La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

Vestuario y ejecución

Tengo trece años y me enamoré. Estoy enamorado del rugby porque me salvó la vida. Ahora tengo amigos y no frunzo tanto el ceño. Corro contento por un descampado a las nueve de la noche en invierno y nadie me dice gordo para insultarme. Me llaman gordo, pero es un gordo bueno. «Dale, gordo, vos podés», o «muy bien, gordo…así me gusta»

Juego mi primer partido en menores de quince, lo ganamos. Es de los pocos que ganamos ese año. Si arrancamos perdiendo, me bajoneo. Desmotivado juego mal. Nando y Tomás en cambio están siempre motivados. Juegan de primer y segundo centro. Se expresan sin palabras entre jugada y jugada: un choque de enojo, un abrazo de cariño, un llanto-a veces feliz, otras triste- que se esconde en un try a último minuto. Cuando los botines dejan de hundirse en el pasto y empiezan a repiquetear en el cemento del vestuario, ninguno se expresa más, nos vaciamos como muñecos sin relleno.

Llovió casi toda la semana. Estoy en menores de diecisiete, bañándome después de un entrenamiento en el barro. En el eco del vestuario rebotan frases contra el aire húmedo que no para de espesarse. «Me hacés cagar de risa, amigo» le dice el Negro Calzatti al pilar derecho y las voces ríen. «Qué buena casaca» le comenta Jano a Nando y sus manos acarician ropa. «Tenés los tubos gigantes, amigo» dice otro, no distingo quién, al segunda línea titular y un enjambre de dedos le pinchan los bíceps. David acopla su mano a la boca a modo de parlante y anuncia «Eh, guarda ahí con El Ruso que peló artillería» y los ojos se hipnotizan a una entrepierna desnuda. Tomás sale de la ducha desafinando una canción nueva de Katy Perry y Nando levanta los ojos de sus cordones medio atados para enjuiciarlo. Lo degüella con solo cinco palabras: «¿Qué hacés, pedazo de puto?». Todos los que están cerca reímos, menos el ejecutado.

Tengo veintiuno. Termino el último partido del año en plantel superior, saludo con un beso a Coti, mi novia de entonces y me voy a las duchas. El repiqueteo de los tapones en el adoquín suena distinto, tienen música de repetición, el ritmo y la cadencia solo revelan el cansancio de los años. Acepto que es momento. Agradezco en silencio al rugby por salvarme de chico y me limpio el barro por última vez. Afuera, caminando con paso emancipado, escucho a un entrenador de primera armando una tesis sobre el culo de la capitana de hockey, la mirada se me derrite en mueca. Llegando a la salida descubro a unos chicos de juveniles abrazando a un compañero que llora, las amigas mujeres le acarician la espalda con energía de consuelo y palabras de sobra. Ellas tienen todas las palabras que nos faltaron a mí y a mis compañeros, sobre todo a Tomás y a Nando. Mi mueca promete volverse sonrisa.

Ahora es el segundo aniversario de no tener callos en todos los dedos de los pies. Estoy en un boliche de Córdoba Capital con mis amigos de la facultad. Ando soltero por primera vez en edad adulta y este fenómeno me resulta tan ajeno como novedoso. Deslizándome entre cuerpos transpirados siento la música cachengue retumbando contra mis oídos. Me pierdo. Una barra desertada por los barmans se vuelve mi checkpoint. Me encuentra alguien, pero no lo conozco. Es un flaco alto que me habla con confianza de rayos equis. No escucho del oído izquierdo y el derecho está tapado por la música y dos chicas que hablan a los gritos. Disimulo la sordera con ojos atentos. Me concentro en lo que dice. Por un instante creo poder leer los labios. El chico tiene rulos negros que asienten cada vez que él lo hace y de la boca le rebalsa una sonrisa hasta taparle los ojos. Me descubre la trampa y me entibia la oreja donde las amigas no gritan. Me hace un chiste medio nabo y mi nariz se vuelve acordeón de la risa. Medio fernet aguado después me adivina los nervios, y me besa. Es un trance eterno, de casi medio minuto. Me despego cuatro lenguas de distancia y le miento que no, que no quiero. Me vuelvo humo en la marea de bailes descoordinados y me reconstruyo al encontrar un amigo. Digo que me perdí volviendo del baño. Miento. Miento y agradezco con cobardía no tener que explicarle que quise besar a un hombre, pero no puedo. Que me da terror que si lo hago, se me aparezca entre ecos húmedos, un fantasma con forma de primer centro y que levantando la mirada de los cordones a medio atar, diga en un grito ahogado y burlón las cinco palabras que alcanzan para cortarme el cuello.

Noche de azúcar en Maracaibo

Mi viejo siempre me decía: El mejor bailarín también es el que más veces se cayó.

Yo me caí muchas veces pero nunca fui un gran bailarín. Él supongo que sí, pero nunca destacó profesionalmente. La familia, la cultura y la costumbre lo obligaron a ocupar un rol de jefe de hogar para proveer sustento. Eso lo mató en vida. Nunca pude imaginarme a mi padre como un esforzado bailarín que dejara todo en un escenario, cuando lo conocí, yo soy el menor de mis hermanos, ya era un hombre adulto amargado trabajando de albañil.

La curva de aprendizaje era todo para mi papá, ya sea en el colegio, en un deporte o un laburo. «Te vas a caer» me decía siempre que practicaba baile, «Te vas a caer, y te vas a levantar. No cuando empieces, no cuando seas profesional, sino en el medio».

Nunca me destaqué en la danza, ni en ningún baile. A mí me gustaba hacer acrobacias. Saltar, treparme a árboles, que se rían de mi gracia. Por eso me volví acróbata. Arranqué bien de pendejo con malabares, cuando ya había abandonado el secundario. Con dos amigos conseguimos pelotas de goma, palos, sogas y practicábamos mucho. En los semáforos no nos daban un mango. Insistimos día y noche en todas las zonas que podíamos. De a poco nos dimos cuenta como trazar nuestro mapa. Evitábamos las zonas donde había mucha droga o prostitución, siempre nos choreaban ahí. Aprendimos que los semáforos cortos nos convenían porque éramos varios para hacer el recambio y el flujo de autos no cambiaba tanto. Cuando pasamos a ser mayores de edad éramos los malabaristas más piolas del barrio. Eso tampoco me hizo feliz, al igual que el baile. O sea, me encanta hacer malabares, pero yo era acróbata. Cirquero. Quería saltar, moverme, crear coreografías. Volví a desanimarme como me pasaba con el baile. Hasta que Lucía me enseñó a hacer la mortal para atrás.

Lucía nació en Mar del Plata y se vino a laburar a La Plata a los dieciséis años, sin ninguna garantía de nada. Si yo tenía poca guita en ese entonces, Lucía me ganaba el concurso de pobreza. Yo tenía mi casa y conocidos. Ella una mochila y un solo primo que le diera una mano. Nos encontramos por primera vez en una plaza del centro, un domingo hermoso, de esos donde la gente sale de la cueva para hacer cualquier huevada al aire libre. Ella tenía veinticinco años y yo veintitrés. Yo hacía los mismos malabares de mierda que venía haciendo hacía ya un tiempo largo, ella daba clases de yoga.

No fue un encuentro elegante, yo estaba hecho un asco de chivo que solo empeoraba entre el ejercicio y el calor mientras ella se iba poniendo de mal humor porque la gente que pasaba cerca la interrumpía cada dos por tres. Ya tenía un humor de perros cuando vino a cagarme a pedos por la música fuerte y porque practicábamos muy cerca de ella. Yo me reí.

—Es una plaza—le dije.

—Ah, mirá. No me digas, pelotudo.

—Es una plaza pública flaca, ¿qué querés que haga? A vos sola se te ocurre hacer eso acá.

La sarta de puteadas que me tiró fue increíble. Digno del Nobel a la puteada. Lucía siempre puteó muy bien, con mucho color y en el momento justo. No me acuerdo que me dijo exacto ese día, la verdad me distraía verla hablar y la ternura que se le escapaba de los ojos cuando quería parecer una mina ruda. Era ruda, eso ni hablar, pero yo sentía verle la ternura en el fondo del patio de los ojos, en un rincón lejano, incluso más lejos que su tristeza. No discutí nada y le di la razón, aproveché la movida para hacerme el ofendido y dejar de practicar por el día.

El siguiente domingo volví, solo. Esperé un rato largo que apareciera, hasta que la vi elongando a unos metros de donde estaba. Me repiqueteó el corazón, nervioso. Yo no les puedo explicar lo que era esta chica. No llegaba al metro sesenta pero emanaba grandeza. La piel mate bronceada suave por el sol le resaltaba el pelo rubio que le rozaba los hombros. Cruzamos miradas por un instante y sentí como me atravesaban esas perlas negras. Me sentí desnudo, me veía y me podía ver todo. De verdad podía sentir que me miraba la cara y la nuca a la vez, como si tuviese vista panorámica.

Un instante de vernos me sobró para saber que esa chica me movía el piso. Nunca me sentí tan boludo como en ese momento. ¿Una mirada? ¿Y listo? ¿Una mirada y ya me estaba enamorando? Bueno, sí. Así de pelotudo como suena, una mirada me sobró.

Esperé como un nene a que terminara la clase que daba. Cuando empezó a caminar me acerqué, creo que sonriendo.

—¿Qué querés, flaco?—me dijo cuando estuve un par de pasos atrás, sin darse vuelta.

—Hola perdón por la clase…Eh, quería pedirte perdón por, ah. Por la clase, eh, de la semana pasada.

Lucía paró y se volteó para ver quién era.

—Ah, sos vos.

—Sí, soy yo. Federico me llamo, flaco me decían de chico.

Casi que sonrió.

—Sí, no sé si flaco te quedaría bien de apodo—dijo mientras me examinó de pies a cabeza, cuando llego a mi cara se quedó unos segundos más con la cabeza detenida. Yo rozaba el metro noventa, y sin embargo su presencia era mucho más fuerte—Angosto. Sos Angosto.

—Me quería disculpar por el encontronazo de la semana pasada, no te quería molestar.

Ella dudó un momento.

—No pasa nada. ¿Viniste acá de nuevo nada más para pedirme perdón?

—Bueno, sí. Te quise pedir perdón hace un minuto pero balbucee como un tarado—dije y sonreí.

Sonrió.

Desde ese día fui Angosto, así me llamaba siempre ella y nuestros amigos.

No sé como aceptó ir a tomar una birra con una presentación tan patética. Aceptó otra salida después de esa, y otra más. Y aceptó una más, hasta que la fascinación era recíproca, nos empezamos a ver todos los días.

Logramos un nivel de intimidad que nunca, yo por lo menos, había conseguido con nadie, ni familiares, ni amigos. Me contó su historia; me habló de la relación con sus padres que habían muerto cuando ella era chica en un accidente de ruta, de cómo la había criado su abuela hasta los dieciséis años, cuando falleció, de cuanto  le costó irse de la ciudad que la había visto crecer pero también me contó de lo importante que era para ella la decisión de seguir su vida por otro camino. Yo le confié cosas que no le había dicho nunca a nadie más, ni siquiera a mis anteriores parejas. Le hablé de las peleas con mis hermanos, de Emanuel, mi hermano mayor, con quien no hablaba desde hacía siete años por las cosas que le hizo a mi vieja, le conté mi fantasía de trabajar en un circo, hasta pude hablarle del injustificado miedo que tenía de que la gente que más quería muriera y de las fobias que eso me traía. No podía creer con la paciencia con que me escuchaba, de como no me juzgaba ni por las cosas buenas ni por las malas. Otras cosas no me las contó, las vi yo. La vi alegre por terminar su primer curso de reiki cristal; la vi triste por pelearse con amigues que la lastimaron, con el pesar y la firmeza de quien quiere relación sana o nada; la vi indecisa a veces cuando no sabía a dónde apuntar su carrera. Compartí con Lucía momentos del día a día, sin fuegos artificiales ni luces brillantes, ni espejitos de colores, de los que se comparten con quien te sentís seguro.

Nuestra relación duró más que muchas y menos que unas pocas, si es que ese dato importa. Jamás medimos nuestro amor por hora y nunca nos exigimos cumplir con normas o metas dictadas por muertos. Fuimos lo que salió, cómo salió y sin usar caminos gastados. Y si tengo que dar mi opinión, la verdad que salió muy lindo.

En cuanto a mis proyectos, no pasó ni un año de conocer a Lucía que dejé los malabares. Me da placer solo recordarlo. Pensar en cómo me encadenaba a algo que no me llenaba, a esta altura me parece hasta ficticio. Por ahí si Lucha, así la bauticé a Lucía para molestarla y quedó, no me daba un buen cachetazo de realidad hubiese tardado mucho más en arrancar lo que me llenaba de verdad.

Las acrobacias se volvieron mi día a día desde que me tiré a la pileta con incertidumbre. Ensayaba en la casa de Lucha, donde prácticamente ya vivíamos juntos, y ella me corregía. No se dan una idea de lo que sabe esa muchacha de arte. No necesitaba yoga para expresarse, ella sabía pintar, cocinar, bailar, hablar. Tenía todas sus herramientas siendo parte de ella, emanaba arte con cada intención de expresarse. Era mejor bailarina de lo que yo jamás hubiese podido llegar a ser, y también mucho mejor acróbata o cirquera. Solamente que en ese momento, ella todavía no lo sabía.

No tardé en deprimirme por no poder hacer nada bien. No es que naaaada me salía bien, pero yo lo sentía así. Las coreografías que creaba quedaban básicas, no tenían nada interesante. La única que me gustaba hacer la había hecho Lucha y hasta a ella le parecía que faltaba algo. Una de las noches de esa época me desperté con ansiedad, salí al patio a entrenar alumbrado por el único foquito que tenía ahí. No sé qué hora era, pero el mundo estaba vació. No había gente en ningún lado, ni madrugadores ni gedientos. Practiqué la mortal para atrás y me caí todas y cada una de las veces que la intenté. No podía. Por momentos sentía que no me salía porque era de noche, o porque yo era muy alto, o porque estaba cansado. Terminé volviendo a pensar que era porque, simplemente, no era bueno. La intenté de nuevo con mucha bronca y me pegué tal palo que desperté a Lucía del ruido.

—¿Ango? ¿Estás bien?—dijo suavecito saliendo al patio en pijama.

—Sí, espectacular—le respondí entre los gruñidos que hice al levantarme.

Lucía por poco que se me caga de risa en la cara. A mi no me gustó.

—No sé ni qué hora es, estás todo transpirado tirado en el piso manchado de mugre y rojo como un tomate. No es que me ría de vos… Un poquito nada más-dijo, leyendo mi mueca.

—No me sale ni mierda.

—Ni te va a salir si toda la energía que emanás es turbia. A ver, intentá de nuevo.

Así fue, con el mágico poder el amor, que de un ligero salto di una vuelta en el aire invertida y caí de pie con la gracia de una bailarina de ballet.

Obviamente que eso es mentira, me caí de culo como las otras doscientas veces. Lucha me ayudo a levantar, ya sin nada de burla, meditando un poco sobre el problema.

—Tenés que soltarte un poco más, estás muy duro. Fluí un poco. Mirá.

Lucía se puso atrás mío y usó las manos para darme más firmeza en la espalda.

—Ahora hacelo de nuevo, relajado. Respirá—dijo, y respiré—. Ahora exhalá—dijo y exhalé—. Bien, así sí. ¡Ya!

Mis piernas se movieron con mucha más ligereza que antes y el saltó salió perfecto con la fuerza que aplicó Lucha. Hice la mortal para atrás y caí de pie, por primera vez.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Salió!

—¡Te salió genial!

Sonreí como si fuese mi cumpleaños y nos abrazamos.

—Nos salió genial. Ya sé que hay que hacer para que la coreo salga bien—le dije.

—¿Qué tenías en mente, Angosto?

—A vos. Y a mí. Los dos juntos, hacerla juntos. La coreo que vos hiciste, la podemos adaptar para que sea de a dos y quedaría increíble. Los trucos van a salir mucho mejor y lo que no le salga a uno lo hace el otro y listo el pollo.

—¿Listo el pollo?— dijo Lucha riéndose mientras me miraba, resistiéndose un poco a la idea.

La abracé por la cintura y le devolví la mirada.

—Listísimo el pollo—le dije tentado, y nos besamos.

No podría dar mucho detalles de los meses siguientes a esa noche, lo recuerdo todo a modo de sueño, es un plazo de tiempo que identifico más con sensaciones que con datos.

—¿Y qué número termina todo?—me preguntó una vez ella cuando decidíamos los últimos detalles.

—Para mí, con el truco de los pinos, los que ponemos juntos y hacemos al «Niño Volador». Y mientras vamos haciendo las cosas vos vas diciendo el discurso de «pero lo más importante es encontrar el vuelo propio» y entonces yo corto la música y vos hacés como que hablas con el muñeco.

Lucha se rió al imaginarlo.

—¿Y ahí es cuando pido la plata no?

—Sí, ahí les avisas que hay que pasar la gorra.

—Sí, pero con un poco más de gracia, sino nos van a putear. Anotá, voy a hacer que hablo con el muñeco y digo algo como… Me está diciendo algo, Angosto. Y vos decís «¿qué» y yo digo, ¡me está diciendo que es hora de pasar la gorra! Y alguna musiquita chistosa para cuando se prenden las luces. ¿Qué te parece?

—Me parecés genial—le dije cuando terminé de anotar.

La coreografía quedó perfeccionada, y entre los dos hacíamos un espectáculo bastante decente. Lo único que faltaba era actuar con público.

Los cupos laborales para cirqueros de poco presupuesto no abundan. Es difícil hasta conseguir que te contraten para un cumpleaños infantil, así que aprovechamos cada oportunidad. No importaba si nos estaban viendo dos o veinte personas, si nos pagaban más o menos de lo que pensábamos, hacíamos todo. El show era bueno, la verdad, tenía partes muy graciosas y trucos bastante interesantes dentro de lo que es un ambiente tan gastado. Pasamos seis meses experimentando con la rutina que teníamos, y aunque las respuestas a nuestro acto eran favorables, comencé a notar que Lucía no estaba contenta. Pensé que era algo pasajero y no hice nada por miedo a darle valor a un sentimiento que no sabía que podía ser. Es tremendo como uno puede mandarse una cagada importante sin siquiera saberlo.

Para ese entonces Lucía daba clases de yoga cuatro días a la semana en los turnos de la mañana y yo trabajaba de mozo en un café cheto del centro cinco días hasta las dos de la tarde. El resto del tiempo y los fines de semana nos lanzábamos de lleno a las acrobacias. Lucía primero redujo un par de noche de ensayos porque quería arrancar algún cursito de algo que nunca arranco. Los findes se volvieron fin de semana por medio para actuar porque quería hacer otras cosas que no hacía. Yo planté mi decisión de seguir enfocado en la acrobacia y el ambiente entre los dos se enturbió.

Nuestro último show juntos fue en el centro de Valeria del Mar, en un escenario de madera enfrentado a varias butacas sobre avenida El Lucero. Era en temporada así que nos vio bastante gente. Los primeros trucos salieron como los practicamos, con una naturalidad muy fluida. Había muchos chistes inocentones que provocaban carcajadas en los más chicos y sonrisas en los adultos, como cuando a Lucha le tocaba quedar en posiciones chistosas, yo haciendo que no entendía a donde tenía que quedar en las vueltas y quedando con la cola muy cerca de su cara, o fingir que olvidábamos algún elemento del espectáculo. La gente parecía pasarla bien, si me confío por sus risas. Lo difícil fue en el último número del show, donde usábamos la inversión de nuestro presupuesto. Esta parte consistía en usar varios pinos con los que malabareábamos, llenos de luces de colores, y de a momentos sostenerlos cerca para que parecieran una personita, y hacerla caminar, bailar, volar. Uno muy cerca del otro, con nuestros monos rayados rojos y negros y nuestros zapatos grandes de payaso. Cuando hacíamos esto Lucha cambiaba de un tono humorístico a uno más solemne sincronizada con las luces bajando de intensidad, mientras la música pasa de ser un jolgorio de tambores y gritos a una melodía delicada con voces susurrando en francés que siempre me hizo pensar en las estrellas.

—Podemos sentir que nos desarmamos—relataba mientras separábamos las partes del Niño Volador—. Cada uno pasa por los obstáculos que le tocan, pero lo más importante es encontrar… El vuelo propio—decía Lucha mientras los pinos se ponían en forma de supermán para pasearlo por el escenario y la gente aplaudía.

La música desapareció difuminada entre nuestros movimientos y acostábamos al Niño Volador a dormir en el suelo. Lucha se acerca a su cara, como si le estuviese diciendo algo, y las luces vuelven al escenario.

—Me está diciendo algo. ¿Escuchaste, Federico?—y mi corazón se rompió—. ¡Me está diciendo que es hora de pasar la gorra!

Y volví a poner la música alegre acompañada de los aplausos de la gente. Pasamos la gorra y Lucía me dijo que habíamos juntado bastante plata.

Estuve muy callado todo el viaje de vuelta al hostel donde nos hospedábamos, Lucha me preguntó que me pasaba.

—Me dijiste Federico—solté con el labio inferior apretado.

Lucía me miró perpleja.

—¿Qué?

—En la última parte, me dijiste Federico.

—Sí… Federico, tu nombre.

—No me dijiste Angosto.

Lucha se quedó en silencio mirándome entre confundida y harta.

—No me dijiste Angosto—repetí.

—Sí, te escuche, me parece una locura que eso te parezca algo tan terrible.

—¡Y sí! Bueno, no. No es terrible, pero nunca me dijiste así antes.

—Debo haberte dicho Federico mil veces—me respondió encorvando los hombros y mirando al techo—. No tengo ganas de pelear. Menos por esa pelotudez.

—No, no vamos a pelear, tendría que importante un poco algo para pelear.

—Ah, ahí está. Dale, soltalo.

—¿Soltar qué?—grité.

—Lo que te estás guardando hace rato. Me estás haciendo un planteo porque te dije por tu nombre de pila y porque no peleo lo suficiente. Es obvio que tenés algo más molestándote y no te animás a decirme un carajo de qué es.

—No sé—le respondí volviendo a bajar la voz—. Si supiera supongo que sería más fácil, no sé. Que se yo. Te veo en otra.

—Bueno, eso es algo. Sí.

—Sí… ¿Sí qué?

—Que estoy en otra. Es verdad, seguimos haciendo esto de rutina de siempre la misma coreo, siempre el mismo día, siempre el mismo encuentro, y me encanta hacer estas cosas con vos, pero ya no siento que esté creciendo. Estoy estancada.

—¿Y nunca me dijiste nada?—le increpé.

—Me acabás de hacer un planteo por la forma en que te nombré en un show, claramente tenía razón en pensar de que no te podía plantear eso. Ahora ya está, ya te conté.

—Muchas ganas de contarme no tenías si estabas esperando a que te dijera algo.

—Ya está, Federico, ahora ya te lo dije.

—Sí… Y ahora, ¿qué?

Nos quedamos viéndonos en silencio. El clima se relajó un poco y la tensión de la pelea aflojó. Ninguno sabía que hacer.

—No sé, no sé ahora que pasa. Nada más sé que no estoy bien hace un tiempo, y vos tampoco. No tenemos las mismas ideas de lo que queremos. No voy a cambiar lo que siento o lo que quiero solamente para sostener una rutina que me está matando. No voy a pedirte tampoco que vos hagas lo mismo.

—Yo si quiero seguir con vos.

—Ay, Ango. Dale… Hace meses que no me tocás ni un pelo. No me acuerdo la última vez que hicimos algo juntos además de trabajar en una rutina.

—Podemos mejorar.

—Sí, podemos. Y lo vamos a hacer—dijo y me miró. Terminó la frase con los ojos. Entendí que todo esto era muy poco y muy tarde, sentí una mezcla entre desazón y alivio que se me hizo muy particular.

—Sí… Pero no juntos—le dije a la vez que lo comprendía.

—No así, no con este vínculo. Somos personas buenas y nos queremos, no podemos destruirnos, ni al otro y menos a nosotros mismos.

—No pensé… No creía que era tan, no sé, definitivo esto que estaba dando vueltas. Creo que negué muchas cosas mucho tiempo.

Lucha me vio con la mirada perdida y me abrazó con más ternura de la que nadie me haya demostrado antes.

—Te amo—me dijo.

Quise decirle lo mismo, pero el llanto me lo impidió. Me explotaron lágrimas de la cara y la abracé fuerte.

Pasamos la noche juntos, abrazándonos, charlando. Cenamos tranquilos y cada tanto uno volvía a llorar, yo unas cien veces, hasta que el otro lo consolaba. Lucha tenía el mejor método para que no lloráramos tanto.

—Pensá en zapallos—me compartió.

—¿En zapallos?

—Sí, en zapallos. Pero no zapallos calabaza, esos no sirven. Tenés que pensar en zapallos ancos.

Confié en su consejo, y no sé si era lo chistoso del mismo o si realmente había algo más, pero dejé de llorar.

—¿Viste?—dijo ella sonriendo— Cuando tengas muchas ganas de llorar, pensá en zapallos ancos, y si estás con gente que te pone nervioso, pensá que son zapallos con tutú.

Me reí.

—¿De dónde sacaste eso?

—Mi abuela me lo decía cuando me daba vergüenza ir a los actos de la escuela. Me dijo que me imagine a la gente así, y se me pasaba. Y si lloraba por algo, lo mismo. Me imaginaba un zapallo— se rió— y se me pasaba. Creo que funciona para todo. Es una ley universal.

—Te amo, Lucía—le respondí con demora.

Esa noche dormimos juntos, y al día siguiente volvimos a La Plata, aunque ya no como pareja. Lo difícil de terminar la rutina es cuando esa rutina te gusta. O te controla, y me costó mucho cambiar la forma de hacer las cosas. Supongo que a Lucha también le costó a su manera el primer tiempo. Cada tanto nos vemos, y tomamos unos mates o salimos a compartir unas birras. Nos encontramos en puntos determinados y después cada cual sigue su camino. Estoy seguro de afirmar que es mi persona favorita, de esta forma, la anterior, la siguiente o de la que sea. Ella tiene mil errores y, lo que importa, mil formas de enfrentarlos.

Yo sigo siendo acróbata, porque eso no es una opción para mí. Dejar de ser acróbata se me hace más difícil que dejar de ser un humano. Por el momento vivo en Córdoba con un grupo de amigos que también comparten esos principios, y nos va bien con nuestra compañía de teatro, no dejamos de ensayar y de improvisar. Sobre todo, nunca dejamos de disfrutar.

Esa creo que puede ser mi máxima. Para evitar el llanto, acrobacias. Y para frenarlo, zapallos.

Zapallos ancos.

No volvió

La falda de la montaña tendría que tener una forma irregular. Esta no. Su unión con el suelo parecía trazada con un compás. Enrico adoraba esta lección. No soportaba lo artificial de los dibujos, el exceso de simetría que se le imponía a la ruda naturaleza, y sin embargo ahí estaba esa montaña para exponer su prejuicio. Tal vez se vería menos circular de cerca, tal vez si se acercara encontraría las irregularidades en el suelo que siempre adjudicó a esos ambientes. Pero un enorme lago se interponía entre ambos, y solo le quedaba darle a la montaña el beneficio de la duda.

El sol estaba firme en el cielo sin interrupciones de las nubes, el día no podía ser más hermoso. El lago imitaba tembloroso esta luz que le llegaba, como un niño imitando al padre, como si quisiera dejar de ser agua para poder ser cielo.

Enrico quedaba fuera de tono vestido de traje y camisa sobre la playa. Sus zapatos negros no combinaban bien con la arena rubia sobre la que se paraban. El viento sacudía su ropa arrugada de la misma forma que sacudía su cabello, y la luz exponía ante el mundo sus ojeras grises por encima de su barba desaliñada. Enrico no sonreía, su rostro se mantenía tieso con su boca ligeramente abierta. Su mente procesaba incontables pensamientos una y otra vez en un torbellino, y ninguno llegaba a ser expresado por su cara.

Dio un paso. Dio otro paso. Se detuvo. Se quitó la corbata y el saco. Dio unos pasos más y contrajo la cara con fuerza mientras se arrancaba la camisa. Los botones blancos cayeron desperdigados en la arena. Enrico abrió los ojos y se desconcertó. No había ningún lago cristalino y no había ninguna montaña desafiante, ahora solo estaba frente a una pared de yeso y un bidón de agua que burbujeó tímidamente.

Enrico respiró agitado, se giró y vio la oficina de siempre, y todo el ruido de la gente hablando, los teléfonos sonando y los pasos ahogados por la alfombra volvieron de pronto. Susana pasó a su lado con su vasito de café y le preguntó si estaba bien. Enrico dijo que sí. «¿Qué le pasó a tu camisa?» dijo extrañada aquella voz mientras Enrico caminaba, dejando la pregunta flotando sin respuesta.

¿Cuál situación era real? Enrico no supo responderse. Su escritorio estaba a unos pocos pasos, debía de volver al trabajo. La alfombra se sintió mullida bajo sus zapatos, y cada paso le costó más esfuerzo. Sintió el suelo deformarse ante la tiranía de su pisada con suela de goma. Cuando bajó la vista para ver cual era el problema, notó que era muy difícil caminar con aquel calzado sobre una arena tan ligera. Enrico se quitó los zapatos y desechó a un lado los restos de su camisa. El sol ahora entibiaba todo su torso y el aire fresco le erizaba la piel. Lo siguiente fue quitarse los pantalones color carbón y su ropa interior. La arena se adaptaba a cada paso que daba, y con cada paso la arena se volvió más firme, y luego más húmeda. Enrico no se detuvo en la orilla, su cuerpo desnudo nunca había estado más cómodo. Casi se cae cuando de repente su pie sintió el piso firme apenas acolchado por la alfombra gris. Resignado, se sentó en su silla, y se sintió incómodo. Sus compañeros de trabajo lo miraron fijo, algunos con la boca abierta, Enrico se miró y entendió porque. Rió con cansancio. Se puso de pie con decisión y dio un par de pasos con su torbellino mental apaciguado por su determinación. Casi enseguida volvió a sentir el agua por los tobillos, y hasta creía poder distinguir entre la arena y la ceniza que pisaba en el interior del lago. No paró hasta que el agua le lamió al cuello. Sintió unas ganas extrañas de nadar, y no dudó en hacerlo. Nadó empapado en aquel espejo líquido, alejándose cada vez más de sus harapos. Quería llegar al otro lado, quería saber si esa montaña lo había engañado realmente con su falda. Si él llegaba a tener razón, se reiría y seguramente le haría algunas bromas; y si ella realmente era tan perfecta como se había mostrado, ese nado habría valido la pena.

Y nadó.

Y llegó.

Se quedó.