Una sirena no es un castillo

Ramón caminó por las playas públicas de Punta Mogotes como lo hacía cada temporada desde hacía doce años. Llevaba lo que nunca le faltaba, los lentes negros de plástico para el sol, la remera blanca manga larga que le combinaba con el pantalón del mismo color y las topper negras que no se podría acordar donde las compró aunque lo intentara. Pero no pensaba en su ropa, pensaba en la canasta de mimbre con mantas de papel oscurecido que protegían sus churros de la arena que revoleaba el viento. No era su mejor día vendiendo, la tarde empastada por el sol hacía que la gente prefiriera al de los helados. Ramón se preocupó un poco de que la semana siguiera así, porque en general la tarde era súbdita del mate y el mate era un gran amigo de los churros. El calor, en cambio, era el amante de los helados.

La playa de Mogotes tenía más personas que reposeras, y los hambrientos giraban la cabeza cuando escuchaban el canto de «¡a los churros!». Su grito de guerra no defraudaba, la voz crujiente de Ramón azucarada por la melodía del canto más famoso de la playa dejaba en claro quién era y qué hacía. «¡Churro churro, a losss churrossss!» lo volvía visible, pero no del todo humano. Para llamarlo, le chiflaban o lo bautizaban como «Eu, Churro, por acá». Ramón manejaba un punto medio, entre ser persona y ser bizcocho. Todos lo hacían, menos su comprador favorito, el nenito rubio que ya sabía su nombre. «Señor Ramón, ¿tendría churros, por favor?» le decía escondiendo una súplica en su pregunta. El gordito de pelo largo visitaba la playa con su familia desde hacía por lo menos una semana, siempre haciendo pozos en la orilla, creando montes de arena con moldes de plástico, saliendo de su mundo cuando los padres, dos momias con maya, lo mandaban a comprar. Eran una familia de seis, y compraban siempre lo mismo: una docena de churros sin dulce de leche. Ramón los miraba de reojo sin frenar su marcha inestable en la arena, todos comían churros menos el nene que los compraba.

«Acá tenés, amigo, una docena» le dijo Ramón pasando la bolsa de una mano de cuero endurecida por el sol a una manita rosada blanda como un aguaviva. Ramón charlaba hasta por los codos con un adulto que dudaba en comprarle, pero fue una excepción que le hablara tanto a un niño que ya le había pagado. «¿Vos no comés churros?»

El nene dijo que no, repitió memorizado que estaba con sobrepeso y le iba a hacer mal a la salud. Ramón le dijo que se comiera uno mientras no miraban, pero el nene se negó porque esos churros no eran para él, así que eso estaría mal. «Además» le dijo el nene, «estoy muy ocupado practicando para el concurso de castillos de mañana, pero da nervios. No sé si voy a ir» Ramón le preguntó por qué. «Es que es por tiempo, te miran haciéndolo, estaría bueno que dejen hacerlo antes y que los vean después, así no pierdo». Ramón le aconsejó que concursara, que según su experiencia vendiendo churros no es lo mismo pararse y esperar a que vengan que si vas y buscás a la gente. Le deseó suerte y retomó su anonimato esquivando sombrillas, perros, pelotas, nenes y demás obstáculos, con las piernas endurecidas por el cansancio viejo y el vozarrón amplificado por la necesidad.

La tarde siguiente fue peor que la anterior, el calor llevó a la humedad para no sentirse solo. Ramón mismo pensaba en cómo alguien podía comer churros a temperatura lava con ese clima mientras entregaba la bolsita oscurecida de aceite a los clientes. Aparentaba no ser un clima estable, las nubes flanqueando el cielo iban a filtrar el sol en cualquier momento. El viento era el problema, porque no había, Ramón calculaba que si tiraban un helado al suelo iba a transpirar menos que toda esa gente. En la orilla no se podía ni pasar, estaba bloqueada por un muro de gente haciendo formas de arena, entre ellos el nene que compraba churros sin poder comerlos. El castillo del niño regordete no llegaba a los tres pisos, pero la lengua afuera mientras se embarraba apoyado en cuatro patas mostraban lo concentrado que estaba para edificar esas torres. Ramón se fumó un parisiennes viendo terminar ese circo, sin admitirse que quería ver a su pupilo ganar. El niño perdió completamente anónimo con una pareja de treintañeros que había hecho una sirena de más de un metro de altura, con arena pulida para el rostro y caracoles para las escamas.

Como perder era poco, el nene perdió en soledad. Su padre lo llamó como a un perro extraño recién cuando vio a Ramón, para mandarlo a comprar churros. Ramón lo atendió como cada día, con el mismo pedido, una docena de churros vacíos. Ramón le dijo que su castillo era el mejor, el nene con ojos derrotados no respondió. Ramón le comentó que él sabía muchísimo de castillos, que conocía los mejores castillos del mundo y que ese que él había hecho era exacto a los castillos de los reyes que visitaba, que no se preocupara porque una sirena no es un castillo y que el premio lo daba él. Ramón le pasó una bolsa extra más liviana, con el secreto de una abuela dando plata al cumpleañero y le felicitó por el primer puesto, con tres churros especiales con dulce de leche como premio. El nene le agradeció con los ojos espolvoreados de victoria y la voz llena de identidad «Gracias, Señor Ramón».

Mientras Ramón retomaba su disfraz de «Eu, Churro, por acá», balanceando la canasta de mimbre, vio al nene entregando la bolsa grande a sus padres, dos momias distraídas, y comer sus churros de primer premio a un lado, contento por una vez de que no le prestaran atención. Ramón volvió a su grito de guerra de a los churros mientras las nubes dejaban respirar a los turistas, que podrían prepararse un mate y comprar churros, para cambiar sus vidas un churro con dulce de leche a la vez.