Vestuario y ejecución

Tengo trece años y me enamoré. Estoy enamorado del rugby porque me salvó la vida. Ahora tengo amigos y no frunzo tanto el ceño. Corro contento por un descampado a las nueve de la noche en invierno y nadie me dice gordo para insultarme. Me llaman gordo, pero es un gordo bueno. «Dale, gordo, vos podés», o «muy bien, gordo…así me gusta»

Juego mi primer partido en menores de quince, lo ganamos. Es de los pocos que ganamos ese año. Si arrancamos perdiendo, me bajoneo. Desmotivado juego mal. Nando y Tomás en cambio están siempre motivados. Juegan de primer y segundo centro. Se expresan sin palabras entre jugada y jugada: un choque de enojo, un abrazo de cariño, un llanto-a veces feliz, otras triste- que se esconde en un try a último minuto. Cuando los botines dejan de hundirse en el pasto y empiezan a repiquetear en el cemento del vestuario, ninguno se expresa más, nos vaciamos como muñecos sin relleno.

Llovió casi toda la semana. Estoy en menores de diecisiete, bañándome después de un entrenamiento en el barro. En el eco del vestuario rebotan frases contra el aire húmedo que no para de espesarse. «Me hacés cagar de risa, amigo» le dice el Negro Calzatti al pilar derecho y las voces ríen. «Qué buena casaca» le comenta Jano a Nando y sus manos acarician ropa. «Tenés los tubos gigantes, amigo» dice otro, no distingo quién, al segunda línea titular y un enjambre de dedos le pinchan los bíceps. David acopla su mano a la boca a modo de parlante y anuncia «Eh, guarda ahí con El Ruso que peló artillería» y los ojos se hipnotizan a una entrepierna desnuda. Tomás sale de la ducha desafinando una canción nueva de Katy Perry y Nando levanta los ojos de sus cordones medio atados para enjuiciarlo. Lo degüella con solo cinco palabras: «¿Qué hacés, pedazo de puto?». Todos los que están cerca reímos, menos el ejecutado.

Tengo veintiuno. Termino el último partido del año en plantel superior, saludo con un beso a Coti, mi novia de entonces y me voy a las duchas. El repiqueteo de los tapones en el adoquín suena distinto, tienen música de repetición, el ritmo y la cadencia solo revelan el cansancio de los años. Acepto que es momento. Agradezco en silencio al rugby por salvarme de chico y me limpio el barro por última vez. Afuera, caminando con paso emancipado, escucho a un entrenador de primera armando una tesis sobre el culo de la capitana de hockey, la mirada se me derrite en mueca. Llegando a la salida descubro a unos chicos de juveniles abrazando a un compañero que llora, las amigas mujeres le acarician la espalda con energía de consuelo y palabras de sobra. Ellas tienen todas las palabras que nos faltaron a mí y a mis compañeros, sobre todo a Tomás y a Nando. Mi mueca promete volverse sonrisa.

Ahora es el segundo aniversario de no tener callos en todos los dedos de los pies. Estoy en un boliche de Córdoba Capital con mis amigos de la facultad. Ando soltero por primera vez en edad adulta y este fenómeno me resulta tan ajeno como novedoso. Deslizándome entre cuerpos transpirados siento la música cachengue retumbando contra mis oídos. Me pierdo. Una barra desertada por los barmans se vuelve mi checkpoint. Me encuentra alguien, pero no lo conozco. Es un flaco alto que me habla con confianza de rayos equis. No escucho del oído izquierdo y el derecho está tapado por la música y dos chicas que hablan a los gritos. Disimulo la sordera con ojos atentos. Me concentro en lo que dice. Por un instante creo poder leer los labios. El chico tiene rulos negros que asienten cada vez que él lo hace y de la boca le rebalsa una sonrisa hasta taparle los ojos. Me descubre la trampa y me entibia la oreja donde las amigas no gritan. Me hace un chiste medio nabo y mi nariz se vuelve acordeón de la risa. Medio fernet aguado después me adivina los nervios, y me besa. Es un trance eterno, de casi medio minuto. Me despego cuatro lenguas de distancia y le miento que no, que no quiero. Me vuelvo humo en la marea de bailes descoordinados y me reconstruyo al encontrar un amigo. Digo que me perdí volviendo del baño. Miento. Miento y agradezco con cobardía no tener que explicarle que quise besar a un hombre, pero no puedo. Que me da terror que si lo hago, se me aparezca entre ecos húmedos, un fantasma con forma de primer centro y que levantando la mirada de los cordones a medio atar, diga en un grito ahogado y burlón las cinco palabras que alcanzan para cortarme el cuello.