El pichón

Escapé del aula esquivando bancos cuando sonó el timbre del recreo. No quería llegar rápido al patio sino evitar quedarme atrapado cuando se volviera una jungla. Me refugié en la parte techada, tierra del quiosquero.  Me salvé por pocos segundos, en las baldosas rojas barnizadas por el sol ya estaba la secta de varones con Hernán, el hijo de la fiscal, liderando para jugar a los trabados.

Las reglas de trabados eran pocas y simples como quienes lo jugaban. Con los participantes simulando vaguear, se designaba entre risas nasales y señas de cabeza a una víctima. La víctima no sabía que lo habían elegido hasta que era muy tarde, y el rectángulo amarillo que bordeaba el patio sin techo se volvía una trinchera. El bufón era condecorado con patadas y empujones anónimos sin respiro hasta que cayera al suelo. Con esa patota desorganizada, resistirse era peor. Cuando los orangutanes con camisa se sentían desafiados habilitaban las barridas, un proyectil humano con náuticos y corbata se deslizaba por el piso a corta distancia y reventaba tobillos para mejorar el show. Nadie podía aguantar de pie más de dos o tres barridas. Al final del recreo, todas las víctimas habían apoyado ambas palmas en el piso. Nadie se quejaba, los trabados resurgían de la derrota esperando marcar a otro compañero para hacerle sufrir más de lo que había sufrido él.

Me refugiaba del juego, pero me hipnotizaba verlos. Los chicos se veían divertidos, hacían muchos chistes y un poco quería reírme con ellos. En educación física cada tanto me hacían una broma y siempre les sonreía por más que no entendiera bien porque se reían tanto cuando me la contaban. Trabados era un ciclo de golpes, caídas, levantadas y golpes de nuevo. Una sola vez quise participar antes de entender bien de qué se trataba, me sumé con la mentalidad de quien juega al poliladron. La saqué barata, el primer empujón lo recibí en la espalda y estaba tan desprevenido que toqué el suelo sin conocer muchos zapatos. No estuve ni cerca de ser barrido e igualmente fue suficiente trabados para una vida. La chicharra sonó y todos volvimos al aula, el último en llegar fue Benicio, que se demoró buscando su zapato de bufón perdido en el patio.

°°°

Una vez seguro en mi casa me metí en la pieza y revoleé la mochila contra la cama y los zapatos contra el placard. Me arranqué el uniforme como si tuviese garrapatas y me fui al comedor silbando en short y alpargatas.

Mi idea era tirarme en el sillón a ignorar las tareas y ver «cien latinos dijeron» hasta tener hambre de hacerme la merienda, pero la ventana que estaba ni bien entrás al comedor me hizo girar la cabeza como un sabueso. Por el patio una mancha negra se disparaba de una punta a la otra, Rufo estaba cazando algo.

El patio de mi casa era un rectángulo verde liso con un solo árbol, casi en el medio. Ese monstruo enano de madera negra se ortivaba con cualquier actividad. No dejaba jugar al fútbol cuando había solcito ni poner una pelopincho en verano. Ni siquiera tenía un gemelo que sirviera para colocar una hamaca paraguaya. Era un árbol de mierda, por eso lo estaban tirando.

El tronco del árbol con alma de barrera era negro azabache y las hachas lo sentían de titanio en cada mordida. Mi viejo y el tío Rober estaban llegando a la segunda semana de asedio y tres vergonzosas ramas eran su recompensa. No podían aflojar las capas de robusta madera viva.

Lo que estaba haciendo Rufo ahora era explotar sus genes de lobo amaestrado. En una de las ramas que quedaban se acababa de quedar expuesto un nido de gorriones. Una mamá gorrión y un único pichón. Rufo rastrillaba el área con su nariz cuando el árbol estaba completo, y ahora sus sospechas estaban confirmadas. Ahora podía ver a los intrusos de su patio.

En un principio no temí por la vida de los pájaros, el nido estaba medio metro por arriba del salto máximo de Rufo, y al paso que iba cortando las ramas mi papá, los gorriones se habrían ido semanas antes de ser desalojados.

El problema fue que la madre gorrión, con su aura de señora jubilada y su mente de pajarito, no distinguía en Rufo la amenaza negra con dientes que significaba para ella y su cría. Como si su mundo no estuviera en pleno apocalipsis, revoleó las alas caoba en el nido y planeó como un avioncito de papel emplumado hasta la pila de leña del patio. Se puso a seleccionar las mejores ramitas para reforzar su nido desnudado y no percibió a la mancha negra que corría a su encuentro.

Rufo quebró las ramas con sus patas y tiro un tarascón para enjaular a la mamá gorrión en sus fauces. Las ramas que tronaron vencidas bajo el peso del perro lo desviaron unos milímetros y la madre del pichoncito que lloraba en el nido escapó de su depredador. Sin sus ramas, la madre volvió al nido puteando al animal con un silbido ahogado. Estaba viva, pero tres líneas bordó le hacían sangrar el flanco derecho. Yo estaba lejos de ese momento animal planet y no pude saber la gravedad de la herida. La madre no pareció preocuparse y se sacudió la baba de las plumas como una mascota recién bañada, espejando al sol en las alas mojadas.

No salí al patio, me quedé unos minutos vigilando hasta que Rufo se tranquilizó y rodeó en bucle su cucha hasta tirarse y dormir con el fracaso en su entrecejo de perro doméstico. La madre soltera retorció el cogote hacia los lados esperando otro ataque que no llegó. El cantó de la gorrión me espabiló y retomé mi camino salteando el sillón para ir directo a la cocina, ya tenía hambre. La melodía de la madre se mezcló con los cantos  novatos de su cría. Estaban a salvo y yo me alivié con ellos.

°°°

Unos días después, el colegio volvió a ser anfitrión del juego de moda. El primer recreo lo pasé adentro del aula, me quedé dibujando en el marco de mis hojas Rivadavia con apuntes a medio tomar de derivadas matemáticas. Terminé de pintar al pichón cantando con su madre gorrión y pase al marco siguiente, ahora solo el pichón, saliendo volando del nido. En el tercer marco el pichón hecho en grafito color carbón era un gorrión hecho y derecho, planeando por encima de nubes con forma de nube.

El segundo recreo no pude seguir dibujando. Pedro, el preceptor flaco y narigón, me echó diciendo que no podía quedarme solo en el aula porque podía pasar cualquier cosa.  Salí bufando de bronca y corté el patio en diagonal para comprar algo en el kiosco. Como si ahora yo fuese el que juntaba ramitas para mi nido, no me percaté de que el recreo ya estaba por la mitad y la cancha de baldosas rojas eran las fauces del perro. Me olvidé de los pájaros con el primer empujón. El segundo fue más violento, de costado, y me hizo trastabillar, pero no caí. Tendría que haberme caído. ¿Por qué no me tiré? La pared de camisas blancas se tomó mi equilibrio como una ofensa personal y las patadas llegaron enseguida. Las más rápidas las amortigüé con el culo y solamente me hicieron vibrar las piernas como si me llamaran al celular. La segunda tanda de latigazos me electrocutó la rodilla izquierda. Los tramposos me cacheteaban la nuca porque por más que girara no se aparecía nadie de frente, se movían tan rápidos como impunes.

El remolino de puntazos se detuvo de la nada, el ambiente se congeló expectante. Creo que escuché el zapato raspando el piso antes de que me explotara el tobillo derecho. La barrida me allanó como un ariete, me hizo chocar un pie lateralmente con el otro y floté por un segundo, adobado en humillación.

Me estrellé sobre el muslo y el codo derecho, con la cara apretada en una mueca. Abrí los ojos, frente a mi estaba un pantalón gris, riéndose con orgullo. La caída me hizo rebotar el cuerpo y la panza me quedó vibrando afuera de la camisa. Me levanté con los cachetes tan congestionados que combinaban con las baldosas. Me faltaban los últimos tres botones de la camisa arrugada y mis intentos de cubrirme la piel alimentaban la burla. Todos se reían festejando a Hernán, que sacudía los puños apretados al aire con gritos de victoria. Erguirme fue lento y humillante, con las carcajadas flechándome de lado a lado. Corrí tambaleando a los baños, desfilando por un pasillo de chicas haciendo como que se tapaban los rostros tentados.

No noté que me faltaba un zapato hasta que repiqueteó la campana del patio y me levanté del inodoro. Al primer paso sentí una humedad ajena empaparme la media y caminé a ciegas hasta el marco de la puerta secándome las lágrimas incómodas con la manga desinflada de la camisa. Espié que todos se fueran al aula antes de volver a la escena del crimen en busca del náutico.

En el patio, ya desierto, no encontré más que vergüenza. Hernán estaba metiéndose en el pasillo interno con mi zapato en alzas como un trofeo de campeonato.

Deambulé hasta adentro del salón mirándome la asimetría de los pies y se escuchó un recordatorio de risas unánime. Me dejé caer en la silla y me aplasté el jopo despeinado con una mano pesada. No dibujé más pajaritos en los marcos de las hojas.

Terminó la clase de literatura, ajena a mi atención. Arrastré los pies afuera con lentitud, intentando disimular que uno rengueaba en tela húmeda. Bajé la escalera de mármol, atravesé el pasillo apurado como un intruso y el sol filtrado por las nubes me presentó el patio. La jauría de muchachos todavía no se había organizado para el último round de trabados.

En el centro del patio desfilaba Hernán, con sus patiños paseando muy cerca y mi zapato trofeo debajo de la axila. Sin saber que iba a hacer, mis rodillas me llevaron hasta él. No corrí la mirada de su nuca rubia, mientras Hernán paseaba los ojos por todas las paredes del patio, con orgasmos de poder.

Cuando estuve a un metro de distancia, sus amigos me sonrieron esperando que la secuela fuese igual de buena y él giró al encuentro. La cara seria le duró un instante y se río con ruido, ostentando las dos filas de teclas de piano unidas por un puente de saliva. Dejó de reírse solamente para darle un cuerpo a su burla: «Ah, te levantaste, Tota» me dice. Él sabe que mi apodo no es Tota, sino Tona, por Tonarelli. Sonrió, lo vi yo pero la sonrisa era solo para sus amigos. «¿Qué pasa, gordo? ¿Perdiste el zapato, Tota Santillán?»

Rompí las básicas y fáciles reglas del trabados y no usé los pies. Le descargué el peso completo del cuerpo con una trompada en el cachete izquierdo. Casi nos caemos los dos. La sonrisa de Hernán se me quedó tatuada en los nudillos y los ojos se le extraviaron. Cual película de acción berreta, le chorreó sangre por la comisura de la boca. Ninguno de los monigotes hizo nada, se quedaron quietos como si de repente jugaran a la mancha congelada y yo los hubiese tocado a todos. Ni siquiera ayudaron a su amigo, que se revolvió en las baldosas como un perro herido. Se quedó en cuatro patas rendido ante el mareo, la mirada fija en el charquito bordó que le nacía de la boca y que se agrandaba hasta absorber un botón blanco perdido, tal vez suyo, tal vez mío. A partir de ahí, me moví como robot.  Me agaché, agarré mi zapato y me até los cordones como si estuviese solo. Me levanté, giré y fui al pasillo de donde salía corriendo el director, jadeando alguna orden con los ojos queriendo llegar antes que él.

Seguí de largo.

°°°

La cama de mi pieza se decepcionó cuando en vez de atajar una mochila la acarició una corbata deprimida. No me saqué el uniforme, solamente guardé los zapatos y me seque el pie pegoteado usando la media sana. Pasé al comedor como si mi rutina de ver tele no estuviese arruinada, y la ventana me interrumpió con un cuadro grotesco.

Mi viejo no quiso rendir su hombría ante el árbol negro así que la motosierra del tío Rober le dio una mano. El árbol no existía más, se rebanó en troncos que habían rodado por el pasto hasta morir en un suelo que no esperaban conocer. Las raíces se aferraban a la base que no habían arrancado todavía de la tierra. Encima del tronco agarrado al piso yacía una bola de ramitas que recordaban a un nido.

Empujé la puerta que daba al patio sin frenar la carrera y me arremangué la camisa como si no fuese muy tarde. En el fondo del terreno vi la columna erizada de Rufo, sacudiendo eléctricamente la cabeza con un muñeco en la boca. Más de cerca reconocí al muñeco con pico, era la madre. Lo que quedaba. Las plumas acolchaban el pasto, como si hubiesen destripado una almohada caoba. Rufo aflojó la mandíbula al verme, dejó la bola de sangre y baba jadeando y revoleó la cola.

Acercarme activo una alarma chillona y cansada. El llanto desesperado me guío como un lazarillo hasta el pichón. De cerca se distinguía su plumaje del de su madre, sus alas eran de un dulce de leche apagado y brillaba como ella unos días atrás, cubierto de baba. Su alita derecha estaba a unos pasos de él, con los pelitos que rompían su promesa de ser plumas todavía pegados. Debajo de los ojos que miraban sin ver tenía el pico abollado con un pedazo de grama todavía pegado que no se salía por más giros que hiciera con el cuello.

No reté a Rufo, ni grité al aire, ni lloré al suelo. Me doblé para ver al pichón más de cerca, estaba condenado. Ese gorrión nunca iba a poder volar o comer, estaba muy lejos del punto de retorno. Solo le quedaba desangrarse lento o ser masticado rápido. Decidí ser la tercera opción, no mucho mejor que las otras.

Levanté un tronco negro de lo que antes era un árbol indestructible y volví con pasos lentos y torpes a donde el pichón seguía chillando sin parar. Me frené, el gorrión apuntó torcido al cielo, que ahora se le transformaba en sombra, con sus ojitos tristes pero inocentes, como si guardara la esperanza de poder seguir en el mundo con sus pelitos color dulce de leche. Abrí los brazos y el chillido paró. La madera estrellada hizo vibrar mis pies y limpió el mundo con silencio. Me quedé quieto, con el pico abollado grabado en la retina. Volví adentro con las piernas pesadas. Sentí vacío de donde antes me salieron lágrimas. No se escuchó ningún canto armónico y ningún coro inocente se sumó a la melodía. Todo eso quedó debajo de capas, y capas, y capas de una robusta madera muerta.

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