Todo en orden

Vuelve a sonar la repetitiva alarma que marca el cambio de persona. Un señor canoso con campera de cuero negro se aleja de la ventanilla número cuatro y la voz sin rostro llama a otro apellido para que lo reemplace. Y lo reemplazan, siempre. Y si no va el que llama primero, va el segundo, o el tercero.

Mi papel amarillento con el número cuarenta es lo único que tengo. Los numerados somos una amplia mayoría, y sin embargo las ventanillas solo llaman por apellido. «Anquirena por ventanilla tres», y Anquirena se acerca elevando el ancla que es su cuerpo y en instantes lo veo arrastrando sus obesas piernas hacia afuera, con todo los papeles sellados. Ninguna voz pronuncia números.

Me duelen las rodillas de estar parada, preferiría dar vueltas pero no quiero que me tomen por loca. Tampoco voy a quejarme de los turnos, las cosas no funcionan así. Paciencia. Tengo todos los documentos en regla y eso es lo que importa.

Berbena, Cuzmán, Diambrosio y Estevez hacen el ida y vuelta sin demoras. ¿Estaré en el lugar equivocado?

Voy a tener que preguntarle a alguien si hubo algún problema con los turnos. La señora mayor a mi lado me dice que no tiene idea, que ella fue a cobrar algo, que tiene el número diecisiete y que son todos unos desastres. Me acerco a un señor también de pie que se encuentra cerca de la línea blanca que cruzan los que son llamados, al preguntarle me mira con sus ojos oscuros y parcos por unos segundos. No me contesta y vuelve a mirar hacia adelante.

Siento un golpe en el hombro derecho que me hace tirar los papeles, alguien no me vio y me llevó puesta. Y claro, si estoy en el medio. El Señor que choqué me ayuda a levantar mis papeles y me dice que debo tener más cuidado. Y tiene razón. Le pido disculpas y le explicó que solo quería averiguar qué pasaba con los turnos numerados. No me contesta de inmediato, primero mira al suelo y sube la mirada lentamente hasta mi rostro. Se relame. Me explica que debe haber algunos inconvenientes con el sistema. Que iba a ver qué podía hacer. Le agradezco y El Señor me acaricia un pómulo con su mano regordeta antes de irse.

Zaccardi termina su trámite y suena de nuevo la voz, cambiando el apellido por un número. «Cuarenta por ventanilla siete. Cuarenta. Por ventanilla siete». Siento la sangre congestionada en mi rostro. Todos los numerados se giran a mirarme cuando doy un primer paso, con asombro o bronca dependiendo de si estaban después o antes que yo, pero nadie se queja. Arrastro los pies sin comprender muy bien con que sistema se manejan para el orden y me topo con la ventanilla número siete.

Saludo a la mujer que me atiende con unas ojeras grises sobre su tez morena. Me responde pidiéndome papeles. Le doy el papel de la orden del trámite, las boletas pagas, el formulario completo, los permisos sellados, los documentos al día míos y de mis dos hijos, la credencial de la obra social, recibo de pago de trabajo en blanco, fotocopia de los certificados de propietario de la casa y los análisis sanguíneos que había pasado a buscar esa mañana. La señora toma todo y lo deja a un lado, me mira con sus ojos cansados. «Falta la firma de su marido». Le explico que no veo a mi marido hace más de tres años. Sella mi formulario y me lo pasa apurada mientras deja un cartel de «Caja cerrada». Tomo el papel a la vez que quedo sola. Vuelvo por donde vine y paso por delante de todos los ojos numerados que me juzgan.

Yo miro el papel para no enfrentar sus miradas.

No dejo de mirarlo hasta que salgo del recinto.

«Denegado».

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