El hombre que mató a la muerte (Parte II)

Ni el hambre pudo obligar a Aureliano a mantener un trabajo. Ya con casi treinta años no había laburado en un mismo lugar por más de tres meses. Su orgullo se lo impedía. Era tan obstinado que podía hacer malabares con su economía con tal de no tener que limpiar pisos para alguien que, según estaba convencido, era inferior a él. Tampoco lo doblegó la eminente guerra social con sus promesas de miseria. Conseguir un trabajo era un lujo, pero a Aureliano poco le importaba.

En su último trabajo como ayudante en un almacén barrial terminó su relación laboral porque su jefe le reclamó que había llegado cuarenta minutos tarde. Aureliano se justificó diciendo que él llegaba cuando llegaba, y su jefe no dudó en decirle que era un estúpido. Validó su renuncia al establecimiento tirándole a su ex empleador una lata de arvejas que le partió el tabique. Los vecinos enloquecieron pidiendo por la policía al interpretar que Aureliano estaba robando; nadie podía entender que gritaba el almacenero, ahogado por los buches de sangre que salpicaba entre puteada y puteada.

Aureliano se llevó sus cosas de la habitación roñosa que alquilaba y se fue del barrio en el primer tranvía que cruzó. Pasó el corto viaje con los brazos cruzados y la bronca guardada, no podía creer que un tipo cualquiera lo hubiera echado a él, hijo de europeos.

Aureliano se bajó del tranvía y se puso a vaguear viendo donde se podía hospedar. Mientras, su resentimiento se alimentaba de su enojo. Estaba harto, asqueado de tener que rebajarse. No soportaba más la falta de reconocimiento, que le dieran trabajos de mierda como si fuese un favor. Que le pagaran menos de lo que merecía. Nadie, nunca, había sido lo suficientemente lúcido como para dejarle tomar una posición acorde a su estima. No lo iba a soportar más, no iba a limpiar un baño más, ni a ordenar otra despensa de nada. De ahora en adelante solamente iba a enfocarse en mostrarles a todos que él era alguien importante, inteligente y de valor; más trascendente que cualquier mugroso con el que se le haya comparado. Aureliano recordó las veces que le habían ofrecido un trabajo miserable con una sonrisa como si le estuviesen haciendo un tremendo favor a él. ¡A él! ¡Y no al revés! Y a nadie le parecía extraño. Ya no más. Nunca más.

No más.

Aureliano se tropezó. En su turbulento discurso mental no se había dado cuenta de que tenía cajas en el camino. Se levantó con velocidad y se enderezó orgulloso como si nada hubiese ocurrido. Miró al establecimiento dueño de las cajas con las que había chocado. Era un club de caza; «Centro de cazadores del noreste». Exhibía amplia entrada anticipada por escalones de mármol negro nevado, las paredes del recinto ocupaban casi toda la cuadra. La base blanca del exterior tenía estampada una larga sucesión de pintorescos y variados escudos. Aureliano se acercó a ver algunos. Todos eran de familias, cada apellido se superponía al escudo que lo defendía. Había animales como emblemas, había armaduras, había armas y criaturas extrañas que Aureliano no pudo reconocer. Ningún arcoíris podía tener más colores que ese linaje de sigilos familiares; a algunos los representaba el rojo, a otros el azul, el blanco o el amarillo. Otros fusionaban varias colores en lienzos que se cruzaban, y los más atractivos profundizaban en las tonalidades; usaban dorado y bordó o escarlata y turquesa, crudo con morado o esmeralda con pardo.

Eso era. Aureliano se sintió convencido. Necesitaba un escudo familiar. Eso representaría ante todos los demás ineptos lo importante que él era, eso les demostraría que no era un hombre común como el resto.

Aureliano gastó casi todas las monedas que le quedaban en comprar materiales para hacer un primer boceto de su escudo familiar. Pasó las siguientes tres noches a la intemperie, solo resguardado por las ruinas que quedaban de los muros de un terreno baldío.

De día, cuando se sentía sin inspiración para diseñar su emblema, paseaba por el lúgubre barrio en el que estaba para espabilarse y poder continuar con su trabajo. El segundo día ya se estaba arrancando los pelos intentando pensar en un apellido que representara a su linaje italiano con dignidad. Desgraciadamente, Aureliano no sabía ninguna palabra en italiano. No tenía opción, su escudo estaba casi listo y tenía que cocerle un apellido. El emblema hecho de jirones de tela sobre una base ovalada de gabardina tenía una base azul, que representaría el océano que sus padres debieron surcar para llegar hasta Argentina; la mitad superior tenía un amarillo gastado que significaba la luz de sol todopoderoso alumbrando el camino hacía el éxito. En el centro de su escudo se decidió por cocerle un león, pero no le quedó como quería. Quiso hacerlo parado sobre sus patas traseras en posición de rugido, pero le había salido muy erguido y casi parecía un hombre con melena. Aureliano lo vio de nuevo y le gustó un poco más, «un hombre león» pensó. Se sintió orgulloso.

Su búsqueda por un apellido también rindió frutos con rapidez. Encontró una fábrica pequeña abandonada, con un mural que rezaba un par de frases incomprensibles para el español. Aureliano lo leyó como pudo y reconoció que era italiano por la parte que decía dall’Italia. Supo que de ahí nacería su apellido, usando verdadero lenguaje italiano. En el mural había dos palabras que eran parte del título de la fábrica, más grandes que el resto. Aureliano tomó las tres primeras letras de la primera palabra y las cuatro últimas de la segunda. Y así, Aureliano regresó contento a terminar su escudo familiar llamándose Aureliano Gorlami, heredero y fundador de la prestigiosa familia Gorlami.

Mientras caminaba a paso ligero, no se volvió a revisar la frase de la cual había salido el apellido, ya era suyo. Muy atrás en aquella calle desierta quedaron pegadas a una pared de ladrillos las blancas y desgastadas palabras que dieron origen al apellido noble de Aureliano, «gorgonzola e salami».

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