barba negra larga con pintitas blancas y unas rastas sucias que le colgaban de la cabeza. La mujer que lo acompañaba se veía peor, si eso era posible, con la misma delgadez, pero su piel estaba amarillenta, con ojeras marrones y la mirada perdida. No hablaban entre ellos, solamente escuchamos la voz ronca de él cuando nos agradeció por compartirle el porro que había armado el Negro. El Topo tiró con delicadeza citadina un tronco hecho para tirarse con gestos más brutos y se sentó cerca de ellos para charlarles.

-¡Buenas! ¿Cómo los viene tratando el Sur? ¿De dónde son ustedes? – les preguntó frotándose las manos adelante del fuego.

-Venimos de abajo.

El Topo se giró con el ceño extrañado.

-¿Cómo? ¿De abajo?

-….

-¿Son de acá, del Bolsón?

-No… Somos de…

Los tres con la boca entreabierta miramos al extraño y como se esforzaba con la cara para encontrar palabras, parecía que se había olvidado como hablar. Lo más raro fue que no terminó la frase, se quedó balbuceando unos segundos y dijo algo muy bajo que ninguno alcanzó a escuchar. Agarró a su compañera del brazo, ajena a todo el contexto y se fueron tambaleando, con las miradas más extraviadas que nunca.

-La falopa que se tomó este muchacho, mamita querida-dijo el Topo y volvió a concentrarse en las chipas del fogón soltando una risita.

-Andá a saber que les pasó-dijo de sorpresa el Negro, que había estado callado más de lo normal.

-Pasó que se la tomaron toda-dijo con mueca de niño burlón el Topo y señaló con el pulgar el tronco en el que se había sentado la pareja-¿No los viste? Estaban los dos más duros que trabajar en la Argentina.

-Por algo estaban así-le respondió el Negro mirando el camino por el que se habían ido los drogados-. No podía ni hablar el pibe, están luchando con algo… Y están perdiendo.

-Buenísimo, Negro. ¿No querés ir a su carpa también, así pueden babearse de a tres?

El Negro golpeó con la mirada al Topo y él se la sostuvo con el orgullo rancio de haberlo molestado con unas pocas palabras. El silencio picó enseguida y ninguno de los dos decía nada.

-Para mí se fueron cuando se avivaron de que el Topo les iba a preguntar si querían ser sus propios jefes-dije yo para intentar aligerar la incomodidad.

El Topo me miró, serio primero y después con una sonrisa, por suerte no presentó batalla a la terquedad del Negro y disolvió la cámara lenta que se había apoderado del tiempo con una burla ligera hacia mí.

-Vos terminá la carrera primero, boluda, que voy a ir a tu recibida usando bastón.

El Negro bajó las armas y habló con las cejas relajadas.

-¿Andan necesitando firmas de abogadas en tus chanchullos, Topo?

El Topo se puso de pie con el destapador del llavero en mano y abrió otra cerveza manteniendo la sonrisa.

-Cagate de risa, Negrito, pero no tuve que hacer una sola cuenta más como ingeniero, ni mi jermu ni yo, desde que el estado me compra pintura.

Las burlas entre el Topo y el Negro siguieron en un ida y vuelta amigable, y cuando andaban por la cuarta cerveza me sentí segura de dejarlos solos. Fui a la carpa a buscar otra linterna para poder ver el piso y me encontré con el encargado del camping que estaba fumándose un pucho de tabaco armado apoyado en un árbol grueso y alto que tenía un cartelito blanco en la base que rezaba “Ciprés”. Era el mismo árbol que el Negro había señalado al entrar para decir que eran los favoritos de Natalia.

Saludé al hombre con un gesto que no me correspondió, le dio una pitada fuerte al pucho y habló sin rodeos desparramando aire gris por la boca.

-¿Terrible, no?

-¿Cómo?-le dije sin esperar que me hable y menos de forma enigmática.

-La pareja de mendocinos, están hechos bolsa. Hace dos semanas pasaron por acá y eran muy agradables, podían hablar por lo menos.

-Ah… ¿subieron hasta acá, bajaron y volvieron?

-No…-el cuidador se tomó un momento para apagar el cigarrillo y guardarse la colilla negra en el bolsillo de atrás-. Hicieron como todos los que se fueron a dormir temprano hoy, llegaron acá de paso para ir al baldío de abajo a fumar esa porquería, ahora están bajando de vuelta. Siempre vuelven así o peor.

-¿No termina acá el recorrido de los refugios?

-Oficialmente sí. Hace un tiempo armaron un campamento silvestre por acá cerca y ahora nadie se queda, todos van para allá unos días y vuelven así.

No sabía que preguntarle primero.

-¿Qué fuman que tienen que ir hasta allá? ¿Por qué me lo contás si no te gusta que vayan?

-No sé bien que es, fui una vez el verano pasado y me sentí tan asqueado de ver como estaban todos que ni lo probé. Intenté hacerme el tonto para que no vayan tantos, pero… Pero los reclutan, te van a invitar mañana cuando te los cruces. Por lo menos si vas, ya sabés que la mierda que te dan te dejá así. Más que eso no puedo hacer, me rindo.

El cuidador se fue caminando lento, con la cabeza gacha. Se le notaba que no era la primera vez que advertía sobre ese campamento, ni la primera vez en que sus palabras no habían detenido a alguien de ir.

Les conté del campamento a los chicos casi de inmediato. Les dije que la pareja rara que nos cruzamos venían de ahí y que toda la gente que dormía en Los laguitos estaba de paso para probar esa droga desconocida. Les gustó la idea por distintos motivos, al Topo le gustó la idea de ir a ver algo extravagante, aunque no fumásemos nada, y de conocer algo que no era popular así él podía contarlo a otra gente para sentirse más popular; al Negro le gustaba la idea de ir a un campamento nuevo porque ya había viajado muchas veces al Bolsón y nunca había escuchado de un camping silvestre con onda sectaria bajando por un camino no oficial desde el último campamento del sendero.

El camino hasta el campamento misterioso era simple, solamente tuvimos que seguir al grupo que desarmaba sus parcelas y no volvía sobre sus pasos. Salimos de Los Laguitos bajo la mirada decepcionada del cuidador y bajamos por un camino angosto de tierra bordeado por arbustos altos de hojas verdes y flores rosas llenas de aguijones. Así, a paso repetitivo, seguimos bajando casi dos horas en una caminata sin esfuerzo de escalada hasta que llegamos a un terreno llano sin señalizar. No tenía carteles de bienvenida o nombres silvestres puestos al territorio. Habían nombrado a esa porción de tierra como campamento silvestre, pero ni eso, era una extensión plana de pasto tierno acanalada por las faldas de las montañas nevadas. Nos recibió una llovizna ligera que flotaba en el aire, cayendo como minúsculas plumas espejadas. En pocos minutos se congelaron y lo que caía era aguanieve con un poco más de aplomo. El frío ignoraba la armadura de camperas de invierno y arrancaba la sensibilidad de la piel sin tener que mojarla. Un ciprés inmenso era el portero que daba la bienvenida. Al Negro no se le escapó ningún comentario del árbol, aunque supe que estaba pensando lo mismo que había dicho antes, que ese era el árbol favorito de Natalia.

Para ser un grupo de hippies naturalistas eran todos bastante mala onda. Recién la cuarta persona con la que hablamos nos contó lo pasos para fumar la segretauralis, así se llamaba la planta.

-¿Cuánto nos sale una dosis por pera?-me consultó el Topo.

-Me dijeron que no se cobra, es de acá y «nadie tiene por qué capitalizarla como al resto del mundo».

-Dios mío, que pelotudos. A la primera que se dan vuelta sabés como les armo el kiosquito.

-No lo dudo Topo, primero veamos como es la onda antes de armar una multinacional.

-Yo digo nomás. ¿La tenés vos?

-No, el Negro quiso ir a buscarla para ver como la cortaban. Ya debe estar volviendo.

Esa noche fue la primera vez que fumamos segretauralis, nombre que ni siquiera intentamos aprender así que la bautizamos morombo por el olor fuerte que tenía el cogollo, nos parecía que merecía un nombre más imponente que la marimba. El Negro sacó de su bolsillo la flor curva y engordada, de un color verde azulado cautivador. El aroma se colaba por las fosas nasales e inundaba el cerebro de un aroma espeso y dulce, con notas de picor. Oler la morombo era como inhalar un durazno entero con pimienta, después de unos segundos con eso cerca los demás olores se escondían.

Fumamos los tres solos, no nos sumamos a la ronda grande. Una pitada primero, lo pasamos y en la segunda vuelta dos pitadas más. Eso era todo, nos indicaron que no fumemos más o el efecto se iba a distorsionar. Ni siquiera sabíamos que nos iba a hacer, todos decían «es increíble, lo mejor que vas a probar en tu vida», «no hay nada como esto» pero esas palabras eran aire, no daban verdadera información de lo inmersivo que era, de como el panorama visual se oscurecía para dejar en foco una escena central, como si presenciáramos una obra de teatro.

Al principio mi cuerpo se relajó y divagué enseguida, muy parecido a la marihuana. Cuando pensé que habían inflado la fama de esa planta fue cuando escuché el teléfono.

Repiquetearon timbres y hasta pude oír el plástico rebotando en su estuche, era un teléfono de línea. En el medio de las montañas. Lo justifiqué pensando que era algún bicho haciendo ruido, pero no se detuvo. No era un teléfono de línea genérico, era el teléfono negro y pesado del dúplex donde crecí. No pude recordar la última vez que escuché un teléfono de línea real, aunque si podía recordar la última vez que escuché ese teléfono, el día que me mudé. A los ocho años.

Me acomodé en el suelo sobre el que estaba sentada y pude sentir la alfombra a través de la ropa. El silencio de la noche silvestre se volvió silencio de barrio de clase media, solamente interrumpido por el teléfono que nadie contestaba. El repiqueteo paró y una brisa suave me empezó a acariciar el cuerpo, el olor era inconfundible, era Tilo. No vi un solo tilo en todo el viaje y no estoy segura de que haya alguno en toda la ciudad. De alguna forma sabía que este era el Tilo que crecía en el balcón de la casa donde nací. Sentí hambre, y casi al mismo tiempo escuché la voz de mi vieja a lo lejos.

-¡A comeeer!

El sonido se transformó en un tintineo de cubiertos contra plato. Pinché la comida del plato, un pedacito de carne horneada salpicado por el puré que completaba el cuadro. Me sentí feliz al masticar la comida, un pedazo de cuadril adobado por veinte años de nostalgia. Tragué y seguí pinchando los cubos de carne con puré, uno atrás de otro. Hace diez años que soy vegetariana porque la carne me descompone. Ahí lo sentí increíble, era una revolución de mis papilas infantiles que se encontraban con lo que más habían disfrutado comer en la vida una vez más.

El suelo era alfombra hasta el horizonte, y el horizonte era una pared blanca con empapelado amarillento. Pasos chiquitos se acercaron por la izquierda y entró mi hermano mayor corriendo y pateando una pelota más grande que él. Se volvió a escuchar a mi madre de fondo, gritando «¡adentro no!» al tercer rebote de pelotazo. El futbol se quedó a mis pies y lo pateé con fuerza hacia el medio del marco de una puerta. El cuero blanco me cacheteó el pie al impactó y la pelota pasó por la puerta abierta hasta otra habitación. Grité el gol y corrí imitando el festejo del Diez. Me tiré jadeando al suelo y caí sobre mi espalda, aterricé en el colchón de mi cama que estaba a nivel del suelo. En la cama pegada a la mía que era más alta estaba mi hermano, y mi vieja se sentaba a los pies de esa cama para hacernos dormir. Hizo su humilde show de figuras de sombra reflejadas sobre el armario de madera, primero perro, después conejo y ya la tercera figura se le complicaba así que volvía a hacer al perro etiquetándolo como lobo. Se me cerraban los ojos viendo a mi hermano tapado de frazadas por el frío, y se cerraron del todo cuando mamá empezó a cantar en susurro el brujito de Gulubú.

No puedo recordar el sueño dentro de aquel viaje en el tiempo. Solamente me acuerdo de los pájaros cantando hacia el final. El silbido de horneros en el balcón subió el volumen hasta que era todo lo que podía escuchar. Ahí me desperté. Los pájaros seguían cantando, pero ahora eran los del refugio. Me descubrí en mi bolsa durmiendo al lado del Topo y el lugar vacío del Negro. No tengo ni puta idea de cuando fue que me metí adentro de la carpa. Estaba vestida y apestaba a durazno quemado, salí al campamento. El Negro estaba tomando mates solo, sentado en un tronco a unos metros de nosotros. Me acerqué.

-Pegan esas flores, ¿no, Negro?

El Negro no me contestó. Alrededor nuestro la gente desarmaba sus carpas para pegar la vuelta, los miré en la espera de que el Negro me dijera algo. Como se mantuvo en silencio volví a hablar yo.

-Tendríamos que ir desarmando todo, así volvemos para Los Laguitos.

El Negro sorbió el mate con calma y me respondió sin siquiera mover la mirada.

-Yo me voy a quedar unos días más. Me dijeron que allá al fondo tienen una mejor.

¿”Yo me voy a quedar unos días más”? Éramos tres y una carpa, si uno se quedaba nos teníamos que quedar todos. Lo mismo para irnos.

-¿Para qué, Negrito? Ya la probamos, Los Laguitos es mucho más lindo que este refugio.

-El paisaje no me importa.

-Negrito Mágico, nos tenemos que ir los tres juntos, ¿cómo te vas a quedar acá?-le dije en tono maternal.

Volvió a ignorarme. Cuando el Negro no respondía algo, era porque ya estaba decidido.

-¿Vos viste como estaba la pareja del otro camping, no? Así sale la gente que se queda mucho tiempo acá.

El Negro me respondió casi por cortesía, no para convencerme ni explicarme nada.

-Estuve con ella. Ayer estuve con Natalia-dijo y armó una pausa-. Ustedes hagan lo que querían, yo me quedo. Acá viajé en el tiempo.

-Bueno amigo, ahora arreglamos. Ahora arreglamos y vemos que onda, como hacemos-le dije lento y espaciado, no para ser clara sino por cagona.

Me quedé parada como un maniquí fuera de temporada, quieta e ignorada. Un ruido de cierres me sirvió de excusa para girarme, era el Topo saliendo de la carpa. Se paró al lado analizándola, estaba viendo como empezar a desarmarla. Me acerqué y me sonrió. Lo agarré del brazo para acercármelo a la cara y le conté lo que me había dicho el Negro.

-¡¿Más días?!-dijo casi a los gritos, lo chisté y siguió hablando en voz baja-. ¿Más días? Está loco, ya hicimos todo lo que se podía hacer en este refugio de verga. No hay ni baños, ¿por qué dijo que se quiere quedar?

-Por Natalia-el Topo torció toda su cara en una arruga desorientada-. Me dijo que estuvo con Natalia.

-Natalia está muerta.

-Chocolate por la noticia, pelotudo. El Negro fue para ese lado con lo que fumamos.

-Pará, pará-dijo el Topo haciéndome el gesto con las manos-. ¿Para qué lado?

-¿Pero vos seguís drogado, boludo? Ayer, decime que flasheaste ayer con la morombo.

-Nada loco, me relajó bastante, me dio hambre al rato. Eh, me comí los bizcochos agridulces y me fui a dormir, ustedes seguían tirados en el piso.

Pensé que el Topo era básico hasta para tener un viaje astral. Ahora, repasándolo, lo creo casi un erudito. No hay que ser tonto para no volver a los lugares donde uno fue feliz, hay que ser afortunado.

-Si serás…-le respondí en ese entonces-. Yo me vi en mi casa, en mi casa de chiquita. Estuve con mi hermano y la vi a mi vieja. Era la época en que mi viejo se había ido de la casa y estábamos los tres juntos todo el tiempo… Para el Negro fue distinto, a él lo llevó a pasar la noche con Natalia, cuando estaba viva… Cuando el Negro todavía se reía.

-Ah… Que fuerte eso. Pero no se fue a ningún lado el Negro, eh. No se lo justifiques, estaba drogado nada más. Natalia sigue muerta, y el Negro sigue sin reírse.

-Me dijo que viajó en el tiempo.

-Y va a viajar al auto, pero de la patada en el culo que le voy a tener que dar.

Mi lado lógico me hacía darle la razón al Topo, no habíamos viajado a ningún lado más que al piso y después a la carpa. En cambio, mi parte de niña, la que disfrutó volver a pasar el día jugando con mi hermano, la que se durmió contenta con la voz de mi madre, no pudo hacer otra cosa que defender la visión del Negro. Él había viajado en el tiempo, no había otra explicación coherente.

-Decile, entonces, Topito. Anda a donde está el Negro, decile que es un nabo, que Natalia está muerta y que le vas a pegar una patada en el culo. Si hacés eso yo misma desarmo y bajo la carpa por todo El Bolsón.

El Topo me miró, sus ojos claudicaban la batalla.

Decidimos, con la votación ignorada, hacerle el aguante al Negro. Quedarse un día más no podía hacerle mal a nadie. ¿No?

A la noche hicimos como si ese fuera el plan de las vacaciones. El camping zafaba, sacando el tener que cagar entre yuyos rodeada de hombres y mierda ajena. Cociné usando el anafe y lo que quedaba de una lata de gas butano. Cenamos la polenta, bastante pastosa y desabrida. En realidad, comimos yo y el Topo. El Negro se sirvió una excusa y ni siquiera la terminó. Ni bien pudo se escapó con el grupo fanático del morombo y lo seguí. El Topo se quedó, no quería saber nada con la planta dos noches seguidas.

-Es droga, ya la probé. Ya está. Me voy a acostar así mañana nos vamos tempranito de esta poronga.

Caminé al lado de mi amigo sin hablar, se le notaba nervioso, la ansiedad de tener otro viaje en el tiempo se le escapaba eléctricamente por los dedos.

El grupo fanático se juntaba a unas cuadras adentro de la parte de bosque del campamento. Eran unas quince personas, insalubremente flacas, como la pareja que vimos en Los Laguitos, aunque estas si podían hablar. Y como hablaban. Todo era sobre el morombo, que ellos nombraban como segretauralis. Decían que les había liberado la mente, que les había permitido llegar a su verdadero espíritu interior. Hablaban de la planta como si les hubiese dado la vida, y no como si se las estuviera quitando.

Se juntaron en esa zona del bosque porque, según ellos, era de una vibración altísima y la energía alineaba los dotes físicos casi al instante. Yo creo que era porque ahí estaba la planta entera, un arbusto grueso y hermoso, lleno de brillos azules en los cogollos, de hoja redondeaba y purpura. El arbusto se agarraba de los arboles cercanos, arrastrándose como si quisiera ocupar más espacio.

Ellos la tomaban distinto, la arrancaban fresca del arbusto porque así el efecto era más fuerte, al revés de la marihuana. Y no la fumaban en un cigarro armado, usaban un bong. Cargaban el pequeño bol de vidrio con agua fresca del río para que les purificara la sangre y quemaban el cogollo picado con costumbre. No le daban tres pitadas intercaladas como hicimos nosotros, acá aspiraban como si fuese la última dosis que iban a tomar. El Negro hizo igual que ellos. Yo le di una sola pitada cuando me la ofrecieron por tercera vez, me costó decirles que no.

Esta vez el mambo fue distinto, a la hora y media mi hermano se hizo humo y mi vieja se disolvió en el aire, el efecto había terminado antes de dormir. No era lo mismo. El sueño, noté con un poco más de experiencia, era el punto clave. El sueño fundía la mente a la ilusión y te hacia viajar en el tiempo, era lo que unía toda la experiencia. Así parecía un amague. El Negro tuvo el viaje completo, lo vi tirado con los brazos abiertos, parecía que iba a intentar hacer un ángel de tierra por la posición del cuerpo. Me quedé al lado esperándolo, una hora. Y otra hora. Me rendí, le deseé buenas noches y me di vuelta para irme a acostar. Ahí lo escuché. La risa. Una carcajada gruesa hizo que me vuelva sobre mi eje y vea para creerlo. El Negro se reía, sin parar. Fuerte y alegre, la cálida mueca de su cara iba acorde a lo rítmico del sonido. Me reí también, contagiada por su alegría. Me había olvidado lo alegre que era su risa, lo viva que tenía la garganta cuando se ponía feliz. Me fui a dormir con una sensación agridulce. Por un lado, pude escuchar al Negro feliz, por primera vez desde que Natalia murió yendo a hacerle un favor. Por otro lado, supe que a la mañana siguiente no íbamos a irnos a ninguna parte.

La primera semana pasó sin avisar. Era un bucle, el Negro nos decía que se quedaba, el Topo se quejaba conmigo sin animarse a decir nada que no fuese un comentario irónico que el Negro ignoraba. Todas las noches acompañé a ver que estuviese bien, ya sin fumar. Cada día me daba menos ganas volver a probar la morombo, y cada noche el Negro sumaba otra pitada y adelgazaba otro kilo. Cuando arrancó la segunda semana ya me sentía rehén del campamento. Me acostumbré a usar los yuyos de baño y a comer las latas frías, la polenta tibia y los fideos insulsos. La comida alcanzaba porque el Negro donaba todas sus porciones de forma tácita.

Una de esas tardes presa de un paraíso natural le pregunté como estaba, me respondió con los ojos achinados del cansancio y la boca esbozando una sonrisa decrepita.

-Quiero volver a jugar al futbol. Cuando volvamos a casa voy a arrancar a entrenar.

Creo que ni se acordaba de las otras cien veces que me había respondido lo mismo. La primera vez que me dijo eso fui corriendo con el Topo a contarle la buena noticia, que ya volvíamos, que el Negro estaba contento, que para algo le había servido esa droga. Toda la alegría se me volvió vergüenza de estupidez cuando a la mañana siguiente pidió un día más, y al otro me dijo que quería volver a jugar al futbol de nuevo. Era una idea tan linda, que volviera a jugar al deporte para el que era tan bueno después de tanto tiempo. Era tan alegre el imaginar que pudiese terminar su etapa de duelo, de superar el dolor de perder a su novia que fue a buscarlo a la salida de un partido y nunca llegó. Era una idea tan buena que, por supuesto, no era real.

Una mañana de esas me desperté, mentalizada a afrontar otro día en ese bucle temporal de desilusión y resignación, y noté que el Topo se había levantado temprano, a diferencia de las otras mañanas. Salí a buscarlo, solo me encontré al Negro tomando mate y cantando su tango favorito, mirando al cielo sin sentirse solo. Recorrí el campamento, aunque en el fondo ya sabía la verdad al ver dos mochilas en vez de tres. Volví con bronca a la zona de la carpa, enojada con el Topo que nos había abandonado ahí, avergonzada conmigo por estar aguantando esa situación ridícula y bizarra, sentí odio… Odio por el Negro. Lo odié por ni siquiera haber notado que su mejor amigo se había ido, harto de él. Odié su risa de mierda, egoístamente feliz. Más que todo, odié la morombo. Odié la droga que nos había tomado el pelo prometiendo devolvernos a nuestro amigo completo para solamente llevarse los fragmentos que quedaban.

El Negro pasó a unos metros de distancia, arrastrando su música consigo, sin detenerse.

-…Meee dijo, resuelta: Ya estoy muy cansada de todo…Y se fue. ¡Qué cosas, hermano, que tiene la vida! Desde ese momento

La repulsiva voz alegre del Negro desapareció con él entre los árboles del fondo, ahora se drogaba dos veces por día. Lo miré irse, con las vísceras cargadas de disgusto. Lloré sin ruido y sin apretar la cara, como si no mereciera las lágrimas. Me decidí a hacer lo necesario para recuperar los fragmentos restantes de mi amigo, por ahí si eran suficientes podía juntar todos los pedazos y volverme con alguien parecido al Negro que tanto extrañaba.

Antes del turno noche hice mi último intento de hacerlo entrar en razón. Me acerqué cuando lo vi de buen humor y le pregunté cómo estaba.

-Maso-me dijo-. Hace dos o tres horas que la vi a Natalia y ya la extraño. Estoy esperando que el del bong se levante de la siesta para juntarme de nuevo. Te quería comentar también que estuve pensándolo mucho y cuando nos vayamos voy a volver a jugar al futbol, no puedo esperar.

Sentí que hablaba con un psicópata. No me podía acordar la última vez que el Negro había hablado tanto de corrido, sin usar sus frases cortas y claras, divagando con la misma mentira que ahora me causaba rechazo. No tenía paciencia, así que le hablé lo más directo posible.

-Negro, me dijiste esa pelotudez todos los días que estuvimos acá. ¿Tenés idea de cuantos días pasaron? ¿Te viste el reflejo? Estás hecho mierda de fumar todos los días esa porquería.

El Negro borró la sonrisa de inmediato y dio unos pasos instintivamente para atrás. No me respondió, así que seguí descargándome.

-Estás todo el día dado vuelta, no te reconozco. No te das cuenta de nada, de que no comés, de que hablás de jugar al futbol, pero estás todo el día tirado-se me cortó la voz, tomé aire y seguí-. Ni siquiera te diste cuenta de que tu mejor amigo se fue al carajo porque no se fumaba más vernos así. Verte a vos enajenado de la vida y a mí bancándote la mierda que estás haciendo-sentí las lágrimas gotearme de la mandíbula mientras hablaba y pasé del discurso enojado a hablar con completa tristeza en la voz-. No puedo más, Negrito Mágico. Te extraño, por favor te lo pido. Por favor, por lo que más quieras, vámonos de este infierno.

El Negro me miró comprensivo y respondió con claridad.

-Te entiendo, amiga. En serio… La extraño muchísimo, y por fin la vuelvo a ver. Ella es lo que más quiero, no puedo dejarla. No la puedo perder de nuevo. Natalia se fue por mí, por hacerme un favor. No la puedo dejar ir de nuevo, ella era todo y esta es mi única chance de estar de nuevo con ella.

-Negrito…-no encontré más palabras que salieran de mí, como si se me quedaran atrapadas en una telaraña mental.

-Esta noche, esta vez es de verdad, me voy a despedir de ella. Mañana nos vamos. Voy a guardarme lo más que pueda de mi máquina del tiempo para llevármelo a casa, kilos si es necesario y va a estar todo bien. Hacéme este favor, nada más. Este favor solo, te lo suplico.

Le dije que sí. ¿Por qué no iba a decirle que sí? Si él podía mentir, yo también. Si hay algo que el Negro jamás se atrevió a pedirme en años, ni siquiera bajo inconvenientes importantes, eran favores. Y bajo ningún punto de vista suplicados. Simplemente me estaba dando una mentira más edulcorada, más delicada y creíble. Si el Negro se estaba quedando ahí por esa planta de mierda, no me quedaba otra opción más que dejarlo sin motivos para quedarse. E irme rápido después, con o sin él, porque iban a venir a buscarme.

Monté la mejor cara de nada y acompañé al Negro a su, según él, último viaje en el tiempo. Me senté en un tronco fuera de la ronda, le deseé suerte en su despedida. Bastaba ver su cara de incomprensión cuando dije despedida para saber que ya se había olvidado de su promesa de cartón.

Cuando la carcasa que alguna vez contuvo a mi amigo inhalo del bong el vapor plateado por cuarta vez, se derritió sobre la tierra calva de césped y exhaló el humo gris en una risa llena de tos. Me levanté y dije, por si seguía alguno consciente, que me iba a buscar el tabaco para hacerme un pucho. No tenía mucho margen de tiempo hasta que alguno de los que fumó poco recuperase algo de consciencia. Troté con pisadas calladas hasta la carpa, di vuelta una mochila donde guardábamos lo que quedaba para cocinar, tiré el anafe a un lado y agarré el encendedor y una lata llena de gas butano. Me guardé todo en los bolsillos holgados de la campera y agarré el cuchillo de asador que habíamos llevado. Lo último fue sacar del bolso del Negro el arma secreta, que guardé apurada adentro de la ropa interior. Volví al bosque a paso más tranquilo y con mi linterna encendida en mano. Llegué a la ronda de gente desmayada y la crucé por el medio, me paré de frente a la planta azul, espesa y majestuosa alambrada a los árboles que le hacían de muletas. La puteé en silencio, la maldije por ser hermosa, por ser pretenciosa, por haberme hecho disfrutar mucho al fumarla. La insulté por robarme a mi amigo y hacerlo su esclavo. Sentí que me devolvía la mirada y las maldiciones, ella sabía que estaba por hacer, y era la última vez que íbamos a intercambiar miradas.

Un silbido de desesperación aulló de la lata de butano cuando la apuñalé con la navaja de hierro oscuro. La tiré a las raíces de la morombo con fuerza para que se le entierre en las entrañas. No me detuve ni cuando escuché unas voces balbuceantes despertar a pocos metros. Saqué de mi pantalón el arma secreta, la bengala del Negro que iba a liberarlo del tormento. La encendí con el fuego del encendedor y mi cara bañada de rojo traslúcido miró por última vez aquella maravilla de la naturaleza que tenía que dejar de existir. Tiré la bengala al lado de la lata de gas butano. Un enjambre de “¡No!” sonó a mis espaldas.

La explosión hizo temblar a la tierra como si estuviese sufriendo, una nube llameante de violeta y aura azul me hizo caerme de culo por la onda energética, se volvió roja y negra al instante. Todos los que podían levantarse a gritar lo hicieron. Puteaban con baba chorreándoles por la boca, no entendían muy bien nada. Chillaron desesperados, se metieron entre los arbustos a arrancar ramas que no pudieron salvar. El resto que no tuvo el valor de rescatar a su planta maestra se arrodilló a llorarla. Ninguno seguía dormido, todos habían salido del trance, como si la mística planta les hubiese rogado por ayuda. El Negro también estaba de pie, pero sin putear, sin meterse en el arbusto y sin llorar. Estaba quieto, viendo todo como un árbitro. Me miró con los ojos marrones vacíos de humanidad y se dio vuelta, lo vi irse desde mi lugar en el piso, mientras el resto maldecía a todos los dioses paganos y normativos que se les ocurrían, desesperados al ver las llamas mágicas que consumían a la deidad que les había dado una nueva vida.

Desde la carpa que abandoné se seguía viendo el baile de luces del incendio. Intentaban apagarlo, pero nadie podía frenar el fuego que lamía y borraba la magia del arbusto azul, ahora de color carbón. El dueño del bong, el que más tiempo llevaba en el campamento, se resignó y se sentó encorvado en el medio del llano, apuntando al lugar del bosque donde se extinguía su personalidad. Lo vigilé mientras me colgaba la mochila solo con lo esencial para poder escapar sin que me atraparan, iluminado de rebote por las luces infernales que quemaban ese inframundo. La linterna se me prendió cuando quise guardarla, la apagué de inmediato pero el parpadeo se vio como un faro en aquel pozo de oscuridad. Él me vio, una chispa de vida le encendió los ojos. Con una sorpresiva energía se paró de un salto y vino corriendo, o lo que para aquel cuerpo consumido era correr, y me ladró como un animal. Estrujé el cuchillo de asador que sostenía en mi espalda.

-¡Vos!-me gritó, con dificultad para encontrar palabras en el almacén vació que era su mente-.Vos.

-¿Qué querés?

-Donde, tu amigo. ¿Dónde está tu amigo? ¡Decime a donde se fue tu amigo!

La madera del mango parecía que iba a quebrarse de la fuerza que le imprimí.

-¿Qué querés?-le respondí sin parpadear.

-Mis cosas. Tu amigo es el único que no está, se llevó todas mis cosas.

-¿Yo qué tengo que ver? A esta altura lo conocés más que yo.

-Flaca…

El tipo cambió la postura y el rostro a unos mucho más violentos. Revelé el cuchillo cuando dio el primer paso y se frenó. Me fulminó con una mirada de odio.

-Me dejaron sin nada. Tu amigo prendió fuego todo y me vació la mochila. No tengo bong, ¡no tengo el frasco! ¡Se llevó todo el hijo de mil putas!

Todo su amor y paz se volvió abstinencia en un parpadeo. Ni siquiera le daba la cabeza para saber quién había destruido la planta.

-¿Qué tenía el frasco?-le pregunté, todavía me preocupaba el bienestar del Negro. El hombre relajó un poco la tensión anudada y decrépita de la cara, se dio cuenta que yo no sabía nada.

-La planta. Lo que queda. Debe ser lo último del mundo, si queda alguna semilla, puedo plantarla de nuevo. Cuidarla, hacer que crezca, que vuelva a existir… Pero se la llevó y no sé qué va a hacer. Era mucha… Lo tengo que encontrar.

Negué lentamente con gesto de desconocimiento. El tipo se dio media vuelta, más apagado que antes y volvió a su sitio de tristeza, rendido, sin nada más para hacer que sentarse a ver como la planta extinguía del mundo para siempre.

La verdad es que sabía dónde estaba el Negro. Si se llevó todas esas cosas tenía que estar en el lugar que más lo podía acercar a Natalia, en el único ciprés solitario en la entrada del camping.

La linterna creó un camino circular mientras mis suspiros se hacían vapor; el clima helado me dejaba los brazos duros como un cascanueces y el abrigo como un placebo.

Mi linterna dejó de mostrar tierra salpicada de piedras para bañar de luz fría unas raíces gruesas, agarradas al suelo en nudos amontonados. El ciprés se erguía absorto en su nobleza, sin preocuparse por el arbusto y el dolor de los humanos. No llegué a darle la vuelta completa que la imagen del Negro tirado me golpeó de lleno. Estaba descalzo, con un short sintético de futbol que usaba para dormir y una musculosa deportiva.

-¡Negro!-le grité, pero hablaba sola.

«¡¡¡NEGRO!!!» aullé desgarrándome los pulmones, a un cuerpo flaco, pálido y quieto, acostado en el Ciprés que ignoraba a mi amigo muerto en su corteza. Me arrodillé a su lado, el frasco del que había hablado el otro forro estaba tirado, vacío. El bong seguía agarrado en su mano derecha, espeso de cenizas negras que se pegoteaban a la cúpula metálica. Le acaricié la cara barbuda, más fría que el aire. La mandíbula se le sentía al tacto como un peluche inanimado dejado a la intemperie. Lo llamé despacio, como si me diera cosa despertarlo.

-Negrito…-le dije-. Negrito, dale, Negrito Mágico, nos tenemos que ir…-le pedí-. Por favor, Negrito Mágico, por favor…-le supliqué.

Envolví su mano libre en las mías y la froté para sentirles calor. La linterna tirada rodó y nos iluminó de rebote. De su palma cayó una esfera dorada que brilló entre tanta oscuridad. La agarré dejando una mano en su mano, era un anillo con una N grabada en el mismo metal. Me enjugué los ojos con el antebrazo y miré al Negro de nuevo, estaba peinado y con la expresión congelada. El Negro tenía los ojos cerrados sin apretar, como si estuviese dormido, y la boca dibujaba un cuenco con las comisuras erguidas para formar una sonrisa pacífica que nunca le había visto en vida. Hizo su viaje en el tiempo, pensé, sin importarle el pasaje de vuelta.

No sé cuándo caminé. Llegué a Los Laguitos sin noción del tiempo. El encargado me recibió preocupado cuando escuchó mi pena rociada por su campamento. Balbuceé que había un incendio y personas accidentadas en el pozo donde la gente iba a drogarse. Me ofreció el refugio para dormir y me dijo que a la mañana la policía y la guardia forestal me iban a ayudar con todo.

No dormí, esperé. Cuando salió el sol tomé mis cosas, me acerqué al encargado y le dije que el hombre muerto en la entrada del campamento silvestre era Fernando Peralta, que todos le decíamos el Negro, y no tiene familia. Me fui sin ver ninguna autoridad.

Como el Topo tuvo la amabilidad de robarse el auto del Negro, hice dedo. Llegué a Neuquén y de ahí tomé un colectivo hasta Buenos Aires.

Los problemas legales llegaron después y todavía no están del todo resueltos, como cualquier trámite que importe.

Los años pasaron y los cambios se sintieron. Yo volví a anotarme en la facultad de derecho, inmune al estrés del estudio.

Por otra parte, el Topo apareció por última vez para el íntimo velorio del Negro, me dijo que había que ser fuerte y «darle para adelante». Lo mandé a la recalcada concha puta de su madre y nunca más lo volví a ver. Me contaron que le va muy bien, al año del viaje había cambiado de auto y viajó al exterior de vacaciones, y al año siguiente… y al siguiente.

En cuanto al Sur, nada cambió mucho. El incendio lo apagaron enseguida, no tuve que cargar en la conciencia la destrucción de un ecosistema. La planta se esfumó para siempre, nadie encontró semillas. Clausuraron la entrada del campamento extraoficial y muy pocos se animan a meterse por el morbo de la historia.

Solamente falta un Negro mágico de risa contagiosa que juega muy lindo al fútbol.

Solo falta el Negro.

Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

Reunión de intelectuales

—Buen día a todos. Antes de comenzar la reunión quería notificar el fallecimiento de nuestro querido tesorero. Mis condolencias a sus familiares.

—Que en paz descanse, su muerte es realmente algo terrible.

—Lo tremendo de la muerte es su carácter irreversible.

—Discrepo. Creo más esencial en su modus que es irremediable.

—Secundo la idea del compañero. Sumaría el sinónimo de irrevocabilidad a esa definición.

—Me opongo, para que la idea sea irrevocable debe haber un juicio humano. Omnipotente lo encuentro más adecuado.

—La asimilación con Dios provocaría a más de uno. Deshumanizar la muerte no debe llevarla al otro extremo.

—Voy a refutarle, compañero. Deshumanizar es un término equívoco, lo más humano que hay es la muerte.

—Cualquier ser vivo puede morir si vamos al meollo del asunto. Una gramática más precisa será la de naturalizar la muerte. Abarcando toda la naturaleza en ese término.

—¡Niego entonces de lo humano de la naturaleza! Nuestra evolución diferencia a la raza humana del simple animal.

—¿Entraríamos entonces en una categorización del animal simple y animal complejo?

—Puede ser, si el humano domina al grupo de animales complejos.

—Dominar es redundante. Es el único en tal categoría, definiría su caso como protagonizar.

—El protagonismo juega con matices teatrales. ¿El humano es tan trivial?

—En la escala del tiempo infinito todo es trivial. El olvido es el único destino certero.

—¡Secundo al compañero! Es inverosímil que la mente humana sea limitida por el arte temporal.

—¡El compañero dijo lo contrario!

—Pido disculpas, me refería al compañero anterior.

—El ignorar una opinión es prueba inmediata de lo fácil que es el olvido para nuestra raza.

—Sí, pero solo si tomamos la distracción como hermano tímido del olvido.

—¿Qué es entonces lo que tomamos universalmente como olvidar? Planteo esta cuestión.

—¿Se refiere a una discusión basada en prosa o en verso?

—Supongo que la intención fue en prosa. Referirse a la función encefálica de olvidar datos o situaciones. Una discusión en verso sería eterna.

—Un intercambio eterno sigue una línea de verso, a mí parecer.

—Apoyo al compañero. Reservaría tal característica, eterno, para algo más acertado.

—Qué puede ser más acertado alejándose del lado poético es la cuestión.

—No creo apropiado buscar en el fondo de los cajones, la respuesta es clara. Lo más eterno es la muerte.

—Voto a su favor. Lo eterno de la muerte unifica lo artístico de la poesía con lo científico del proceso.

—Quienes estén a favor…

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Yo.

—Noto innecesario afirmar uno por uno la solución que parecemos haber aceptado todos. Para una eficacia mayor optemos por juntar solo las opiniones negativas.

—Excelente. La unanimidad ha podido resolver esta cuestión.

—Muy bien, entonces estamos de acuerdo en caracterizar a la muerte de eterno en preferencia a los términos antes mencionados.

—Estando todos de acuerdo en esta cuestión, pareciera corrector terminar la reunión.

—Ese acuerdo tácito va por descontado.

—Nuestras condolencias entonces a la familia de nuestro querido tesorero, que se enfrenta con lo eterno de la muerte. Caballeros, se levanta la sesión.