El hombre que mató a la muerte (Parte III) (Final)

El cumpleaños número cincuenta de Aureliano Gorlami vino con la emocionante noticia de que Anastasia, su novia, estaba embarazada. Aureliano había vuelto de un viaje de once meses por el interior de la provincia de Buenos Aires y el resto del país. Llevaba una carreta para visitar pueblos y presentarles su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio. Lo acompañaba el hijo del granjero al cual le compraba los cueros y esqueletos de animales. Estos habían nacido y muerto en aquel campo, y ahora adornaban el exterior de su grotesco vehículo. La mayoría de los cráneos pegados a la pared eran de perro, gato o vaca, y alguno de cerdo. Si un cráneo de perro era más grande que el resto, lo presentaba como cráneo de lobo, salvo que su trompa fuese muy redondeada, entonces decía que era de yaguareté. Su Tónico Vitalicio Para Todos Los Males A Excelente Precio basaba su prestigio en la exhibición de estos esqueletos y de las pieles que tapizaban los laterales y los asientos delanteros. Aureliano sostenía que su misión en el mundo era la de salvar a la humanidad de la destrucción y usaba sus habilidades de cazador para conseguirlo. Extraía los humores de los animales exóticos a los que vencía y los hacía pasar por varios estados de la más moderna química para volverlos consumibles; así tendríamos la vitalidad de un puma, la fuerza de un toro, la longevidad de una tortuga y el vigor de la más sana de las liebres. Había algo de cierto en que el tónico venía de animales; la base era leche podrida hervida, mezclada con vinagre de vino y espesada con la clara de los huevos que el padre de su acompañante no había podido vender por el estado dudoso en el que se encontraban. Al principio muchos pueblos caían en comprar su asqueroso brebaje, pero al volver la mayoría les prohibían la entrada por causarles días de indigestión y dolorosas idas de cuerpo, con lo que acamparon en las afueras de cada pueblo a la vuelta de su largo y poco fructífero viaje.

Aureliano Gorlami estaba orgulloso. Primero que todo, de hacerse un excelente nombre como mercader, con el objetivo firme de crecer para que los miembros del club de caza de la ciudad se vieran obligados a agregar su escudo familiar del león erguido a la pared. Ya no podrían burlarse diciéndole que su emblema familiar era un «horrible escudo con un vagabundo con melena como símbolo», tendrían que dejar de reírse. Segundo, un Gorlami estaba en camino.

El hijo de Aureliano nació seis meses después, eso alertó al mercader. Confrontó a Anastasia cuando volvieron a la casa y su novia le explicó que había tardado más en nacer porque el niño tenía que alimentarse bien en su vientre para ser igual de fuerte que su padre. Recién ahí él se tranquilizó. Aureliano le dijo que se iba a llamar Aureliano Segundo Gorlami, el primer vástago engendrado con el apellido Gorlami. Anastasia no le contradijo, solo dilató el trámite para registrar al bebé lo más que pudo.

Una semana y media después del nacimiento del retoño, Aureliano juntó sus ahorros de los últimos años. No era un dineral, apenas era suficiente para cambiar la carreta por una de mejor calidad. Anastasia se le puso en contra, queriendo hacerle notar que bastante suerte había tenido vendiendo esa porquería, no era buena idea reinvertir más dinero, podían hacer otra cosa. «Además,» le dijo, «uno de los caballos está descontrolado, tiene rabia o algo, hay que venderlo ya para no perder todo». Aureliano suspiró con soberbia, tomó un habano húmedo de su cajón y el paquete de fósforos y se marchó, «mujeres» susurró con sorna a la salida.

Aureliano Gorlami se paró bien erguido en el cordón de la calle, se giró un momento para ver la ventana que daba a su hogar, luego miro a la carreta con sus caballos siendo controlados por Ezequiel, el hijo del granjero, y pensó en sus ahorros. Su éxito era solo cuestión de tiempo. Se puso el grueso cigarro en la boca e intentó encenderlo, la humedad lo retrasó. Tardo siete fósforos en poder prender su habano. Inhaló humo, exhaló un vapor rancio con placer. Aureliano cerró los ojos mientras soltaba la segunda bocanada de humo, con el rostro torcido en una sonrisa. No escuchó el repiquetear de los cascos sobre el adoquín. Estaba demasiado ensimismado en su meditación, ni siquiera abrió los ojos. El topetazo de los caballos fue tan fuerte que Aureliano siguió de largo en su oscuridad anacrónica.

No es necesario detallar el estado en el que quedó la cabeza de Aureliano Gorlami tras las pisadas de sus caballos, sin embargo, es importante aclarar que quedó irreconocible. Ezequiel ni se acercó a la escena, cuando vio que los caballos atropellaban a un sujeto en la calle corrió lo más rápido que pudo en dirección contraria. No volvió a acercarse al barrio en lo que le quedó de vida. El estado del cadáver también fue uno de los motivos por los cuales la policía no reconociera el cuerpo. La otra razón fue que Anastasia no se había enterado de nada, ella estaba aliviada de que Aureliano se hubiese ido a vaguear un tiempo para poder estar tranquila con su hijo. Recién salió del hogar tres días después cuando un vecino le devolvió la carreta con un solo caballo, diciéndole que al otro lo habían tenido que sacrificar por lo peligroso que resultaba. «Hasta mató a un anciano por lo que tengo oído» le dijo. Anastasia horrorizada le preguntó a quién, el joven le contestó que no tenía ni la más pálida idea, que lo habían anotado como anónimo y tirado a una fosa común.

Anastasia asumió dos semanas después que Aureliano se había ido y  no pensaba volver. Lo maldijo al principio, poco después se sintió liberada. Con inesperado entusiasmo se puso en la empresa de vender la carreta y al caballo restante junto a las pocas cosas de valor de Aureliano, el resto lo regaló a unos vecinos y se mudó de la ciudad a la capital de la provincia, para vivir y trabajar con una de sus doce hermanas.

El hijo de Anastasia creció sano y fuerte, con cabello castaño enrulado como su madre y ojos claros redondeados como su padre. El niño ya tenía su nombre asignado de manera legal, Enrique Hernández. Llevaba el apellido de su madre y el nombre de su padre. Esto último era una casualidad, puesto que Anastasia nunca supo que su amante no se llamaba Ernesto; el primer nombre se le había ocurrido una tarde cualquiera y le gustó.

Enrique creció bajo el amor y el cuidado de Anastasia Hernández y de su tía Isabel, en un ambiente de escasa economía pero abundante apoyo. Ahí conoció la empatía, el esfuerzo y el disfrute de los pequeños momentos, herramientas que usaría a lo largo de su vida. Nunca en todo ese tiempo supo nada de ningún Aureliano, ni de ningún león erguido con pinta de vago melenudo.

El hombre que mató a la muerte (Parte II)

Ni el hambre pudo obligar a Aureliano a mantener un trabajo. Ya con casi treinta años no había laburado en un mismo lugar por más de tres meses. Su orgullo se lo impedía. Era tan obstinado que podía hacer malabares con su economía con tal de no tener que limpiar pisos para alguien que, según estaba convencido, era inferior a él. Tampoco lo doblegó la eminente guerra social con sus promesas de miseria. Conseguir un trabajo era un lujo, pero a Aureliano poco le importaba.

En su último trabajo como ayudante en un almacén barrial terminó su relación laboral porque su jefe le reclamó que había llegado cuarenta minutos tarde. Aureliano se justificó diciendo que él llegaba cuando llegaba, y su jefe no dudó en decirle que era un estúpido. Validó su renuncia al establecimiento tirándole a su ex empleador una lata de arvejas que le partió el tabique. Los vecinos enloquecieron pidiendo por la policía al interpretar que Aureliano estaba robando; nadie podía entender que gritaba el almacenero, ahogado por los buches de sangre que salpicaba entre puteada y puteada.

Aureliano se llevó sus cosas de la habitación roñosa que alquilaba y se fue del barrio en el primer tranvía que cruzó. Pasó el corto viaje con los brazos cruzados y la bronca guardada, no podía creer que un tipo cualquiera lo hubiera echado a él, hijo de europeos.

Aureliano se bajó del tranvía y se puso a vaguear viendo donde se podía hospedar. Mientras, su resentimiento se alimentaba de su enojo. Estaba harto, asqueado de tener que rebajarse. No soportaba más la falta de reconocimiento, que le dieran trabajos de mierda como si fuese un favor. Que le pagaran menos de lo que merecía. Nadie, nunca, había sido lo suficientemente lúcido como para dejarle tomar una posición acorde a su estima. No lo iba a soportar más, no iba a limpiar un baño más, ni a ordenar otra despensa de nada. De ahora en adelante solamente iba a enfocarse en mostrarles a todos que él era alguien importante, inteligente y de valor; más trascendente que cualquier mugroso con el que se le haya comparado. Aureliano recordó las veces que le habían ofrecido un trabajo miserable con una sonrisa como si le estuviesen haciendo un tremendo favor a él. ¡A él! ¡Y no al revés! Y a nadie le parecía extraño. Ya no más. Nunca más.

No más.

Aureliano se tropezó. En su turbulento discurso mental no se había dado cuenta de que tenía cajas en el camino. Se levantó con velocidad y se enderezó orgulloso como si nada hubiese ocurrido. Miró al establecimiento dueño de las cajas con las que había chocado. Era un club de caza; «Centro de cazadores del noreste». Exhibía amplia entrada anticipada por escalones de mármol negro nevado, las paredes del recinto ocupaban casi toda la cuadra. La base blanca del exterior tenía estampada una larga sucesión de pintorescos y variados escudos. Aureliano se acercó a ver algunos. Todos eran de familias, cada apellido se superponía al escudo que lo defendía. Había animales como emblemas, había armaduras, había armas y criaturas extrañas que Aureliano no pudo reconocer. Ningún arcoíris podía tener más colores que ese linaje de sigilos familiares; a algunos los representaba el rojo, a otros el azul, el blanco o el amarillo. Otros fusionaban varias colores en lienzos que se cruzaban, y los más atractivos profundizaban en las tonalidades; usaban dorado y bordó o escarlata y turquesa, crudo con morado o esmeralda con pardo.

Eso era. Aureliano se sintió convencido. Necesitaba un escudo familiar. Eso representaría ante todos los demás ineptos lo importante que él era, eso les demostraría que no era un hombre común como el resto.

Aureliano gastó casi todas las monedas que le quedaban en comprar materiales para hacer un primer boceto de su escudo familiar. Pasó las siguientes tres noches a la intemperie, solo resguardado por las ruinas que quedaban de los muros de un terreno baldío.

De día, cuando se sentía sin inspiración para diseñar su emblema, paseaba por el lúgubre barrio en el que estaba para espabilarse y poder continuar con su trabajo. El segundo día ya se estaba arrancando los pelos intentando pensar en un apellido que representara a su linaje italiano con dignidad. Desgraciadamente, Aureliano no sabía ninguna palabra en italiano. No tenía opción, su escudo estaba casi listo y tenía que cocerle un apellido. El emblema hecho de jirones de tela sobre una base ovalada de gabardina tenía una base azul, que representaría el océano que sus padres debieron surcar para llegar hasta Argentina; la mitad superior tenía un amarillo gastado que significaba la luz de sol todopoderoso alumbrando el camino hacía el éxito. En el centro de su escudo se decidió por cocerle un león, pero no le quedó como quería. Quiso hacerlo parado sobre sus patas traseras en posición de rugido, pero le había salido muy erguido y casi parecía un hombre con melena. Aureliano lo vio de nuevo y le gustó un poco más, «un hombre león» pensó. Se sintió orgulloso.

Su búsqueda por un apellido también rindió frutos con rapidez. Encontró una fábrica pequeña abandonada, con un mural que rezaba un par de frases incomprensibles para el español. Aureliano lo leyó como pudo y reconoció que era italiano por la parte que decía dall’Italia. Supo que de ahí nacería su apellido, usando verdadero lenguaje italiano. En el mural había dos palabras que eran parte del título de la fábrica, más grandes que el resto. Aureliano tomó las tres primeras letras de la primera palabra y las cuatro últimas de la segunda. Y así, Aureliano regresó contento a terminar su escudo familiar llamándose Aureliano Gorlami, heredero y fundador de la prestigiosa familia Gorlami.

Mientras caminaba a paso ligero, no se volvió a revisar la frase de la cual había salido el apellido, ya era suyo. Muy atrás en aquella calle desierta quedaron pegadas a una pared de ladrillos las blancas y desgastadas palabras que dieron origen al apellido noble de Aureliano, «gorgonzola e salami».

El hombre que mató a la muerte (Parte I)

Aureliano nació en Argentina en algún momento del siglo XX. Murió a los cincuenta años llamándose Aureliano Gorlami.

En el orfanato donde vivió por trece años le dijeron que sus padres eran italianos, que lo habían dejado porque no podían hacerse cargo de un bebé y que vieron en él fuerza suficiente para poder sobrellevar cualquier dificultad, incluso una infancia sin padres. Al menos esto es lo que le decía Matilde, la octogenaria monja que lo cuidaba. Cuando Matilde decidió dedicar su vida al Señor, el mundo se perdió una excelente escritora de novelas románticas. La oratoria de la rolliza mujer era angelical, podía entretener a un grupo de más de veinte infantes por horas contándoles historias. Todos en el orfanato, ¡y en el barrio!, la adoraban. La verdad era que Matilde resentía a su familia por haberla encadenado a la Iglesia de joven cuando descubrieron que planeaba casarse en secreto con uno de los hijos de Don Cartulias (a quién su padre detestaba). Encontraba una satisfacción casi sexual en dominar la mente de unos cuantos niños solamente hablando y hablando cuanta mentira pudiese inventar. La mayoría de los niños se enteraban de que las historias de sus padres eran mentira cuando llegaban a la adolescencia y chocaban con las incoherencias y los huecos de los relatos. Pero no fue así para Aureliano, él se aferró a su historia como si se la hubiese contado su propia madre. Solo un día dudó de lo que era ser italiano, cuando estaba volviendo con un compañero de comprar pan para la merienda de un martes. Ellos dos siempre se ofrecían para esto porque no buchoneaban el pecado del otro y podían comer una porción extra de pan. Casi llegando se encontraron con un hombre de traje y galera hablando muy raro. «No habla raro, estúpido» le contestó Felipe cuando Aureliano le señaló la anomalía, «es italiano… Estúpido». Los ojitos marrones de Aureliano nunca se habían abierto tanto. Su boca acompañó a los ojos y se le cayó el pedazo de pan que había robado de la bolsa. La emoción se transformó en intriga cuando lo examinó en detalle. Mientras que él era moreno, el italiano era blanco; mientras que sus tiernos ojos eran casi líneas en su rostro, los del italiano eran redondos y fulminantes; él era bajo y el italiano alto; él era gordo y el italiano flaco. Parecía no importar la característica, el italiano la revertía.

Aureliano le dejó todo el pan a un enojado Felipe que no paraba de gritarle estúpido en varios tonos para correr de vuelta al orfanato y subir las eternas escaleras hasta la habitación de la anciana Matilde. Tenía que hacerle una pregunta importantísima.

El velorio de la hermana Matilde fue sencillo y discreto para no levantar sospechas. Se dio en el salón donde normalmente se comía la cena y duró todo el día. No asistió nadie del exterior del orfanato, dado que no habían avisado a nadie del exterior del orfanato. A las hermanas les pareció lo mejor. No querían tener que contar que uno de los niños había encontrado muerta a la hermana Matilde, colgada del cuello en una viga del techo. Escondieron su nota suicida que simplemente decía «El Señor se tardaba demasiado» y taparon casi entera a la difunta con una mortaja blanca para que nadie pudiese ver en detalle la marca de su cuello.

Aureliano no durmió esa noche, ni la siguiente. El fofo cuerpo de la hermana Matilde balanceándose con paciencia era lo único que veía cuando cerraba los ojos. Nunca le preguntó a otra persona lo que iba a preguntarle a la hermana Matilde. Nunca más le preguntó a nadie cómo es que había italianos que no eran negros.

Draco, mi pequeño dragón

Es un día de noviembre, pero él no recuerda exactamente cuál. Es el año dos mil dos y en ese momento tiene siete años. Está festejando su cumpleaños, aunque faltan casi dos meses para cumplir ocho. Esto tiene un sentido. El Niño es de capricornio y, como bien es sabido, los capricornianos tienen su primer encuentro con la desventura por sus cumpleaños, que juntan a muy pocos de sus compañeritos. Su madre no quiere que tenga estas desventuras de niño. Si fuese por ella, evitaría las desilusiones durante toda la vida de sus hijos. Es por eso que El Niño festeja en el mismo mes que cumple años su hermano mayor. Y así, uno acumula mala suerte que gastará en años venideros por festejar su cumpleaños con antelación, y el otro es forzado a compartir un momento del que quiere todo el protagonismo.

Hay una razón por la cual este cumpleaños, el octavo, es más importante que el séptimo o el noveno, y El Niño la está sosteniendo en ese momento entre las manos. Envuelto en un papel de regalo rojo con payasos genéricos encima se encuentra el primer libro que va a leer entero, por su cuenta y sin saltear páginas en su vida. Dentro de ese envoltorio se encuentra Draco, mi pequeño dragón.

Este libro infantil fue impreso en español varios años antes del encuentro con su dueño, distribuido junto a sus clones por Argentina, hasta una librería del centro de La Plata. Sería comprado por una mujer morocha y regordeta para su hijo Martín, de cinco años, porque estaba convencida de que era muy inteligente para su edad y que podría entenderlo a la perfección. Las expectativas de la madre no coincidieron con los deseos del infante y no le prestó atención. Lo dejó perdido en un estante y se entretuvo con una pelota de fútbol nueva que compartía con sus cuatro hermanos. En su adultez, ese niño convertido en hombre, no tendría ningún recuerdo de aquél fallido intento de involucrarlo con la literatura. Se dedicaría a trabajar en la inmobiliaria de su padre después de volver frustrado de Estados Unidos, donde no consiguió firmar ningún contrato con los clubes de soccer que había visitado. Su sueño de ser futbolista lo dejó perdido en un estante; acompañado de su sueño de casarse con Julieta, su novia de la adolescencia que lo dejó al terminar el secundario. El sueño que más lamentó perder fue el de juntarse a comer todos los domingos con sus cuatro hermanos; destruido por el adolescente borracho que atropelló a Hernán, su hermano mayor, siete años después de haber estrenado aquella pelota de fútbol.

El libro ignorado fue regalado junto a tres libros de Osho, una bolsa de ropa usada, una radio vieja marca Lorenzzo y cuatro vasos con forma de personajes de los Looney Tunes, dos años después de su llegada a la casa. Los libros llegaron a manos de Flavio, un amigo de la familia que vendía libros usados. Flavio los repartió todos al costo mínimo al cerrar su negocio para abrir una heladería. Con rapidez marcó tendencia y se convirtió en un empresario adinerado que dejaría olvidadas a las amistades de su vida de pobre. Al menos, hasta que la crisis del dos mil uno lo devolviera a la humildad y a sus antiguos amigos, que para su fortuna lo recibieron con los brazos abiertos una vez más. Draco, mi pequeño dragón llegó en perfecto estado a El Túnel, un local de la céntrica Plaza Italia. Allí fue envuelto en una lámina de plástico con cuidado y exhibido en la sección de libros infantiles nuevos.

El Niño rompió con dedos torpes el envoltorio del libro para encontrarse con la portada naranja y verde custodiando las ciento veintiocho páginas que leería para descubrir otro plano de existencia. Agradeció a su compañerita con memorizada cortesía antes de leer el título. Camila le sonrió con inocencia, sin saber muy bien que era lo que había regalado.

Camila había cumplido ocho años un par de meses antes, festejándolo con su padre y su hermano. Pidió de deseo lo mismo que pediría toda su vida, poder pasarlo con la madre. No lo pasaban juntas desde hacía ocho años, el día en que ella nació. Era una nena dulce y distraída, que recordó el jueves a la noche que al día siguiente tenía un cumpleaños. Su padre estaba viendo jugar a Boca por la televisión cuando se enteró, esperó a que terminara el partido y le dijo que él iba a hacerse cargo para que no fuese con las manos vacías. A la mañana siguiente paseó por los locales de Plaza Italia buscando un regalo barato y se encontró con este lugar que tenía libros infantiles a muy buen precio. Apenas ojeando los títulos eligió Draco, mi pequeño dragón entre un montón de libros, se le hacían todos iguales. Supuso que a cualquier niño de ocho años le iba a gustar algo que incluyera dragones. El padre de Camila le entregó el libro envuelto en papel de regalo a su hija a la una de la tarde en el colegio y, algunas horas más tarde, ella se lo dio a la persona que le habían indicado. Su padre dejaría huérfana a Camila y su hermano menor muchos años después, por una muerte súbita que interrumpió su corazón y su partido de tenis a la vez. No vería a su dulce y distraída hija acordarse la noche anterior que tenía que llevar una carpeta de documentos al estudio jurídico en el que trabajaba.

El Niño leyó el título y no le pareció gran cosa, pero le gustó el dragón verde en la portada. Vio el nombre de Philippa Gregory pero le costó leerlo y no retendría mucho tiempo a la escritora de su regalo. El tierno dragón dibujado en la portada por David Wyatt, un músico inglés frustrado con talento para la ilustración, sería recordado una tarde húmeda por el artista a los cuarenta y siete años, mientras toma una taza de té de jengibre en su casa de Devon, como un trabajo por el cual la editorial escatimó al mínimo su paga.

Los nenes que rodeaban a los cumpleañeros esperaban con ansiedad que terminaran de ver sus regalos. Estaban desesperados por retomar el partido de fútbol que estaban jugando hasta que los interrumpió Gustavo, su serio profesor de educación física, para ir a abrir los presentes. Draco, mi pequeño dragón no recibió sonidos de asombro al ser descubierto y ninguno se interesó por verlo más de cerca, pero El Niño recién lo dejó con cuidado a un lado porque su madre le dijo que abriera los demás regalos. Juntos, los hermanos abrieron el resto de los paquetes. El público de compañeros con frentes sudadas gritó de emoción al descubrirse una pistola de agua, con un arma de dardos de goma y por un disfraz de bombero. La mayor ovación se la llevó una pelota de fútbol del mundial de Francia que le había regalado Tomás al verdadero cumpleañero. Al hermano mayor de El Niño no le caía bien ese compañero, pero le encantó el regalo. Los pocos que quedaban sin abrir fueron olvidados bajo la ola de emoción de tener una pelota nueva para jugar. El cumpleañero la pateó con fuerza anunciando tácitamente que el partido estaba de vuelta en marcha. Entre aullidos y saltos, dueño y pelota volvieron a la cancha de futsal seguidos de todos los demás, menos el que festejaba su cumpleaños antes de tiempo. Él se quedó a un lado esperando que se fueran todos para volver a sostener el único libro que había sido regalado ese día. Le alivió estar un rato sin gente que quisiera jugar al fútbol sin parar, deporte que nunca le gustaría a menos que fuese para ver una final importante por televisión o jugarlo en alguna consola digital.

Esta vez sostuvo a Draco, mi pequeño dragón con la tranquilidad del que no va a ser interrumpido y leyó un poco. La contratapa hablaba de un niño encontrándose a un dragoncito, que bajo efectos de la magia parecía un cachorro de galgo. El nuevo dueño del libro no sabía qué era un galgo, pero se puso contento porque le preguntó a su madre y ella le dijo que era una raza de perro, le encantaban los perros. Sin saber cómo imaginar a un galgo, lo visualizó en su mente idéntico a un bulldog inglés, el perro que deseaba tener.

Solo algunas madres y una maestra quedaron en el patio con el niño, el resto estaba en la cancha de futbol con Gustavo, cuando todavía daba clases y nadie sabía lo peligroso que era dejarlo solo con tantos menores. Recién se enteraron con toda esa promoción ya habiendo terminado el secundario. Uno de los chicos se animó a contar que había sido abusado en el campo de deportes por el serio Gustavo, siempre visto con el mismo aire templado y profesional. Aunque no tuvo causa judicial, Gustavo fue jubilado por la institución y no se le volvió a ver por las calles de la ciudad, y nadie hizo nada más.

El menor de los cumpleañeros no podía dilatar más su vuelta a la insulsa realidad del deporte social, se acercó a la pila de regalos para guardar su nuevo libro. Esa noche iba a empezar a leerlo, y al terminarlo le diría a todos que había leído un libro de ciento veintiocho páginas. Sumaría de a poco libros a su estante, pasaría por clásicos traducidos, la saga de Harry Potter, novelas históricas, analogía de cuentos, volvería a las raíces de la literatura latina, la saga de Canción de Hielo y Fuego. Sabría de mil vidas vividas y sacaría una significación nueva cada vez que leyera El Principito.

Pero faltaba para todo eso, El Niño era inocente de tales vivencias. Ahora dejaba su regalo entre los otros y se iría a jugar con sus amigos. Cortarían las dos tortas, la de su hermano con adornos de Estudiantes de La Plata y la suya con dinosaurios. El Niño no era consciente, pero su latente vida habría de cambiar por leer ese simple y olvidable libro sobre un dragón que se hacía pasar por un galgo. No se iba a acordar que pasaba ni de cómo terminaba, y no era importante. Lo importante era que acababa de abrir la ventana a otro universo. Y no tendría autoridad para cerrarla.

Ese lugar, ese día, era irrelevante para la historia de la humanidad. Pero no para la historia de un humanito. Habían pasado sucesos difíciles y faltaría que ocurrieran episodios terribles en la vida de los presentes. Sin embargo, ese momento gozaba de inmunidad nostálgica. Para los cumpleañeros, todavía quedaban muchas visitas a la casa de sus abuelos para escuchar historias inventadas de cómo Ernesto había perdido la mayoría del pelo por un viento fuerte. Jugarían varias veces más con el escalextric en la alfombra del comedor. Ocurrirían encarnizadas batallas entre juguetes de plástico en el patio de la casa. ¿Las bajas por lengüetazos perrunos cargados de baba? ¡Se irían por las nubes! Saldrían en varias oportunidades a alquilar películas para terminar siempre llevando E.T. o Toy Story. Gobernaría muchas noches la anarquía en el hogar cuando los hermanos mayores fuesen dejados a cargo. Todavía quedaban infinidad de bombuchas para ser lanzadas por los aires.

Respaldando con la estadística a los invitados, la mayoría de los abuelos y padres estaban vivos. Los adultos estaban sanos sin enfermedades que se cobrasen la factura de los malos hábitos. No había sido infectado ningún nene por las costumbres sociales y no tenían ninguna responsabilidad más que la de lavarse las manos antes de comer un pedazo de torta. Todavía nadie se burlaba de nadie por su gordura. Ninguna niña tenía el corazón roto por no ser correspondida en sus afectos y ningún varón tenía desarrolladas las costumbres machistas que heredarían del hogar.

Ese momento, era libre. Y se mantendría así en la memoria. Solo había algo importante que ni siquiera sabían que estaba sucediendo; y era que, mientras el caos abría con fuerza huracanada las puertas del mundo, un pequeño y usado libro abría una ventana en la vida de un joven capricorniano de siete años y diez meses para que todo estuviese bien.

Y en ese efímero día, todo estuvo eternamente bien.

Kebrado

Hernán no recordaba desde cuando estaba viendo esa luz borrosa. Tampoco recordaba que había estado viendo antes.

Se frotó los ojos con las yemas del pulgar e índice izquierdos. Parpadeó un par de veces y volvió a mirar a esa luz. Estaba temblorosa, no borrosa. No podía enfocar nada sin que todo alrededor le diera vueltas. Miró a los lados intentando ubicarse espacialmente. Se movió bruscamente y se golpeó los codos con una estructura dura, firme como una pared pero que sonó hueca al contacto.

Hernán inspiró y soltó el aire con lentitud intentando regatear lucidez consigo mismo. No estaba nervioso, sino cansado. Se tocó el pecho y la flacidez de su abdomen; no le dolía ninguno. Sintió al tacto que tenía su campera de cuero puesta, irguió su cabeza y cerró los ojos en un gesto de dolor eléctrico. El cuello le irradiaba punzadas en toda la cabeza. Quiso mover un poco las piernas y la cadera le dolió de la misma forma. Le palpitaba irritado el labio inferior. Movió los músculos de la cara para sacarse el entumecimiento, su mandíbula crujió de ambos lados haciéndole vibrar el rostro. Volvió a mirar hacía la luz, seguía sin poder fijar la vista.

Se quedó quieto un rato más. ¿Habría pasado allí la noche? No tenía una respuesta. En el techo se distrajo con unas manchas de humedad que parecían moverse. Formaban figuras o caras y el las nombraba. Luego parpadeaba una o dos veces y el juego volvía a empezar. «Árbol» pensó, y parpadeó rápido dos veces. «Raqueta… Raqueta de tenis». Siguió con su juego hasta que el cambió de figuras y el continuo balanceo de su mente lo hicieron sentir náuseas. Era momento de levantarse.

Con su cuerpo todavía adormecido, Hernán se esforzó para dejar su torso en ángulo recto con sus piernas. Sintió ganas de vomitar, pero siguió con su plan. Se giró y apoyó las palmas y las rodillas en el piso. Percibió en la piel de sus manos la textura de ese suelo. Era liso, suave y resbalaba un poco. Parpadeando con rapidez pudo ver que era celeste, un celeste gastado y triste. Retomando, Hernán se levantó con fuerza de un solo movimiento. No se cayó porque revoleó los brazos y uno se encontró con una pared que lo sostuvo. El mareo fue demasiado y vomitó guturalmente entre sus pies. Tosió y escupió para volver a vomitar. Después de la segunda vez se alivió, como si recuperara el aire después de aguantar mucho la respiración. Una sensación de placer le acarició el estómago. Hernán se apoyo con su mano temblorosa en una manija metálica que sobresalía de la pared. La manija se deslizó hacia abajo y el repentino desequilibrio hizo que se quedara en cuclillas con la espalda contra la pared contigua para no caerse. Lo asustó un chistido que predijo un chorro de agua empapándole la cara. Hernán escapo del agua con giros del cuello a pesar del dolor y tosió para expulsar lo que le había entrado en la garganta. El agua no dejó de caer, y supo por qué cuando se rindió ante aquella lluvia privada. Estaba en un baño. Lo que seguía sin saber era en qué baño.

Hernán apagó la ducha y se sentó en el inodoro chorreando agua. La humedad también estaba cubriendo las paredes que no había visto. El piso era blanco con pecas negras debajo de una capa de barro seco que se volvía negro cuando lo tocaba el río que emanaba de él. En la esquina vacía donde se esperaría un bidet había un tacho de plástico rojo mediano, lleno hasta el tope de papeles sucios y algunas latas.

La campera que dejó caer al suelo le alivió de un gran peso físico, y el agua lo había despabilado. El mareo se había transformado en jaqueca y la contractura del cuello y cadera se habían desparramado como dolor muscular por todos sus miembros. Al espejo se vio todo amarillo, excepto por las gruesas ojeras grises que le pintaban debajo de los ojos hasta parte de los pómulos. Sus labios oscilaban entre un bordó y un morado dependiendo de la luz, y el pelo castaño le llovía pegado sobre la cabeza. Estaba helado en ese baño, y el agua que rechinaba hasta en sus zapatillas parecía hielo. Con la cara demacrada y su cabello achatado en el cráneo, distinguió entre sus diferencias las facciones de su padre. Y se acordó de la última vez que lo había visto.

—¿Pongo para un mate, Jorge?— le había saludado Hernán a Don Jorge Ancuso.

—Dale… usá el de plástico— fue la respuesta de su padre.

—¿Está usando el negro?

Hernán giró la cabeza varias veces buscando sobre la mesada de mármol amarillo.

—Sí, ese.

—¿Por qué no está usando el de siempre?— se extrañó.

—¿Cuál? Son todo lo mismo—respondió Don Jorge y gruño mientras se sentaba.

—El de siempre, el de calabaza, que tiene el cuerito blanqueado— siguió indagando su hijo.

—Ah, no sé, debe estar por ahí.

—Bueno, lo busco, así hacemos en…—dijo Hernán, pero se giró cuando lo interrumpió un grito de su padre.

—¡No, no! ¡Usá ese nomás! El de plástico agarra nomás, es todo lo mismo—ordenó desde el otro ambiente.

Hernán no insistió de nuevo. Necesitaba que su padre no estuviese de mal humor, si es que eso existía, y no estaba acostumbrado a que sus hijos lo contradigan, así que se limitó a calentar el agua en la pava plateada y puso la yerba en el mate de plástico negro.

Hernán Ancuso y su padre, Don Jorge Ancuso, compartieron unos mates sentados en la mesa del comedor. La mesa tenía adornos que Hernán no recordaba; en vez de dos floreros plateados a cada lado de un centro de mesa con forma de bailarina, ahora solo había una frutera de mimbre oscuro con dos manzanas rojas y un racimo de bananas. El vidrio que se interponía entre los adornos y la mesa de algarrobo era el mismo desde hacía años. No había más cosas encima que el mate, la pava con su posapava y un cenicero de cristal grande como un plato que siempre estuvo guardado junto a la vasija fina.

Don Jorge no sacó tema de conversación, solo respondía a las preguntas de su hijo menor. Hernán le habló de los precios de los autos, de si convenía cambiar los suyos por cómo estaba la economía. Habló de fútbol, de cómo le iba a Racing en el torneo, de como había jugado la selección en la copa américa, hasta sacó el tema de qué tanto había decaído el arbitraje a nivel nacional con respecto a otros años. A todos estos temas, Don Jorge respondió con monosílabos o con gestos de la cabeza a los triviales discursos ensayados por su hijo. Hasta que Hernán sacó el tema que siempre sacaba, y Don Jorge se acomodó en su asiento mientras se prendía un cigarrillo y lo escuchaba repetir su estrategia.

— ¿Y usted cómo anda?—dijo cebando un mate.

—Acá ando—respondió Don Jorge después de fruncir los labios—. Aproveché las macetas de tu mamá para plantar unos tomatitos.

—Pero usted, ¿Cómo está?

—Bien, te estoy diciendo—respondió seco.

—Me está diciendo que las plantas de mamá están bien, yo quiero saber de usted.

—No, te estoy diciendo que estos tomatitos los planté yo—dijo impaciente.

Se condensó un silencio en el aire que Hernán tuvo que romper.

—Noté que renovó la decoración. ¡Quedó muy bien!—comentó.

—Supongo. Fue quedando así.

—¿Va a plantar otras verduras?

—Puede ser… Si no me muero antes.

—No sea tonto, no diga esas cosas—dijo Hernán con un exagerado gesto de desagrado.

—No me voy a matar, si eso te preocupa. No te vuelvas loco que tengo salud para rato.

—Si hiciera algunas actividades no estaría pensando en cuanto le queda. Hay gente que…

—Aaah, no me digas pelotudeces, querido. ¿De qué carajo me hablás?

Hernán quiso señalar a su padre con naturalidad pero se interrumpió cuando notó que le temblaba la mano.

—¡El médico le dio una lista! Le anotó de todo para hacer. ¿Hizo alguna?

Don Jorge se sintió incómodo por el tono artificial con el que le hablaba su hijo.

—El médico me da una lista cada vez que me agarra cagadera; vos no habías nacido la primera vez que me rompió los huevos con algo para hacer.

—Dale. No le cuesta nada hacer algo de deporte. Podemos salir a caminar, jugar a la pelota—enlistó Hernán mientras se rascaba distraído por debajo del ojo y un poco de base le quedaba en la uña—. Por ahí podríamos…

Don Jorge interrumpió a su hijo por tercera vez aquel día.

—Cortala, pelotudo. Me hartás, estás en pedo. ¿Salir a caminar a dónde? Es la primera vez que te veo en el año. Y venís a hacer la misma parafernalia que hiciste la última vez.

—Yo vengo a verlo.

—Venís a manguearme guita. Te quemaste todo lo que te di de nuevo, y querés más plata. ¿Qué pasó con tu laburo?

—Estoy en tratativas para cobrar la indemnización. Ya tiene que salir.

—Tratativas… —Don Jorge bufó con burla—. Dios mío…—clavó sus firmes ojos oscuros en los inestables ojos oscuros de Hernán, y este pudo sentir en los huesos la decepción que llenaba su mirada—.  ¿Qué te pasó, Hernán?

«¿Qué te pasó, Hernán?» hizo eco en su mente, viendo que los ojos de su padre volvían a ser los suyos en el espejo de aquel baño húmedo.

—La vida, Pa—dijo Hernán, con un hilo de voz, deseando que su padre pudiese oírlo.

«La muerte, Ma», pensó, sabiendo que su madre nunca podría escucharlo.

El charco en el suelo tembló bajo sus pies. La vista se le puso estable, y el encierro con su cuerpo nervioso como foco llenaba el ambiente de humedad, aumentando un poco la temperatura. Azulejos celestes cubrían las paredes hasta la mitad, el resto probablemente haya sido blanco en un pasado, ahora eran grises unidas a una espesa humedad mohosa. La puerta cerrada era de pino, con cascaras arrancadas hacía ya tiempo; la superficie le raspó las yemas de los dedos con astillas cuando la tocó.

El inodoro le pareció curioso. Seguía blanco, sin la acumulación de mugre de la que sufría el resto del ambiente y su base no era angosta como en los inodoros normales. La forma peculiar que tenía le hizo acordar de inmediato al mate de su madre. Un mate de calabaza curada grande y cubierto por una película de cuero blanco. Había estado en su casa desde que era un niño, o quizá antes, y era el único que usaban hasta que su madre murió, y Don Jorge lo guardó vaya uno a saber dónde. Lo ocultaba, como le gustaba ocultar siempre las debilidades. Y para él, los sentimientos eran una debilidad. Hernán no lo había visto llorar nunca, ni cuando su madre se enfermó, ni a las pocas semanas cuando murió, ni en el velorio, ni en el funeral, ni cuando lo visitó una quincena después. Nunca.

Hernán Ancuso no pudo afrontar el duelo por la muerte de su madre. Siempre le dijeron que hablaba hasta por los codos. Desde que su madre había fallecido, había días en que su novia angustiada reclamaba que le hablase. En el trabajo se vieron obligados a echarlo del estudio porque no volvió a ir en los meses que siguieron, arruinando seis años con rigurosa asistencia. No volvió a trabajar desde entonces, y su relación se vio arruinada por su depresión, a la que se aferró como si fuese el recuerdo de su madre. Su novia terminó yéndose de la casa, y Hernán no se esforzó por evitar nada de esto. Todo le resbaló. Cuando ella volvió a verlo porque lo extrañaba, él la despachó en la puerta del departamento que habían compartido por tres años, «Me distraés.» le dijo.

La única relación que le interesaba a Hernán era con la kebra. La kebra es un polvo derivado de la kebratodaina, un fármaco creado para tratar la depresión; pero laboratorios clandestinos la mezclaban con anfetaminas para venderla en reemplazo del éxtasis. Estaba de moda y se podía tomar de distintas formas, Hernán colocaba una porción debajo de la lengua. Cuando eso no alcanzó más, colocó dos. Actualmente, su dosis diaria eran tres porciones de kebra debajo de la lengua y tomar agua con dopamina disuelta, «Agua sucia». Su metabolismo se vio alterado de forma crónica, e incluso los momentos del día en que no estaba drogado lo atacaban los calores. Pero ni la kebra, ni los calores que esta le provocaban, conseguían entibiarle el corazón.

«Baño limpio, corazón contento» decía siempre su madre cuando terminaba de dejar impoluto el baño principal. La limpieza realmente le daba placer. Este baño le hubiese dado terror. O tal vez se lo hubiese tomado como un desafío, ella siempre ponía todo de sí para un desafío. Hernán deseo que su madre fuese a buscarlo a aquel baño horrible, le secara la cara y le dijera que todo iba a estar bien, como cuando era niño. Por un momento un camino de calidez le recorrió la piel, y se secó las lágrimas que se mezclaban con el agua que le caía desde el pelo.

Lloró ahogado por un rato en el medio del charco. Buscó en sus bolsillos con la esperanza de toparse con cigarrillos, y tuvo suerte. Pero no tanta, el paquete que encontró contenía veinte cigarrillos aguados y un encendedor que no pudo prender ninguno, por más triste o enojado que le diese a la rueda.

Se dejó caer en el inodoro. Lanzó con fuerza los cigarrillos que rebotaron hechos un bollo contra la pared mugrienta y yacieron en la bañera. Hernán tenía los codos sobre los muslos, la boca abierta y un dolor de cabeza agudo que no aflojaba. Ahora Hernán deseó tener más kebra para poder reponerse de esa resaca espesa y poder sentirse pleno un rato. Se revisó los bolsillos, no tenía ni una porción. Sintió la lengua en la boca como si fuese un zapato, y ya no sabía que líquido era el que recorría su cara; si era agua, lágrimas o sudor. Probablemente fuese un poco de las tres. La mandíbula le temblaba, pero no de frío.

Hernán se atrapó en una secuencia en bucle. Se revisaba los bolsillos delanteros del pantalón. Vacíos. Revisaba los bolsillos traseros. Vacíos. Revisaba adentro de su ropa interior. Vacía. Jadeaba nervioso. Revisaba sus zapatillas vacías; revisaba los bolsillos externos de su campera empapada en el suelo… Vacíos. Tragaba saliva, pateaba la campera frustrado y revisaba la bañera: cigarrillos aguados. Buscaba alacenas que no estaban ahí. Se arrodillaba en el charco ennegrecido del suelo y apretaba la cara, furioso. Se levantaba temblando de la ansiedad y apretaba los puños. Luego volvía a empezar.

Rompió el ciclo nervioso cuando se arrodilló en el suelo por enésima vez y le pareció ver una bolsa negra cerca al tacho de basura. Se abalanzó con torpeza depredadora y la apretó con la mano. Sintió una viscosidad burlona colarse entre sus dedos. Hernán tiró a un lado ese pegote de basura espesa y se limpió la mano contra el pantalón. No se asqueó, sino que se rió. Se percibió muy ridículo y patético. Se sentó en el charco mugriento, ya tibio y rió con más fuerza, hacia el techo.

Hernán logró un momento de lucidez que a su vez le hizo sentir vergüenza ajena de sí mismo. «¿Qué te pasó, Hernán?» volvió a evocarse en su mente, tranquilo de que su madre no podría verlo así; y de que su padre no estaba presente para saber que tenía razón. Que esa bola de mugre no era kebra lo agradeció. Era su oportunidad para dejar esa porquería y volver a estar sobrio. Ya había pasado bastante tiempo autocompadeciéndose, y lo único a lo que había llegado era a estar tirado, drogado, mojado y quebrado arriba de un charco formado por la roña de todas las personas que pasaron por ese baño de drogadictos.

La puerta chirrió paciente quedando entreabierta lo justo para que una lámina de luz sepia desentonara con lo lúgubre del ambiente

Hernán se levantó con cuidado de no resbalarse y se sostuvo en el lavamanos lo más firme que podía.

Seguro de no volver a caer liberó una mano para limpiar lo empañado del espejo y se miró. El color había vuelto a sus labios, y una palidez corriente reemplazaba lo amarillo de su rostro. Se vio a los ojos por encima de las ojeras.

—Suficiente— declaró.

Hernán Ancuso tomó aire, se escurrió la ropa lo mejor que pudo y se lavó la cara con los brazos hechos un nudo tieso. Se agachó a agarrar su empapada campera de cuero, la manoteó levantándola en el aire. Tenía que salir. La había tomado de un bolsillo interno que no había recordado que tenía. Sostuvo su contenido y la campera se deslizó al suelo. Los ojos de Hernán se abrieron hasta el límite de sus cuencos. Tenía que salir. Con la mano temblando dejó la bolsa llena de kebra en la mesada que rodeaba el lavamanos. ¿Tenía que salir? Su lengua pastosa le incomodó en la boca y se le estrujó el estómago. Tomó la bolsa con ambas manos y soltó varias porciones en la palma de su mano derecha. Se les quedó viendo. Apoyó la mano libre sobre la puerta entreabierta del baño para cerrarla con firmeza, sin quitar la vista de la kebra. La luz sepia que se había colado desapareció.

«¿Y ahora?»

Los dos cipayos

De chico siempre consumí productos yankees. Desde programas de televisión hasta juegos de mesa y alimentos. Todos de origen estadounidense, solamente alterados en el idioma para que mi mente infantil pudiese entenderlos y así anhelar más. Desde la versión argentina de la coca cola hasta las versiones traducidas de los dibujitos, que a su vez eran la versión americana de otro dibujito japonés. Todo el día me la pasaba resguardado por los inventos estadounidenses que volaban evadiendo fronteras para llegar a mi casa.

Ese acercamiento tan íntimo con toda esta maquinaria extranjera implantó en mi cerebro la idea de que la cultura estadounidense era la mejor. Su sociedad, sus ciudades, sus paisajes y las personalidades de sus habitantes eran la verdadera manera de vivir. Me llevaron a usar palabras en español neutro que recogía de los programas de televisión, y a preguntarme porque nosotros teníamos fútbol y no fútbol americano. Dejé que me penetrara el discurso que se infiltraba en cada producto que consumía de que lo estadounidense siempre era superior.

Cuando crecí no fue muy distinto. Toda película norteamericana le pasaba el trapo a cualquier producción latina, sea cual fuese. No perdía el tiempo viendo programas argentinos ni leyendo libros de escritores sudamericanos. Con leer versiones traducidas de novelas americanas tenía más que suficiente para entretenerme.

Las políticas de Argentina me parecían básicas e incivilizadas en comparación al orden que tenían allá arriba. Siempre que me cruzaba con alguien que se aprovechara de una situación con su “viveza argenta” sentía repulsión y deseaba poder vivir con ellos, que no se cagaban entre sí.

Llegado un momento, tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos con dos amigos. Ellos viajaban un par de días antes porque yo tenía que rendir un final en la facultad, así que no coincidimos en el avión ni en el aeropuerto. Ellos entraron por Miami, yo llegue a Dallas.

En Dallas pasé a presentar los papeles en inmigración; me atendió una mujer morocha con la piel color cobre que me pidió documento, pasaporte y motivo del viaje sin decirme hola. Cuando le mostré todo no se sintió satisfecha y me hizo pasar a una sala aparte. No me sentí nervioso, me sonó normal que viajando por primera vez quisieran asegurarse de que mi viaje era por turismo y no por otra cosa.

En la otra sala me hicieron esperar veinte minutos para atenderme. Eran las cinco y media de la mañana y Dallas era mi escala. Tenía que tomar otro avión a las ocho. La señora que me había atendido por primera vez volvió a aparecerse detrás de otro vidrio y me llamó. Me habló en un español muy mediocre y me pidió pruebas de que mi viaje era con fines turísticos. Le respondí en español un poco nervioso ya por la insistencia en tener que probar que no iba a cometer ningún crimen, como cuando te pone nervioso cruzarte un policía aunque no estés haciendo nada ilegal. A la señora le molestó que le hablara en español, probablemente porque no me entendió muy bien, y me dijo que tenía que colaborar. Le puse en frente todos los papeles que tenía encima, hasta de las notas que tenía de la facultad, pero no los miró. Me pidió entonces el celular, y se lo dí. Me dijo que espere sentado, y esperé.

Pasaron cuarenta minutos esta vez, siendo yo el único civil de aquella sala. Por momentos los podía escuchar riendo cuando revisaban la intimidad de mi teléfono, se habían encontrado con un juguete al que podían apretar y tironear sin miedo a ninguna autoridad que los retara.

Volvieron a llamarme, esta vez a sus oficinas. La señora que sabía poco español me delegó a otro compañero: un hombre obeso, como todos los oficiales de ahí, pero este era petizo mientras los otros eran altos, y este era negro mientras los demás eran rosados.

El oficial nuevo se presentó como The Dog, el perro. Dijo que le decían así por su buen olfato, habilidad que demostró cuando me revisó el bolso y en una sola olfateada encontró mi mate metido en un bolsillo profundo de la valija. Yo estaba sentado. En el momento en que El Perro vino a interrogarme, me levanté para responderle. Me hizo sentar. Cuando me preguntó a qué iba, le respondí apurado que iba de vacaciones. Me hizo callar. Sentí que su lógica estaba desfasada, como si se hubiesen confundido los papeles y estuviera interrogando a un narcotraficante y no a un boludo argentino que siempre había tenido de niñera a héroes yankees.

El Perro me dijo que había encontrado fotos de plantas de marihuana en mi teléfono y por eso revisó mis cosas. Y que también había leído mensajes de whatsapp en los que hablaba con mis amigos de buscar trabajo. Confundía términos del lunfardo como «laburo» y «changas» y pensaba que, por algún motivo, yo estaba buscando un trabajo fijo en una agencia de mudanzas. Me pidió los datos de mis amigos, yo se los concedí cobardemente. Después me dijo que si no le decía lo que quería escuchar iba a ingresar un código de nosequé para poder ver toda la información de mi celular, borrada o no. Cedí a la presión y mentí diciendo que buscaba trabajo, por algún motivo, en una agencia de mudanzas. Volví a esperar afuera.

A esta altura eran las ocho y monedas, ya había perdido mi avión. Entonces un oficial distinto me vino a buscar muy enojado diciéndome que era un mentiroso y que a él no le gustaban los mentirosos. Le pregunté «why?» y me dijo en su idioma que yo le había mentido con el nombre de uno de mis amigos, que yo le había dicho que se llamaba Facundo y en realidad se llamaba Juan Facundo. No me dejó aclararle que no recordaba su primer nombre y me mandó a la última habitación a la izquierda.

Esa habitación estaba salida de una de las películas yankees que siempre me habían gustado. Era pequeña y gris, provista solamente de una mesa y una silla. Me hicieron sacarme el abrigo y las zapatillas y me revisaron con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Nunca había tenido un problema con la policía de Argentina, pero lo estaba teniendo con la estadounidense que tanto había defendido.

Lo único que faltaba hacer, me dijo El Perro, era la entrevista final. Es costumbre que el entrevistador anote las respuestas en bruto del entrevistado. Pero no fue así. El Perro me ponía nervioso con sus insistencias de que le dijera porque iba a trabajar a su país. Le dije que no iba a trabajar. Entonces me preguntaba cuantas horas. Yo le respondía que no iba a trabajar. «¿Y cuántos días a la semana querés trabajar en mi país?» Y yo le respondía que no iba a trabajar. Cuando terminó de hacerme preguntas quedé tan alterado que si me hablaba en inglés yo le respondía en español, y si me hablaba en español yo le respondía en inglés.

Me ordenó quedarme sentado y me advirtió que estaba siendo vigilado. Cuando volvió me lo dijo sin preámbulo. Le pregunté porque me deportaban. «No te deportan» me dijo, «mi país te niega la entrada».

Mientras me sacaba la clásica foto de preso con el fondo blanco con líneas negras y me hacía firmar papeles y poner la huella por debajo del título de «Alien», El Perro me contaba de su trabajo, de los delincuentes que querían pasar su frontera y de que el japonés no le costaba tanto después de haber aprendido español. Yo nada más pensaba como mierda iba a volver a mi casa después de haber tenido tanta mala leche.

El Perro me dejó llamar a mi vieja. Le hablé con un hilo de voz para decirle que había tenido un inconveniente, que estaba bien, pero que iba a tener que volver. Mi vieja pensó que era una joda. Y con motivo, porque si no me hubiese pasado todo eso tal vez le habría hecho esa broma. Le aclaré con tristeza que no, que iba a volver en el próximo avión, que salía ese día dentro de doce horas. Corté la llamada fingiendo que no lloraba, con mi madre llorando por el otro extremo del mundo.

El Perro me explicó que tenía que aguardar hasta que saliera el avión en una sala de espera. Me dijo que hacía una llamada y me acompañaba. Me contó un poco más de su vida como oficial estadounidense, y yo fingía que lo escuchaba mientras deseaba el abrigo de la corrupción argentina y prometía no criticar jamás la locura por el fútbol a cambio de no tener que oír nunca más a nadie hablar inglés.

Mientras El Perro me acompañaba a la sala de detención y me mostraba la celda gris donde iba a estar encerrado las próximas horas sin zapatillas, ni celular, ni hoja o lápiz, yo lo seguía sin voluntad digiriendo lo que él había estado hablando en su llamada telefónica.

Entré a la celda aceptando que iba a dormir en esa camilla metálica unida a la pared, presentada por una alfombra orgánica de sangre seca en el piso y enmarcada por los rayones en el suelo hechos por las personas que han arrastrado dentro. Lo que me hacía repasar la charla ajena del guardia era un dato que había dicho El Perro, su nombre.

Me senté mirando hacia la puerta que se cerraba con llave, y cuando quedé solo, resoplé. Solté aire entrecortado por la nariz con ritmo, era lo más cercano a una risa que me salía. Si hubiese sido en otro contexto me hubiese reído a carcajadas. Me quedé con el nombre humano del Perro como premio consuelo, como la parte cómica de cualquier tragedia. Sentí que le había robado su secreto sabiendo su nombre, como si hubiese desenmascarado al impostor que se hacía pasar por policía robot estadounidense.

Se llamaba Roberto García.

El desdoblamiento

El sol calentaba el capó del auto rojo de Martina mientras esperaba en la puerta del Hospital. Los dedos largos y delgados de su mano derecha sostenían con estresada firmeza un cigarrillo, soplando con alta frecuencia el humo en dirección a la entrada, esperando a que su madre saliera, vigilando con sus ojos marrones escudados detrás de lentes de sol negros. Del edificio salió una señora mayor, de menor altura y menos tonificada que Martina, pero compartiendo las mismas dimensiones de cadera ancha.

­­­—¿Y? ¿Qué onda?—preguntó Martina a su madre.

—Igual que cuando saliste a fumar, siguió dormido. Ya no sé que esperar, ni que creerlo a los médicos. El de la mañana me dice que no pasa de la noche. Y el de la noche que se va a curar en cualquier momento. Yo lo veo mal—respondió Camila y negó con la cabeza en movimientos cortos.

Martina permaneció en silencio unos segundos. Miró a un lado de la calle mientras se apoyaba sobre la puerta de su auto. Dio una última y poderosa pitada a su cigarrillo para después aventarlo al suelo.

—Hace rato que vienen diciendo eso—dijo acompañando sus palabras de humo—. Por ahí, en una de esas, empieza a remontar—opinó, acomodando su flequillo a la derecha. Agachó un poco la cabeza, sin creerse lo que acababa de decir.

Camila no respondió enseguida, primero miró a su hija acomodarse el largo cabello castaño.

—Vamos, nena—señaló el vehículo con un movimiento de cabeza—. No tiene mucho sentido que nos quedemos aquí en la calle si no podemos verlo. Llevame a casa.

Madre e hija se subieron al auto de Martina y se alejaron del hospital. En el trayecto solo se escuchó el sonido de un programa de radio, que llenaba el Carza de puro ruido. Martina presionó con fuerza el botón de apagado esperanzada de que a mayor presión más potente sería la expulsión de ese conductor charlatán que nadie había invitado a irrumpir en su tristeza.

Martina entró a su departamento quince minutos después de haber dejado a su madre. Suspiró soltando la mochila de carga social que tenía que cargar cada vez que salía de su hogar. Se derrumbó en el sillón con la sola compañía de una generosa copa de vino. Se quedo mirando la televisión sin siquiera saber que canal había puesto, solo podía pensar en su abuelo internado en el hospital. Estaba por cumplir las tres semanas allí, acompañado día y noche por su anciana hermana, y por ellas cuando les permitían visitas. Y de su inconsistente pero inamovible cáncer, por supuesto. Muchas veces esto era en vano, su abuelo ni siquiera estaba consciente en la mitad de los encuentros, y desde hacía diez días que no podían hablar con él. Martina desarrolló una especie de celos por la enfermedad, quería tenerlo todo para ella.

La copa de vino se quedó con solo un sorbo de líquido, que Martina aprovechó para tragar un par de pastillas. Pronto ambas, la copa y la mujer, estaban inertes en el sillón. Una podía romperse en cualquier momento y hedía a vino, y la otra era de vidrio.

La semana laboral de Martina siguió con la misma tóxica dinámica que había promovido la enfermedad de su abuelo. Primero tenía que dar clases de inglés en el colegio que trabajaba, después de cumplir su horario tenía que salir y comer algo, cosa que no hacía. Lo siguiente en su día era pasar a buscar a su madre, con quien había retomado contacto también debido a la enfermedad de su abuelo. Camila había abandonado a su hija cuando esta cumplía doce años, diciendo que no podía atarse a tanta responsabilidad, que ella también necesitaba vivir. Y se fue a vivir con su novio de turno, no muy lejos de la casa de sus abuelos, quienes pasaron a ser sus tutores. El padre de Martina había muerto cuando ella tenía diez, y viéndolo en retrospectiva le parecía interesante, hasta gracioso cuando se sentía sumamente cínica, que su madre durara dos años con ella como carga considerando el extremo delirio narcisista que manejaba en su mente.

Esa no había sido la ruptura total de su relación, al cumplir veinticinco años Martina volvió a contactar a su madre para avisarle que su abuela, es decir la madre de Camila, había muerto. Camila le respondió que no podía creer que su madre había fallecido. Ella repitió que había muerto, no que había fallecido, que fallecer fallecen los primos lejanos, y su abuela era muchísimo más que eso, y era muchísimo más madre que su madre, y por ende bien merecedora estaba de ser declarada muerta.

Camila revivió la relación con su hija, por un tiempo. Se vieron varias veces, y prometió darle una ayuda económica, y lo hizo. Una vez. Ni bien terminó el duelo de la mujer que crió a ambas, también terminó el mísero intento de restablecer un lazo materno.

Al igual que la muerte de su abuela había hecho que Martina y Camila se reencontrasen, también lograba lo mismo la enfermedad de su abuelo. La profesora de inglés de treinta y cuatro años no podía estar todo el día con su abuelo por más que quisiera, de verdad quería pasar todo el tiempo posible con él, pero su empleo era el principal obstáculo. Su trabajo era el enfoque en esa época de su vida, ya no estaba en pareja y no tenía hijos. No quería además fracasar profesionalmente.

Entonces, Martina pasaba a buscar a Camila por su casa para ir al hospital por una calle llena de baches que hacía tortuoso todo el trayecto, esperando encontrar lúcido, o por lo menos despierto, al enfermo anciano. No tuvieron suerte. Según le dijo su tía abuela a Martina, se había despertado un rato a la mañana, aunque no coherente, e inmediatamente se había vuelto a dormir. De nuevo a su abismo. La hermana de su abuelo ya ni pedía los partes médicos. Solo les quedaba preguntar por el día. Cada jornada con su abuelo en la que podían hablar un minuto o dos valía oro para Martina. Ese día, y esa noche hasta que les pidieron que se retiren, no hubo caso. Abrió apenas los ojos, miró perdido la habitación unos efímeros segundos y se rindió a su cansancio.

La siguiente semana se desarrolló lenta, y Martina la padeció. Los días eran una tortura, una desgastante repetición de esperanza y desesperanza cada vez que visitaba a su abuelo que convergía en no poder hablar con él. Hasta el médico del turno noche había perdido su visión positiva de las cosas, le aconsejaba a las tres mujeres que acompañaban al anciano que se despidiesen cuanto antes, porque no le quedaba mucho tiempo. El tumor maligno, haciendo alarde de su adjetivo,  seguía alojado en su cabeza y no se iba a ir a ningún lado, no sin llevárselo a él. Pero Marti no podía despedirse, no podía hablar, no podía hacer nada más que ver al hombre que la crió postrado en una cama de hospital esforzándose por respirar.

Martina ya no conseguía distinguir los días a través de su cansancio, así que no supo qué día era cuando recibió una llamada al trabajo de su tía abuela que le informaba que su abuelo se acababa de despertar y estaba lúcido. Martina respiró una enorme bocanada de aire que transformó en un estallido de llanto ahogado. Podría verlo de nuevo. Podría verlo una vez más, según le decían por el teléfono, porque realmente estaba agotado y si bien se podía conversar con él, no se sabía cuánto iba a aguantar. El obstáculo volvía a ser su trabajo, pero Martina supo sin dudas ni lógica que esa era su única oportunidad. No lo dudó ni un instante más y se fue sin siquiera avisar a alguna autoridad. Se lanzó a su redondeado Carza rojo y voló al hospital donde podría hablar con su abuelo.

La calle por la cual Martina conducía estaba bastante despejada, era la primera vez que iba en ese horario. Aceleró aprovechando este tránsito ligero. Al pasar la calle Zarcota notó unas borrosas manchas amarillas a los lados del camino, aminoró la velocidad lo indispensable para ver que eran señales. Más adelante estaba cortada para refaccionar la calle de los baches. Martina dejó de acelerar y dobló hacia la derecha aún con bastante velocidad. Su cuerpo estalló de adrenalina y apenas pudo ver a una chica de uniforme escolar cruzando esa misma calle. Clavó los frenos, pero eso no alcanzó, se encontró directo a la colisión. El auto, sin cambiar de rumbo, no chocó con ninguna chica de uniforme escolar. Martina se vio sacudida un poco por la frenada, que había sido exitosa. Bajó temblando del auto ahí mismo con el corazón repiqueteándole en el pecho. Miró a todos lados y no vio a ninguna chica. Supuso que debió de haberse arrepentido de cruzar, o algo por el estilo, porque allí no estaba. No había pisado a nadie ni había chocado con nada. Todo estaba bien.

Martina estacionó en esa misma esquina el auto y dio la vuelta a la manzana para entrar al hospital, todavía desorientada. Llegó agitada a las escaleras y las subió repitiendo y rogando por favor que no sea tarde. Alcanzó el piso y corrió hasta la puerta deseando con todas sus fuerzas que su abuelo estuviese ahí, consciente, que no sea tarde. Martina abrió la puerta y entró. No era tarde.

Dentro de la habitación del hospital, su abuelo estaba acostado con la cama inclinada para que no tuviese que hacer fuerza incorporándose. Martina lloró mientras se le abalanzaba en un postergadísimo abrazo. Tardó varios minutos en recomponerse y poder saludarlo.

—Hola—dijo simplemente, con la cara congestionada por el llanto.

—Hola—dijo simplemente su abuelo, sonriendo.

— ¿Cómo estás?—le preguntó mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.

—Impecable—le respondió con su mejor expresión casual. Se rió hasta que lo interrumpió una tos seca.

Martina se olvidó de su madre y de su tía abuela por completo, no las saludó al entrar y ni siquiera las notó en la habitación. Se sentía ahí, en ese rincón pequeño del mundo, sola con su abuelo. Su mejor compañía. Habló un poco con él de banalidades, y notó su estado tan desmejorado. La gran diferencia entre verlo ese día y los anteriores, era el aura de relajación que emanaba cuando hablaba con ella. Siempre había sido un hombre nervioso y estresado, pero allí, postrado en esa cama con más partes enfermas que sanas, se le veía muy cómodo, hasta contento. Y ella estaba ahí para poder acompañarlo, por lo menos ese ratito.

—Descansá, Abue, y vas a ver. Vas a recuperarte en nada de tiempo. Vas a salir de esta—le dijo una esperanzada Martina.

Su abuelo sonrió con una sonrisa socarrona de quién sabe la verdad. Le miró fijo a los ojos, sin interrumpir su gesto articulado con la experiencia que da la vida; y a veces la muerte.

—Lo sé—dijo con total serenidad. Levantó con lentitud su mano derecha y acarició una mejilla de Martina—. Vos quedate tranquila, todo va a estar bien—tomó aire y suspiró—. Te amo, chiquita—se despidió.

—Yo también, Abue—le respondió su nieta, con la cara compungida goteando lágrimas—. Te amo muchísimo—se despidió, tomando la mano de su abuelo entre las suyas.

La mirada cansada de su abuelo se apoderó de su rostro, y en un estado de serenidad total, cerró los ojos. Sus músculos se relajaron completamente y de un instante a otro, Martina sintió en la mano que sostenía, como su abuelo iba dejando atrás su ropa de hombre.

Martina se quedó llorando a su lado un tiempo que no sabría medir en minutos, hasta que sintió que era el momento de irse. Salió de la habitación y del hospital sin siquiera percatarse de su madre y la hermana de su abuelo. Caminó ensimismada la manzana en dirección a su auto. Por extraño que le resultase, ella también se sentía relajada, y si bien acababa de pasar por una situación extraña de despedirse de la persona que más quería, en el fondo sentía alivió de poder haberlo hecho y de que aquella transición fuese en paz.

Al doblar la esquina, Martina estaba en el extremo contrario de la calle donde había dejado su auto. Al acercarse lo buscó con la mirada y no lo encontró. Siguió caminando y no conseguía ver su vehículo, pero si vio a una chica adolescente vestida de uniforme escolar cruzando de vereda, y de la calle cortada vio como un auto rojo de bordes redondeados se acercaba a gran velocidad. El Carza estuvo a punto de atropellar a aquella chica. Martina corrió hacia la escena. El auto giró abruptamente un instante antes de chocar y perdió el control, colisionando contra un grueso árbol de la vereda. El temblor fue tal que casi hace que Martina pierda el equilibrio. Al llegar a la escena del accidente, no dudó en fijarse el estado de aquél temerario conductor. Abrió la puerta y encontró a una mujer desparramada sobre el volante, cubierta de sangre. La agarró como pudo y la sacó del auto para recostarla sobre la vereda con la mayor delicadeza posible.

Momentos después llegó una ambulancia, los paramédicos bajaron con una camilla y se acercaron a la puerta del conductor en busca de la persona accidentada. Encontraron una mujer alta de caderas anchas con el pelo castaño empapado de sangre tirada en la vereda. Un paramédico se acercó y le tomó el pulso del cuello. Nada. Buscó el pulso en la pierna y depositó una última esperanza en el pulso de la muñeca. Nada.

La mujer mantenía, entre los cortes de su cara, un misterioso semblante. Todos los que la vieron podrían coincidir en lo mismo, que por extraño que fuese en un accidente así, aquella fallecida mujer expresaba en su rostro un clarísimo estado de serenidad.