Promesa conformista

Entro apurado a casa para no estar dando vueltas en la calle después del toque de queda, porque los científicos descubrieron que a las ocho de la noche el bicho se levanta de la siesta y arranca a laburar. Me siento un forro, no me puedo acordar si me puse alcohol en gel cuando salí del trabajo, todavía no me saqué el barbijo, no me lavé las manos y me doy cuenta de que no limpie el vuelto en billetes ni la verdura que me anilla la muñeca. Respiro. Uno, dos, tres, cuatro… Exhalo… Uno dos tres cuatro. Me supera que recién es martes. Me molesta más que sería lo mismo aunque fuese sábado. Pienso en lo lindo que será cuando quince días vuelvan a ser quince días. Cierro los ojos para imaginarme ese futuro y ya que estoy en una fantasía me imagino en el Sur.

En la orilla del río azul habría un silencio vacío, no queda del silencio lleno de vecinos escondidos. Las piedras se cubren con paciencia de musgo verde y no de largas caminatas tristes para rogar un atado de puchos. Las mochilas que cargan los que pasean dejan de ser metáforas pesadas que escondo con otro alplax.

Puede sonar extravagante, pero ahí la arena es arena, dejaron de ser granitos que hay que poner cada día para no repetir el mismo plato de fideos cada noche. El aire que sopla esta arena corpórea dejó de estar hecho de incertidumbre y soplarlo no me vuelve un marginal.

El sol, que está por irse, promete volver con un día salido de paquete nuevo, para que no me preocupe de oler un atardecer repetido colándose por la ventana enrejada. No tengo que mirar la hora porque no tiene sentido, acá las horas pasan en serio y quince días ya no son ocho meses. La noche ya no hay que organizarla para que no se ponga violenta a las tres y treinta y tres de la mañana, y si miró el celular, la foto de mi sobrino de fondo de pantalla es una promesa de verlo y no la angustia de que sea para siempre una foto.

Puede ser que me conforme con poco, pero los perros de acá corren en vez de morirse, la gente los pasea con paz y sin excusa, los pozos que hacen son para jugar y no para mi mastín.

El borde de la montaña por el que nace el río deja en ridículo a cualquier pinterest de Suiza y destruye con argumentos a cualquier otra pantalla venenosa. El agua es fresca porque nunca deja de correr y a ninguno nos pueden convencer de tomar cloro.

No quiero dejar de lado a los bichos, que son la parte mala. Me alegran estos bichos, porque borran las dudas de que todo esto no sea más que una utopía y vuelven verosímiles a todas las truchas que nadan abrigadas en el agua helada. Estos bichos hacen sus cosas sin joder a nadie y no se paran a pelear por si hay que abrir o cerrar los hormigueros.

Es todo tan grande acá que él único microbio que puede molestar soy yo. Es todo tan real que el único sueño soy yo. La nube de arriba me pregunta «¿y por casa como andamos?” cuando quiero desprestigiarla por ser pasajera.

No me molesto con la nube, está tan lejos y en el medio hay tanto aire que, si no fuese tarde, a ninguna abuela mía le faltaría el oxígeno.

Abro los ojos y la garrapata facial de tela que me parasitea las orejas para sostenerse me dice que estoy equivocado. Primero la puteo. Le doy la razón, como a los locos. Le prometo una venganza conformista, le digo que sí, que estoy equivocado… Hasta que esté en lo correcto.

Las magias extintas del Sur

Hace ya varios años que no uso ninguna droga. Es muy difícil que alguna me recuerde a la que tomé en el Bolsón años atrás, pero la última vez que la probé perdí mis dos amistades más importantes, y si llegase a encontrar algo parecido, me estaría engañando para volver a lo que ya no existe. No quiero volver a sufrir que se muera lo mágico.

Doce horas estuvimos en la ruta el primer día, atravesamos la sombra del cartel de bienvenida a Neuquén diciéndonos el chiste de dónde íbamos a encontrar un buen marcador para volver a dibujarnos la raya del culo.

Alquilamos una habitación en un hotel de dos estrellas manejado por un viejo de bigote nervioso y movimientos zombificados. El Negro entró y se desmayó en la cama oscurecida por el polvo. Él había manejado y el último tramo me preocupó que se durmiese al volante de lo cansado que se veía. Mi miedo fue, una vez más, una tontería y pudimos acostarnos en esa rústica habitación a pasar la noche. El Topo y yo nos dormimos unas horas más tarde, los ronquidos de oso del Negrito hacían vibrar las patas de pino de las camas. Jugamos un rato a embocarle papelitos en la boca, ahogando nuestra risa con las manos para no despertarlo. El sueño se apareció como un parpadeo y ya era de día.

Desayunamos a las siete en una mesa chueca de plástico que intentaba imitar madera. Triplicamos las porciones de comida permitidas gracias a la vigilancia distraída del encargado.

-Este autista de mierda no entiende nada-dijo el Topo en intimidad.

Ignoré las críticas del Topo, que eran cada día más frecuentes desde que trabajaba con ese grupo de garcas, y busqué el escape en los ojos del Negro.

-¿Estás para arrancar, Negrito Mágico?-le pregunté.

El Negro sonrió, sin sumarse a las burlas de nuestro amigo.

-Sí, amiga, vamos-me contestó.

El trazo ondulante del Lanín nos avisó que estábamos cerca del destino. El Negro fue el primero que notó al volcán, sin sacar los ojos del camino. Su vista panorámica siempre me impresionó. Antes, cuando todavía jugaba al futbol, parecía adivinar cuando se le acercaban por la espalda. El Topo lo molestaba siempre con eso:

-Negro, ni dos neuronas te encuentran en la cabeza, pero tenés dos ojos en la nuca, impactante la verdad-le dijo una vez cuando nos cambiábamos en el vestuario. El Negro no le retrucó, solo se rio.

Hacía ya mucho tiempo desde que el Negro no jugaba al futbol, ni se reía; el Topo jamás se habría animado a hacer un comentario así en el auto, salvo que quisiera llegar al Río Azul con la cabeza partida al medio.

El volcán nos acercó montañas amigas para distraernos del cansancio. Dejábamos atrás seis horas de viaje sin rendir ninguna pierna ante los calambres. Cuando le devolví el mate al Topo se me ocurrió preguntarle cuanto faltaba, pero El Bolsón respondió sin necesitar ayuda mostrando unas cumbres nevadas. «Por fin llego» susurró el Negro, creo que no se dio cuenta de que había hablado.

El Topo podía hacerse el distraído y hablar de boludeces todo el día, miraba por la ventana criticando a sus suegros y se burlaba de compañeros de laburo entre sorbidas de mate, pero nunca se perdía un dato del GPS, sabía dónde, cómo y cuándo doblar o frenar. Llegamos al campamento para pasar la noche sin ningún error. Eso me causaba mucha gracia del Topo, se hacía el pelotudo cuando quería y en el fondo siempre sabía dónde estaba parado. Sí, a los suegros los criticaba, eso sí, asegurándose de estar a más de mil kilómetros de distancia, las veces que lo vi en presencia de ellos los trata de usted y no se salta un solo protocolo a la vez que los hace reír. Actuaba parecido en el auto, se le cansaba la lengua de llenar el aire con más aire, pero a la primera de cambio se volvía un nativo originario en ubicación espacial. Un dualismo graciosísimo para ver, un tipo que se burla de todos y se toma las cosas en serio como nadie. Estoy segura de que si erraba una indicación me hubiese hecho pasar de copiloto, por fallar. Por suerte para mí, que no tenía esa dualidad, no erró y pude seguir atrás sin más responsabilidad que la de fijarme si el Negro se quedaba dormido al volante. Tampoco pasó, el Negro manejaba con mucha experiencia encima, tenía veintinueve años nada más, como el resto del trío, pero siempre se le percibía como experimentado hasta en las cosas que probaba por primera vez, como un alma vieja, con años compactados encima de la espalda. Más bien, encima de la cabeza.

El atardecer en el campamento envuelto por las faldas de las montañas fue muy tranquilo, el aire libre de humedad combinaba con la paz. Nos quedamos en la mesa de la parcela para cenar, compartimos un porro y nos tomamos dos vinos entre charla y música. Fue una dinámica normal, tal vez la última noche con esa normalidad, por eso la guardo con cariño. Nos fuimos a dormir a la carpa armada por primera vez y el piso se sentía como un colchón. La última caricia de normalidad que tuve. Recuerdo que, ya acostados y con el Topo roncando en el medio, el Negro me dijo que le venía bien relajarse un poco después de tanto viaje, le pregunté si prefería que yo manejara al otro día, para que no se agobie. El Negro no dejó de mirar el techo de la carpa para responderme, «No» me dijo, «estoy tranquilo cuando yo tengo el volante».

En papeles organizamos subir por la montaña hasta el Cajón Azul, acampar ahí una noche y al día siguiente llegar a Los Laguitos, el último refugio en ese sendero del Bolsón. Rompimos esa estructura cuando nos faltaba media hora para llegar al refugio del primer día y nos sentimos energizados cual conejo de las baterías. Tres horas y media en subida y los nudos en la espalda y los pinchazos en las rodillas daban el ausente. Nos jugamos a hacer todo de corrido, seguimos por el sendero cargando las mochilas, la carpa y las bolsas de dormir.

Doce horas de caminata en total, llegamos solos a Los Laguitos, como un trío de mulas porteñas. Llegamos solos porque nadie hace el camino de un tirón y, aunque a las siete de la mañana ya estábamos respirando aire de río, era arriesgado viajar entre los árboles de noche. De alguna forma las piernas saltearon la parte de fatiga muscular y pasaron directamente a entumecerse. Los gemelos se unificaron en un hijo único y la espalda en una bola contracturada. Todavía atardecía, así que no tuvimos que enfrentar la noche en terreno desconocido. Los Laguitos nos recibió con bastante indiferencia. Y frío. El Topo planteó dormir adentro de la cabaña del refugio, para «respetar el clima». Siempre fue bastante friolento, así que votamos. Yo y el Negro elegimos armar carpa porque ya la habíamos arrastrado por doce horas y las bolsas de dormir resistían a temperaturas bajo cero, en el dos contra uno ganó acampar al aire libre. Me burlé un poco del Topo diciéndole que si le daba miedo la oscuridad podía prender una de las bengalas que guardaba al Negro en su mochila. Irónicamente, la que terminaría usando esa bengala por miedo a la oscuridad seria yo.

Los encargados del camping no nos dieron mucha bola, se les veía desmotivados. Algo incoherente, nosotros no podíamos cambiar la pose de lobo aullando de tanto que mirábamos las montañas, las puntas bañadas en nieve más blanca que el color nieve y las estrellas que actuaron en el prime time. La cruz del sur la nombramos sin parar, como a las tres Marías. No conocíamos más que esas dos constelaciones, así y todo nos alcanzaba para hablar por horas. Discutimos cual era la estrella más luminosa, a que distancia estarían, cómo era que se formaban las líneas que develaban la forma de las constelaciones. Nada estaba en la versión diluida e industrializada del cielo urbano.

El fogón fue muy íntimo, solo estábamos nosotros y una pareja de treintañeros. El hombre estaba muy flaco, con la piel sellada al vacío sobre los huesos, la barba negra larga con pintitas blancas y unas rastas sucias que le colgaban de la cabeza. La mujer que lo acompañaba se veía peor, si eso era posible, con la misma delgadez, pero su piel estaba amarillenta, con ojeras marrones y la mirada perdida. No hablaban entre ellos, solamente escuchamos la voz ronca de él cuando nos agradeció por compartirle el porro que había armado el Negro. El Topo tiró con delicadeza citadina un tronco hecho para tirarse con gestos más brutos y se sentó cerca de ellos para charlarles.

-¡Buenas! ¿Cómo los viene tratando el Sur? ¿De dónde son ustedes? – les preguntó frotándose las manos adelante del fuego.

-Venimos de abajo.

El Topo se giró con el ceño extrañado.

-¿Cómo? ¿De abajo?

-….

-¿Son de acá, del Bolsón?

-No… Somos de…

Los tres con la boca entreabierta miramos al extraño y como se esforzaba con la cara para encontrar palabras, parecía que se había olvidado como hablar. Lo más raro fue que no terminó la frase, se quedó balbuceando unos segundos y dijo algo muy bajo que ninguno alcanzó a escuchar. Agarró a su compañera del brazo, ajena a todo el contexto y se fueron tambaleando, con las miradas más extraviadas que nunca.

-La falopa que se tomó este muchacho, mamita querida-dijo el Topo y volvió a concentrarse en las chipas del fogón soltando una risita.

-Andá a saber que les pasó-dijo de sorpresa el Negro, que había estado callado más de lo normal.

-Pasó que se la tomaron toda-dijo con mueca de niño burlón el Topo y señaló con el pulgar el tronco en el que se había sentado la pareja-¿No los viste? Estaban los dos más duros que trabajar en la Argentina.

-Por algo estaban así-le respondió el Negro mirando el camino por el que se habían ido los drogados-. No podía ni hablar el pibe, están luchando con algo… Y están perdiendo.

-Buenísimo, Negro. ¿No querés ir a su carpa también, así pueden babearse de a tres?

El Negro golpeó con la mirada al Topo y él se la sostuvo con el orgullo rancio de haberlo molestado con unas pocas palabras. El silencio picó enseguida y ninguno de los dos decía nada.

-Para mí se fueron cuando se avivaron de que el Topo les iba a preguntar si querían ser sus propios jefes-dije yo para intentar aligerar la incomodidad.

El Topo me miró, serio primero y después con una sonrisa, por suerte no presentó batalla a la terquedad del Negro y disolvió la cámara lenta que se había apoderado del tiempo con una burla ligera hacia mí.

-Vos terminá la carrera primero, boluda, que voy a ir a tu recibida usando bastón.

El Negro bajó las armas y habló con las cejas relajadas.

-¿Andan necesitando firmas de abogadas en tus chanchullos, Topo?

El Topo se puso de pie con el destapador del llavero en mano y abrió otra cerveza manteniendo la sonrisa.

-Cagate de risa, Negrito, pero no tuve que hacer una sola cuenta más como ingeniero, ni mi jermu ni yo, desde que el estado me compra pintura.

Las burlas entre el Topo y el Negro siguieron en un ida y vuelta amigable, y cuando andaban por la cuarta cerveza me sentí segura de dejarlos solos. Fui a la carpa a buscar otra linterna para poder ver el piso y me encontré con el encargado del camping que estaba fumándose un pucho de tabaco armado apoyado en un árbol grueso y alto que tenía un cartelito blanco en la base que rezaba “Ciprés”. Era el mismo árbol que el Negro había señalado al entrar para decir que eran los favoritos de Natalia.

Saludé al hombre con un gesto que no me correspondió, le dio una pitada fuerte al pucho y habló sin rodeos desparramando aire gris por la boca.

-¿Terrible, no?

-¿Cómo?-le dije sin esperar que me hable y menos de forma enigmática.

-La pareja de mendocinos, están hechos bolsa. Hace dos semanas pasaron por acá y eran muy agradables, podían hablar por lo menos.

-Ah… ¿subieron hasta acá, bajaron y volvieron?

-No…-el cuidador se tomó un momento para apagar el cigarrillo y guardarse la colilla negra en el bolsillo de atrás-. Hicieron como todos los que se fueron a dormir temprano hoy, llegaron acá de paso para ir al baldío de abajo a fumar esa porquería, ahora están bajando de vuelta. Siempre vuelven así o peor.

-¿No termina acá el recorrido de los refugios?

-Oficialmente sí. Hace un tiempo armaron un campamento silvestre por acá cerca y ahora nadie se queda, todos van para allá unos días y vuelven así.

No sabía que preguntarle primero.

-¿Qué fuman que tienen que ir hasta allá? ¿Por qué me lo contás si no te gusta que vayan?

-No sé bien que es, fui una vez el verano pasado y me sentí tan asqueado de ver como estaban todos que ni lo probé. Intenté hacerme el tonto para que no vayan tantos, pero… Pero los reclutan, te van a invitar mañana cuando te los cruces. Por lo menos si vas, ya sabés que la mierda que te dan te dejá así. Más que eso no puedo hacer, me rindo.

El cuidador se fue caminando lento, con la cabeza gacha. Se le notaba que no era la primera vez que advertía sobre ese campamento, ni la primera vez en que sus palabras no habían detenido a alguien de ir.

Les conté del campamento a los chicos casi de inmediato. Les dije que la pareja rara que nos cruzamos venían de ahí y que toda la gente que dormía en Los laguitos estaba de paso para probar esa droga desconocida. Les gustó la idea por distintos motivos, al Topo le gustó la idea de ir a ver algo extravagante, aunque no fumásemos nada, y de conocer algo que no era popular así él podía contarlo a otra gente para sentirse más popular; al Negro le gustaba la idea de ir a un campamento nuevo porque ya había viajado muchas veces al Bolsón y nunca había escuchado de un camping silvestre con onda sectaria bajando por un camino no oficial desde el último campamento del sendero.

El camino hasta el campamento misterioso era simple, solamente tuvimos que seguir al grupo que desarmaba sus parcelas y no volvía sobre sus pasos. Salimos de Los Laguitos bajo la mirada decepcionada del cuidador y bajamos por un camino angosto de tierra bordeado por arbustos altos de hojas verdes y flores rosas llenas de aguijones. Así, a paso repetitivo, seguimos bajando casi dos horas en una caminata sin esfuerzo de escalada hasta que llegamos a un terreno llano sin señalizar. No tenía carteles de bienvenida o nombres silvestres puestos al territorio. Habían nombrado a esa porción de tierra como campamento silvestre, pero ni eso, era una extensión plana de pasto tierno acanalada por las faldas de las montañas nevadas. Nos recibió una llovizna ligera que flotaba en el aire, cayendo como minúsculas plumas espejadas. En pocos minutos se congelaron y lo que caía era aguanieve con un poco más de aplomo. El frío ignoraba la armadura de camperas de invierno y arrancaba la sensibilidad de la piel sin tener que mojarla. Un ciprés inmenso era el portero que daba la bienvenida. Al Negro no se le escapó ningún comentario del árbol, aunque supe que estaba pensando lo mismo que había dicho antes, que ese era el árbol favorito de Natalia.

Para ser un grupo de hippies naturalistas eran todos bastante mala onda. Recién la cuarta persona con la que hablamos nos contó lo pasos para fumar la segretauralis, así se llamaba la planta.

-¿Cuánto nos sale una dosis por pera?-me consultó el Topo.

-Me dijeron que no se cobra, es de acá y «nadie tiene por qué capitalizarla como al resto del mundo».

-Dios mío, que pelotudos. A la primera que se dan vuelta sabés como les armo el kiosquito.

-No lo dudo Topo, primero veamos como es la onda antes de armar una multinacional.

-Yo digo nomás. ¿La tenés vos?

-No, el Negro quiso ir a buscarla para ver como la cortaban. Ya debe estar volviendo.

Esa noche fue la primera vez que fumamos segretauralis, nombre que ni siquiera intentamos aprender así que la bautizamos morombo por el olor fuerte que tenía el cogollo, nos parecía que merecía un nombre más imponente que la marimba. El Negro sacó de su bolsillo la flor curva y engordada, de un color verde azulado cautivador. El aroma se colaba por las fosas nasales e inundaba el cerebro de un aroma espeso y dulce, con notas de picor. Oler la morombo era como inhalar un durazno entero con pimienta, después de unos segundos con eso cerca los demás olores se escondían.

Fumamos los tres solos, no nos sumamos a la ronda grande. Una pitada primero, lo pasamos y en la segunda vuelta dos pitadas más. Eso era todo, nos indicaron que no fumemos más o el efecto se iba a distorsionar. Ni siquiera sabíamos que nos iba a hacer, todos decían «es increíble, lo mejor que vas a probar en tu vida», «no hay nada como esto» pero esas palabras eran aire, no daban verdadera información de lo inmersivo que era, de como el panorama visual se oscurecía para dejar en foco una escena central, como si presenciáramos una obra de teatro.

Al principio mi cuerpo se relajó y divagué enseguida, muy parecido a la marihuana. Cuando pensé que habían inflado la fama de esa planta fue cuando escuché el teléfono.

Repiquetearon timbres y hasta pude oír el plástico rebotando en su estuche, era un teléfono de línea. En el medio de las montañas. Lo justifiqué pensando que era algún bicho haciendo ruido, pero no se detuvo. No era un teléfono de línea genérico, era el teléfono negro y pesado del dúplex donde crecí. No pude recordar la última vez que escuché un teléfono de línea real, aunque si podía recordar la última vez que escuché ese teléfono, el día que me mudé. A los ocho años.

Me acomodé en el suelo sobre el que estaba sentada y pude sentir la alfombra a través de la ropa. El silencio de la noche silvestre se volvió silencio de barrio de clase media, solamente interrumpido por el teléfono que nadie contestaba. El repiqueteo paró y una brisa suave me empezó a acariciar el cuerpo, el olor era inconfundible, era Tilo. No vi un solo tilo en todo el viaje y no estoy segura de que haya alguno en toda la ciudad. De alguna forma sabía que este era el Tilo que crecía en el balcón de la casa donde nací. Sentí hambre, y casi al mismo tiempo escuché la voz de mi vieja a lo lejos.

-¡A comeeer!

El sonido se transformó en un tintineo de cubiertos contra plato. Pinché la comida del plato, un pedacito de carne horneada salpicado por el puré que completaba el cuadro. Me sentí feliz al masticar la comida, un pedazo de cuadril adobado por veinte años de nostalgia. Tragué y seguí pinchando los cubos de carne con puré, uno atrás de otro. Hace diez años que soy vegetariana porque la carne me descompone. Ahí lo sentí increíble, era una revolución de mis papilas infantiles que se encontraban con lo que más habían disfrutado comer en la vida una vez más.

El suelo era alfombra hasta el horizonte, y el horizonte era una pared blanca con empapelado amarillento. Pasos chiquitos se acercaron por la izquierda y entró mi hermano mayor corriendo y pateando una pelota más grande que él. Se volvió a escuchar a mi madre de fondo, gritando «¡adentro no!» al tercer rebote de pelotazo. El futbol se quedó a mis pies y lo pateé con fuerza hacia el medio del marco de una puerta. El cuero blanco me cacheteó el pie al impactó y la pelota pasó por la puerta abierta hasta otra habitación. Grité el gol y corrí imitando el festejo del Diez. Me tiré jadeando al suelo y caí sobre mi espalda, aterricé en el colchón de mi cama que estaba a nivel del suelo. En la cama pegada a la mía que era más alta estaba mi hermano, y mi vieja se sentaba a los pies de esa cama para hacernos dormir. Hizo su humilde show de figuras de sombra reflejadas sobre el armario de madera, primero perro, después conejo y ya la tercera figura se le complicaba así que volvía a hacer al perro etiquetándolo como lobo. Se me cerraban los ojos viendo a mi hermano tapado de frazadas por el frío, y se cerraron del todo cuando mamá empezó a cantar en susurro el brujito de Gulubú.

No puedo recordar el sueño dentro de aquel viaje en el tiempo. Solamente me acuerdo de los pájaros cantando hacia el final. El silbido de horneros en el balcón subió el volumen hasta que era todo lo que podía escuchar. Ahí me desperté. Los pájaros seguían cantando, pero ahora eran los del refugio. Me descubrí en mi bolsa durmiendo al lado del Topo y el lugar vacío del Negro. No tengo ni puta idea de cuando fue que me metí adentro de la carpa. Estaba vestida y apestaba a durazno quemado, salí al campamento. El Negro estaba tomando mates solo, sentado en un tronco a unos metros de nosotros. Me acerqué.

-Pegan esas flores, ¿no, Negro?

El Negro no me contestó. Alrededor nuestro la gente desarmaba sus carpas para pegar la vuelta, los miré en la espera de que el Negro me dijera algo. Como se mantuvo en silencio volví a hablar yo.

-Tendríamos que ir desarmando todo, así volvemos para Los Laguitos.

El Negro sorbió el mate con calma y me respondió sin siquiera mover la mirada.

-Yo me voy a quedar unos días más. Me dijeron que allá al fondo tienen una mejor.

¿”Yo me voy a quedar unos días más”? Éramos tres y una carpa, si uno se quedaba nos teníamos que quedar todos. Lo mismo para irnos.

-¿Para qué, Negrito? Ya la probamos, Los Laguitos es mucho más lindo que este refugio.

-El paisaje no me importa.

-Negrito Mágico, nos tenemos que ir los tres juntos, ¿cómo te vas a quedar acá?-le dije en tono maternal.

Volvió a ignorarme. Cuando el Negro no respondía algo, era porque ya estaba decidido.

-¿Vos viste como estaba la pareja del otro camping, no? Así sale la gente que se queda mucho tiempo acá.

El Negro me respondió casi por cortesía, no para convencerme ni explicarme nada.

-Estuve con ella. Ayer estuve con Natalia-dijo y armó una pausa-. Ustedes hagan lo que querían, yo me quedo. Acá viajé en el tiempo.

-Bueno amigo, ahora arreglamos. Ahora arreglamos y vemos que onda, como hacemos-le dije lento y espaciado, no para ser clara sino por cagona.

Me quedé parada como un maniquí fuera de temporada, quieta e ignorada. Un ruido de cierres me sirvió de excusa para girarme, era el Topo saliendo de la carpa. Se paró al lado analizándola, estaba viendo como empezar a desarmarla. Me acerqué y me sonrió. Lo agarré del brazo para acercármelo a la cara y le conté lo que me había dicho el Negro.

-¡¿Más días?!-dijo casi a los gritos, lo chisté y siguió hablando en voz baja-. ¿Más días? Está loco, ya hicimos todo lo que se podía hacer en este refugio de verga. No hay ni baños, ¿por qué dijo que se quiere quedar?

-Por Natalia-el Topo torció toda su cara en una arruga desorientada-. Me dijo que estuvo con Natalia.

-Natalia está muerta.

-Chocolate por la noticia, pelotudo. El Negro fue para ese lado con lo que fumamos.

-Pará, pará-dijo el Topo haciéndome el gesto con las manos-. ¿Para qué lado?

-¿Pero vos seguís drogado, boludo? Ayer, decime que flasheaste ayer con la morombo.

-Nada loco, me relajó bastante, me dio hambre al rato. Eh, me comí los bizcochos agridulces y me fui a dormir, ustedes seguían tirados en el piso.

Pensé que el Topo era básico hasta para tener un viaje astral. Ahora, repasándolo, lo creo casi un erudito. No hay que ser tonto para no volver a los lugares donde uno fue feliz, hay que ser afortunado.

-Si serás…-le respondí en ese entonces-. Yo me vi en mi casa, en mi casa de chiquita. Estuve con mi hermano y la vi a mi vieja. Era la época en que mi viejo se había ido de la casa y estábamos los tres juntos todo el tiempo… Para el Negro fue distinto, a él lo llevó a pasar la noche con Natalia, cuando estaba viva… Cuando el Negro todavía se reía.

-Ah… Que fuerte eso. Pero no se fue a ningún lado el Negro, eh. No se lo justifiques, estaba drogado nada más. Natalia sigue muerta, y el Negro sigue sin reírse.

-Me dijo que viajó en el tiempo.

-Y va a viajar al auto, pero de la patada en el culo que le voy a tener que dar.

Mi lado lógico me hacía darle la razón al Topo, no habíamos viajado a ningún lado más que al piso y después a la carpa. En cambio, mi parte de niña, la que disfrutó volver a pasar el día jugando con mi hermano, la que se durmió contenta con la voz de mi madre, no pudo hacer otra cosa que defender la visión del Negro. Él había viajado en el tiempo, no había otra explicación coherente.

-Decile, entonces, Topito. Anda a donde está el Negro, decile que es un nabo, que Natalia está muerta y que le vas a pegar una patada en el culo. Si hacés eso yo misma desarmo y bajo la carpa por todo El Bolsón.

El Topo me miró, sus ojos claudicaban la batalla.

Decidimos, con la votación ignorada, hacerle el aguante al Negro. Quedarse un día más no podía hacerle mal a nadie. ¿No?

A la noche hicimos como si ese fuera el plan de las vacaciones. El camping zafaba, sacando el tener que cagar entre yuyos rodeada de hombres y mierda ajena. Cociné usando el anafe y lo que quedaba de una lata de gas butano. Cenamos la polenta, bastante pastosa y desabrida. En realidad, comimos yo y el Topo. El Negro se sirvió una excusa y ni siquiera la terminó. Ni bien pudo se escapó con el grupo fanático del morombo y lo seguí. El Topo se quedó, no quería saber nada con la planta dos noches seguidas.

-Es droga, ya la probé. Ya está. Me voy a acostar así mañana nos vamos tempranito de esta poronga.

Caminé al lado de mi amigo sin hablar, se le notaba nervioso, la ansiedad de tener otro viaje en el tiempo se le escapaba eléctricamente por los dedos.

El grupo fanático se juntaba a unas cuadras adentro de la parte de bosque del campamento. Eran unas quince personas, insalubremente flacas, como la pareja que vimos en Los Laguitos, aunque estas si podían hablar. Y como hablaban. Todo era sobre el morombo, que ellos nombraban como segretauralis. Decían que les había liberado la mente, que les había permitido llegar a su verdadero espíritu interior. Hablaban de la planta como si les hubiese dado la vida, y no como si se las estuviera quitando.

Se juntaron en esa zona del bosque porque, según ellos, era de una vibración altísima y la energía alineaba los dotes físicos casi al instante. Yo creo que era porque ahí estaba la planta entera, un arbusto grueso y hermoso, lleno de brillos azules en los cogollos, de hoja redondeaba y purpura. El arbusto se agarraba de los arboles cercanos, arrastrándose como si quisiera ocupar más espacio.

Ellos la tomaban distinto, la arrancaban fresca del arbusto porque así el efecto era más fuerte, al revés de la marihuana. Y no la fumaban en un cigarro armado, usaban un bong. Cargaban el pequeño bol de vidrio con agua fresca del río para que les purificara la sangre y quemaban el cogollo picado con costumbre. No le daban tres pitadas intercaladas como hicimos nosotros, acá aspiraban como si fuese la última dosis que iban a tomar. El Negro hizo igual que ellos. Yo le di una sola pitada cuando me la ofrecieron por tercera vez, me costó decirles que no.

Esta vez el mambo fue distinto, a la hora y media mi hermano se hizo humo y mi vieja se disolvió en el aire, el efecto había terminado antes de dormir. No era lo mismo. El sueño, noté con un poco más de experiencia, era el punto clave. El sueño fundía la mente a la ilusión y te hacia viajar en el tiempo, era lo que unía toda la experiencia. Así parecía un amague. El Negro tuvo el viaje completo, lo vi tirado con los brazos abiertos, parecía que iba a intentar hacer un ángel de tierra por la posición del cuerpo. Me quedé al lado esperándolo, una hora. Y otra hora. Me rendí, le deseé buenas noches y me di vuelta para irme a acostar. Ahí lo escuché. La risa. Una carcajada gruesa hizo que me vuelva sobre mi eje y vea para creerlo. El Negro se reía, sin parar. Fuerte y alegre, la cálida mueca de su cara iba acorde a lo rítmico del sonido. Me reí también, contagiada por su alegría. Me había olvidado lo alegre que era su risa, lo viva que tenía la garganta cuando se ponía feliz. Me fui a dormir con una sensación agridulce. Por un lado, pude escuchar al Negro feliz, por primera vez desde que Natalia murió yendo a hacerle un favor. Por otro lado, supe que a la mañana siguiente no íbamos a irnos a ninguna parte.

La primera semana pasó sin avisar. Era un bucle, el Negro nos decía que se quedaba, el Topo se quejaba conmigo sin animarse a decir nada que no fuese un comentario irónico que el Negro ignoraba. Todas las noches acompañé a ver que estuviese bien, ya sin fumar. Cada día me daba menos ganas volver a probar la morombo, y cada noche el Negro sumaba otra pitada y adelgazaba otro kilo. Cuando arrancó la segunda semana ya me sentía rehén del campamento. Me acostumbré a usar los yuyos de baño y a comer las latas frías, la polenta tibia y los fideos insulsos. La comida alcanzaba porque el Negro donaba todas sus porciones de forma tácita.

Una de esas tardes presa de un paraíso natural le pregunté como estaba, me respondió con los ojos achinados del cansancio y la boca esbozando una sonrisa decrepita.

-Quiero volver a jugar al futbol. Cuando volvamos a casa voy a arrancar a entrenar.

Creo que ni se acordaba de las otras cien veces que me había respondido lo mismo. La primera vez que me dijo eso fui corriendo con el Topo a contarle la buena noticia, que ya volvíamos, que el Negro estaba contento, que para algo le había servido esa droga. Toda la alegría se me volvió vergüenza de estupidez cuando a la mañana siguiente pidió un día más, y al otro me dijo que quería volver a jugar al futbol de nuevo. Era una idea tan linda, que volviera a jugar al deporte para el que era tan bueno después de tanto tiempo. Era tan alegre el imaginar que pudiese terminar su etapa de duelo, de superar el dolor de perder a su novia que fue a buscarlo a la salida de un partido y nunca llegó. Era una idea tan buena que, por supuesto, no era real.

Una mañana de esas me desperté, mentalizada a afrontar otro día en ese bucle temporal de desilusión y resignación, y noté que el Topo se había levantado temprano, a diferencia de las otras mañanas. Salí a buscarlo, solo me encontré al Negro tomando mate y cantando su tango favorito, mirando al cielo sin sentirse solo. Recorrí el campamento, aunque en el fondo ya sabía la verdad al ver dos mochilas en vez de tres. Volví con bronca a la zona de la carpa, enojada con el Topo que nos había abandonado ahí, avergonzada conmigo por estar aguantando esa situación ridícula y bizarra, sentí odio… Odio por el Negro. Lo odié por ni siquiera haber notado que su mejor amigo se había ido, harto de él. Odié su risa de mierda, egoístamente feliz. Más que todo, odié la morombo. Odié la droga que nos había tomado el pelo prometiendo devolvernos a nuestro amigo completo para solamente llevarse los fragmentos que quedaban.

El Negro pasó a unos metros de distancia, arrastrando su música consigo, sin detenerse.

-…Meee dijo, resuelta: Ya estoy muy cansada de todo…Y se fue. ¡Qué cosas, hermano, que tiene la vida! Desde ese momento

La repulsiva voz alegre del Negro desapareció con él entre los árboles del fondo, ahora se drogaba dos veces por día. Lo miré irse, con las vísceras cargadas de disgusto. Lloré sin ruido y sin apretar la cara, como si no mereciera las lágrimas. Me decidí a hacer lo necesario para recuperar los fragmentos restantes de mi amigo, por ahí si eran suficientes podía juntar todos los pedazos y volverme con alguien parecido al Negro que tanto extrañaba.

Antes del turno noche hice mi último intento de hacerlo entrar en razón. Me acerqué cuando lo vi de buen humor y le pregunté cómo estaba.

-Maso-me dijo-. Hace dos o tres horas que la vi a Natalia y ya la extraño. Estoy esperando que el del bong se levante de la siesta para juntarme de nuevo. Te quería comentar también que estuve pensándolo mucho y cuando nos vayamos voy a volver a jugar al futbol, no puedo esperar.

Sentí que hablaba con un psicópata. No me podía acordar la última vez que el Negro había hablado tanto de corrido, sin usar sus frases cortas y claras, divagando con la misma mentira que ahora me causaba rechazo. No tenía paciencia, así que le hablé lo más directo posible.

-Negro, me dijiste esa pelotudez todos los días que estuvimos acá. ¿Tenés idea de cuantos días pasaron? ¿Te viste el reflejo? Estás hecho mierda de fumar todos los días esa porquería.

El Negro borró la sonrisa de inmediato y dio unos pasos instintivamente para atrás. No me respondió, así que seguí descargándome.

-Estás todo el día dado vuelta, no te reconozco. No te das cuenta de nada, de que no comés, de que hablás de jugar al futbol, pero estás todo el día tirado-se me cortó la voz, tomé aire y seguí-. Ni siquiera te diste cuenta de que tu mejor amigo se fue al carajo porque no se fumaba más vernos así. Verte a vos enajenado de la vida y a mí bancándote la mierda que estás haciendo-sentí las lágrimas gotearme de la mandíbula mientras hablaba y pasé del discurso enojado a hablar con completa tristeza en la voz-. No puedo más, Negrito Mágico. Te extraño, por favor te lo pido. Por favor, por lo que más quieras, vámonos de este infierno.

El Negro me miró comprensivo y respondió con claridad.

-Te entiendo, amiga. En serio… La extraño muchísimo, y por fin la vuelvo a ver. Ella es lo que más quiero, no puedo dejarla. No la puedo perder de nuevo. Natalia se fue por mí, por hacerme un favor. No la puedo dejar ir de nuevo, ella era todo y esta es mi única chance de estar de nuevo con ella.

-Negrito…-no encontré más palabras que salieran de mí, como si se me quedaran atrapadas en una telaraña mental.

-Esta noche, esta vez es de verdad, me voy a despedir de ella. Mañana nos vamos. Voy a guardarme lo más que pueda de mi máquina del tiempo para llevármelo a casa, kilos si es necesario y va a estar todo bien. Hacéme este favor, nada más. Este favor solo, te lo suplico.

Le dije que sí. ¿Por qué no iba a decirle que sí? Si él podía mentir, yo también. Si hay algo que el Negro jamás se atrevió a pedirme en años, ni siquiera bajo inconvenientes importantes, eran favores. Y bajo ningún punto de vista suplicados. Simplemente me estaba dando una mentira más edulcorada, más delicada y creíble. Si el Negro se estaba quedando ahí por esa planta de mierda, no me quedaba otra opción más que dejarlo sin motivos para quedarse. E irme rápido después, con o sin él, porque iban a venir a buscarme.

Monté la mejor cara de nada y acompañé al Negro a su, según él, último viaje en el tiempo. Me senté en un tronco fuera de la ronda, le deseé suerte en su despedida. Bastaba ver su cara de incomprensión cuando dije despedida para saber que ya se había olvidado de su promesa de cartón.

Cuando la carcasa que alguna vez contuvo a mi amigo inhalo del bong el vapor plateado por cuarta vez, se derritió sobre la tierra calva de césped y exhaló el humo gris en una risa llena de tos. Me levanté y dije, por si seguía alguno consciente, que me iba a buscar el tabaco para hacerme un pucho. No tenía mucho margen de tiempo hasta que alguno de los que fumó poco recuperase algo de consciencia. Troté con pisadas calladas hasta la carpa, di vuelta una mochila donde guardábamos lo que quedaba para cocinar, tiré el anafe a un lado y agarré el encendedor y una lata llena de gas butano. Me guardé todo en los bolsillos holgados de la campera y agarré el cuchillo de asador que habíamos llevado. Lo último fue sacar del bolso del Negro el arma secreta, que guardé apurada adentro de la ropa interior. Volví al bosque a paso más tranquilo y con mi linterna encendida en mano. Llegué a la ronda de gente desmayada y la crucé por el medio, me paré de frente a la planta azul, espesa y majestuosa alambrada a los árboles que le hacían de muletas. La puteé en silencio, la maldije por ser hermosa, por ser pretenciosa, por haberme hecho disfrutar mucho al fumarla. La insulté por robarme a mi amigo y hacerlo su esclavo. Sentí que me devolvía la mirada y las maldiciones, ella sabía que estaba por hacer, y era la última vez que íbamos a intercambiar miradas.

Un silbido de desesperación aulló de la lata de butano cuando la apuñalé con la navaja de hierro oscuro. La tiré a las raíces de la morombo con fuerza para que se le entierre en las entrañas. No me detuve ni cuando escuché unas voces balbuceantes despertar a pocos metros. Saqué de mi pantalón el arma secreta, la bengala del Negro que iba a liberarlo del tormento. La encendí con el fuego del encendedor y mi cara bañada de rojo traslúcido miró por última vez aquella maravilla de la naturaleza que tenía que dejar de existir. Tiré la bengala al lado de la lata de gas butano. Un enjambre de “¡No!” sonó a mis espaldas.

La explosión hizo temblar a la tierra como si estuviese sufriendo, una nube llameante de violeta y aura azul me hizo caerme de culo por la onda energética, se volvió roja y negra al instante. Todos los que podían levantarse a gritar lo hicieron. Puteaban con baba chorreándoles por la boca, no entendían muy bien nada. Chillaron desesperados, se metieron entre los arbustos a arrancar ramas que no pudieron salvar. El resto que no tuvo el valor de rescatar a su planta maestra se arrodilló a llorarla. Ninguno seguía dormido, todos habían salido del trance, como si la mística planta les hubiese rogado por ayuda. El Negro también estaba de pie, pero sin putear, sin meterse en el arbusto y sin llorar. Estaba quieto, viendo todo como un árbitro. Me miró con los ojos marrones vacíos de humanidad y se dio vuelta, lo vi irse desde mi lugar en el piso, mientras el resto maldecía a todos los dioses paganos y normativos que se les ocurrían, desesperados al ver las llamas mágicas que consumían a la deidad que les había dado una nueva vida.

Desde la carpa que abandoné se seguía viendo el baile de luces del incendio. Intentaban apagarlo, pero nadie podía frenar el fuego que lamía y borraba la magia del arbusto azul, ahora de color carbón. El dueño del bong, el que más tiempo llevaba en el campamento, se resignó y se sentó encorvado en el medio del llano, apuntando al lugar del bosque donde se extinguía su personalidad. Lo vigilé mientras me colgaba la mochila solo con lo esencial para poder escapar sin que me atraparan, iluminado de rebote por las luces infernales que quemaban ese inframundo. La linterna se me prendió cuando quise guardarla, la apagué de inmediato pero el parpadeo se vio como un faro en aquel pozo de oscuridad. Él me vio, una chispa de vida le encendió los ojos. Con una sorpresiva energía se paró de un salto y vino corriendo, o lo que para aquel cuerpo consumido era correr, y me ladró como un animal. Estrujé el cuchillo de asador que sostenía en mi espalda.

-¡Vos!-me gritó, con dificultad para encontrar palabras en el almacén vació que era su mente-.Vos.

-¿Qué querés?

-Donde, tu amigo. ¿Dónde está tu amigo? ¡Decime a donde se fue tu amigo!

La madera del mango parecía que iba a quebrarse de la fuerza que le imprimí.

-¿Qué querés?-le respondí sin parpadear.

-Mis cosas. Tu amigo es el único que no está, se llevó todas mis cosas.

-¿Yo qué tengo que ver? A esta altura lo conocés más que yo.

-Flaca…

El tipo cambió la postura y el rostro a unos mucho más violentos. Revelé el cuchillo cuando dio el primer paso y se frenó. Me fulminó con una mirada de odio.

-Me dejaron sin nada. Tu amigo prendió fuego todo y me vació la mochila. No tengo bong, ¡no tengo el frasco! ¡Se llevó todo el hijo de mil putas!

Todo su amor y paz se volvió abstinencia en un parpadeo. Ni siquiera le daba la cabeza para saber quién había destruido la planta.

-¿Qué tenía el frasco?-le pregunté, todavía me preocupaba el bienestar del Negro. El hombre relajó un poco la tensión anudada y decrépita de la cara, se dio cuenta que yo no sabía nada.

-La planta. Lo que queda. Debe ser lo último del mundo, si queda alguna semilla, puedo plantarla de nuevo. Cuidarla, hacer que crezca, que vuelva a existir… Pero se la llevó y no sé qué va a hacer. Era mucha… Lo tengo que encontrar.

Negué lentamente con gesto de desconocimiento. El tipo se dio media vuelta, más apagado que antes y volvió a su sitio de tristeza, rendido, sin nada más para hacer que sentarse a ver como la planta extinguía del mundo para siempre.

La verdad es que sabía dónde estaba el Negro. Si se llevó todas esas cosas tenía que estar en el lugar que más lo podía acercar a Natalia, en el único ciprés solitario en la entrada del camping.

La linterna creó un camino circular mientras mis suspiros se hacían vapor; el clima helado me dejaba los brazos duros como un cascanueces y el abrigo como un placebo.

Mi linterna dejó de mostrar tierra salpicada de piedras para bañar de luz fría unas raíces gruesas, agarradas al suelo en nudos amontonados. El ciprés se erguía absorto en su nobleza, sin preocuparse por el arbusto y el dolor de los humanos. No llegué a darle la vuelta completa que la imagen del Negro tirado me golpeó de lleno. Estaba descalzo, con un short sintético de futbol que usaba para dormir y una musculosa deportiva.

-¡Negro!-le grité, pero hablaba sola.

«¡¡¡NEGRO!!!» aullé desgarrándome los pulmones, a un cuerpo flaco, pálido y quieto, acostado en el Ciprés que ignoraba a mi amigo muerto en su corteza. Me arrodillé a su lado, el frasco del que había hablado el otro forro estaba tirado, vacío. El bong seguía agarrado en su mano derecha, espeso de cenizas negras que se pegoteaban a la cúpula metálica. Le acaricié la cara barbuda, más fría que el aire. La mandíbula se le sentía al tacto como un peluche inanimado dejado a la intemperie. Lo llamé despacio, como si me diera cosa despertarlo.

-Negrito…-le dije-. Negrito, dale, Negrito Mágico, nos tenemos que ir…-le pedí-. Por favor, Negrito Mágico, por favor…-le supliqué.

Envolví su mano libre en las mías y la froté para sentirles calor. La linterna tirada rodó y nos iluminó de rebote. De su palma cayó una esfera dorada que brilló entre tanta oscuridad. La agarré dejando una mano en su mano, era un anillo con una N grabada en el mismo metal. Me enjugué los ojos con el antebrazo y miré al Negro de nuevo, estaba peinado y con la expresión congelada. El Negro tenía los ojos cerrados sin apretar, como si estuviese dormido, y la boca dibujaba un cuenco con las comisuras erguidas para formar una sonrisa pacífica que nunca le había visto en vida. Hizo su viaje en el tiempo, pensé, sin importarle el pasaje de vuelta.

No sé cuándo caminé. Llegué a Los Laguitos sin noción del tiempo. El encargado me recibió preocupado cuando escuchó mi pena rociada por su campamento. Balbuceé que había un incendio y personas accidentadas en el pozo donde la gente iba a drogarse. Me ofreció el refugio para dormir y me dijo que a la mañana la policía y la guardia forestal me iban a ayudar con todo.

No dormí, esperé. Cuando salió el sol tomé mis cosas, me acerqué al encargado y le dije que el hombre muerto en la entrada del campamento silvestre era Fernando Peralta, que todos le decíamos el Negro, y no tiene familia. Me fui sin ver ninguna autoridad.

Como el Topo tuvo la amabilidad de robarse el auto del Negro, hice dedo. Llegué a Neuquén y de ahí tomé un colectivo hasta Buenos Aires.

Los problemas legales llegaron después y todavía no están del todo resueltos, como cualquier trámite que importe.

Los años pasaron y los cambios se sintieron. Yo volví a anotarme en la facultad de derecho, inmune al estrés del estudio.

Por otra parte, el Topo apareció por última vez para el íntimo velorio del Negro, me dijo que había que ser fuerte y «darle para adelante». Lo mandé a la recalcada concha puta de su madre y nunca más lo volví a ver. Me contaron que le va muy bien, al año del viaje había cambiado de auto y viajó al exterior de vacaciones, y al año siguiente… y al siguiente.

En cuanto al Sur, nada cambió mucho. El incendio lo apagaron enseguida, no tuve que cargar en la conciencia la destrucción de un ecosistema. La planta se esfumó para siempre, nadie encontró semillas. Clausuraron la entrada del campamento extraoficial y muy pocos se animan a meterse por el morbo de la historia.

Solamente falta un Negro mágico de risa contagiosa que juega muy lindo al fútbol.

Solo falta el Negro.

La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

Vestuario y ejecución

Tengo trece años y me enamoré. Estoy enamorado del rugby porque me salvó la vida. Ahora tengo amigos y no frunzo tanto el ceño. Corro contento por un descampado a las nueve de la noche en invierno y nadie me dice gordo para insultarme. Me llaman gordo, pero es un gordo bueno. «Dale, gordo, vos podés», o «muy bien, gordo…así me gusta»

Juego mi primer partido en menores de quince, lo ganamos. Es de los pocos que ganamos ese año. Si arrancamos perdiendo, me bajoneo. Desmotivado juego mal. Nando y Tomás en cambio están siempre motivados. Juegan de primer y segundo centro. Se expresan sin palabras entre jugada y jugada: un choque de enojo, un abrazo de cariño, un llanto-a veces feliz, otras triste- que se esconde en un try a último minuto. Cuando los botines dejan de hundirse en el pasto y empiezan a repiquetear en el cemento del vestuario, ninguno se expresa más, nos vaciamos como muñecos sin relleno.

Llovió casi toda la semana. Estoy en menores de diecisiete, bañándome después de un entrenamiento en el barro. En el eco del vestuario rebotan frases contra el aire húmedo que no para de espesarse. «Me hacés cagar de risa, amigo» le dice el Negro Calzatti al pilar derecho y las voces ríen. «Qué buena casaca» le comenta Jano a Nando y sus manos acarician ropa. «Tenés los tubos gigantes, amigo» dice otro, no distingo quién, al segunda línea titular y un enjambre de dedos le pinchan los bíceps. David acopla su mano a la boca a modo de parlante y anuncia «Eh, guarda ahí con El Ruso que peló artillería» y los ojos se hipnotizan a una entrepierna desnuda. Tomás sale de la ducha desafinando una canción nueva de Katy Perry y Nando levanta los ojos de sus cordones medio atados para enjuiciarlo. Lo degüella con solo cinco palabras: «¿Qué hacés, pedazo de puto?». Todos los que están cerca reímos, menos el ejecutado.

Tengo veintiuno. Termino el último partido del año en plantel superior, saludo con un beso a Coti, mi novia de entonces y me voy a las duchas. El repiqueteo de los tapones en el adoquín suena distinto, tienen música de repetición, el ritmo y la cadencia solo revelan el cansancio de los años. Acepto que es momento. Agradezco en silencio al rugby por salvarme de chico y me limpio el barro por última vez. Afuera, caminando con paso emancipado, escucho a un entrenador de primera armando una tesis sobre el culo de la capitana de hockey, la mirada se me derrite en mueca. Llegando a la salida descubro a unos chicos de juveniles abrazando a un compañero que llora, las amigas mujeres le acarician la espalda con energía de consuelo y palabras de sobra. Ellas tienen todas las palabras que nos faltaron a mí y a mis compañeros, sobre todo a Tomás y a Nando. Mi mueca promete volverse sonrisa.

Ahora es el segundo aniversario de no tener callos en todos los dedos de los pies. Estoy en un boliche de Córdoba Capital con mis amigos de la facultad. Ando soltero por primera vez en edad adulta y este fenómeno me resulta tan ajeno como novedoso. Deslizándome entre cuerpos transpirados siento la música cachengue retumbando contra mis oídos. Me pierdo. Una barra desertada por los barmans se vuelve mi checkpoint. Me encuentra alguien, pero no lo conozco. Es un flaco alto que me habla con confianza de rayos equis. No escucho del oído izquierdo y el derecho está tapado por la música y dos chicas que hablan a los gritos. Disimulo la sordera con ojos atentos. Me concentro en lo que dice. Por un instante creo poder leer los labios. El chico tiene rulos negros que asienten cada vez que él lo hace y de la boca le rebalsa una sonrisa hasta taparle los ojos. Me descubre la trampa y me entibia la oreja donde las amigas no gritan. Me hace un chiste medio nabo y mi nariz se vuelve acordeón de la risa. Medio fernet aguado después me adivina los nervios, y me besa. Es un trance eterno, de casi medio minuto. Me despego cuatro lenguas de distancia y le miento que no, que no quiero. Me vuelvo humo en la marea de bailes descoordinados y me reconstruyo al encontrar un amigo. Digo que me perdí volviendo del baño. Miento. Miento y agradezco con cobardía no tener que explicarle que quise besar a un hombre, pero no puedo. Que me da terror que si lo hago, se me aparezca entre ecos húmedos, un fantasma con forma de primer centro y que levantando la mirada de los cordones a medio atar, diga en un grito ahogado y burlón las cinco palabras que alcanzan para cortarme el cuello.

Noche de azúcar en Maracaibo

Mi viejo siempre me decía: El mejor bailarín también es el que más veces se cayó.

Yo me caí muchas veces pero nunca fui un gran bailarín. Él supongo que sí, pero nunca destacó profesionalmente. La familia, la cultura y la costumbre lo obligaron a ocupar un rol de jefe de hogar para proveer sustento. Eso lo mató en vida. Nunca pude imaginarme a mi padre como un esforzado bailarín que dejara todo en un escenario, cuando lo conocí, yo soy el menor de mis hermanos, ya era un hombre adulto amargado trabajando de albañil.

La curva de aprendizaje era todo para mi papá, ya sea en el colegio, en un deporte o un laburo. «Te vas a caer» me decía siempre que practicaba baile, «Te vas a caer, y te vas a levantar. No cuando empieces, no cuando seas profesional, sino en el medio».

Nunca me destaqué en la danza, ni en ningún baile. A mí me gustaba hacer acrobacias. Saltar, treparme a árboles, que se rían de mi gracia. Por eso me volví acróbata. Arranqué bien de pendejo con malabares, cuando ya había abandonado el secundario. Con dos amigos conseguimos pelotas de goma, palos, sogas y practicábamos mucho. En los semáforos no nos daban un mango. Insistimos día y noche en todas las zonas que podíamos. De a poco nos dimos cuenta como trazar nuestro mapa. Evitábamos las zonas donde había mucha droga o prostitución, siempre nos choreaban ahí. Aprendimos que los semáforos cortos nos convenían porque éramos varios para hacer el recambio y el flujo de autos no cambiaba tanto. Cuando pasamos a ser mayores de edad éramos los malabaristas más piolas del barrio. Eso tampoco me hizo feliz, al igual que el baile. O sea, me encanta hacer malabares, pero yo era acróbata. Cirquero. Quería saltar, moverme, crear coreografías. Volví a desanimarme como me pasaba con el baile. Hasta que Lucía me enseñó a hacer la mortal para atrás.

Lucía nació en Mar del Plata y se vino a laburar a La Plata a los dieciséis años, sin ninguna garantía de nada. Si yo tenía poca guita en ese entonces, Lucía me ganaba el concurso de pobreza. Yo tenía mi casa y conocidos. Ella una mochila y un solo primo que le diera una mano. Nos encontramos por primera vez en una plaza del centro, un domingo hermoso, de esos donde la gente sale de la cueva para hacer cualquier huevada al aire libre. Ella tenía veinticinco años y yo veintitrés. Yo hacía los mismos malabares de mierda que venía haciendo hacía ya un tiempo largo, ella daba clases de yoga.

No fue un encuentro elegante, yo estaba hecho un asco de chivo que solo empeoraba entre el ejercicio y el calor mientras ella se iba poniendo de mal humor porque la gente que pasaba cerca la interrumpía cada dos por tres. Ya tenía un humor de perros cuando vino a cagarme a pedos por la música fuerte y porque practicábamos muy cerca de ella. Yo me reí.

—Es una plaza—le dije.

—Ah, mirá. No me digas, pelotudo.

—Es una plaza pública flaca, ¿qué querés que haga? A vos sola se te ocurre hacer eso acá.

La sarta de puteadas que me tiró fue increíble. Digno del Nobel a la puteada. Lucía siempre puteó muy bien, con mucho color y en el momento justo. No me acuerdo que me dijo exacto ese día, la verdad me distraía verla hablar y la ternura que se le escapaba de los ojos cuando quería parecer una mina ruda. Era ruda, eso ni hablar, pero yo sentía verle la ternura en el fondo del patio de los ojos, en un rincón lejano, incluso más lejos que su tristeza. No discutí nada y le di la razón, aproveché la movida para hacerme el ofendido y dejar de practicar por el día.

El siguiente domingo volví, solo. Esperé un rato largo que apareciera, hasta que la vi elongando a unos metros de donde estaba. Me repiqueteó el corazón, nervioso. Yo no les puedo explicar lo que era esta chica. No llegaba al metro sesenta pero emanaba grandeza. La piel mate bronceada suave por el sol le resaltaba el pelo rubio que le rozaba los hombros. Cruzamos miradas por un instante y sentí como me atravesaban esas perlas negras. Me sentí desnudo, me veía y me podía ver todo. De verdad podía sentir que me miraba la cara y la nuca a la vez, como si tuviese vista panorámica.

Un instante de vernos me sobró para saber que esa chica me movía el piso. Nunca me sentí tan boludo como en ese momento. ¿Una mirada? ¿Y listo? ¿Una mirada y ya me estaba enamorando? Bueno, sí. Así de pelotudo como suena, una mirada me sobró.

Esperé como un nene a que terminara la clase que daba. Cuando empezó a caminar me acerqué, creo que sonriendo.

—¿Qué querés, flaco?—me dijo cuando estuve un par de pasos atrás, sin darse vuelta.

—Hola perdón por la clase…Eh, quería pedirte perdón por, ah. Por la clase, eh, de la semana pasada.

Lucía paró y se volteó para ver quién era.

—Ah, sos vos.

—Sí, soy yo. Federico me llamo, flaco me decían de chico.

Casi que sonrió.

—Sí, no sé si flaco te quedaría bien de apodo—dijo mientras me examinó de pies a cabeza, cuando llego a mi cara se quedó unos segundos más con la cabeza detenida. Yo rozaba el metro noventa, y sin embargo su presencia era mucho más fuerte—Angosto. Sos Angosto.

—Me quería disculpar por el encontronazo de la semana pasada, no te quería molestar.

Ella dudó un momento.

—No pasa nada. ¿Viniste acá de nuevo nada más para pedirme perdón?

—Bueno, sí. Te quise pedir perdón hace un minuto pero balbucee como un tarado—dije y sonreí.

Sonrió.

Desde ese día fui Angosto, así me llamaba siempre ella y nuestros amigos.

No sé como aceptó ir a tomar una birra con una presentación tan patética. Aceptó otra salida después de esa, y otra más. Y aceptó una más, hasta que la fascinación era recíproca, nos empezamos a ver todos los días.

Logramos un nivel de intimidad que nunca, yo por lo menos, había conseguido con nadie, ni familiares, ni amigos. Me contó su historia; me habló de la relación con sus padres que habían muerto cuando ella era chica en un accidente de ruta, de cómo la había criado su abuela hasta los dieciséis años, cuando falleció, de cuanto  le costó irse de la ciudad que la había visto crecer pero también me contó de lo importante que era para ella la decisión de seguir su vida por otro camino. Yo le confié cosas que no le había dicho nunca a nadie más, ni siquiera a mis anteriores parejas. Le hablé de las peleas con mis hermanos, de Emanuel, mi hermano mayor, con quien no hablaba desde hacía siete años por las cosas que le hizo a mi vieja, le conté mi fantasía de trabajar en un circo, hasta pude hablarle del injustificado miedo que tenía de que la gente que más quería muriera y de las fobias que eso me traía. No podía creer con la paciencia con que me escuchaba, de como no me juzgaba ni por las cosas buenas ni por las malas. Otras cosas no me las contó, las vi yo. La vi alegre por terminar su primer curso de reiki cristal; la vi triste por pelearse con amigues que la lastimaron, con el pesar y la firmeza de quien quiere relación sana o nada; la vi indecisa a veces cuando no sabía a dónde apuntar su carrera. Compartí con Lucía momentos del día a día, sin fuegos artificiales ni luces brillantes, ni espejitos de colores, de los que se comparten con quien te sentís seguro.

Nuestra relación duró más que muchas y menos que unas pocas, si es que ese dato importa. Jamás medimos nuestro amor por hora y nunca nos exigimos cumplir con normas o metas dictadas por muertos. Fuimos lo que salió, cómo salió y sin usar caminos gastados. Y si tengo que dar mi opinión, la verdad que salió muy lindo.

En cuanto a mis proyectos, no pasó ni un año de conocer a Lucía que dejé los malabares. Me da placer solo recordarlo. Pensar en cómo me encadenaba a algo que no me llenaba, a esta altura me parece hasta ficticio. Por ahí si Lucha, así la bauticé a Lucía para molestarla y quedó, no me daba un buen cachetazo de realidad hubiese tardado mucho más en arrancar lo que me llenaba de verdad.

Las acrobacias se volvieron mi día a día desde que me tiré a la pileta con incertidumbre. Ensayaba en la casa de Lucha, donde prácticamente ya vivíamos juntos, y ella me corregía. No se dan una idea de lo que sabe esa muchacha de arte. No necesitaba yoga para expresarse, ella sabía pintar, cocinar, bailar, hablar. Tenía todas sus herramientas siendo parte de ella, emanaba arte con cada intención de expresarse. Era mejor bailarina de lo que yo jamás hubiese podido llegar a ser, y también mucho mejor acróbata o cirquera. Solamente que en ese momento, ella todavía no lo sabía.

No tardé en deprimirme por no poder hacer nada bien. No es que naaaada me salía bien, pero yo lo sentía así. Las coreografías que creaba quedaban básicas, no tenían nada interesante. La única que me gustaba hacer la había hecho Lucha y hasta a ella le parecía que faltaba algo. Una de las noches de esa época me desperté con ansiedad, salí al patio a entrenar alumbrado por el único foquito que tenía ahí. No sé qué hora era, pero el mundo estaba vació. No había gente en ningún lado, ni madrugadores ni gedientos. Practiqué la mortal para atrás y me caí todas y cada una de las veces que la intenté. No podía. Por momentos sentía que no me salía porque era de noche, o porque yo era muy alto, o porque estaba cansado. Terminé volviendo a pensar que era porque, simplemente, no era bueno. La intenté de nuevo con mucha bronca y me pegué tal palo que desperté a Lucía del ruido.

—¿Ango? ¿Estás bien?—dijo suavecito saliendo al patio en pijama.

—Sí, espectacular—le respondí entre los gruñidos que hice al levantarme.

Lucía por poco que se me caga de risa en la cara. A mi no me gustó.

—No sé ni qué hora es, estás todo transpirado tirado en el piso manchado de mugre y rojo como un tomate. No es que me ría de vos… Un poquito nada más-dijo, leyendo mi mueca.

—No me sale ni mierda.

—Ni te va a salir si toda la energía que emanás es turbia. A ver, intentá de nuevo.

Así fue, con el mágico poder el amor, que de un ligero salto di una vuelta en el aire invertida y caí de pie con la gracia de una bailarina de ballet.

Obviamente que eso es mentira, me caí de culo como las otras doscientas veces. Lucha me ayudo a levantar, ya sin nada de burla, meditando un poco sobre el problema.

—Tenés que soltarte un poco más, estás muy duro. Fluí un poco. Mirá.

Lucía se puso atrás mío y usó las manos para darme más firmeza en la espalda.

—Ahora hacelo de nuevo, relajado. Respirá—dijo, y respiré—. Ahora exhalá—dijo y exhalé—. Bien, así sí. ¡Ya!

Mis piernas se movieron con mucha más ligereza que antes y el saltó salió perfecto con la fuerza que aplicó Lucha. Hice la mortal para atrás y caí de pie, por primera vez.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Salió!

—¡Te salió genial!

Sonreí como si fuese mi cumpleaños y nos abrazamos.

—Nos salió genial. Ya sé que hay que hacer para que la coreo salga bien—le dije.

—¿Qué tenías en mente, Angosto?

—A vos. Y a mí. Los dos juntos, hacerla juntos. La coreo que vos hiciste, la podemos adaptar para que sea de a dos y quedaría increíble. Los trucos van a salir mucho mejor y lo que no le salga a uno lo hace el otro y listo el pollo.

—¿Listo el pollo?— dijo Lucha riéndose mientras me miraba, resistiéndose un poco a la idea.

La abracé por la cintura y le devolví la mirada.

—Listísimo el pollo—le dije tentado, y nos besamos.

No podría dar mucho detalles de los meses siguientes a esa noche, lo recuerdo todo a modo de sueño, es un plazo de tiempo que identifico más con sensaciones que con datos.

—¿Y qué número termina todo?—me preguntó una vez ella cuando decidíamos los últimos detalles.

—Para mí, con el truco de los pinos, los que ponemos juntos y hacemos al «Niño Volador». Y mientras vamos haciendo las cosas vos vas diciendo el discurso de «pero lo más importante es encontrar el vuelo propio» y entonces yo corto la música y vos hacés como que hablas con el muñeco.

Lucha se rió al imaginarlo.

—¿Y ahí es cuando pido la plata no?

—Sí, ahí les avisas que hay que pasar la gorra.

—Sí, pero con un poco más de gracia, sino nos van a putear. Anotá, voy a hacer que hablo con el muñeco y digo algo como… Me está diciendo algo, Angosto. Y vos decís «¿qué» y yo digo, ¡me está diciendo que es hora de pasar la gorra! Y alguna musiquita chistosa para cuando se prenden las luces. ¿Qué te parece?

—Me parecés genial—le dije cuando terminé de anotar.

La coreografía quedó perfeccionada, y entre los dos hacíamos un espectáculo bastante decente. Lo único que faltaba era actuar con público.

Los cupos laborales para cirqueros de poco presupuesto no abundan. Es difícil hasta conseguir que te contraten para un cumpleaños infantil, así que aprovechamos cada oportunidad. No importaba si nos estaban viendo dos o veinte personas, si nos pagaban más o menos de lo que pensábamos, hacíamos todo. El show era bueno, la verdad, tenía partes muy graciosas y trucos bastante interesantes dentro de lo que es un ambiente tan gastado. Pasamos seis meses experimentando con la rutina que teníamos, y aunque las respuestas a nuestro acto eran favorables, comencé a notar que Lucía no estaba contenta. Pensé que era algo pasajero y no hice nada por miedo a darle valor a un sentimiento que no sabía que podía ser. Es tremendo como uno puede mandarse una cagada importante sin siquiera saberlo.

Para ese entonces Lucía daba clases de yoga cuatro días a la semana en los turnos de la mañana y yo trabajaba de mozo en un café cheto del centro cinco días hasta las dos de la tarde. El resto del tiempo y los fines de semana nos lanzábamos de lleno a las acrobacias. Lucía primero redujo un par de noche de ensayos porque quería arrancar algún cursito de algo que nunca arranco. Los findes se volvieron fin de semana por medio para actuar porque quería hacer otras cosas que no hacía. Yo planté mi decisión de seguir enfocado en la acrobacia y el ambiente entre los dos se enturbió.

Nuestro último show juntos fue en el centro de Valeria del Mar, en un escenario de madera enfrentado a varias butacas sobre avenida El Lucero. Era en temporada así que nos vio bastante gente. Los primeros trucos salieron como los practicamos, con una naturalidad muy fluida. Había muchos chistes inocentones que provocaban carcajadas en los más chicos y sonrisas en los adultos, como cuando a Lucha le tocaba quedar en posiciones chistosas, yo haciendo que no entendía a donde tenía que quedar en las vueltas y quedando con la cola muy cerca de su cara, o fingir que olvidábamos algún elemento del espectáculo. La gente parecía pasarla bien, si me confío por sus risas. Lo difícil fue en el último número del show, donde usábamos la inversión de nuestro presupuesto. Esta parte consistía en usar varios pinos con los que malabareábamos, llenos de luces de colores, y de a momentos sostenerlos cerca para que parecieran una personita, y hacerla caminar, bailar, volar. Uno muy cerca del otro, con nuestros monos rayados rojos y negros y nuestros zapatos grandes de payaso. Cuando hacíamos esto Lucha cambiaba de un tono humorístico a uno más solemne sincronizada con las luces bajando de intensidad, mientras la música pasa de ser un jolgorio de tambores y gritos a una melodía delicada con voces susurrando en francés que siempre me hizo pensar en las estrellas.

—Podemos sentir que nos desarmamos—relataba mientras separábamos las partes del Niño Volador—. Cada uno pasa por los obstáculos que le tocan, pero lo más importante es encontrar… El vuelo propio—decía Lucha mientras los pinos se ponían en forma de supermán para pasearlo por el escenario y la gente aplaudía.

La música desapareció difuminada entre nuestros movimientos y acostábamos al Niño Volador a dormir en el suelo. Lucha se acerca a su cara, como si le estuviese diciendo algo, y las luces vuelven al escenario.

—Me está diciendo algo. ¿Escuchaste, Federico?—y mi corazón se rompió—. ¡Me está diciendo que es hora de pasar la gorra!

Y volví a poner la música alegre acompañada de los aplausos de la gente. Pasamos la gorra y Lucía me dijo que habíamos juntado bastante plata.

Estuve muy callado todo el viaje de vuelta al hostel donde nos hospedábamos, Lucha me preguntó que me pasaba.

—Me dijiste Federico—solté con el labio inferior apretado.

Lucía me miró perpleja.

—¿Qué?

—En la última parte, me dijiste Federico.

—Sí… Federico, tu nombre.

—No me dijiste Angosto.

Lucha se quedó en silencio mirándome entre confundida y harta.

—No me dijiste Angosto—repetí.

—Sí, te escuche, me parece una locura que eso te parezca algo tan terrible.

—¡Y sí! Bueno, no. No es terrible, pero nunca me dijiste así antes.

—Debo haberte dicho Federico mil veces—me respondió encorvando los hombros y mirando al techo—. No tengo ganas de pelear. Menos por esa pelotudez.

—No, no vamos a pelear, tendría que importante un poco algo para pelear.

—Ah, ahí está. Dale, soltalo.

—¿Soltar qué?—grité.

—Lo que te estás guardando hace rato. Me estás haciendo un planteo porque te dije por tu nombre de pila y porque no peleo lo suficiente. Es obvio que tenés algo más molestándote y no te animás a decirme un carajo de qué es.

—No sé—le respondí volviendo a bajar la voz—. Si supiera supongo que sería más fácil, no sé. Que se yo. Te veo en otra.

—Bueno, eso es algo. Sí.

—Sí… ¿Sí qué?

—Que estoy en otra. Es verdad, seguimos haciendo esto de rutina de siempre la misma coreo, siempre el mismo día, siempre el mismo encuentro, y me encanta hacer estas cosas con vos, pero ya no siento que esté creciendo. Estoy estancada.

—¿Y nunca me dijiste nada?—le increpé.

—Me acabás de hacer un planteo por la forma en que te nombré en un show, claramente tenía razón en pensar de que no te podía plantear eso. Ahora ya está, ya te conté.

—Muchas ganas de contarme no tenías si estabas esperando a que te dijera algo.

—Ya está, Federico, ahora ya te lo dije.

—Sí… Y ahora, ¿qué?

Nos quedamos viéndonos en silencio. El clima se relajó un poco y la tensión de la pelea aflojó. Ninguno sabía que hacer.

—No sé, no sé ahora que pasa. Nada más sé que no estoy bien hace un tiempo, y vos tampoco. No tenemos las mismas ideas de lo que queremos. No voy a cambiar lo que siento o lo que quiero solamente para sostener una rutina que me está matando. No voy a pedirte tampoco que vos hagas lo mismo.

—Yo si quiero seguir con vos.

—Ay, Ango. Dale… Hace meses que no me tocás ni un pelo. No me acuerdo la última vez que hicimos algo juntos además de trabajar en una rutina.

—Podemos mejorar.

—Sí, podemos. Y lo vamos a hacer—dijo y me miró. Terminó la frase con los ojos. Entendí que todo esto era muy poco y muy tarde, sentí una mezcla entre desazón y alivio que se me hizo muy particular.

—Sí… Pero no juntos—le dije a la vez que lo comprendía.

—No así, no con este vínculo. Somos personas buenas y nos queremos, no podemos destruirnos, ni al otro y menos a nosotros mismos.

—No pensé… No creía que era tan, no sé, definitivo esto que estaba dando vueltas. Creo que negué muchas cosas mucho tiempo.

Lucha me vio con la mirada perdida y me abrazó con más ternura de la que nadie me haya demostrado antes.

—Te amo—me dijo.

Quise decirle lo mismo, pero el llanto me lo impidió. Me explotaron lágrimas de la cara y la abracé fuerte.

Pasamos la noche juntos, abrazándonos, charlando. Cenamos tranquilos y cada tanto uno volvía a llorar, yo unas cien veces, hasta que el otro lo consolaba. Lucha tenía el mejor método para que no lloráramos tanto.

—Pensá en zapallos—me compartió.

—¿En zapallos?

—Sí, en zapallos. Pero no zapallos calabaza, esos no sirven. Tenés que pensar en zapallos ancos.

Confié en su consejo, y no sé si era lo chistoso del mismo o si realmente había algo más, pero dejé de llorar.

—¿Viste?—dijo ella sonriendo— Cuando tengas muchas ganas de llorar, pensá en zapallos ancos, y si estás con gente que te pone nervioso, pensá que son zapallos con tutú.

Me reí.

—¿De dónde sacaste eso?

—Mi abuela me lo decía cuando me daba vergüenza ir a los actos de la escuela. Me dijo que me imagine a la gente así, y se me pasaba. Y si lloraba por algo, lo mismo. Me imaginaba un zapallo— se rió— y se me pasaba. Creo que funciona para todo. Es una ley universal.

—Te amo, Lucía—le respondí con demora.

Esa noche dormimos juntos, y al día siguiente volvimos a La Plata, aunque ya no como pareja. Lo difícil de terminar la rutina es cuando esa rutina te gusta. O te controla, y me costó mucho cambiar la forma de hacer las cosas. Supongo que a Lucha también le costó a su manera el primer tiempo. Cada tanto nos vemos, y tomamos unos mates o salimos a compartir unas birras. Nos encontramos en puntos determinados y después cada cual sigue su camino. Estoy seguro de afirmar que es mi persona favorita, de esta forma, la anterior, la siguiente o de la que sea. Ella tiene mil errores y, lo que importa, mil formas de enfrentarlos.

Yo sigo siendo acróbata, porque eso no es una opción para mí. Dejar de ser acróbata se me hace más difícil que dejar de ser un humano. Por el momento vivo en Córdoba con un grupo de amigos que también comparten esos principios, y nos va bien con nuestra compañía de teatro, no dejamos de ensayar y de improvisar. Sobre todo, nunca dejamos de disfrutar.

Esa creo que puede ser mi máxima. Para evitar el llanto, acrobacias. Y para frenarlo, zapallos.

Zapallos ancos.

No volvió

La falda de la montaña tendría que tener una forma irregular. Esta no. Su unión con el suelo parecía trazada con un compás. Enrico adoraba esta lección. No soportaba lo artificial de los dibujos, el exceso de simetría que se le imponía a la ruda naturaleza, y sin embargo ahí estaba esa montaña para exponer su prejuicio. Tal vez se vería menos circular de cerca, tal vez si se acercara encontraría las irregularidades en el suelo que siempre adjudicó a esos ambientes. Pero un enorme lago se interponía entre ambos, y solo le quedaba darle a la montaña el beneficio de la duda.

El sol estaba firme en el cielo sin interrupciones de las nubes, el día no podía ser más hermoso. El lago imitaba tembloroso esta luz que le llegaba, como un niño imitando al padre, como si quisiera dejar de ser agua para poder ser cielo.

Enrico quedaba fuera de tono vestido de traje y camisa sobre la playa. Sus zapatos negros no combinaban bien con la arena rubia sobre la que se paraban. El viento sacudía su ropa arrugada de la misma forma que sacudía su cabello, y la luz exponía ante el mundo sus ojeras grises por encima de su barba desaliñada. Enrico no sonreía, su rostro se mantenía tieso con su boca ligeramente abierta. Su mente procesaba incontables pensamientos una y otra vez en un torbellino, y ninguno llegaba a ser expresado por su cara.

Dio un paso. Dio otro paso. Se detuvo. Se quitó la corbata y el saco. Dio unos pasos más y contrajo la cara con fuerza mientras se arrancaba la camisa. Los botones blancos cayeron desperdigados en la arena. Enrico abrió los ojos y se desconcertó. No había ningún lago cristalino y no había ninguna montaña desafiante, ahora solo estaba frente a una pared de yeso y un bidón de agua que burbujeó tímidamente.

Enrico respiró agitado, se giró y vio la oficina de siempre, y todo el ruido de la gente hablando, los teléfonos sonando y los pasos ahogados por la alfombra volvieron de pronto. Susana pasó a su lado con su vasito de café y le preguntó si estaba bien. Enrico dijo que sí. «¿Qué le pasó a tu camisa?» dijo extrañada aquella voz mientras Enrico caminaba, dejando la pregunta flotando sin respuesta.

¿Cuál situación era real? Enrico no supo responderse. Su escritorio estaba a unos pocos pasos, debía de volver al trabajo. La alfombra se sintió mullida bajo sus zapatos, y cada paso le costó más esfuerzo. Sintió el suelo deformarse ante la tiranía de su pisada con suela de goma. Cuando bajó la vista para ver cual era el problema, notó que era muy difícil caminar con aquel calzado sobre una arena tan ligera. Enrico se quitó los zapatos y desechó a un lado los restos de su camisa. El sol ahora entibiaba todo su torso y el aire fresco le erizaba la piel. Lo siguiente fue quitarse los pantalones color carbón y su ropa interior. La arena se adaptaba a cada paso que daba, y con cada paso la arena se volvió más firme, y luego más húmeda. Enrico no se detuvo en la orilla, su cuerpo desnudo nunca había estado más cómodo. Casi se cae cuando de repente su pie sintió el piso firme apenas acolchado por la alfombra gris. Resignado, se sentó en su silla, y se sintió incómodo. Sus compañeros de trabajo lo miraron fijo, algunos con la boca abierta, Enrico se miró y entendió porque. Rió con cansancio. Se puso de pie con decisión y dio un par de pasos con su torbellino mental apaciguado por su determinación. Casi enseguida volvió a sentir el agua por los tobillos, y hasta creía poder distinguir entre la arena y la ceniza que pisaba en el interior del lago. No paró hasta que el agua le lamió al cuello. Sintió unas ganas extrañas de nadar, y no dudó en hacerlo. Nadó empapado en aquel espejo líquido, alejándose cada vez más de sus harapos. Quería llegar al otro lado, quería saber si esa montaña lo había engañado realmente con su falda. Si él llegaba a tener razón, se reiría y seguramente le haría algunas bromas; y si ella realmente era tan perfecta como se había mostrado, ese nado habría valido la pena.

Y nadó.

Y llegó.

Se quedó.