Recordatorio

La ventana abierta cumple su trabajo y deja pasar a un viento amistoso que me enfría la piel de gallina de los brazos. Le agradezco, el calor hace eterna la humedad de este pozo con etiqueta de ciudad. El vapor de la piel me deja aroma a déja vu, pienso de donde viene, pero no sé a qué me hace acordar. El soplido que arregla temperaturas me lleva al campo de deportes en verano, cuando atardecía con los treinta grados todavía colgados de una hora que no era la suya y la brisa echaba de la cara lampiña al intruso. Pero ese viento era, como mucho, un primo segundo del que me saluda ahora con tanta confianza. El viento que meneaba ese pasto era más bien una brisa que servía para descansar, era muy temprano para que las sombras hicieran de paño frio y muy tarde para meterse en el agua.

La pileta del campo era un pozo grande cargado hasta el borde de líquido blancuzco con gusto a cloro, muy distinta a la primera pelopincho que armé, con pocos metros cuadrados por habitante y mucho menos olor a químico. En el fondo de mi patio con la lona de la pileta plegable todavía desinflada, estaba mi viejo. No puedo mirarlo con claridad mientras hace el asado, pero si veo que sonríe entre los árboles. A su lado, modulando ajeno a mis oídos, está su mejor amigo. El amigo de mi viejo es un grande que me cae mejor que otros grandes, él me presta atención cuando le cuento boludeces, no espera simplemente a que termine de hablar. Esa noche, con la panza privilegiadamente llena, se corta la luz. Vuelve antes de que prendamos la segunda vela. Un poco me decepciono.

Hay algo hermoso en que se corte la luz, nadie tiene excusas. Todos rodeamos la mesa del comedor con la eficiencia de un quirófano para inventar el juego que sirva como evasiva para no dejar entrar al aburrimiento. Desentonamos un estribillo para que el resto adivine la canción, inventamos historias para adivinar que parte es mentira. Nos reímos de un chiste que escuchamos doscientas veces adentro de la burbuja anaranjada de las velas para que no se escuchen los golpes en la puerta del señor embole, que nos quiere mandar a dormir en ceguera con la más angustiante de las calmas. Casi era mi turno en el estanciero cuando sonó el pitido mecánico. Festejamos el click de la heladera avisando que volvió la luz. Yo también festejo, aunque estaba a sacar un cuatro de comprar Buenos Aires. Es que todavía no entiendo que la luz eléctrica esteriliza algunas intimidades.

Los sábados a la tarde hay luz natural y lo único eléctrico que uso es la tele. No escucho mucho, la aspiradora grita fuerte cuando se enoja con la mugre de la alfombra. No me importa, la cama de mis viejos sigue siendo mi refugio favorito cuando tiene muebles recién pulidos encima. Ahí soy rey, y mis súbditos nacen de mi plastilina, algunos grises, otros negros con pecas verde agua. Mezclar todos los colores para tener mucha masa es mi primera ansiedad, y por suerte todavía no lo sé. Por suerte me encanta el negro con pecas verde agua.

Si los pelos de la alfombra dejan de crujir debajo del aparato es que ya quedó limpia. Cuando está limpia y es un buen día, hay dos opciones espléndidas: una es armar el scalextric de autos y hacerlos correr en bucle por horas, extasiados en el loop infinito de la sorpresa en repetición. La otra opción también es una forma de repetición agradable, es ir a alquilar una película.

No me decido si alquilar un VHS es un evento o un ritual. Supongo que tiene un poco de ambas. Se anuncia como un evento, y culmina con una presentación. Pero si tengo que elegir, la parte ritualista tiene mejor sabor. El auto se estaciona debajo del cartel de neón y la campana de la puerta nos invita al laberinto de lomos amarillos. Mil quinientas cajas amarillas y hay que mirar la tapa de cada una. Si es un día especial puedo elegir una yo y otra mi hermano, y entonces yo agarro Toy Story 2 y el Hércules. Si en cambio tenemos que llevar una sola, nos turnamos. Cuando me toca a mi llevamos Hércules y cuando le tocaba a mi hermano llevamos Toy Story 2. Mil quinientas cajas amarillas y al día de hoy no entiendo por qué no ponían esas dos adelante de todo, para que uno no tenga que vaguear esquivando las Danza con Lobos y los Gladiador que distraían la búsqueda de Toy Story. Supongo que lo hacían porque el ritual definitivamente es la parte más importante. Además, era una tortura jugar a innovar, terminábamos dormidos viendo una película de un caballo animado corriendo por una playa de mentira.

La única playa que existía era en la que podíamos correr nosotros. En la que se podía saltar de la arena ablandada por el sol a la arena de perdigones fríos entre las plantas petizas de un médano. Cuando era un día de mucho, mucho calor corríamos bajando por la montaña de arena, con zancadas cortas y torpes por tomar mucha velocidad, y la piel a punto de ebullición respiraba cuando la lamia una ola de viento. El aire podía ser salado si corríamos hacia el mar. Otras veces, cuando desfilábamos para la casa, el viento ligero saludaba con mucho tacto, como si intentara abrazarnos mientras nos sacudía el fuego de encima. Adentro de la casa cerrábamos la puerta-ventana, con una caricia de hasta luego de ese aura conocido que me pone la piel de gallina en los brazos, prometiendo traerme un déja vu que me haga acordar lo que es ser  sobradamente feliz.

La leyenda del Turco

El Turco ya era viejo en el barrio desde que el barrio era joven. Tenía un bazar minúsculo de porquerías, que él promulgaba como juguetería. Se veía chistoso el tamaño del antro infantil en contraste con su amurallada mansión y el grotesco depósito de enfrente. El negocio liliputiense se volvía dantesco con las paredes sobrepasadas de bolsas y plásticos que desde cierto ángulo tapaban a la madre del Turco, una señora de pelo inflado, siempre momificada sobre su banqueta de la esquina. El Turco era un tipo alto, con más entradas que pelo y la columna deformada en curva por esquivar la colmena de envoltorios genéricos. Los juguetes que comprábamos duraban menos que el desenvolverlos, y que te atienda El Turco era tan desagradable como una jornada sin recreos, ¡Ay, pero las trampas eran tan baratas!, siempre volvíamos, sin abandonar la esperanza berreta de encontrar un Hot Wheels por el precio de un peine de plástico verde. Pobre Turco, que en paz descanse, pero uno solo puede recordarlo por su porte rancio mientras cobraba. Tenía nueve dedos en las manos pero un pucho a medio fumar siempre reemplazaba al anular faltante y su bigote de cerda negra se arqueaba arrítmico con compulsivos sorbos de nariz. Su negocio apestaba a arrugas y naftalina, y la ambientación era un casete con calidad lluviosa de Pappos Blues. Volvíamos a casa con el botín en mano, simulando una navidad gris en día laboral, y el resultado que nos forzábamos a olvidar era siempre el mismo. Las canicas se quebraban sin sacarlas de la bolsa, el laser rojo se difuminaba antes de formar al perrito y la pelota se desinflaba a la tercera o cuarta mirada.

El Turco tenía un punto débil, la peluquería. En un barrio de los noventa tener privacidad era para los marginales. En la peluquería de Nelly se podía conseguir el registro sexual de cualquier vecino, y lo que no se sabía, se inventaba. Del Turco se chusmeaba pero con muchos puntos suspensivos: «Viste la casa que tiene… Vendiendo esas mierdas…», «Marcos me contó de las otras… Sabés de donde la saca…»

Lo que sí se sabía del Turco era que confiaba menos de lo que gastaba. Limpiaba poco, los productos los traía cuando nadie miraba y él era el único que atendía su guarida. Su ciclo era vender para ganar y ganar para guardar. Guardaba todo. ¿Todo, todo? Todo. Cómo ahorrando para unas vacaciones que siempre estaban a una semana laboral de distancia.

En cuanto a la madre del Turco, cambió de posición una sola vez, dejó su banqueta un día para acostarse, y nunca más volvió a su esquina. Los chismes se volvieron burlas, «¡Pero sí! ¡La mató él a la vieja! Le encontró el escondite» le contaba con morbo Marcos, de Perssico, al dueño del videoclub. El Turco siguió solo, las únicas visitas a su cueva eran las del sobrino, un joven bajito de pelo sucio que le cambiaba una charla estéril por plata para el taxi. La década terminó con el ritual intacto: El Turco soldado a su mostrador, vendiéndonos la promesa de encontrar la quimera por tres o cuatro monedas plateadas cada vez.

Con el fin de los años noventa, la heladería Perssico desertó cuando vió derrumbarse al videoclub. Pero el bazar se sostuvo con su perfume de naftalina y su muralla de misterios plastificados. Siempre abierto, siempre de pie. Hasta que el Turco murió y su negocio se fue con él.

Un robo no alcanzó, pero el segundo consumió su última defensa. En el contraataque, los ladrones entraron a su casa. El Turco optó por lo más sensato, sufrir un infarto agudo de miocardio y con esta maniobra ahuyentar a sus atacantes. Su tesoro envuelto en funda de almohadón quedó a salvo, sin bancos ni otros ladrones que le gastaran un solo centavo. La ambulancia lo encontró con los bigotes negros todavía vigilando su fortuna. Anónimo y apagado sobre el suelo, lo taparon con una sábana que develó una apariencia de pelota desinflada, todavía en su envoltorio.

Vestuario y ejecución

Tengo trece años y me enamoré. Estoy enamorado del rugby porque me salvó la vida. Ahora tengo amigos y no frunzo tanto el ceño. Corro contento por un descampado a las nueve de la noche en invierno y nadie me dice gordo para insultarme. Me llaman gordo, pero es un gordo bueno. «Dale, gordo, vos podés», o «muy bien, gordo…así me gusta»

Juego mi primer partido en menores de quince, lo ganamos. Es de los pocos que ganamos ese año. Si arrancamos perdiendo, me bajoneo. Desmotivado juego mal. Nando y Tomás en cambio están siempre motivados. Juegan de primer y segundo centro. Se expresan sin palabras entre jugada y jugada: un choque de enojo, un abrazo de cariño, un llanto-a veces feliz, otras triste- que se esconde en un try a último minuto. Cuando los botines dejan de hundirse en el pasto y empiezan a repiquetear en el cemento del vestuario, ninguno se expresa más, nos vaciamos como muñecos sin relleno.

Llovió casi toda la semana. Estoy en menores de diecisiete, bañándome después de un entrenamiento en el barro. En el eco del vestuario rebotan frases contra el aire húmedo que no para de espesarse. «Me hacés cagar de risa, amigo» le dice el Negro Calzatti al pilar derecho y las voces ríen. «Qué buena casaca» le comenta Jano a Nando y sus manos acarician ropa. «Tenés los tubos gigantes, amigo» dice otro, no distingo quién, al segunda línea titular y un enjambre de dedos le pinchan los bíceps. David acopla su mano a la boca a modo de parlante y anuncia «Eh, guarda ahí con El Ruso que peló artillería» y los ojos se hipnotizan a una entrepierna desnuda. Tomás sale de la ducha desafinando una canción nueva de Katy Perry y Nando levanta los ojos de sus cordones medio atados para enjuiciarlo. Lo degüella con solo cinco palabras: «¿Qué hacés, pedazo de puto?». Todos los que están cerca reímos, menos el ejecutado.

Tengo veintiuno. Termino el último partido del año en plantel superior, saludo con un beso a Coti, mi novia de entonces y me voy a las duchas. El repiqueteo de los tapones en el adoquín suena distinto, tienen música de repetición, el ritmo y la cadencia solo revelan el cansancio de los años. Acepto que es momento. Agradezco en silencio al rugby por salvarme de chico y me limpio el barro por última vez. Afuera, caminando con paso emancipado, escucho a un entrenador de primera armando una tesis sobre el culo de la capitana de hockey, la mirada se me derrite en mueca. Llegando a la salida descubro a unos chicos de juveniles abrazando a un compañero que llora, las amigas mujeres le acarician la espalda con energía de consuelo y palabras de sobra. Ellas tienen todas las palabras que nos faltaron a mí y a mis compañeros, sobre todo a Tomás y a Nando. Mi mueca promete volverse sonrisa.

Ahora es el segundo aniversario de no tener callos en todos los dedos de los pies. Estoy en un boliche de Córdoba Capital con mis amigos de la facultad. Ando soltero por primera vez en edad adulta y este fenómeno me resulta tan ajeno como novedoso. Deslizándome entre cuerpos transpirados siento la música cachengue retumbando contra mis oídos. Me pierdo. Una barra desertada por los barmans se vuelve mi checkpoint. Me encuentra alguien, pero no lo conozco. Es un flaco alto que me habla con confianza de rayos equis. No escucho del oído izquierdo y el derecho está tapado por la música y dos chicas que hablan a los gritos. Disimulo la sordera con ojos atentos. Me concentro en lo que dice. Por un instante creo poder leer los labios. El chico tiene rulos negros que asienten cada vez que él lo hace y de la boca le rebalsa una sonrisa hasta taparle los ojos. Me descubre la trampa y me entibia la oreja donde las amigas no gritan. Me hace un chiste medio nabo y mi nariz se vuelve acordeón de la risa. Medio fernet aguado después me adivina los nervios, y me besa. Es un trance eterno, de casi medio minuto. Me despego cuatro lenguas de distancia y le miento que no, que no quiero. Me vuelvo humo en la marea de bailes descoordinados y me reconstruyo al encontrar un amigo. Digo que me perdí volviendo del baño. Miento. Miento y agradezco con cobardía no tener que explicarle que quise besar a un hombre, pero no puedo. Que me da terror que si lo hago, se me aparezca entre ecos húmedos, un fantasma con forma de primer centro y que levantando la mirada de los cordones a medio atar, diga en un grito ahogado y burlón las cinco palabras que alcanzan para cortarme el cuello.

Campeón del llanto

No existen, pero de haber existido habría ganado cualquier competencia de llanto antes de los catorce años. Desde chico me preparé, si la mamadera estaba muy caliente, llanto; si estaba muy fría, berrinche; si era muy poca, pataleo. El entrenamiento no distinguía de espacios, en el jardín también lloraba, y la llamaba a mi mamá para que vea que bien que podía gritar y moquear a la vez. La técnica del llanto la tenía dominada, activable en cualquier momento. Era un instinto natural, como el pulpo al momento de soltar tinta. Si me mandaba una cagada, llorar bajaba la pena. Si molestaba a mi hermano y me quería pegar, la alarma chillona frenaba su ataque. Incluso servía como entretenimiento, como cuando estaba solo con mis hermanos y me decían «Guevarita, Guevarita» para verme hacer lo mío, y yo, sin siquiera saber quién era Osvaldo Laport, me ponía rojo cereza y con un grito sostenido abría la boca grande, bien grande, para que el río de lagrimas fuese bien presentado. Un verdadero artesano del llanto.

Por otro lado, y a medida que íbamos creciendo, mi hermano nunca presentó una naturaleza llorona. Estaba en una liga muy amateur, nada más lloraba si se agarraba un dedo con la puerta del renó. Yo a esa altura ya podía hacer un escándalo si me sacaban del sacoa antes de que me aburra del todo. Una vez, por irme de los jueguitos, lloré una hora de corrido, con una performance desgarradora que captó la atención de toda la gente alrededor. Mi viejo, cansado de mi arte, me sacó una foto con un flash muy cortamambo y la reveló para que quede como recuerdo del llanto más largo de mi vida. Es imposible hacer a un padre orgulloso. Mi hermano no entendía esto, a él llorar le parecía mal, sentía que era un acto indigno, que chorrear moco por la nariz porque te cambiaban de canal era cosa de bebés. Lo único que lo hizo llorar fue Estudiantes saliendo campeón de nosequé. Eso, obviamente, no cuenta, llorar de felicidad es como ganar al poker sin apostar plata.

Toda racha campeona tiene su fin, le pasó también a Maradona y a Tyson. Cuando yo tenía catorce años y mi hermano quince, mi vieja entró a la pieza con una tragedia en la cara. Mi abuelo se había muerto. Para sorpresa familiar, el primero en llorar fue mi hermano. Aflojó todas las broncas anudadas en el cuerpo, sintió la ausencia limpiándole los nervios. Se liberó de su prejuicio del llanto. Quedó doblado sobre sí mismo encima de su cama y encontró su conexión con él, sufriendo el poder terapéutico de las lágrimas. Yo, en cambio, no pude. Sentí el calor en el cuerpo rompiéndose paso hasta la mandíbula, pero en el último instante la garganta le cerró el paso. Mis lagrimales se fundieron sin poder procesar el llanto por tristeza al amor. Pasarían muchos años para que pudiese aprender, como mi hermano hizo desde aquél día, a llorar bien. A llorar de verdad.

Mi guerra secreta

Entre las personas que más conozco y quiero, está mi amigo Sebastián. Lo vi por primera vez en la salita de jardín, día que no recuerdo, y por última vez hace dos años, en un día olvidable. Éramos inquilinos honoríficos de la casa del otro. Si uno se enfermaba sin avisar y faltaba a clases, el otro sentía la traición apretándole el pecho por el resto de la jornada. Ya más grandes estudiamos juntos y nos equilibramos como una tribu de dos. Yo prestaba más atención en clase y el tomaba más apuntes. Hasta en el resto de nuestro círculo desfilábamos como una sociedad sólida, si alguno se mandaba una cagada y se interrogaba al restante, era más fácil sacarle información a un veterano de guerra. Jamás tuve ni antes ni después un vínculo tan íntimo con quien pudiese compartir la vida a nivel molecular. Hasta que vino Fernanda para partir un átomo en dos.

Fernanda es una mujer de La Plata que estudió medicina como nosotros, un par de años más chica. No tenía rasgos asiáticos pero siempre la pensé como la Yoko Ono Platense. El día que avasalló a Sebastián en una peña de fin de año sentí la bronca injustificada de la desgracia por venir. Con dos chistes cronometrados burlándose de Estudiantes, el fútbol era la única área que no disfrutábamos en simultáneo con Seba, lo atrapó en sus redes de perfume. Víbora eau de toilette femenino.

Su relación evolucionó fuerte como cáncer de pulmón, con metástasis en mí. Las cenas tropezaron con las trabas de Fernanda y las salidas tenían una intrusa. Yo por mi parte invadía sus conversaciones con minas camufladas de palabras. Cuando Seba tuvo que elegir un bando en nuestra guerra no tan secreta de celosía, se fue con ella y me dejó nuestra enorme y vacía sociedad para mí solo.

Poco y nada fue lo que volví a hablar con Sebastián. El tiempo engordó las diferencias de cada uno, y mi odio ya no se molestó en esconderse. Era imposible recuperar nuestra relación, y menos mal, porque yo ya no la quería. Toda la envidia que siento hacia Fernanda nunca va a irse y el lugar de amigo de Seba tomó gusto a premio consuelo. No es posible que deje de lado mi rencor hacia ella, porque Fernanda es un recordatorio vivo y respirante de que yo jamás voy a poder ocupar el rol que más deseo en el mundo.

La cuadra de 12

Cuando la caminaba se me hacía larga, porque era gordito y pequeño, pero no llegaban a ser cien metros. Era así: veinte metros de un lado con sombra, doblar la esquina y treinta metros más tibios al sol. Así lo recuerdo. El ritual era bajar del auto con mi vieja y mirar la vidriera de electrónicos de la curva. En mi mente infantil esos aparatos hablaban otro mundo, y a la vez me ponían contento, porque presentaban la cuadra que valía el viaje. En los treinta metros que quedaban no me acuerdo si había algún negocio. Ya estaba palpitando llegar. El aire estaba limpio de olores y el sol me hacía estornudar, siempre. Se me achinaban los ojos por el atardecer que me apuntaba en línea recta. Casi ni me daba cuenta que estaba en frente a las rejas verdes.

Las rejas verdes eran un premio. El perro que custodiaba los departamentos de la izquierda cambiaba cada cierto tiempo, pero siempre hubo alguno. La puerta blanca se abría después del tintineo de las llaves, y con el saludo de mi abuela pasaba al pasillo que llevaba a su ph. El resto del día es otra historia.

 Ya no existe ese negocio de electrónicos, ni el auto en el que íbamos. No existe tampoco la cuadra como tal, muchas obras la cambiaron de ancho, de color y de sentimiento. La reja verde se estará oxidando despedida en algún basurero. No siguen vivos mis abuelos, ni sus llaves que tintinean, porque la puerta también la echaron. El pasillo ya no sigue la misma línea recta y el ph de mis abuelos cambió de piel y de huesos. Cuando paso, la cuadra es corta y el clima cambia, y no tengo ningún premio de reja verde. Se murió toda la anatomía de esa cuadra que no era mía, y sobrevivió un recuerdo que es inmune a todo lo que mata caminos. Y ese sí es mío.

El sonido de la felicidad

Es raro lo que voy a decir. Conocí a mi yo de otro mundo. No de otro mundo en realidad, más bien de un mundo alternativo. Una realidad alterna. Aunque, igual, si lo pienso, un mundo de una realidad alterna es otro mundo, no es el mismo de acá, cada cual tiene su propia identidad. Así que supongo que también se podría decir que es mi yo de otro mundo. Pero no es tan importante eso.

Lo importante de todo esto es que es una versión mía de una realidad alterna. Es muy parecido a mí, pero no igual. Le creí de inmediato, bastó con decirme un par de intimidades que seguimos compartiendo. En el momento no se me ocurrió, pero ahora me pregunto: ¿Cuántos mundos alternos hay? ¿Hay mundos alternativos en base a decisiones importantes de cada persona? Es decir, haber elegido una carrera u otra; abandonar o no un trabajo; si tuve un hijo, varios o ninguno; estas variantes son las que definen cuantas realidades hay para mí mismo, o son cosas más grandes, ajenas a mí (que presidente fue electo en tal país, si una guerra ocurrió o no, si aquella pandemia se desarrolló o desapareció). Existe también la posibilidad de que estos mundos alternativos estén ligados a cosas mucho más ínfimas, por ejemplo: cada vez que me levanto a tiempo o me quedo dormido, cada vez que como ligero o pesado, cada vez que elijo ver una serie o leer un libro; ¿todos estos sucesos crean nuevos mundos? La verdad es que como no lo pregunté a tiempo no me lo puedo responder ni yo, ni Yo2.

Bueno, pensándolo bien no voy a decirle Yo2. Eso me parece que traería más complicaciones, ¿no? Porque él para mi es Yo2, pero yo para él soy Yo2 y él sería Yo1, o sea Yo (él). Para él, él es Yo, y para mí, yo soy yo. Así que decirle Yo2 siendo que hablé con él, creo que armaría más un lío que otra cosa. Así que voy a estar nombrándolo como… Narf.

El punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es que me encontré con Narf, me explicó que él era yo en una realidad alterna, eh, en su realidad, o sea que yo era el alterno. Como expliqué antes con lo de… Bueno, no, no importa eso. Emm, sí importa, pero no importa el cambio de una vista y de la otra. Lo importante es que vino de una realidad alternativa a nuestra realidad. Narf me dijo que había venido a buscarme para charlar. Le pregunté cómo era posible eso y él me dijo que en su realidad no hay ni guerras ni problemas de ningún tipo. Hay muchas cosas, me dijo, pero buenas. Todas estas cosas son positivas porque son todos felices. Sin estas trabas pudieron dedicarse libres de contratiempos a cosas muy productivas como la ciencia, la espiritualidad, las sociedades y la paz en general. Así han podido llegar a crear viajes temporales a otras dimensiones. Así de avanzados están.

Narf me respondió sentado en el patio de mi casa, donde había aparecido, casi siempre mirando al suelo. No mantenía contacto visual y se le notaba que sentía ser un pez fuera del agua. Solo interrumpía sus respuestas para respirar con mucha tranquilidad. Las marcas en los ojos, el cabello corto y con algunas pocas canas denotaba que también tenía más años que yo.

Le pedí que me haga entender cómo era que no tener peleas los llevó a estar tan avanzados tecnológicamente. «No es solamente el estar avanzados», me explicó, «nosotros estamos en un futuro muy cercano, lo importante es que somos distintos». Pasó a contarme superficialmente del reglamento a seguir que tenía para hacer esos viajes interdimensiotemporales, realmente estaba muy limitado a hacer casi cualquier cosa. Entre lo poco que tenía permitido estaba hablar con su versión paralela, pero con nadie más.

«Quiero presumir un poco como es mi realidad» dijo Narf mirando a un lado del jardín con unos ojos tranquilos, apagados por la melancolía, «y preguntarte por la tuya». Le contesté a su relato de la felicidad, aclarándole que nosotros si seguíamos teniendo cosas malas, teníamos guerras, discriminación, odio, disputas, peleas internas, peleas externas, problemas, broncas, grescas, batallas, de todo. Narf me dijo que era normal, y que ellos tampoco habían sido perfectos desde la antigüedad, monetizar la felicidad es cosa de hace menos de dos siglos.

Incliné a un lado la cabeza cuando dijo eso, y le pregunté con el seño fruncido:

—¿Monetizar la felicidad?

—Así es—me respondió mirando al techo de mi casa, como si ya hubiese explicado todo esto antes.

—¿Para comprarla o venderla?— le pregunté.

Narf movió los labios formando una media sonrisa burlona que desapareció de corrido.

—No, monetizar es el nombre que se le dio cuando se dejó de usar el dinero. En realidad es un simple sistema de medida, para darle la aprobación de los números. A la gente le encanta los números—dijo exhalando cuando nombró a la gente; de a momentos me olvidaba que éramos la misma persona, yo seguía con mi cara lisa perpleja y él con sus arrugas solemnes.

—¿Y cómo se mide la felicidad?

—Con golpecitos, vibraciones. Con sonido.

—¿Golpecitos?

—Si… golpecitos.

Narf volvió a tomar una pausa para sus respiraciones lentas y levantó la cabeza para hacerlo esta vez. Noté que tenía un color de piel pálido verdoso y unas ojeras amarronadas muy marcadas en los ojos. Se tomó su tiempo y después simplemente volvió a agachar la cabeza. Yo por mi parte nunca afloje el nudo que armé con el ceño de la frente, y seguí indagando.

—¿Como qué, en un abrazo? ¿Una palmada en la espalda? O cómo cuando golpeo el cigarrillo dos veces contra la mesa antes de prenderlo… ¿Cómo es?

—Algo así, solamente que casi nadie fuma y que los abrazos no vienen tan cargados de palmaditas sino de refregadas de mano en la espalda. Las palmaditas son para cortar el abrazo y a todos no les gusta cortar el abrazo, ha ocurrido que algunas personas lleven días abrazados sin que nada ni nadie los pare.

—¿De qué sirve entonces meros golpecitos?

—Es más que eso. Sonido. De todo tipo. Es una forma de expresión, se mide en golpecitos para expresar que tan feliz estas con algo. Entonces si te encontrás con alguien que te cae bien, aplaudís un par de veces, si te casas contento tirás fuegos artificiales un par de horas. Y quien te esté viendo espera, para saber que tan feliz estas con algo.

—¿Eso es todo?

—Que pesado, pendejo. Antes si los golpecitos fueron sobre cosas puntuales, como el del cigarrillo o el abrazo, o también cuando alguien golpeaba una copa en un casamiento para dar un discurso. Pero este cambio no hizo que deje de haber truchos. Por ahí mis abuelos se abrazaron con gente que no los quería. Una prima se casó y su padre dio un discurso haciendo mucho quilombo con una copita que solamente llevaba mentiras. Los intercambios son con respeto y felicidad, y mientras más sonido se hace más feliz se ponía la gente. Las falsedades son mínimas porque hay que tomarse muchas molestias para hacer un buen bullicio, y todos quieren superarse cada vez. En los cumpleaños felices se zapatea siguiendo los parlantes que hacen temblar las paredes, en los casamientos vacíos apenas se escuchan chasquidos de dedos.

—¿Y cómo es que eso llevo a la perfección de la sociedad, como es que palmear para mostrar que estas contento llevo al fin de la guerra de la franja de Gaza?

—¿Qué es eso?

—No importa, ¿cómo es que las palmadas llevan a que no haya más conflictos en el mundo?

—Tendríamos que hablar con la versión nuestra que fuese historiador, las cosas evolucionaron así. La versión corta: porque las guerras son problemas de autoestima.

—¿De autoestima?

Narf suspiró y se acarició la cara con su mano derecha.

—Si… de autoestima. Desde el conflicto más simple al más complicado, todos son hijos podridos de la autoestima. Así lo dicen en las escuelas por lo menos. No sé que habrán hecho diferentes mis antepasados, pero consiguieron crear una nueva normalidad. No hay guerras desde hace muchos años porque ¿quién se va a tomar tal molestia? ¿quiénes los van a seguir? Nadie se siente mal con lo que es ni siente vergüenza por lo que no. Elegir al presidente es una actividad recreativa, no hay presupuestos ni cárceles ni competencias. Los billetes que siguen circulando se terminan rompiendo porque los usan los nenes para jugar. La plata era energía en forma de dibujos, ya no tenemos dibujos. Es como una forma pura de dinero. La expresión… El sonido, mientras más fuerte más feliz. Cada quien hace el trabajo que le gusta, y los necesarios no tan agradables los hacen los jóvenes hasta que elijen un camino. Los carnavales son moneda diaria, en los trabajos escuchar explosiones da risa. Los músicos tocan todos a la vez, sabés cada cumpleaños del barrio porque los aplausos y los cantos se amplifican con parlantes. Las fiestas llevan el cielo de colores por los fuegos artificiales por días sin parar. Esa es nuestra forma de conseguir todo lo que tenemos.

Narf habló todo esto de corrido, pude notar como intentaba sonar optimista pero sus palabras salían casi arrastradas.

Recién ahí comprendí que lo estaba aburriendo con mis preguntas. Le pedí que me espere y volví al rato con un mate preparado. Cuando le pasé para que tome, fue la primera vez que me miró a los ojos. Tenía los ojos distraídos, la melancolía se había demacrado en cansancio. Siendo casi la misma persona, seguí mi instinto y le pregunté lo más suave que pude:

—¿Por qué elegiste venir acá?

Narf sorbió el mate y sonrió torpemente, como si no se acordara como era sonreír. A diferencia de las otras preguntas, esta lo relajó y descargó la espalda en el respaldo de su silla. Se quedó mirando al cielo. Inhaló. Exhaló. Irguió un poco la cabeza para mirarme y me respondió con los parpados colorados.

—Ay, Fran… —dijo liberando el aire que tenía estrujado en el pecho—… Acá no hay ruido.

El hombre que mató a la muerte (Parte III) (Final)

El cumpleaños número cincuenta de Aureliano Gorlami vino con la emocionante noticia de que Anastasia, su novia, estaba embarazada. Aureliano había vuelto de un viaje de once meses por el interior de la provincia de Buenos Aires y el resto del país. Llevaba una carreta para visitar pueblos y presentarles su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio. Lo acompañaba el hijo del granjero al cual le compraba los cueros y esqueletos de animales. Estos habían nacido y muerto en aquel campo, y ahora adornaban el exterior de su grotesco vehículo. La mayoría de los cráneos pegados a la pared eran de perro, gato o vaca, y alguno de cerdo. Si un cráneo de perro era más grande que el resto, lo presentaba como cráneo de lobo, salvo que su trompa fuese muy redondeada, entonces decía que era de yaguareté. Su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio basaba su prestigio en la exhibición de estos esqueletos y de las pieles que tapizaban los laterales y los asientos delanteros. Aureliano sostenía que su misión en el mundo era la de salvar a la humanidad de la destrucción y usaba sus habilidades de cazador para conseguirlo. Extraía los humores de los animales exóticos a los que vencía y los hacía pasar por varios estados de la más moderna química para volverlos consumibles; así tendríamos la vitalidad de un puma, la fuerza de un toro, la longevidad de una tortuga y el vigor de la más sana de las liebres. Había algo de cierto en que el tónico venía de animales; la base era leche podrida hervida, mezclada con vinagre de vino y espesada con la clara de los huevos que el padre de su acompañante no había podido vender por el estado dudoso en el que se encontraban. Al principio muchos pueblos caían en comprar su asqueroso brebaje, pero al volver la mayoría les prohibían la entrada por causarles días de indigestión y dolorosas idas de cuerpo, con lo que acamparon en las afueras de cada pueblo a la vuelta de su largo y poco fructífero viaje.

Aureliano Gorlami estaba orgulloso. Primero que todo, de hacerse un excelente nombre como mercader, con el objetivo firme de crecer para que los miembros del club de caza de la ciudad se vieran obligados a agregar su escudo familiar del león erguido a la pared. Ya no podrían burlarse diciéndole que su emblema familiar era un «horrible escudo con un vagabundo con melena como símbolo», tendrían que dejar de reírse. Segundo, un Gorlami estaba en camino.

El hijo de Aureliano nació seis meses después, eso alertó al mercader. Confrontó a Anastasia cuando volvieron a la casa y su novia le explicó que había tardado más en nacer porque el niño tenía que alimentarse bien en su vientre para ser igual de fuerte que su padre. Recién ahí él se tranquilizó. Aureliano le dijo que se iba a llamar Aureliano Segundo Gorlami, el primer vástago engendrado con el apellido Gorlami. Anastasia no le contradijo, solo dilató el trámite para registrar al bebé lo más que pudo.

Una semana y media después del nacimiento del retoño, Aureliano juntó sus ahorros de los últimos años. No era un dineral, apenas era suficiente para cambiar la carreta por una de mejor calidad. Anastasia se le puso en contra, queriendo hacerle notar que bastante suerte había tenido vendiendo esa porquería, no era buena idea reinvertir más dinero, podían hacer otra cosa. «Además,» le dijo, «uno de los caballos está descontrolado, tiene rabia o algo, hay que venderlo ya para no perder todo». Aureliano suspiró con soberbia, tomó un habano húmedo de su cajón y el paquete de fósforos y se marchó, «mujeres» susurró con sorna a la salida.

Aureliano Gorlami se paró bien erguido en el cordón de la calle, se giró un momento para ver la ventana que daba a su hogar, luego miro a la carreta con sus caballos siendo controlados por Ezequiel, el hijo del granjero, y pensó en sus ahorros. Su éxito era solo cuestión de tiempo. Se puso el grueso cigarro en la boca e intentó encenderlo, la humedad lo retrasó. Tardo siete fósforos en poder prender su habano. Inhaló humo, exhaló un vapor rancio con placer. Aureliano cerró los ojos mientras soltaba la segunda bocanada de humo, con el rostro torcido en una sonrisa. No escuchó el repiquetear de los cascos sobre el adoquín. Estaba demasiado ensimismado en su meditación, ni siquiera abrió los ojos. El topetazo de los caballos fue tan fuerte que Aureliano siguió de largo en su oscuridad anacrónica.

No es necesario detallar el estado en el que quedó la cabeza de Aureliano Gorlami tras las pisadas de sus caballos, sin embargo, es importante aclarar que quedó irreconocible. Ezequiel ni se acercó a la escena, cuando vio que los caballos atropellaban a un sujeto en la calle corrió lo más rápido que pudo en dirección contraria. No volvió a acercarse al barrio en lo que le quedó de vida. El estado del cadáver también fue uno de los motivos por los cuales la policía no reconociera el cuerpo. La otra razón fue que Anastasia no se había enterado de nada, ella estaba aliviada de que Aureliano se hubiese ido a vaguear un tiempo para poder estar tranquila con su hijo. Recién salió del hogar tres días después cuando un vecino le devolvió la carreta con un solo caballo, diciéndole que al otro lo habían tenido que sacrificar por lo peligroso que resultaba. «Hasta mató a un anciano por lo que tengo oído» le dijo. Anastasia horrorizada le preguntó a quién, el joven le contestó que no tenía ni la más pálida idea, que lo habían anotado como anónimo y tirado a una fosa común.

Anastasia asumió dos semanas después que Aureliano se había ido y  no pensaba volver. Lo maldijo al principio, poco después se sintió liberada. Con inesperado entusiasmo se puso en la empresa de vender la carreta y al caballo restante junto a las pocas cosas de valor de Aureliano, el resto lo regaló a unos vecinos y se mudó de la ciudad a la capital de la provincia, para vivir y trabajar con una de sus doce hermanas.

El hijo de Anastasia creció sano y fuerte, con cabello castaño enrulado como su madre y ojos claros redondeados como su padre. El niño ya tenía su nombre asignado de manera legal, Enrique Hernández. Llevaba el apellido de su madre y el nombre de su padre. Esto último era una casualidad, puesto que Anastasia nunca supo que su amante no se llamaba Ernesto; el primer nombre se le había ocurrido una tarde cualquiera y le gustó.

Enrique creció bajo el amor y el cuidado de Anastasia Hernández y de su tía Isabel, en un ambiente de escasa economía pero abundante apoyo. Ahí conoció la empatía, el esfuerzo y el disfrute de los pequeños momentos, herramientas que usaría a lo largo de su vida. Nunca en todo ese tiempo supo nada de ningún Aureliano, ni de ningún león erguido con pinta de vago melenudo.

El hombre que mató a la muerte (Parte II)

Ni el hambre pudo obligar a Aureliano a mantener un trabajo. Ya con casi treinta años no había laburado en un mismo lugar por más de tres meses. Su orgullo se lo impedía. Era tan obstinado que podía hacer malabares con su economía con tal de no tener que limpiar pisos para alguien que, según estaba convencido, era inferior a él. Tampoco lo doblegó la eminente guerra social con sus promesas de miseria. Conseguir un trabajo era un lujo, pero a Aureliano poco le importaba.

En su último trabajo como ayudante en un almacén barrial terminó su relación laboral porque su jefe le reclamó que había llegado cuarenta minutos tarde. Aureliano se justificó diciendo que él llegaba cuando llegaba, y su jefe no dudó en decirle que era un estúpido. Validó su renuncia al establecimiento tirándole a su ex empleador una lata de arvejas que le partió el tabique. Los vecinos enloquecieron pidiendo por la policía al interpretar que Aureliano estaba robando; nadie podía entender que gritaba el almacenero, ahogado por los buches de sangre que salpicaba entre puteada y puteada.

Aureliano se llevó sus cosas de la habitación roñosa que alquilaba y se fue del barrio en el primer tranvía que cruzó. Pasó el corto viaje con los brazos cruzados y la bronca guardada, no podía creer que un tipo cualquiera lo hubiera echado a él, hijo de europeos.

Aureliano se bajó del tranvía y se puso a vaguear viendo donde se podía hospedar. Mientras, su resentimiento se alimentaba de su enojo. Estaba harto, asqueado de tener que rebajarse. No soportaba más la falta de reconocimiento, que le dieran trabajos de mierda como si fuese un favor. Que le pagaran menos de lo que merecía. Nadie, nunca, había sido lo suficientemente lúcido como para dejarle tomar una posición acorde a su estima. No lo iba a soportar más, no iba a limpiar un baño más, ni a ordenar otra despensa de nada. De ahora en adelante solamente iba a enfocarse en mostrarles a todos que él era alguien importante, inteligente y de valor; más trascendente que cualquier mugroso con el que se le haya comparado. Aureliano recordó las veces que le habían ofrecido un trabajo miserable con una sonrisa como si le estuviesen haciendo un tremendo favor a él. ¡A él! ¡Y no al revés! Y a nadie le parecía extraño. Ya no más. Nunca más.

No más.

Aureliano se tropezó. En su turbulento discurso mental no se había dado cuenta de que tenía cajas en el camino. Se levantó con velocidad y se enderezó orgulloso como si nada hubiese ocurrido. Miró al establecimiento dueño de las cajas con las que había chocado. Era un club de caza; «Centro de cazadores del noreste». Exhibía amplia entrada anticipada por escalones de mármol negro nevado, las paredes del recinto ocupaban casi toda la cuadra. La base blanca del exterior tenía estampada una larga sucesión de pintorescos y variados escudos. Aureliano se acercó a ver algunos. Todos eran de familias, cada apellido se superponía al escudo que lo defendía. Había animales como emblemas, había armaduras, había armas y criaturas extrañas que Aureliano no pudo reconocer. Ningún arcoíris podía tener más colores que ese linaje de sigilos familiares; a algunos los representaba el rojo, a otros el azul, el blanco o el amarillo. Otros fusionaban varias colores en lienzos que se cruzaban, y los más atractivos profundizaban en las tonalidades; usaban dorado y bordó o escarlata y turquesa, crudo con morado o esmeralda con pardo.

Eso era. Aureliano se sintió convencido. Necesitaba un escudo familiar. Eso representaría ante todos los demás ineptos lo importante que él era, eso les demostraría que no era un hombre común como el resto.

Aureliano gastó casi todas las monedas que le quedaban en comprar materiales para hacer un primer boceto de su escudo familiar. Pasó las siguientes tres noches a la intemperie, solo resguardado por las ruinas que quedaban de los muros de un terreno baldío.

De día, cuando se sentía sin inspiración para diseñar su emblema, paseaba por el lúgubre barrio en el que estaba para espabilarse y poder continuar con su trabajo. El segundo día ya se estaba arrancando los pelos intentando pensar en un apellido que representara a su linaje italiano con dignidad. Desgraciadamente, Aureliano no sabía ninguna palabra en italiano. No tenía opción, su escudo estaba casi listo y tenía que cocerle un apellido. El emblema hecho de jirones de tela sobre una base ovalada de gabardina tenía una base azul, que representaría el océano que sus padres debieron surcar para llegar hasta Argentina; la mitad superior tenía un amarillo gastado que significaba la luz de sol todopoderoso alumbrando el camino hacía el éxito. En el centro de su escudo se decidió por cocerle un león, pero no le quedó como quería. Quiso hacerlo parado sobre sus patas traseras en posición de rugido, pero le había salido muy erguido y casi parecía un hombre con melena. Aureliano lo vio de nuevo y le gustó un poco más, «un hombre león» pensó. Se sintió orgulloso.

Su búsqueda por un apellido también rindió frutos con rapidez. Encontró una fábrica pequeña abandonada, con un mural que rezaba un par de frases incomprensibles para el español. Aureliano lo leyó como pudo y reconoció que era italiano por la parte que decía dall’Italia. Supo que de ahí nacería su apellido, usando verdadero lenguaje italiano. En el mural había dos palabras que eran parte del título de la fábrica, más grandes que el resto. Aureliano tomó las tres primeras letras de la primera palabra y las cuatro últimas de la segunda. Y así, Aureliano regresó contento a terminar su escudo familiar llamándose Aureliano Gorlami, heredero y fundador de la prestigiosa familia Gorlami.

Mientras caminaba a paso ligero, no se volvió a revisar la frase de la cual había salido el apellido, ya era suyo. Muy atrás en aquella calle desierta quedaron pegadas a una pared de ladrillos las blancas y desgastadas palabras que dieron origen al apellido noble de Aureliano, «gorgonzola e salami».

El hombre que mató a la muerte (Parte I)

Aureliano nació en Argentina en algún momento del siglo XX. Murió a los cincuenta años llamándose Aureliano Gorlami.

En el orfanato donde vivió por trece años le dijeron que sus padres eran italianos, que lo habían dejado porque no podían hacerse cargo de un bebé y que vieron en él fuerza suficiente para poder sobrellevar cualquier dificultad, incluso una infancia sin padres. Al menos esto es lo que le decía Matilde, la octogenaria monja que lo cuidaba. Cuando Matilde decidió dedicar su vida al Señor, el mundo se perdió una excelente escritora de novelas románticas. La oratoria de la rolliza mujer era angelical, podía entretener a un grupo de más de veinte infantes por horas contándoles historias. Todos en el orfanato, ¡y en el barrio!, la adoraban. La verdad era que Matilde resentía a su familia por haberla encadenado a la Iglesia de joven cuando descubrieron que planeaba casarse en secreto con uno de los hijos de Don Cartulias (a quién su padre detestaba). Encontraba una satisfacción casi sexual en dominar la mente de unos cuantos niños solamente hablando y hablando cuanta mentira pudiese inventar. La mayoría de los niños se enteraban de que las historias de sus padres eran mentira cuando llegaban a la adolescencia y chocaban con las incoherencias y los huecos de los relatos. Pero no fue así para Aureliano, él se aferró a su historia como si se la hubiese contado su propia madre. Solo un día dudó de lo que era ser italiano, cuando estaba volviendo con un compañero de comprar pan para la merienda de un martes. Ellos dos siempre se ofrecían para esto porque no buchoneaban el pecado del otro y podían comer una porción extra de pan. Casi llegando se encontraron con un hombre de traje y galera hablando muy raro. «No habla raro, estúpido» le contestó Felipe cuando Aureliano le señaló la anomalía, «es italiano… Estúpido». Los ojitos marrones de Aureliano nunca se habían abierto tanto. Su boca acompañó a los ojos y se le cayó el pedazo de pan que había robado de la bolsa. La emoción se transformó en intriga cuando lo examinó en detalle. Mientras que él era moreno, el italiano era blanco; mientras que sus tiernos ojos eran casi líneas en su rostro, los del italiano eran redondos y fulminantes; él era bajo y el italiano alto; él era gordo y el italiano flaco. Parecía no importar la característica, el italiano la revertía.

Aureliano le dejó todo el pan a un enojado Felipe que no paraba de gritarle estúpido en varios tonos para correr de vuelta al orfanato y subir las eternas escaleras hasta la habitación de la anciana Matilde. Tenía que hacerle una pregunta importantísima.

El velorio de la hermana Matilde fue sencillo y discreto para no levantar sospechas. Se dio en el salón donde normalmente se comía la cena y duró todo el día. No asistió nadie del exterior del orfanato, dado que no habían avisado a nadie del exterior del orfanato. A las hermanas les pareció lo mejor. No querían tener que contar que uno de los niños había encontrado muerta a la hermana Matilde, colgada del cuello en una viga del techo. Escondieron su nota suicida que simplemente decía «El Señor se tardaba demasiado» y taparon casi entera a la difunta con una mortaja blanca para que nadie pudiese ver en detalle la marca de su cuello.

Aureliano no durmió esa noche, ni la siguiente. El fofo cuerpo de la hermana Matilde balanceándose con paciencia era lo único que veía cuando cerraba los ojos. Nunca le preguntó a otra persona lo que iba a preguntarle a la hermana Matilde. Nunca más le preguntó a nadie cómo es que había italianos que no eran negros.