Un día que morí

“Antes que nada quiero aclarar el título. Puede sonar rara la forma en que está escrito, pero creo que «día» puede usarse para abarcar el día y la noche de manera general. Es por eso que aunque mi muerte ocurrió de noche, poner día me pareció mejor gramaticalmente.

Disipadas ya las dudas, puedo pasar a contarles a qué va todo esto. Hoy es 31 de octubre, el inicio de las vacaciones (para los muertos). Para sumar al espíritu de los espíritus me pareció una buena ocasión de relatar uno de los días en que morí. Puede que se pregunten: «¿Cómo vas a hablar del día que te moriste si estás vivo ahora?». Y a ustedes les diría: lean bien. No es El Día en que morí. No. No no. Es UNO de los días en que morí, no me acuerdo de todos. Eso sería ya muy complicado. No, no. Este es el día que morí del cual pude acordarme. Aprendí algunas cosas interesantes de como era antes. Espero yo también dejarme cosas interesantes para aprender de mí después.

Esta vida (la muerta) nació en la segunda mitad del siglo XIX. Ustedes podrían pensar que estoy loco, y tienen razón, pero sepan que es muy difícil acordarse el cumpleaños. Igual tan loco no estoy, porque sí me acuerdo el año exacto de esa muerte (1923).

Pasé el año de mi muerte (la de 1923) escribiendo, no como ahora. Ahora escribo pero no de esa manera, quiero decir. En esa vida (la muerta) escribía a mano y posteriormente (anterior a la muerte de esa vida) con máquina de escribir. Los temas que trataba eran sumamente políticos. Si quieren saber que escribía en particular, pueden buscarlo, yo no me acuerdo. Por más que intenté no pude encontrar específicamente en esta vida (la viva) que escribía en esa vida (la muerta). Es raro, lo sé. Simplemente no me acuerdo. A todos nos puede pasar.

Esto de que en la vida muerta escribí cosas que no recuerdo en la vida viva no significa que no recuerde absolutamente nada, porque no es así. Lo que pasa es que solo pude recordar una cita bibliográfica y nada más. Estaba escrita en un libro corpulento, de color bordó, pesado y con el lomo cosido. Decía lo siguiente (el libro):

«El Maestro solo se ve en la maestría bajo la influencia de su discípulo, quien crea su descendiente. Todo sabio puede seguir vivo solo con la aprobación del Hijo.»

Tremenda, ¿no? Yo no la entiendo del todo, se nota que escribo muy complejo. Ya voy a entenderla, cuando me entienda (al muerto). Esto, como debe haberle pasado a más de uno de ustedes, me genera dudas. La que todos seguramente nos preguntamos debe ser ¿cómo sigue? o ¿el libro lo cosieron a mano? Mentiría si dijese que sé las respuestas. Tal vez nunca las sepa. Eso me perturba. Es mi libro. Mío. Y no sé si fue cosido o no a mano. Increíble.

Más allá de estos inconvenientes, conviene proseguir.

La vida de mi vida muerta tiene poca claridad. Solo conozco imágenes del día en que (¿murió? ¿morí?) morimos. No sabría decir si tuvimos una infancia dura, si nos manejamos bien en la adolescencia, si sus nuestros libros vendieron bien o si tenían algún prestigio en el ambiente. Debo, muy a mi pesar, conformarme con haber vislumbrado un día en que morí, que no es poca cosa. Creo que no es parte del mainstream saber como uno ha muerto alguna vez en alguna vida. Salvo, por supuesto, que esa vida muerta sea la actual, e incluso no siempre es el caso.

Para ir al grano de una vez: morí asesinado. Alguien cercano creo que fue quien lo llevó a cabo, difícil será confirmarlo. Digo que era cercano porque entraba con confianza a mi estudio (sí, tenía un estudio soberbio) y la situación se puso tensa. Bastó un momento en que me giré a mi biblioteca para sentir un antebrazo firme destruyéndome la garganta. Todo se nubló y perdió de a poco el volumen. El estudio se desvaneció, con mis libros, mi carrera, mis vínculos y mi vida. Y allí terminé. A veces me relampaguea un escalofrío cuando mi piel siente las fibras rasposas de aquella alfombra, ahora antigua y entonces moderna.

No sé como terminaré esta vida actual y si de algo servirá lo que he aprendido de mi mismo y de mi mismo. Si sumara toda la información de cien vidas pasadas y las aconglomerara en mi mente y alma a la vez, podría llegar a tener certeza sobre algo. En el mejor de los casos. No sé qué muerte le tocara a mi vida viva, no sé muchas cosas, como ya habrán notado en estas pocas palabras. Me queda pensar que será un viaje agradable y calmo, proyectar a esa idea. ¿Será posible transmitir conocimiento a mi próxima vida por voluntad? Otra pregunta sin respuesta, como todas las preguntas que tratan de resolver algo del tema y terminan absorbidas por el mismo abismo final, infinito, inamovible.

Ya me angustié y ya se me pasó. Basta de ver el lado temporal e inevitable, solo pierdo el tiempo. Si hay algo que sé es que voy a estar atento ante falsos amigos extranguladores. Y si hay algo para pasar es el saber de que podemos heredar nuestro propio conocimiento. Eso es lo único importante de comunicar, porque, de poder hacerlo, significa que es real. De a poco las fichas se acumulan, unas cien vidas más y ya le voy a ir agarrando la mano a esto.”

This is what i wrote down the moment i woke up from trance. I don’t know a lot of the symbols in it, but i couldn’t stop. It looks like spanish, or italian. When i have the chance, i will investigate what it means, and if it has something to do with my dream, or with the meditation from before. I can not know all of this right now. I will, eventually. I just hope it’s worth the trouble.

It looks promising, but i really don’t know. There’s a lot of things i do not know.

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