El nieto de Matilde

Odiseo Segundo Sánchez Roché, nacido como Adrián Sánchez, recibió uno de esos imprácticos pero novedosos mensajes por holograma para avisarle que su proyecto había sido aprobado por la Organización Liberadora Universal y sería galardonado en su planeta natal. Su tercera torre de investigación podía empezar a construirse en los próximos meses para seguir destruyendo la corteza de planetas ajenos al suyo y se llevaba el premio Nobel como único castigo. Su vuelta a la Tierra para recibir el premio fue la primera vez en años que tocaba tierra firme, desde el entierro de Matilde.  

Caminando entre los edificios de lujo con el cuello arqueado hacia arriba pensó por contraste en la casa petisa abrigada de musgo en la que había crecido, donde para lo único que tenía que levantar la cabeza era para verle el rostro cuadrado a su abuela. Encajaban perfectos, una señora orejona sin hijos con un niño orejón sin padres; distintos de cuna pero iguales de sangre, ella era fusilli, él tirabuzón. Matilde no usaba muchas palabras, hablaba mostrando como adobar un risotto y lo abrazaba con partidas eternas de la escoba de quince. Cuando le enseñó a jugar a ese juego de cartas olvidado por la galaxia le advirtió: «Primero perdés, Adriancito. Después aprendés». El recuerdo sobrevivía duro cual palmada de vasco, en él y en el mazo de cartas que guardaba como amuleto en su maletín.

Las puertas del rompecielos más alto que existía desde Nueva Tierra hasta Trajano al que tenía que entrar por su premio lo intimidaban, eran unos altos bloques de oro sólido que iluminaban intrusivos el esqueleto criollo que Odiseo ocultaba tras varias capas de aprender idiomas refinados. Odiseo estiraba en silencio su entrada cuando escuchó risas de niños y sintió que eran las burlas que merecía. Se giró como excusa para tardar más en llegar a su ceremonia y uno de los niños le señaló la mano. Su maletín se reía con la boca abierta y un viento experimentado en hacer chistes le volaba con suavidad todos los papeles y un viejo mazo de cartas. Odiseo volvió a ser Adrián en una bajada de presión. Por primera vez en veinte años pidió ayuda, para que junten las cartas. Varios niños lo asistieron, algunos juntaron papeles. Adrián les dijo que los dejen, «solo las cartas».

Adriancito se sentó media cuadra lejos de los vulgares portones de oro y respiró. Su abuela hablaba poco, pero sí que se reía. Cómo se hubiese reído de ver a su nieto perder la cordura por unos cartoncitos amarillentos. El nieto de Matilde sonrió con los músculos de la nostalgia pensando en esa señora que no se impresionaría por un Nobel pero que lloró mares cuando probó el primer risotto desabrido de su nieto. Adrián barajó todo con las cartas en mano y repartió tres cartas a cada niño, puso cuatro boca arriba en el centro y empezó un proyecto que lo pusiera orgulloso. «Primero pierden», les dijo, «pero después aprenden».

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